El sonido del violín tocado con más violencia de la necesaria, acompañan los pesados pasos de John camino de su habitación escaleras arriba. Llevando un cuenco con ambas manos, usa el pie para pillar el borde de la puerta para moverla, y luego la aprieta con la espalda con firmeza para cerrarla. Esto hace que el lloriqueante concierto de ahí abajo se haga algo más soportable. Con un profundo suspiro, coloca el cuenco de curry en su mesita de noche. Un segundo cuenco vacío, más pequeño, ya está esperando ahí, y John echa unas cucharadas de su cena en él antes de colocarlo sobre un pequeño taburete en el suelo.
No le llevó mucho tiempo a Tuppence aprender que esas gachas eran perfectas, pero muy lejos de ser la opción más sabrosa de las disponibles. En muchas maneras, eso hizo las cosas más fáciles para John. Aunque hacer gachas cada noche se estaba volviendo algo sospechoso. Se endereza para mirar alrededor antes de llamar en voz baja:
- ¿Tup?
Cuando no obtiene respuesta, John se encoge de hombros y toma asiento en el borde de la cama, inclinándose hacia delante para apoyar los codos en las rodillas, el rostro en las manos, frotándose los ojos con los dedos. El sonido de una risa ahogada hace que se yerga y vuelva a estudiar la habitación, frunciendo el ceño levemente y volviendo a llamar:
- ¿Tup? Esta noche tengo curry si quieres algo.
No hay respuesta.
Encogiéndose de hombros, John estudia su propio cuenco humeante, pero su apetito parece haberle abandonado. Con un profundo suspiro, levanta las piernas y las deja caer sobre la colcha, mirando fijamente el techo.
- ¡Uuuf! - grita una voz ahogada y conocida de debajo de la almohada que está bajo su cabeza, acompañada por una risa menos familiar.
- Maldición, perdona – ofrece John, sentándose mientras Tuppence lucha en su salida de debajo de la almohada, mirando fijamente a John un momento.
Un segundo después, otra brownie aparece, al parecer la de las risitas, ya que vuelve a reírse y saluda con sus deditos a John, escondiéndose levemente detrás de Tup como si fuera tímida. Tuppence olfatea el aire, sus ojos se vuelven vidriosos y brillantes, arrugando la nariz cuando capta el olorcillo de su curry favorito.
- No importa, Sin Alas. Sin daño no hay falta – le dice alegre, antes de hacer las presentaciones – Recuerdas a Teaspoon, ¿no? - lanzándose desde la cama con un golpe seco al aterrizar, Tup se apresura hasta su cuenco y empieza a soplar la superficie caliente para enfriarla, agitando los dedos por al anticipación de meterlos dentro, literalmente.
- Uhhh, sí, claro, un placer volver a verte, Teaspoon – dice John incómodo.
Teaspoon le ofrece a John una pequeña reverencia a modo de saludo, sin que sus ojos se encuentren con los suyos. John tiene la clara impresión de que la invitada de Tup se está sonrojando, pero como los brownies están cubiertos de un suave pelaje rojizo, es difícil estar seguro. Una vez hechas las presentaciones, se apresura a bajar de la cama, usando la colcha para descender antes de aproximarse al cuenco de curry con ojos enormes y curiosos. John mira fijamente a los brownies, luego a su almohada y luego una vez más a ellos antes de preguntar:
- Tup, ¿qué estabais haciendo tú y Teaspoon debajo de mi almohada?
Teaspoon se ríe una vez más, deslizándose detrás de Tuppence tímidamente y apartando la mirada mientras Tuppence parece directamente petulante. Apretándose el puente de la nariz, John masculla:
- No, no, NO, dime que no estabais teniendo sexo brownie debajo de mi almohada. Absolutamente no. ¡Espera! - abre los ojos y los entrecierra hacia la pareja mientras pregunta - ¿Qué hay de Twaddle? Creía que Teaspoon y él eran...
