Capítulo 7
Subiendo las escaleras de su apartamento, John se mira las puntas de los dedos perplejo, frotándoselos, los débiles rastros de tinta aún adherida en espiral de cuando le tomaron las huellas dactilares en la comisaría de policía.
- Ahhh, bien, por fin estás aquí.
Levantando la mirada, John se encuentra a Sherlock mirando fijamente la pared, fotografías de las escenas del crimen y de sistemas de cifrado ahí colgadas. No hay disculpas, ni preocupación. Ni siquiera tiene la decencia de volverse cuando habla.
La voz de John sale un poco aguda cuando dice a su vez:
- Sí, bueno, ha sido un poco difícil, explicar a la policía como en realidad no tengo un perro, sino que era el perro de mi compañero de piso, pero no, eso no es así porque era el pooka de mi compañero de piso, excepto por la parte en la que no puedes ser dueño de un pooka, ya que son criaturas mitológicas que no pueden existir, pero dejando a un lado lo del pooka con el que mi compañero de piso hizo un trato, solo que no pensó en cubrirme el culo a mi también tanto como el suyo cuando hizo el trato y luego ni siquiera tiene la decencia de quedarse y ayudar a su único amigo a escabullirse, oh no, simplemente se larga a la morgue porque un cadáver que no va a ir a ninguna parte es mucho más importante que el bienestar de dicho amigo.
- No seas ridículo, John. El pooka nunca habría accedido a ayudarme si tú no estuvieras en el juego. Siempre estuvo implícito que eras parte del trato. ¿Cómo crees que lo conseguí tan fácilmente? ¿Por un filete mignon mensual durante un año? No es ni de lejos lo suficiente para atraer su ayuda.
Por un instante se le queda mirando fijamente, la comprensión calándole lentamente, la ira de Watson acumulándose como una tormenta a punto de estallar.
- Espera. ¿Me estás diciendo...? ¡¿Me estás diciendo que era parte de tu trato con el pooka?! Le diste implícitamente permiso para... ¿para que me usara con expectativas de ganarse un favor?
Sherlock abre la boca para contestar, pero John levanta la mano en respuesta:
- No, no. ¿Sabes qué? No quiero saberlo, porque si lo sé entonces tendré que darte un puñetazo – perforándolo con la mirada, John gruñe – Bien, ahora tengo que volver al juzgado el martes. Van a darme un ASBO*. ¡A mi! ¡Un ASBO!
- Eso está bien... - es la respuesta distraída de su compañero de piso, quien aparentemente ya ha descartado la conversación por irrelevante o redundante. Más bien ambos.
Por supuesto, Sherlock posiblemente no podía entender lo embarazoso que era eso. No ha habido un ángel en toda la historia que hubiese obtenido un ASBO. No era el legado que John estaba esperando, pero claro, él es un Caído. Otros que han sido Caídos han acabado mucho peor.
Suspirando suavemente, John se frota los dedos de nuevo antes de forzarse a bajar las manos a los costados, refunfuñando:
- Dudo seriamente de que sea capaz de llevar al pooka al juzgado para justificar que él solo fue responsable de la destrucción en la Biblioteca West Kensington y... ¡¿qué es eso?! - mirando fijamente la pared, John avanza un paso antes de mascullar - ¿En serio? ¿De verdad arrancaste páginas de ese libro? Sherlock, ese es un libro de una biblioteca y lo has destrozado.
Volviéndose hacia él por primera vez desde que John entró en la habitación, Sherlock parpadea casi lánguidamente antes de murmurar con voz grave:
- No se porqué estás tan enfadado por ello. Tú destruiste toda una biblioteca – como la mirada en el rostro de John se vuelve más indignada, Sherlock argumenta despreocupado – Oh, no seas aburrido, es solo la primera página. Nadie lee la primera página. Ni siquiera hay nada escrito en la primera página.
- Aún así, Sherlock, es vandalismo. ¡Y no destruí la biblioteca! ¡El pooka lo hizo!
- Es tu palabra contra la del pooka. De verdad John, ¿a quién crees que van a creer? Ahora, concentrate en lo que es importante, ¿quieres?
Con un suspiro quedo, John cede el punto y se traga su malestar, acercándose.
- Bien. Vale. Entonces, ¿qué sabemos? ¿Qué me he perdido?
Girándose para enfrentarse a John, una alegre sonrisa curva lentamente las comisuras de los labios de Sherlock.
- Oh, John, no lo creerás. Es totalmente maravilloso.
- ¿Dos personas han muerto y es maravilloso?
