NADA DE ESTO ME PERTENECE, LOS PERSONAJES SON DE DREAMWORKS, SOLO ME DIVIERTO AL ESCRIBIR ESTO.
¡Hola a todos!
Bueno, no me he tardado realmente mucho en subir este capitulo. Al menos yo pensaba que demoraría más tiempo. :)
Comentarios:
TheOnlyNightFury: ¡Wow! tus comentarios me halagaron y emocionaron demasiado. Alegra saber que hay lectores tan entusiastas. No puedo responderte a la mayoría de las preguntas porque arruinaría la trama. En fin, ahorita mismo me voy a leer tu fic :)
AliceCullen: Muchas gracias, bueno, en este capítulo se da un atisbo sobre ellos dos.
ASHKORE15: Thanks, me alegro de que te diera risa, me pareció que sería muy "Bocón"
Enjoy!
Capitulo 4.
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—¿Derrotados?—el capitán Eliseo pronunció la palabra como si no supiera su significado. Después, miró con odio e ira reprimida al general que estaba enfrente suyo.—¡Derrotados!
Golpeó al general con fuerza, tumbándolo y haciendo que rodara en las escaleras. El sonido de la armadura metálica golpeando constantemente la piedra hizo eco en la fortaleza. Ningún solo soldado se movió para ayudarlo y, en cambio, retrocedieron espantados del capitán.
Eliseo estaba hecho una fiera.
El general llegó al suelo y trató de ponerse de pie. Tenía golpes en la cara que le sangraban y la armadura estaba abollada. Pudo sentarse, para ver a Eliseo suplicante. Respiraba con dificultad, seguro necesitaría una atención médica.
—¿Cómo es posible que una base casi vacía de molestos vikingos haya podido derrotar a la tropa romana?—la pregunta sonaba más como un reclamo—¡Cómo! Díganme ¿¡Cómo han podido ser tan incompetentes!
Nadie dijo o hizo sonido alguno.
—Esto esperaba… ¡Manada de cobardes! Pero limpios no saldrán…
Eliseo pensaba en una manera de castigar a sus tropas mientras caminaba por el pasillo, golpeando a todos los guardias que se cruzaban en su camino. Erick, que estaba en guardia, miró al capitán y supo pronto que estaba bajando hacia las catacumbas.
Pudo más su curiosidad. No había nadie cerca así que fue bajando, despacio y sin hacer ruido, a una distancia prudente para que Eliseo no le viera. No obstante, encontrándose en cierto pasillo, lo perdió de vista. Maldijo su mala suerte y volvió a su lugar, mientras pensaba a dónde iría aquel hombre.
Eliseo se internó a lo más oscuro de la fortaleza. Su orgullo herido clamaba venganza. No era posible que los reportes mandados a Roma tengan que ser de derrotas. ¡El era el capitán Eliseo! El más grande y glorioso de todo el imperio romano. La manada de brutos vikingos no podría más que él. Aplastaría esos bárbaros aunque la vida se le fuera en ello. ¡Los dioses lo sabrían!
Al fondo en esa catacumba estaba una puerta de acero con el número 33. No lo pensó dos veces. Saco de su cinturón el manojo de llaves y usó una para abrirla, entró al lugar sintiendo un inmediato calor.
La celda estaba ardiendo. Era amplia, quizá más que su propio despacho. Al fondo tenía una chimenea enorme con trozos de carbón y madera que ardían a todas las horas. El calor en ese lugar era insoportable, de no ser por la rejilla de ventilación seguro nadie sobreviviría ni una hora en ese horno.
No puso más atención y dirigió su mirada al catre que estaba acomodado en una esquina. Recostado, una figura se sentó por los ruidos del capitán. No volteó, no le miró, y le siguió dando la espalda. Pero sí habló.
—¿Pasa algo malo?—esa arrogancia enfureció más a Eliseo.
—¡Si!—gritó—Mis tropas han perdido en Masla ¡Y todo es por tu culpa!
Estaba a punto de coger el látigo de su cinturón cuando…
—No tengo la culpa de nada.—dijo el hombre. Su voz sonaba ronca ¿Acaso estaba dormido? ¡Debería estar trabajando!
Eliseo vio la bandeja con comida en una de las mesas casi intacta, así como un montón de espadas listas y terminadas en la otra. El maldito bastardo hacia bien su trabajo y no podía castigarlo porque el estúpido cumplía el trato al pie de la letra. Le daban ganas de matarlo por eso.
—¿Ah no? ¡Me dijiste que las armas acabarían con centenares de vikingos en una sola empuñada!—reclamó—¡Y ya van dos peleas que perdemos!
La figura esbozó una pequeña sonrisa que no pasó desapercibida para el capitán. ¡Se estaba burlando de él! Pero Eliseo era más listo—o eso pensaba—Y no caería en esa provocación.
—Han ganado bastantes peleas.—empezó—Y mis armas funcionan. Lo que te está fallando es la estrategia y lo sabes.
Eliseo pateó la mesa que estaba enfrente de sí y todos los papeles que ahí reposaban salieron volando. Agarró una hoja, y encontró en ella unos bocetos hechos de carbón. Mostraban a una mujer, vikinga desde luego, que estaba de perfil con una curiosa expresión en su cara.
—¿Tu novia?—se mofó—Quizá esté muerta.
Dio unos pasos y tiró el papel al fuego. La persona no dijo nada o mostró emoción alguna.