- Oh Sin Alas, deja de ver el mundo a travé' de eza' monógama' gafa' cristiana' que siempre lleva'. Somo' hada'. Este tipo de acuerdo' son... - los dedos de Tup se menean en el aire expresivo – flexible'.
Tup mete un dedo ansioso en el curry y lo saca rápidamente otra vez para chuparlo mientras inclina la cabeza a un lado, escuchando el chirrido del violín escaleras abajo.
- ¡Leche'! Con menudo' humo' eztá ¡Suena como zi eztuviera torturando un gato!
Levanta la mirada hacia John, echándole un buen vistazo esta vez. El rostro del ex-ángel está arrugado y cansando, su boca se desvía hacia abajo en las comisuras con un desaliento que no había visto desde antes de que hubiera encontrado a Sherlock. Frunciendo el ceño, Tup se balancea sobre los pies un poco antes de murmurar en voz baja en la oreja de Teaspoon. Ella se toma un momento para considerar también el rostro de John antes de asentir. De ella el humano obtiene un saludo de sus diminutos dedos, Tup un beso en la punta de la nariz, y entonces se marcha, deslizándose suavemente a través de una apertura de la ventana. Todo esto pasa desapercibido para John, su rostro de nuevo hundido en las manos. Soplando al curry unas pocas veces más, Tup señala brevemente:
- Parece' hecho mierda.
Levantando la cabeza, John le mira con incertidumbre antes de darse cuenta de que Teaspoon se ha ido.
- Bueno, ha sido un día de mierda, para ser sincero.
- ¿Y ezo?
- Algo le pasa a Sherlock. Tuvimos una pelea.
- Espera, tuviste una pelea... ¿con Sherlock?
Los labios de John se curvan en una sonrisa amarga cuando vuelve a recordar una consulta similar la noche anterior.
- Sí. No me decía nada y entonces me gritó de forma abusiva.
Parpadeando unas cuantas veces, con la salsa goteando hasta suelo de sus dedos diminutos, Tup mira fijamente a John antes de sacudir la cabeza con tristeza.
- ¿Te gritó? ¿Probablemente el humano má' amable, tolerante y razonable de to el planeta y zeguramente el único que podría soportar su' mierda', y te gritó?
- Bueno, realmente no fue gritar, pero creo que en realidad eso lo hizo peor. Los gritos hubiesen sido mejor. Casi puedo entender los gritos. Esto... fue más como si me abriera un corte con un bisturí helado.
- Vaya tela, menudo cretino. ¿Entonces' e'to e' un enfado en un solo sentio?
- Sherlock ha estado actuando de forma extraña todo el día – el señalado silencio y la mirada penetrante de Tup hacen que John se levante y gruña – Está bien, extraña en una manera que no había visto en años. No desde que era joven. Hoy se encontró con Sebastian Wilkes, un verdadero bastardo que le jodió en la Universidad. Estaba esperando que rechazara su petición, o al menos que hiciera sentir a Wilkes como un completo imbécil por necesitar de repente las mismas habilidades de las que se había burlado. Pero en lugar de eso tomó el caso. Peor que eso, dejó que Wilkes le atropellara otra vez y sin ofrecer ni una sola réplica mordaz en respuesta, y menos aún de lo que es capaz.
Volviendo a fruncir el ceño, Tuppence trepa por la pernera del pantalón de John y se acomoda sobre el muslo, apoyándose sobre las manos para darle al ángel toda su atención.
- No e' norma', ezo – coincide, la cola retorciéndose.
- Supongo que podría ignorarlo si solo fuera eso. Pero entonces volvió a pasar, esta vez con un nuevo Detective Inspector de Scotland Yard. No intentó ponerlo en su lugar, ni deslumbrarlo con sus deducciones. Solo... aguantó los desaires y la falta de respeto. Tan pronto como Dimmock sugirió que Lestrade le había advertido sobre Sherlock, Sherlock simplemente se cerró en banda, se volvió distante y silencioso, pero no de la forma habitual. No como si estuviera por encima de todo, sino como si doliera.