- No – corrige con firmeza – dos personas están muertas, pero es la forma en la que fueron asesinados lo que es maravilloso – sacando su teléfono, Sherlock navega por las imágenes en él antes de llegar a la fotografía relevante y enseñársela a John.
Le lleva a Watson un momento antes de que pueda entender lo que está viendo, la voz de John débil cuando responde:
- Eso... era un corazón.
- Sí, sí lo era. Concretamente el corazón de Lukis, aunque si hubiese dado el caso de que Van Coon no hubiese tenido una enfermedad congénita del corazón, esto es lo que también habría quedado de su corazón.
- No lo entiendo.
_ Alguien, o algo, estrujó sus corazones. Solo hay un puñado de formas en las que uno puede hacer mágicamente algo así. Taumaturgia*, como por ejemplo el vudú. Consigues algo de la víctima, un mechó de pelo, un corte de uña, los atas al fetiche representativo y voilá. O un conjuro de algún tipo. Pero eso sería complicado. Tendría que ser hecho a mano, diseñado personalmente, y elaborar magia de un trozo de tela no es tarea fácil – Sherlock se balancea sobre los talones especulando – Quien fuera que matara a esos hombres era muy poderoso.
- ¿Vudú? - un leve escalofrío de ansiedad le recorre a John por la espalda mientras considera su interacción con Eshu. ¿Podía estar el dios bromista envuelto en esto? ¿Uno de sus seguidores? No, no, eso es solo paranoia - ¿Como con un muñeco vudú?
- Sí. Pero creo que podemos descartar con seguridad esa opción.
- ¿Por qué?
- Porque el asesino estaba presente en la escena del crimen. El vudú es una opción excelente para herir desde una distancia segura. Pero el hecho de que ambos apartamentos estuvieran destrozados indica que esto fue hecho de forma cercana y personal. Por supuesto, uno puede usarlo en una gran proximidad, pero podemos descartarlo por las huellas de las manos.
- ¿Las qué?
- Las huellas de las manos – las manos de Sherlock flotan en el aire de manera expresiva, ilustrando su idea – Cada corazón muestra líneas directas de presión de una mano que estaba agarrándolos y apretándolos. Manos pequeñas es cierto, pero manos sin lugar a dudas, de tamaño humano. Si un muñeco vudú, o algo de esa índole, ha sido utilizado, habría sido demasiado pequeño para que una mano envuelva el corazón que esté dentro. Aún podrían haber simulado el aplastamiento de un corazón, pero el corazón no tendría huellas de manos reales en él como resultado, simplemente se habría aplastado – Inclina la cabeza hacia un lado y se corrige – De hecho, el vudú habría sido una forma mucha más efectiva de matarlos si esa era la idea, y mucho menos rastreable. Menos sospechoso. El poder necesario para crear tamaño daño físico habría sido inmenso. Podrían haber apretado el corazón del fetiche entre los dedos y el corazón auténtico habría sufrido simplemente un ataque en respuesta. No, esto fue mucho más feroz, más personal – gira la cabeza, sus pálidos ojos clavados intensamente en John – Quien mató a esos hombres quiso que sufrieran. Quería que sintieran dolor, terror. Sospecho que se tomó su tiempo. Esto no fue simple asesinato. Esto fue tortura que terminó en asesinato.
- Entonces, ¿eso nos deja con algún tipo de hechizo?
- Lo más probable.
- Realmente eso no nos acota el terreno, ¿verdad?
Sherlock entrecierra los ojos hacia John antes de que responda:
- Sí, y no. No hay una gran cantidad de Adeptos con el poder suficiente para llegar al pecho de un hombre y aplastar su corazón sin afectar a nada más salvo el corazón. Pero claro, hay apenas un puñado de Adeptos que mantenga su existencia en secreto su existencia de otros de su clase. Es una línea de investigación pero en esta coyuntura creo que nuestra mejor opción es el cifrado. Solo el cifrado puede decirnos porqué murieron, John, actualmente eso es más importante que saber quién o qué.
Ambos hombres miran fijamente los diseños amarillos antes de que Sherlock los alcance y despega las imágenes de la pared.
- Bien, llegó la hora para nosotros de consultar a un experto.
- Perdona, ¿qué has dicho?
Poniendo los ojos en blanco, Sherlock replica:
- No me volveré a repetir.
- Un experto. ¿Necesitas consultar? ¿A un experto? - una pequeña sonrisa empieza a curvar los labios de John.
