NADA DE ESTO ME PERTENECE, LOS PERSONAJES SON DE DREAMWORS, SOLO ME DIVIERTO ESCRIBIENDO.
¡Mi segundo capítulo! Vaya que estoy inspirada, espero esta racha no termine al menos hasta que haya realizado la mitad de la historia ¿Sería mucho pedirle a las Musas?... Como sea, en esta capítulo vamos a adentrarnos un poquitín a la base romana de Alere Flammam, veremos quiénes la vigilan pues el espionaje será parte importante del fic.
Comentarios:
ASHKORE15: La verdad, sí lo pensé. Es decir, yo leo muchos fics en inglés y estoy más familiarizada en escribir Hiccup o Toothless. Pero pensé que, entre varias cosas, esos nombres pueden confundir a quienes no los conocen (no todas las personas les gusta o estudian el inglés) Y, por otra parte, ya que todo está en español, me pareció que los nombres debían respetar el idioma. xD Puede que Patapez haya podido ocupar un lugar parecido, pero para el rumbo que tomará el fic… no aplicaría bien. Muchas gracias por leer (:
Gio2012: gracias por los favoritos y el comentario, me sentí emocionada al abrir el mensaje en mi correo. De hecho, ya me pasé por tu fic (si bien recuerdo te deje un comentario, si no, pues te lo hago ahorita xD) Y me gustó mucho. Espero que lo continúes porque tengo ansias de ver a Hipo enseñando a Estoico cómo montar un dragón.
Capitulo 2.
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Fuerte Alere Flammam…
La fortaleza de Alere Flammam era la más grande de todas las romanas. Se ubicaba al norte, y estaba muy cerca del fuerte Fereiya vikingo. Al ser la base más cercana a los territorios vikingos, Alere Flammam era quizá la más importante de todas las bases romanas en esa guerra. Y, a poco metro, estaba un pueblo que se encargaba de la agricultura y comercio en el lugar.
No era tan frío y tenía buena pesca, al no ser una isla los fértiles terrenos, aptos para la cosecha, se plagaban por kilómetros afuera de la muralla. El muro de quince metros altura era una obra maestra de la ingeniería romana, y de la que sus soldados se enorgullecían. Tenía un estrecho pasillo por donde pasaban guardias a todas horas en diferentes turnos.
La fortaleza interna era una especie de palacio bien fortificado, con grandes explanadas para entrenamientos y un almacén de armas gigante. Era de tres pisos, con una serie de túneles subterráneos que llevaba a diferentes catacumbas y sótanos, donde usualmente encerraban a los prisioneros.
La base contaba con el capitán Eliseo, gran estratega y amigo personal del emperador. A su disposición estaban entre doscientos y trescientos hombres romanos, el número variaba dependiendo las campañas. Había veces en que llegaban hasta quinientos, cuando demandaba refuerzos al imperio. Eso, sin contar a las tropas marinas. Doscientos hombres manejando desde tres puertos distintos un total de cincuenta y seis naves de guerra. Debían admitir que los barcos vikingos eran mucho mejores que los de ellos, pero al menos podían hacerles frente.
Alere Flammam contaba con otras dos bases, ya lejanas, que le auxiliaban seguidamente en mandar tropas o crear ofensivas contra los vikingos. Ese pueblo bárbaro debía caer bajo su imperio por las buenas o las malas. No eran un hueso duro de roer pero, eventualmente, les podrían vencer.
No sabían desde luego que en esa base habían tres infiltrados vikingos. Tres muchachos, guerreros fuertes e inteligentes que habían conseguido pasar como romanos gracias a su dominio del latín y cambio total de imagen. Llevaban orgullosos un uniforme que odiaban, y entre ellos estaban siempre en contacto para saber qué y cuándo mandar información.
Erick era el más joven, tenía diecisiete años y llevaba en sus manos una lanza. Estaba haciendo guardia nocturna, y no veía nada. Se tensó cuando una antorcha comenzó a iluminar con su parpadeante luz el pasillo, adoptando una postura erguida. Se relajó cuando vio que era nada más y menos que su compañero, Gunter, también vikingo.
Los dos tenían a su favor que no eran ni tan altos ni tan robustos como los demás vikingos, su joven edad y haber padecido hambre durante el bloqueo les daba una figura aerodinámica, fuerte y resistente que no llegaba a lo robusto. Aprovechando que no había nadie cerca, solo ellos dos, decidieron hablar, en su idioma natal.