Mirando abajo hacia Tuppence, John suspira:
- Sé que Sherlock no es un autómata sin emociones pero le gusta que todos piensen que lo es, pero esto es diferente. Me preocupa. No ha sido él mismo desde, bueno, desde todo el asunto con el taxista.
Vuelve a haber un periodo de tiempo de silencio antes de que Tup pregunte:
- Eza coza de hace mese' atra', lo del taxi'ta que podía hace' que la gente se suicidara. Sherlock nunca te dijo lo que le había disho, ¿no?
John niega con la cabeza mientras la mueve de adelante a atrás.
- No. Nunca ha dicho una palabra. Dijo que era "irrelevante" y me despachó.
- Vale. Como lo entiendo, eze taxi'ta usaba lo' pecao' de la' persona' y su' debilidade' contra ella', para destrozarlo', ¿si?
John bambolea la cabeza de arriba a abajo.
- Entonces, la pregunta que viene es, ¿cuál es la debilidad de Sherlock? Evidentemente no e' cri'tiano, no cree en to' ezo del pecao. Apena' se lo piensa do' vece' ante' de hacer algo e'candaloso, así que hacerle sentir culpable habría sio una perdida de tiempo. Pero por lo que me ha' dicho, parecía ba'tante al límite, li'to para tomarse esa pastilla y terminarlo todo. Así que, ¿qué pondría al gran Sherlock Holme' así de dese'perao?
Esa cosa humana aún es confusa e incierta para John. Pero una chispa de comprensión le recorre entero mientras exhala:
- Está solo. No tiene familia con la que hablar, ni amigos. Nadie le acepta por quien es. Nadie le aprecia.
- Excepto tú. Eze e' un lugar mu o'curo para encontrarse, incluso para alguien tan convencido de que no necesita a nadie – rascándose debajo del brazo con pereza, Tup ruge – Vosotro' lo' humano' o' necesitáis mutuamente. Soi' un animal social. A pesar de toda su inteligencia y orgullo y arrogancia, so'pecho que Sherlock es idéntico – Tup se pasa la mano a lo largo de toda la longitud de la nariz de la misma forma que algunos se acarician la barba pensativos – Tal vez lo necesite meno' que la mayoría, o tal vez solo cree que lo hace, pero probablemente aún quiera se' amado y cuidado por alguien. La soledad y en general la falta de aceptación ha llevao ciertamente a mucho' humano' a quitarse la vida...
El chirrido del violín escaleras abajo ha sido domesticado a un solitario canto fúnebre. John inclina el cuerpo hacia la música, su expresión pasa lentamente de la decepción a la preocupación.
- Entonces, ¿cómo explicas su comportamiento desde entonces? Todo el secretismo y el no contarme las cosas. Dios, creo que es la parte más dura de todas. Estaba acostumbrado a simplemente saberlo todo porque podía verlo todo. Ahora tengo que adivinar o preguntar constantemente para saber lo que está diciendo y pensando – con un suave suspiro, la atención se vuelve de nuevo hacia Tuppence - ¿Y cómo explicas su comportamiento de hoy?
- ¿Cómo puede' ver tanto y entende' tan poco? Ha' e'tado observando a lo' humano' toda tu vida, y aún no lo' entiende', incluso aunque ahora ere' prácticamente uno – sacudiendo la cabeza, Tup pregunta - ¿No lo ha' notao? ¿Cómo alguno' humano' actúan diferente' cuando están cerca de cierto' humano'? A veces, la gente se mete bajo la piel de lo' demá', Sin Alas. Quizá' e' un padre abusivo el que puede hace' que su' hijo' independiente' de 30 año' actúen como si tuvieran 8. O un ex que no puede' superar, no importa lo mucho que lo intente'. La' persona' son como la' bomba'. Hay detonadore' por toa' parte', y la gente ni siquiera sabe qué lo aprieta.