Suspirando con hastío mientras se enrolla la bufanda alrededor del cuello, Sherlock murmura:
- En pintura, sí, necesito a un experto...
- Cuando dijiste que necesitabas un experto en pintura tengo que confesarlo, creía que iríamos a un Museo de Arte...
- No con ese tipo de arte – ofrece Sherlock sin explicación.
Por supuesto, en este punto, no tiene que hacerlo. Está claro para John cuál es el tipo de artista que están buscando.
Entre correr tras Sherlock toda la mañana, correr a trompicones tras el pooka, y su encuentro con la policía por la tarde, lo último que John había estado buscando era un recorrido por Londres Este, hablando ocasionalmente con algún vagabundo de la red de Sherlock, buscando a este pintor "experto". Serpentean a lo largo de Brick Lane y Oxford Street, dirigiéndose hacia Shoreditch y Hoxton, comprobando cada bocacalle y callejón de su recorrido. John está cansado, dolorido y hambriento, cojeando ligeramente en ese momento, pero siguiendo obstinadamente a Sherlock. Intenta concentrarse en el caso, en vez de en todas las quejas que tiene de su cuerpo demasiado humano.
- Bien, vale, ¿exactamente cómo planeas descifrar el código?
Mirando de soslayo a John, Sherlock indica:
- Esto no es una forma moderna de criptografía. No descifraremos este código usando ordenadores o los actuales métodos electrónicos de cifrado. Esto es algo más antiguo, se remonta a cuando el arte de la criptografía era más sencilla. Algo como un cifrado de sustitución o de transposición. Tal vez algo más parecido al código de los Choctaw que usó los Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial o al código de los Navaho en la Segunda Guerra Mundial. Necesitamos un enfoque más antiguo aquí.
Al doblar la esquina se encuentran con un joven vestido con pantalones militares y una sudadera, una bolsa llena de latas de pintura junto a sus zapatillas deportivas, una lata en la mano, agitándola antes de aplicar una línea fina y perfecta a su nueva obra maestra. Apenas les lanza una mirada.
- He oído que me estabas buscando. ¿Qué puedo hacer por ti? - sus ojos permanecen fijos en la pared de cemento que está ante él estudiándola intensamente antes de engordar una sección de la línea externa de su dibujo. John se inclina para estudiar el trabajo, frunciendo el ceño antes los malvados ojos rojos y los dientes afilados de un policía levantando la porra para estrellarla sobre la cabeza de una víctima encogida a sus pies. El toque de unas demoníacas alas de murciélago componen una imagen demasiado familiar, aunque, tristemente, la mayoría de los humanos no necesitan estar poseídos por un demonio para cometer actos de violencia y crueldad. Pillando la dirección de la mirada de John, el muchacho le ofrece una sonrisa sin pizca de arrepentimiento y explica:
- Lo llamo... Sed de Sangre Urbana – deja escapar una risa queda, sin alegría.
Sherlock alarga la mano enguantada en silencio, ofreciendo al joven su móvil. Tras lanzar la lata de pintura hacia John, toma el dispositivo y empieza a pasar las fotos en él.
- ¿Conoces al autor?
Hay una leve sacudida de cabeza que indica que no, pero en su lugar responde:
- Reconozco la pintura. Parece Michigan, gas propelente duro. Yo diría zinc.
- ¿Y los símbolos? ¿Los reconoces?
Sus facciones juveniles se arrugan cuando responde:
- Ni siquiera creo que sea un lenguaje. Podría ser el estilo privado de un grafitero, pero es una porquería si lo es...
- Es poco probable, considerando que está conectado al asesinato de dos hombres. . Necesito saber que significa, Raz. Alguien debe saber algo.
Sus ojos marrones van de un lado a otro entre Sherlock, John y el móvil antes de que ofrezca una respuesta a Sherlock:
- Algo vago para continuar, pero preguntaré por ahí. Mantendré los ojos abiertos. ¿Te contacto de la manera habitual?
- Eso servirá. Apreciaría si pudieras hacerlo rápido – masculla Sherlock, metiendo la mano en el bolsillo para sacar un billete doblado, deslizándolo en la mano de Raz – Podría haber más vidas en riesgo de los que pensamos.
- Sherlock. ¿Sherlock? ¡Sherlock!
- ¿Mmmmm? ¿Qué pasa, John? ¿No puedes ver que estoy pensando?
- ¿A dónde vamos?
- A ninguna parte.
- Sí, ya me enteré, pero, ¿podrías ser un poco más específico?