—¿Alguna información interesante?—preguntó Erick.
Gunter negó con la cabeza.
—Nada aún ¿Sabes algo sobre el prisionero de la puerta 33?
—En absoluto.
—Deberá ser alguien importante para que lo mantengan en secreto.
—Pero ¿Quién?
Al escuchar el lejano ruido de unas pisadas comenzaron a hablar en latín, pero de una manera más llevadera. No querían que sospecharan de ellos bajo ninguna circunstancia.
—Deberemos mantenernos alerta.
—Al menos no hay nada nuevo aún.
Mientras nada malo pasara, no debían informar a las bases vikingas. La tediosa tarea de salir de las murallas clandestinamente para llegar al pueblo cercano, donde su compañero vikingo Edgar pudiera llevar el mensaje hacia el norte, no era precisamente su actividad favorita. Además, mientras no pasaran novedades, podían respirar tranquilos pensando que sus familias no estaban peleando o pasando de hambre.
Pronto se reveló el autor del ruido. Era un soldado romano que les saludó con un gesto y pasó sin decir nada, ni tampoco sospechar un ápice lo que ellos estaban hablando. Gunter se fue, pensando que sería lo mejor, y dejó a Erick solo en su guardia.
Éste no dejaba de pensar en el prisionero de la celda 33. Era el más misterioso de toda la base. No se sabía su nombre, nadie entraba ni salía de esa puerta más que el capitán. Sabían que era un herrero, o algo parecido, porque el capitán llevaba enormes cargamentos de metal y comida a la celda, saliendo con armas. Eso les hacía pensar que se trataban de varias personas, pues dudaban que un solo hombre pudiera hacer hasta cincuenta espadas al día.
¿Quiénes serían esos herreros? ¿Acaso los prisioneros de guerra iban a parar a esa celda, a ese destino? Llevaban en Alere Flammam apenas dos meses y no habían visto en absoluto lo que pasaba con los cautivos de batallas. El pasillo donde estaba la celda 33 estaba celosamente vigilado a todas horas. Y la celda 34 más.
Esa celda era un misterio para todos. Se encontraba al fondo de la catacumba más oscura. Nunca se escuchaba un solo ruido y no le dejaban pasar para tan siquiera ver la puerta de madera con sus detalles. A veces, viendo el brillo de las antorchas, pensaba que eran puertas de acero. Sean de lo que fueran, nada entraba o salía de esa celda. Y nunca vio que pasaran alimentos.
Si estaba vacía ¿Por qué no le dejaban que se acercara al lugar? Le parecía algo ilógico y extraño. El no era demasiado inteligente como para ponerse a deducir algo. En ese ámbito su hermana era mucho mejor y quien podría incluso hasta haber descubierto de qué se trataba.
Una ligera sonrisa adornó su rostro cuando pensó en su hermana. Ella era mayor que él por dos años. Tenía el cabello pelirrojo de su madre y los ojos verdes de su padre. Era vivaz, astuta, inteligente y rápida de pensamientos. Una excelente guerrera que aún así tenía un corazón dulce bondadoso para con todos. Su arma favorita era el martillo y en el campo de batalla podía ser una fiera desatada, donde sus cabellos simulaban unas llamas incandescentes de fuego y rabia mientras gritaba como loca.
Nada que ver su forma de actuar. Cuando no tenía que pelear, se la pasaba ayudando a los demás, viendo qué podía hacer para que sus vidas fueran más tranquilas. Le gustaban mucho los niños y sabía que, silenciosamente, soñaba con casarse pronto. Su nombre era Greta y esperaba poder verla pronto.
Originalmente Greta iría a la misión con Gunter, en vez de él. Y es que no le dolía a su orgullo admitir que su hermana era mucho más lista, calculadora y mejor espía que Erick. Parecía haber nacido para ese trabajo y sus jefes, Brutacio y Brutilda, estaban orgullosos de ello. Pero los romanos no daban espacio a las mujeres para que fueran guerreras, como ellos. Era una cultura bastante machista que excluía y discriminaba a la mujer por considerarla débil. Vaya tontos.
Además, Greta era pelirroja y tenía facciones más vikingas. Erick tenía cabello castaño y ojos oscuros, con facciones un poco finas que le hacían parecer, con el atuendo correcto, un vulgar mediterráneo.