Frunciendo el ceño, John niega con la cabeza y argumenta:
- Pero eso no tiene sentido. Un hombre de 30 años no se transforma de repente en uno de 8. Ha mejorado sus habilidades cognitivas, ha tenido tiempo de aprender a reconciliarse con el pasado y crear su propio futuro.
- ¡Pfft! Primero, te reto con eza afirmación de que un humano adulto actuará necesariamente de forma má' madura que la de un niño. Pero si necesita' prueba', ¡simplemente pregúntate!
John le mira fijamente confuso, ante lo cual Tup pone los ojos en blanco y aclara:
- Pregunta a John Watson. ¿Quién está dentro de zu alma? ¿Qué le vuelve loco, le hace actua' de forma irracional y de qué no puede simplemente deshacerse?
A John le lleva menos de un segundo responder con una expresión de disgusto:
- Harry – el ángel parpadea, su expresión se torna en confusa y luego en malestar antes de asentir – Está bien, está bien, creo que sé lo que quieres decir, incluso aunque aún no lo entienda del todo...
- Vale. Como ha' señalao, a Sherlock no le importa un pepino lo que algún airado policía le haya dicho. ¿Pero si e' el canozo el que habla mal de él? ¡Ezo e' harina de otro costal! Despué' de to', el canozo e' el único aparte de ti que acepta a Sherlock por quien e', ¿no? Incluzo aunque Sherlock lo trate tan mal como te ha tratao a ti hoy, el DI aún lo llama, aún lo e'cucha, aún pide su consejo. Puede que no siempre le guste Sherlock, pero lo respeta.
Colocándose sobre el estómago, Tup apoya las mejillas sobre las palmas de sus diminutas manos, pataleando sin ningún orden el aire detrás de él.
- Así que este tío, Wilkes, supongo que se metió bajo la piel de Sherlock cuando tenía más holgura. Ahora está má' tensa que la de un tambor. Como un e'cudo de cuero. Pero e' difícil ser abierto cuando ere' joven. Aún hay sitio para que algo eche raíce' y florezca – sus ojos de botón negros se elevan hacia el rostro de John - ¿Qué le hizo e'te sinvergüenza a Sherlock?
John aprieta los labios en una fina línea.
- La Universidad fue el primer sitio en el que Sherlock no era tratado con desprecio y crueldad por sus compañeros. Hay un cierto respeto a la inteligencia en una institución de enseñanza superior que no encuentras en enseñanzas menores. Sebastian convenció a Sherlock de que le caía bien, de que podían ser amigos. Era un actor consumado. Así que mientras bromeaba con Sherlock, se burlaba de él y contaba a los demás sus esperanzas y sueños privados y sus aficiones "extrañas".
Estirando los brazos, John ejercita suavemente el hombro izquierdo dolorido y se cruje el cuello.
- Sherlock y Sebastian estaban estudiando inicialmente un módulo de derecho. Sherlock porque estaba siguiendo los pasos de Mycroft. Sebastian porque, bueno, sospecho que porque quería poder. Sebastian usó a Sherlock para hacer trampa en varias clases difíciles que sabía que no podría aprobar por si mismo. El golpe final fue cuando robó una redacción que Sherlock había escrito y la hizo pasar como suya. Una vez que Sherlock se dio cuenta de la verdad, la fachada respetable se desmoronó y fue a muerte. Pero Sebastian tenía... conexiones. Sherlock no podía tocarlo en la forma más convencional, no podía hacer que lo expulsaran. Su familia era demasiado poderosa para eso. Y Sebastian tenía amigos. Muchos amigos. En poco tiempo todo el mundo lo sabía todo de Sherlock, como que era capaz de deducirlo todo de ellos.