- Estoy pensando, John. Caminando y pensando. El destino es poco más que la consecuencia ahora mismo.
Parándose en seco, John espera hasta que Sherlock se da cuenta de que ya no está a su lado, entonces espera hasta que Sherlock finalmente se de la vuelta y le mire fijamente, frunciendo levemente el ceño mientras pregunta:
- ¿Qué?
- Y está muy bien eso de que estés "pensando", pero si te da igual, ¿podrías hacer eso de vuelta en el piso o en un restaurante? No he comido en horas y dudo mucho que tú hayas comido. Estoy completamente agotado. Me vendría bien un descanso.
- No hay tiempo, John – le cuenta Sherlock, avanzando y forzando a John a pillarlo – No tenemos tiempo para tumbarnos a relajarnos. Hay un asesino suelto, uno poderoso, y no hay forma de decir donde será el próximo ataque – se para en seco, John se choca literalmente contra la espalda de Sherlock, ambos hombres tambaleándose ligeramente antes de que Sherlock se de la vuelta y agarre a John de los hombros y lo guie calle abajo.
- ¿Qué? ¿A dónde vamos?
- Vamos no, tú. El tiempo es esencial. Divide y vencerás. Tú, John, vas a ir de vuelta a la comisaría de policía. Pregunta a Lestrade por el periodista. Deberían tener sus efectos personales ya allí. Mira a ver si tenía un diario o una agenda, o algo que pueda indicar sus movimientos de la última semana o así.
- Vale... ¿A dónde vas?
- Voy a volver al despacho de Van Coon a hacer lo mismo. Estoy seguro de que su asistente personal tendrá algún registro de sus citas y actividades. Sabemos que China es el vínculo entre esos dos hombres. Ahora es la hora de ver donde se cruzan sus caminos aquí en Londres.
Su mente es un torbellino mientras examina las piezas del puzzle obtenidos en su última visita al banco Shad Sanderson. No le llevó mucho. La secretaria de Van Coon era claramente mucho más que eso, dado la crema de manos tan cara de su escritorio que coincidía con la marca del apartamento de Van Coon, el arrepentimiento y el dolor en sus ojos, pero el aire estoico y ligeramente distante en ella. Una mujer que había estado en una aventura con su jefe, pero de la que había salido antes de meterse demasiado. Pero no estaba involucrada en su muerte. Una relación arbitraria, nacida de la atracción mutua y la oportunidad, con un hombre que poseía más dinero que sentido común. Un hombre que creía que los presentes caros eran suficientes para expresar su afecto, que un anillo de diamantes o un regalo extravagante equivalían a amor. Claramente la mujer se sintió diferente, quiso algo más. Algo personal e íntimo.
Los recibos fueron más útiles. Un taxi para la llegada, el metro para la salida, y una conveniente parada para comer entremedias informan a Sherlock de a donde fue exactamente Edward Van Coon el día de su muerte. ¿El problema? La calle en cuestión está fuertemente abastecida de un gran número de tiendas de regalos, casas de empeño, tiendas de ropa, restaurantes, bloques de pisos, sin ningún indicador de cuál podría haber sido su destino. No hay forma de decir donde lo dejó el taxi, o a que distancia había entre su destino y la estación de metro. Cercano, lo más seguro, pero aún así quedaban bloques y bloques potenciales para buscar sin ninguna pista para continuar.
Girando lentamente, Sherlock estudia la cafetería e intenta determinar su posición en la calle con la dirección de la que habría venido Van Coon, murmurando para si:
- Vamos, vamos... sé que viniste aquí con un paquete. ¿Por qué sino habrías venido en taxi y te habrías ido en metro? Llevabas algo. Algo pesado, quizás algo frágil. No querías arriesgarte en el metro, así que un taxi. Hasta ahora, es obvio. Compraste algo para comer aquí antes de ir a Picadilly, pero, ¿a dónde te dirigías? ¿Dónde te dejó el taxi...? ¡Uuuf!
Se gira para ver con quien ha chocado, arqueando una ceja un segundo por la sorpresa. Es John. No, no, claro que es John, porque este es el punto de intersección, el segundo punto donde el cual las vidas de esos dos hombres completamente diferentes se cruzan una con la otra. Apenas se detiene, convirtiendo su monólogo en un diálogo con John.
- Van Coon estuvo aquí, entregando un paquete. Algo que trajo de China. Me las arreglé para averiguar esta localización con unas migajas de información y recibos que le dio a su secretaria pero no sé donde ocurrió la entrega realmente.
- Sherlock...