La noche empezó a dar paso al día, el cielo aclarándose hasta hacerse de un color púrpura. Erick veía todo tranquilo y sereno, pensando que pronto podría irse a dormir. Estaba muy cansado y deseaba tumbarse en un buen pedazo de suelo para no saber nada del mundo en un par de horas.
Pronto, llegó su relevo. Hizo un saludo reverencial y se dispuso a descansar. No pudo porque, apenas y entró al palacio, un revuelto de soldados corriendo hacia las afueras le empujó. Erick debió sostenerse con fuerza y buscar una salida de esa manada desquiciada, llegando a una sólida pared donde pudo sostenerse y salir del bullicio. Los soldados corrían como posesos, con armas en mano.
Reaccionó violentamente cuando alguien le tocó el hombro, pero al ver a Gunter, se calmó.
—¿Qué pasa?—preguntó.
—La mitad de los hombres se marchan. Irán en barco hasta Masla.
Sus ojos se abrieron desmesuradamente ¡Su hermana, Greta, estaba en Masla! Así como casi todos sus amigos, y unos primos…. ¡Gracias a los dioses sus padres no habían salido de Berk!
—¿Qué?
—Mandé el mensaje—dijo Gunter calmado—Apenas lo supe y salí de la muralla, acabo de llegar. Piensan dar un ataque sorpresa aprovechando que unas tropas de Masla han partido a Firya, por comercio.
—¿Y crees que puedan sorprenderlos?
—No lo creo. Edgar salió en su dragón hace tres horas. Les llevará mucha ventaja, al menos la suficiente para que preparen sus armas.
Erick asintió.
Gunter seguía ahí de pie, viendo a los soldados que se marchaban. Sentía pena por ellos, no sabían que en Masla estaban entrenando desde hacia medio mes a una docena de dragones. Se llevarían una gran sorpresa, porque solo saldrían una tropa de doce naves.
Erick miró a Gunter y nuevamente sintió admiración por él. Desde que lo conocía había sido el mismo. Fuerte, aguerrido, de un rostro sereno que parecía ser incapaz de mostrar alguna emoción. Gunter tenía un control inmenso sobre sí mismo y actuaba después de pensar concienzudamente las cosas. Era gran espadachín, y un buen jinete de dragones. Tenía cabello rubio y ojo azules, complexión delgada y bajo de estatura. Se podía hacer pasar por romano con excelencia, ya que dominaba el latín como si fuera su lengua madre.
Eso no pasaba con Erick. Él hablaba latín pero torpemente, no se acostumbraba al acento. Por eso casi nunca hablaba y se le consideraba un silencioso.
Las tropas romanas partieron, esperando una gran victoria. Solo ellos dos sabían que tendrían una gran derrota.
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Isla de Berk.
El alargado barco pintado de rojo ancló en el muelle después de cinco días en altamar. Los hombres saltaron hacia el suelo de madera bajando en sus hombros sacos mientras acomodaban unas cuantas cosas en el suelo, dispuestos a desembarcar todo lo que traían. Eran verduras, frutas, algunos peces y mucha harina para pan.
Sobresalió una figurilla delgada con cabellos rubios trenzados en la nuca que bajó de un solo salto. Llevaba en una mano un cesto con frutos diversos y coloridos, esbozando una larga sonrisa. Hacia tres meses que no veía Berk, su hogar, y de verdad que extrañaba ese enorme acantilado en donde estaban asentadas esas casas que vio todo los días mientras crecía.
Dejó la cesta de lado cuando vio dos figuras altas y robustas acercarse a ella. Los dos hombres no eran casi nada parecidos. Uno tenía el cabello rojo, con una enorme y esponjada barba ligeramente trenzada. El casco en su cabeza indicaba un rango muy alto, así como su armadura color verde y la capa de piel que colgaba de su espalda. A su lado, llegándole apenas al hombro, estaba un chico rasurado de cabello negro con casco y ropas ligeras, negras también.
—¡Hola!—saludó Astrid, feliz de verlos tras mucho tiempo.
—¡Astrid!—ese fue Patán—No sabes lo mucho que te hemos extrañado, amiga.
Ella le dio un abrazo a su viejo amigo de la infancia. Había crecido en todo ese tiempo sin verlo.
—Yo me alegro más….
—¿Cómo te ha ido, Astrid? ¿Algo interesante?
—Los romanos no han atacado en un mes, me parece demasiado bueno…
—No tentemos a la suerte y disfrutemos los momentos de paz—declaró Estoico, Jefe absoluto dela tribu—¿Ha sido buena la compra? ¿Cómo están las otras bases?