"Por supuesto, al final, sin la ayuda de Sherlock, y con la mancha del escándalo, Sebastian no pudo terminar el módulo y se cambió a económicas. Sherlock quería alejarse del módulo lo más posible. Se rindió en intentar impresionar a Mycroft y terminó en un programa más flexible, donde en su lugar pudo estudiar lo que quería, pero eso incluía la vida salvaje, meterse en las drogas, un comportamiento mucho más destructivo..."
- ¡Leñe, menudo bastardo! - exclama el hada, saltando sobre sus pies y sacudiendo sus pequeños puños como si fuera a ir directamente a casa de Sebastian y darle de lo lindo.
El gesto de pelea hace sonreír a John por primera vez desde que entró al piso.
- Sí, bastante. Aunque supongo, que tal vez Sherlock nunca lo superó, como tú has dicho. ¿O tal vez hay una conexión entre como Hope lo retorció todo y lo que Sebastian hizo fue como si reabriera la herida...? - suspira profundamente, debatiéndose entre lo que ha visto, lo que Watson sabe, y lo que Tup ha explicado. Su mirada se eleva hacia el hada suplicante - ¿Entonces qué hago?
Los diminutos puños se posan sobre sus caderas, aunque la cola de Tup aún se balancea de un lado a otro sin descanso.
- Na'. Hacer exactamente lo que siempre ha' hecho, Sin Alas. Quedarte a su lado. Está e'perando que te aleje' de él. Que lo abandone'. Igual que han hecho lo' demá'. Pero tú ere' mejor que ezo. Mejor que ello'. Te ha tratao mal, no hay duda en ello. Pero para bien o para mal, quiere' al maldito idiota. Y ahora necesita a alguien que elija quedarse a su lao, e'pecialmente cuando no se lo merece y no lo e'pera.
- Amor incondicional – John deja escapar un profundo suspiro – Eso era mucho más fácil cuando no era humano. Pero lo tiene. Siempre lo tendrá.
- Tú lo sabe', yo lo sé, pero él no, ¿verdad? No e' algo a lo que Sherlock esté acostrumbrao, sospecho. Puede que tenga' que golpearlo varia' vece' en la cabeza para que se le quede antes de que de verdad crea que e' cierto...
Su cuerpo es elocuente: concentrado con los ojos cerrados, su figura larga y delgada doblada y moviéndose al compás de la trágica melodía igual que una tormenta balancea un árbol. Su actuación es un poco "ajena" a su apariencia: los pies descalzos, pantalones de chándal, y una vieja camiseta estirada, todo coronado con su bata de seda azul. Solo lo último complementa un poco a la incontenible melancolía de la música, girando y moviéndose a su alrededor con gran expresividad. No es que Sherlock sea consciente de nada de esto. Todo lo que ahora existe es la música. El barómetro de su estado de ánimo. Chirriante, discordante, chillando cuando está enfadado. Altivo, brillante, incandescente cuando está en su elemento. Afilado, lacónico, inquieto cuando está aburrido.
Ahora el violín bajo su barbilla es sonoro y melancólico, suspirando tristeza.
No tiene ni idea de cuánto tiempo lleva tocando. Aunque los brazos están empezando a sentirse cansados, así que ha sido fácilmente, qué, ¿una hora? John estuvo allí, hablando de comida otra vez, y cuando no respondió, John se marchó. Que era lo que quería. Excepto que una parte de él no. La diminuta parte que sabía que había sido injusto, incluso cruel, descargando su ira y frustración probablemente en la única persona que no lo merecía.
Un suave crujido de las tablas del suelo le informa de cuando vuelve John al salón. Los músculos de su brazo se congelan, la canción del violín llega repentinamente a su final mientras abre los ojos. La ventana le muestra el reflejo de John, la ligera inclinación de su cuerpo le indica que la pierna aún le está molestando, el cuenco vacío en las manos. Pero la expresión de su compañero de piso no está clara, perdido en la distancia y el espejo imperfecto del vidrio. Sherlock espera por ello. Espera por las palabras inevitables. Los músculos de la espalda tensos, en guardia, esperando el golpe.