- Tiene que ser aquí cerca, en un radio de tres a cinco bloques, pero aún así son fácilmente 132 tiendas posibles, 52 empresas de servicio posibles, 47 restaurantes posibles, y 158 complejos de apartamentos y pisos encima de tiendas posibles...
- Sherlock...
- Así que la pregunta es por supuesto, ¿cuál? Puedo sugerir que potencialmente debió de haber estado caminando por el barrio por esta acera, a menos que cruzara la calle por este restaurante ya que hay una gran parte que habría estado escondida de la vista hasta que se lo hubiese pasado si hubiese estado andando por la otra acera, pero eso no explica todavía donde...
John interrumpe con un fuerte resoplido, señalando al otro lado de la calle:
- Esa tienda de ahí.
Parpadeando, Sherlock se detiene en mitad de su diatriba para mirar a John y luego a la tienda señalada.
- ¿Cómo diablos dedujiste eso?
Levantando la mano para revelar el pequeño cuaderno que tiene entre los dedos, John explica:
- El diario de Lukis. Lo apuntó.
Dividido entre el alivio de tener respuesta, y la decepción de que la solución sea tan obvia, Sherlock solo puede ofrecer un suave "Oh..." antes de seguir a John que está cruzando la calle hacia una pequeña y llamativa trampa para turistas.
Deambulan por la tienda, tomando esto y estudiando aquello, no del todo seguros de lo que están buscando. El Emporio El Gato de la Suerte es claramente solo una tapadera, solo un punto de recogida para la mercancía de contrabando y por lo tanto poco probable que les sirva de algo en su investigación.
- Sherlock – dice John a modo conversacional, intentando parecer más como un verdadero cliente que como un ayudante de un detective – mira esto. Tal vez deberíamos considerar comprar platos nuevos para el piso...
John pone "esa mirada" junto a su sugerencia, una con la ceja levantada de forma defensiva mientras continua:
- Bueno, yo, por mi parte, estoy un poco cansado de tener una vajilla que no encaja solo porque sigues usando algunas piezas para tus experimentos. Solo ven y mira esto…
- John, concéntrate en lo importante.
Con un resoplido molesto, John gira el bol que tiene en la mano para examinar el precio y parpadea.
- Sherlock…
- John, de verdad, es inútil, no estamos aquí para…
- Sherlock. Mira. Esto.
Sherlock se acerca a John con su propio resoplido de molestia, pero su expresión cambia rápidamente de la irritación a la fría especulación.
- ¿Lo ves…?
- Si, si, John, lo veo. Vamos.
John le ofrece a la vendedora un asentimiento educado de cabeza y un gracias antes de que se apresure a atravesar la puerta exultante:
- Es lo mismo. Es exactamente el mismo que en el cifrado.
- Si, si lo es. ¡Qué estúpido he sido! Simplemente asumí que un símbolo antiguo, una serie de símbolos mágicos o arcanos, pero esto, esto tiene mucha más lógica…
- ¿Entonces lo reconoces?
- Reconocer es una palabra muy fuerte, mira a tu alrededor, John…
Se han detenido delante de un pequeño kiosko, lleno de cartelitos con el precio en inglés, y con el cifrado.
- Es un antiguo sistema numérico de China. Hang Zhou. Ya solo lo usan los vendedores ambulantes. No eran palabras lo que estaba escrito en la pared del banco. No per se. Eran números.
Echando un vistazo a su alrededor, John señala cada símbolo, los cuales ahora conocen su significado:
- Un quince. Y el número uno – sin embargo su alegría es de corta duración – Bien, vale, pero, ¿qué significa?
Poco después se encuentran los dos en un restaurante. John no duda ni por un momento en pedir algo que sabe que se puede servir y comer con rapidez. Con suerte antes de que Sherlock termine de explicárselo todo. Espera mientras Sherlock reflexiona en silencio los detalles y agradece a la camarera cuando esta coloca un recipiente muy caliente delante de él. Espera un momento más, hasta que ella está fuera del alcance auditivo, antes de levantar una cucharada de sopa caliente y amarga a mitad de camino, preguntando:
- Entonces… ¿crees que eran contrabandistas?
Los dedos de Sherlock dejan de golpear rítmicamente entre ellos y los dobla delante de él, presionándose ligeramente el arco de cupido de los labios.
- Hasta ahora, es obvio. Sabemos que los dos, Van Coon y Lukis, iban a China de forma regular, que ambos trajeron algo con ellos, empacado en su maleta, y que ambos trajeron dicha cosa al Emporio El Gato de la Suerte. La cuestión no es si eran o no eran contrabandistas. La cuestión es, ¿con qué estaban contrabandeando?