—Bien, nada nuevo que reportar, hasta donde yo sé.
Astrid miró de reojo a los demás hombres que desembarcaban, y les volvió a prestar toda su atención a Estoico. Éste parecía tener algo importante que decirle.
—Astrid, debo pedirte una nueva misión.
Ella se puso alerta, sabía que si algo le encargaban, era con la confianza de que lo haría bien.
—Diga—respondió.
—Verás, los dragones, benditos sean los dioses, se han reproducido mucho en estos tres años. Ya no podemos atenderlos ni entrenarlos como se debe aquí en Berk.
Hizo una corta pausa.
—Por eso mandamos a una cantidad considerable de jóvenes dragones a la fortaleza de Masla. Y quiero que seas tú una de las entrenadoras.
Ella abrió los ojos por la sorpresa. Desde que la guerra había empezado… bueno, no. Desde que Hipo había muerto, Astrid no había entrenado a ningún dragón. Le traía recuerdos. Miró fijamente a Estoico por unos cuantos segundos.
—Lo haré ¿Cuándo debo de partir?—no dejaría que sus sentimientos se antepusieran a su deber.
—Mañana si quieres. Tómate este día para descansar.
Pero Astrid partiría ese mismo día. Apenas ella se dio la vuelta, los vikingos apuntaron al cielo señalando un Nadder mensaje que se acercaba rápidamente al muelle. Encima estaba Edgar, uno de sus espías.
—¡Estoico!—gritó, volando a dos metros encima del cielo—Han mandado una tropa a Masla para atacar. Ya les avisé, pero creo que ocuparán ayuda.
—¿Cuándo llegará la tropa?
—Esta misma tarde.
—Bien hecho Edgar, mandaré refuerzos.
Astrid inmediatamente se dirigió a Patán.
—¿Dónde está Torméntula?
—En el establo.
Estoico le habló.
—No es necesario que vayas Astrid, debes descansar, has trabajo mucho últimamente.
—No es la gran cosa, solo una batalla. Toda ayuda les será buena.
Les dio la espalda y corrió hacia el pueblo. Estoico suspiró por lo bajo. Esa niña no cambiaría, seguiría yendo de batalle en batalla, problema a problema, por el resto de su vida. Pero no había nada por hacer para poder ayudarle.
Astrid subió al pueblo, yéndose al fondo. No pensó ni siquiera en saludar a sus padres, que seguro estarían en su casa o entrenando. Hacia casi un año que no los veía…¡Pero había cosas más importantes! Ayudar a Masla, por ejemplo. Abrió las puertas del establo, buscando entre todos los dragones al suyo.
Torméntula se abalanzo sobre Astrid apenas la vio. Éste la acarició con ternura la nariz y le abrazó lentamente, pensando en lo mucho que la había extrañado.
—Vamos nena, debemos ir a una batalla.
Se llevó al Nadder hacia fuera, pasando por la fragua donde pidió un hacha. No estaba Bocón, y eso le sorprendió, en su lugar estaba el nuevo aprendiz de herrero que tenía el mutilado vikingo. Era un joven alto y poco musculoso, pelirrojo y de linda sonrisa, que le dio el arma sin preguntar el porqué. Le pareció poco simpático, porque en el fondo, Astrid sintió que ese muchacho intentaba ocupar el lugar de Hipo. Y no había nadie como él.
Dejó esos pensamientos mientras acomodaba el hacha en su cinturón y subía a Torméntula. El dragón voló cuando ella jaló levemente de las riendas. Sintió una sensación placentera de vértigo cuando se internó a las alturas del cielo y sintió el aire golpear su rostro. Se dirigió al sur, pensando en las estrategias que usaría apenas llegara a Masla.
Sería una buena pelea.
ACLARACIÓN:
Chimuelo, es una regionalismo mexicano que se aplica para describir a personas o niños que les falta un diente o toda la dentadura. Vendría significando lo mismo que Desdentado (lo pongo en consideración a lectores sudamericanos que conocen esa versión).
Fe de Erratas: En el capítulo anterior puse Flamma en vez de Flammam. He corregido ese error gramatical en este capítulo. El significado es el mismo "Flama".
¿No hay más errores?... no hasta donde yo sé. Corríjanme sin encuentran otro. Espero que el capítulo les guste, y me dejen un lindo comentario por ahí-. ¡Ya estoy terminando el chapter 3! Espero poder subirlo a finales de ésta semana.
Chao!