Aclarándose ligeramente la garganta, John ofrece lo inesperado:
- Queda algo de curry, por si te interesa. Podría meterlo en el microondas un poco.
Sherlock se da la vuelta, la bata arremolinándose a su alrededor mientras mira fijamente a John por un momento, entonces al suelo junto a sus pies. No hay maleta. Levanta de nuevo la mirada, antes de señalar:
- No has hecho la maleta – un pequeño nudo se libera en su garganta y se disuelve, permitiendo a Sherlock respirar un poco más fácil.
- No, no lo he hecho. Pero claro vivo aquí y no he hecho ningún plan vacacional – John inclina la cabeza a un lado interrogante - ¿Por qué? ¿Nos vamos a algún lado?
Con el arco y el violín aún en la mano, pero más abajo, a los costados, casi sueltos en el agarre de sus largos y elegantes dedos, los ojos de un plateado pálido de Sherlock estudian a John en silencio, buscando por aquello que merece: ira, resentimiento, exasperación. Se merece todo eso, y más. No solo por lo de hoy, sino por los últimos dos meses. Aunque hoy fue lo peor. La proverbial última gota, o eso creía. No puede disimular el toque de confusión en sus ojos ante la conducta tranquila de John y la falta de maleta.
- Otras personas... - me han dejado por menos. Se aclara la garganta y vuelve a empezar, elabora su respuesta esta vez con más cuidado – Otras personas probablemente decidirían que sería mejor para sus intereses encontrar alojamiento alternativo.
John mira fijamente a Sherlock con dureza, con el tipo de expresión que sugiere que a pesar de toda su calma y quietud, no ha olvidado,ni está bien con lo que Sherlock hizo. El soldado deslumbra a través del buen doctor. Es parte de lo que hace a John tan extraordinario y único, cuando en la superficie puede parecer tan mundano y aburrido. Jerseys de lana suaves, manos amables, y un comportamiento gentil, escondiendo un núcleo de acero de resolución y determinación. Pero sus palabras contradicen el duro mensaje de sus ojos cuando dice en voz queda:
- Supongo que no soy otras personas – su expresión se aclara, se suaviza, la más pequeña de las sonrisas curvando la comisura de los labios hacia arriba.
Su significado es claro, incluso aunque no se diga en voz alta. Estás perdonado.
Está dividido entre el alivio y el orgullo egoísta. Por supuesto que está perdonado. Es Sherlock Holmes, después de todo. La gente debería arrodillarse a sus pies y alabar cada una de sus palabras. Pero ese momento no va sobre él. Va sobre John. Notable y misterioso John. La comisura de la boca de Sherlock se curva hacia arriba mientras reconoce:
- No. No, definitivamente no lo eres – Continuas sorprendiéndome. Justo cuando creo que te tengo calado, me demuestras que estoy equivocado. Justo cuando creo que he alcanzado tus límites, estos se expanden.
Hay una luz de reconocimiento en los ojos azules de John, como si por una vez él fuera el brillante detective, deduciendo las palabras sin pronunciar de Sherlock. Da un paso adelante, esperanzado.
- Entonces, ¿curry?
Un destello de desdén aparece en la mirada de Sherlock. ¿Qué le pasa a John con la comida? Su boca se abre para rechazar rotundamente la oferta cuando se detiene y se lo piensa mejor. John le acaba de ofrecer una rama de olivo no merecida. ¿De verdad está pensando en tirarla y pisotearla? Se detiene un momento, como si considerara la idea, incluso aunque no importa cual sea la respuesta de John. Comerá lo que sea que ese hombre ponga delante de él esa noche.
- ¿Cuál?