John se las ha arreglado para tomar unos cuantos sorbos hasta ahora, el cuenco ha bajado un cuarto. Sopla sobre la siguiente cucharada de sopa, preguntando:
- ¿Drogas?
- Las drogas serían demasiado arriesgadas. No tendrían la oportunidad de llevar algo como eso en sus maletas, los perros lo olerían tarde o temprano y los dos tenían carreras de éxito por sus propios métodos. Eso sin señalar el riesgo. Eso nos deja las antigüedades.
Tomando otro bocado, John frunce el ceño.
- Aún no lo entiendo. Si los dos estaban pasando contrabando desde China, y los dos soltaron los bienes, ¿por qué fueron asesinados?
- Piensa en ello, John. No solo fueron asesinados. Sus apartamentos estaban revueltos y se habían registrado de forma metódica.
Solo le lleva a John otro segundo juntar las piezas antes de que se le abra la boca con un pequeño "oh" de comprensión.
- Uno de ellos robó algo…
- Exacto. Uno de ellos debe de haber sigo avaricioso y se quedó algo para si. Y como se desconoce quien ha sido el responsable del robo…
- Ambos fueron asesinados y sus apartamentos saqueados – John se toma un momento, parpadeando antes de recordar – Pero dijiste que el ladrón no encontró lo que estaba buscando en el apartamento de Lukis, y si el objeto robado hubiese estado en el apartamento de Van Coon, entonces Lukis habría sido inocente…
- Correcto. Lo que significa, que sea lo que sea que haya sido robado aún está ahí fuera y aún lo están buscando.
- Entonces, ¿hay otro jugador involucrado? ¿Otro contrabandista? - John se ha olvidado de su sopa por un momento, la cuchara suspendida entre el cuenco y la boca.
- Es difícil de decir, pero creo que si no nos movemos rápido, va a haber otro cuerpo encontrado en las mismas circunstancias que Van Coon y Lukis – levantándose de su silla, Sherlock murmura – Vamos John – antes de dirigirse hacia la puerta con decisión en cada paso.
Mirando fijamente a su cuenco a medio terminar, John suelta la cuchara con un tintineo y suspira. Se saca la cartera y deja dinero suficiente para la comida, luego corre a pillarlo antes de que vuelva a dejarlo atrás- No puede evitar preguntarse si alguna vez terminará una comida cuando Sherlock está en un caso.
Una vez en la calle, dirigen su camino hacia Charing Cross, con Sherlock tecleando furiosamente su Blackberry.
- ¿Sabes?, me gustaría haber terminado eso – gruñe John.
Sherlock ni siquiera le mira, preguntando de forma ausente:
- ¿Terminar qué?
Todo lo que consigue por respuesta es un suspiro de exasperación, lo cual hace que lo descarte por no tener importancia.
- Vale, ¿a donde vamos?
- Necesito consultar con un experto.
John se detiene en seco en su camino y tras unos pocos pasos, Sherlock parece darse cuenta de que le ha perdido y se da la vuelta, el abrigo arremolinándose a su alrededor.
- ¿Qué?
John no puede evitar que aparezca una sonrisa de autosuficiencia extendiéndose cada vez más amplia.
- Nada, es solo… ¿dos "expertos"? ¿En un día? Estás flojo.
Resoplando a modo de burla, Sherlock contesta:
- No puedo ser un experto en todo, John. No puedo estar llenando mi cerebro continuamente de porquería.
- Vale, vale, solo eres un súper-humano, no omnisciente. Entonces, ¿a dónde vamos?
- ¿No es obvio? - responde Sherlock – Al Museo Británico.
ASBO : anti-social behaviour order, literalmente "Orden de comportamiento antisocial". Es una orden judicial que se expide en el Reino Unido y que básicamente te identifica como persona que ha cometido un acto considerado antisocial, que no tienen que ser ilegales per se. Al parecer te la pueden dar por una serie de razones. Escupir, intimidar a la gente, vandalismo, contaminación acústica, conducta de borracho, no limpiar las heces de las mascotas, mendicidad, conducta indecente, etc.
Taumaturgía: es la capacidad de realizar prodigios, fenómenos considerados sobrenaturales o que están más allá de las capacidades humanas, por parte de un agente al que se considera extraordinario, como un mago o un santo, o incluso un rey. También se atribuyen cualidades taumatúrgicas a objetos como las reliquias.