- Vindaloo. Sé que te gusta caliente – La sonrisa de John se ensancha, más firme y relajada.
Pone los ojos en blanco, puramente para aparentar, Sherlock se da la vuelta y deja el violín y el arco, señalando por encima del hombro:
- Bueno, si es vindaloo...
No ve la cálida sonrisa de alivio que florece en el rostro de John, pero pilla el suave suspiro de alivio. Escucha a John como deambula por la cocina. Escucha el suave zumbido del microondas, el tintineo de los platos y cuencos, el sonido de un calentador de agua siendo encendido. Sonidos de un hogar. Sonidos de lo cotidiano. Sherlock nunca pensó que esos sonidos tuvieran un significado para él. Pero hay un suave calor en su pecho que sugiere lo contrario.
Cuando John le ofrece el cuenco, Sherlock lo toma, sentado cómodamente en el sofá, el portátil frente a él. John se acomoda en su sillón, una taza de té en la mano, y cuando sus ojos se encuentran sostienen la mirada por un largo rato mientras Sherlock intenta expresar lo que no se atreve a decir.
Gracias por aguantarme.
Es como el juego del gato y el ratón. O tal vez del tigre y el campesino. Acecha a su siguiente objetivo, estudiando con disgusto al gweilo gordo, su sudoración abundante. Si este también tiene un corazón enfermo... bueno, no estará complacido si vuelve a perder una presa tan rápido. ¿Quizás debería ser más cuidadoso esta vez?
El hambre le consume. Le duele. El hambre duele demasiado. Necesita alimentarse. Para llenar ese dolor insaciable infligiendo dolor. Nada más lo calma. Hubo una vez, en que la suave y fría mano de ella sobre su frente...
¡NO! ¡No, esto es culpa de ella! ¡SU culpa! Por marcharse. Por llevarse su consuelo, su compañía, su único enlace con el mundo que merecía la pena tener. Ella le ha provocado ese dolor interminable, ese vacío y anhelo imposible. Si ella no le hubiese dejado... si no lo hubiese traicionado...
El hombre recoge un libro de la estantería contraria, de espaldas a él. Una sonrisa cruel roza sus labios cuando alarga la mano y empuja un libro hacia el hombre. Más cerca, más cerca, más cerca, hasta que el pesado tomo apenas se equilibra en el borde de la estantería de metal antes de caer al suelo con un pesado golpe.
El hombre se sobresalta, se da la vuelta, mira rápidamente de izquierda a derecha, pero no lo ve. Claro que no lo ve. Todos son tan ciegos e inútiles. Mira fijamente el libro del suelo, confuso, antes de inclinarse para recogerlo. Estudia el lomo un momento, frunciendo el ceño antes de mirar a su alrededor de nuevo, intentando determinar cual es su lugar correcto pero sin encontrarlo. Volviendo a mirar el libro, abre la tapa y se queda paralizado, abriendo los ojos de terror con una expresión que es francamente cómica.
Ahora de forma frenética, el gordo mira por encima de él antes de soltar el libro, y sale corriendo de la biblioteca tan rápido como sus piernas cortas y gordas pueden llevarle. Lo observa marcharse, sonriendo para si. Siempre les deja tener ventaja. Les deja pensar que están a salvo. Es más divertido de esa forma, prolongando el terror. Para deleitarse con la sorpresa cuando se dan cuenta de la locura de sus creencias. Después de todo, no importa lo rápido que corran o a donde vayan. Siempre será capaz de encontrarlos. Se inclina lentamente y recoge el libro, sonriendo a la marca hecha ahí antes de cerrarlo y deslizarlo en la estantería.
Es hora de cazar a su presa...
Cerrando de un golpe la puerta de su apartamento, Lukis pone el cerrojo y desliza la cadena en su sitio antes de dar un profundo suspiro, apoyando las manos sobre el jadeante pecho. Dando la espalda a la puerta, mira alrededor del apartamento con ojos salvajes antes de apartarse y recorrer rápidamente cada habitación, asegurándose de que cada ventana esté cerrada y bloqueada, corriendo las cortinas, antes de dirigirse al armario y sacar la maleta que había deshecho solo dos días antes.
No tiene ni idea de lo que ha pasado ni porqué ha recibido ese mensaje de todos los mensajes, pero no va a esperar a descubrirlo, ¡eso seguro!
Recoge las cosas básicas: ropa, artículos de aseo, todo el dinero que puede encontrar a mano, su pasaporte. Su mente va de forma frenética del qué, al cuándo, al dónde, y al cómo. Un hotel para empezar. Algo para sacarlos de la escena tal vez. No, no, eso no funcionará. Si lo encontraron en la biblioteca, pueden encontrarlo en cualquier lugar.
Jesús.
Vale, vale, okay, cálmate, respira, ¡piensa! No hiciste nada malo. Has hecho todo exactamente como te habían dicho. Tal vez alguien te esté probando. ¿Tal vez alguien en Hong Kong se quedó el jarrón verdadero y te dio el falso? Joder, ¿cómo demonios voy a ser capaz de probar eso?
Un coche, alquilar un coche, y conducir. Solo conducir a cualquier jodida parte. Cortarse el puto tatuaje y conducir hasta un puto hospital si es lo que se necesita. No hay tiempo para tonterías. Solo Dios sabe lo que ese lunático culto podría hacer...
Dándose la vuelta, con el móvil en la mano, Lukis deja escapar un quedo grito antes de retroceder para alejarse del hombre que está a dos pasos de él. Tropezando con la alfombra, cae hacia atrás sobre su trasero, pateando con los pies y empujándose hasta que su espalda golpea con la pared.
- ¡No lo hice! ¡Lo que sea que crees que hice, no lo hice! ¡No se que está pasando! ¡No he hecho nada, lo juro! ¡He hecho todo lo que me han dicho! ¡Traje el jarrón, justo como acordamos!
El hombre chino no dice nada, sus ojos fijos en Lukis, mirando a través de él, sus labios curvados en una sonrisa cruel. Parte de Lukis aún se sigue diciendo. "Solo es un hombre. Es pequeño, tú eres grande. No parece armado. Podrías con él. ¡Solo levántate del suelo y agarra ese bate de cricket que tienes bajo la cama y dile que se vaya al infierno!" Pero no puede, y eso le aterroriza aún más que todas las demás cosas por las que ya está aterrorizado. No puede. Es como ser un conejo atrapado por una serpiente. No puede romper contacto con esa hipnótica mirada. Su respiración sale con espasmos de pánico, el sudor le recorre la frente.
El hombre levanta la mano para revelar un mando a distancia en su mano. Apuntándolo hacia la televisión, la enciende y luego sube el volumen hasta el tope. El mando a distancia cae al suelo, inútil ahora que ha servido a su propósito. Habla con un fuerte acento chino mandarín, en un inglés funcional, mientras avanza lentamente hacia donde está Lukis acurrucado en el suelo.
- Eso puede ser, pero no importa. No eres nada sino un perro, un perro gweilo, recoges palos para mi zhǔrén. La única pregunta ahora es si eres un perro bueno o un perro malo – alarga la mano hacia el pecho de Lukis, su sonrisa aumentando y yendo de cruel a sádica mientras su voz retumba hambrienta – Espero que seas un perro malo...
Lukis lo mira fijamente, con la boca abierta, los ojos como platos. En el momento del contacto, su rostro se estira con líneas imposibles de incredulidad y horror mientras empieza a balbucear.
- No, no, por favor, no, para, no, noo-oo...
Y entonces comienzan los gritos.
Notas: gweilo = literalmente "hombre fantasma" – un término despectivo para hombres blancos/extranjeros.
zhǔrén = amos