—Si quieres seguir ganando.—dijo—Cambia tu manera de pensar. Las derrotas demuestran que ellos ya adivinaron tus jugadas, ya saben qué es lo que harás. ¿Solo has perdido dos batallas? Me parece bien, son pocas, ellos aún no ganan confianza. Cambia tu táctica y tendrás la victoria asegurada.
—¿El elemento sorpresa no cuenta?
—No, porque ellos siempre estarán preparados. Día y noche entrenan, y salen a comprar en el pueblo con armas en sus manos.
Eliseo asintió. Él le había dicho todo lo que necesitaba saber. A pesar de que era un mocoso vikingo estúpido, todo lo que le decía siempre le ayudaba en el campo de batalla.
—Nunca dejaré de maravillarme sobre los traidores.—agarró un martillo y lo aventó hacia el catre. La persona lo atrapó en el aire, antes de que le golpeara—Ponte a trabajar.
Salió de la celda, sintiendo la frescura del aire en el pasillo y humedad. Dio unos pasos hacia la celda 34 y acaricio la puerta reforzada.
—Quizá pronto salgas, si aprendes a comportarte.
Escuchó unos rugidos al otro lado y sonrió.
—Así me gusta.
Subió hacia la fortaleza, mientras pensaba qué más podía hacer en esa guerra.
o-o-o-o-o
o-o-o-o-o
Egil no tenía más de veinte años, la estatura promedio de un vikingo, anchos hombros y fuertes brazos. Su cabello era negro azabache, corto y casi todo cubierto por el casco café adornado con dos cuernos grandes. Era un orgulloso vikingo aficionado del combate que en verdad adoraba su trabajo. Aunque deseaba tiempos de paz, aprovechaba la guerra para sacar ahí todo su odio.
Él era un adolescente de dieciséis años, casi diecisiete, cuando sucedió el bloqueo en Berk. Hasta ese momento Egil había visto la vida de una manera optimista, las cosas mejoraban, los dragones eran sensacionales y no había nada mejor que una tribu vikinga unida, sus padres, sus seis hermanos y hermanas, sus amigos, y las carreras de dragón. La guerra le había quitado muchas cosas.
El hambre que pasó no lo olvidaba, menos a sus hermanas y hermanos menores. Ellos murieron en la hambruna, al igual que sus padres. Solo su hermano Finn sobrevivió y juntos entrenaron jurando vengar a su familia de aquel ataque.
Lo que más sobresalía en Egil, era la cicatriz grande que cruzaba la mitad de su rostro. Nacía en la comisura de su boca, en el lado derecho, y ascendía torcida hasta llegar cerca del ojo. Según los doctores fue una suerte que no perdiera el ojo ni la mejilla. Era la marca de la ardiente pelea en Fereiya, hace dos años.
Egil sobresalió desde joven en el uso de armas y en el combate cuerpo a cuerpo. Por su valentía en Fereiya, el Jefe Estoico le premió nombrándolo comandante de las tropas en el fuerte Thorum, la fortaleza más nueva y grande de todas las vikingas. Se encontraba al este de Berk, en un viaje que duraba de dos a tres horas en vuelo; o cinco a seis horas en mar. La isla sobre la que se asentaba era extensa, con una cadena de montañas que fueron aprovechadas por los vikingos para ocultar la base y darle protección natural.
El puerto estaba protegido y la enorme torre que servía como centinela y faro medía casi veinte metros de altura. Thorum fue nombrada así en honor al Dios Thor, al que Egil le tenía tanta devoción. De hecho, en el centro de la fortaleza se encontraba erguido un pequeño templo donde podían rendirle culto los soldados al poderoso dios de los truenos.
Egil, a pesar de ser un buen estratega, estricto comandante y gran guerrero, tenía más cualidades. Encontraba cierto gusto en el teatro y la música, al grado que, cuando se relajaba o quería aclarar su mente, se ponía a componer canciones de todos los tipos. Por no mencionar que tenía un gran sentido del humor, algo cínico y subido de tono, pero bueno al fin de cuentas.
Thorum, por ser la más grande de las bases, sería la sede de una importantísima junta donde estaría presente el Gran Consejo. Éste, se conformaba por soldados de renombre previamente nombrados, los jefes de las bases y desde luego, Estoico.
La gran mesa del comedor en Thorum estaba preparada. Los barcos fueron llegando de poco en poco. Egil se mostró realmente feliz de volver a ver a su hermano, Finn, en esa reunión.
Los dos eran muy parecidos, pero Finn tenía el cabello castaño, pecas y era más alto. Le llevaba dos años a Egil y en vez de música, le gustaba dibujar. Él era comandante supremo de la fortaleza Fereiya, más al sur que Thorum y cerca de Masla. Fereiya tenía fama porque se enfocaba en el adiestramiento de guerreros estrategas que usaran técnicas corporales, más que armas, a la hora del combate. Además, estaba asentada sobre la isla más grande y llana, lo suficientemente al sur para producir gran cantidad de alimentos que eran distribuidos en toda las bases.
Seguido de Finn, llegó Patapez, quien dirigía Fyrya. Esta era la base más pequeña y cercana a Berk. Estaba a menos de una hora en vuelo al oeste, y poco menos de dos horas en mar. Fyrya era una fortaleza que estaba destinada a entrenar a los muchachos y chicas jóvenes. En una guerra mientras más soldados hubiera era mejor. Estoico hizo el decreto de que todo joven, hombre o mujer, apenas cumplía los quince años debía presentarse en Fyrya para hacer un servicio militar. Les enseñaban por dos años a usar las armas, pensar, combatir y obedecer. Tras ese tiempo podían volver a Berk como guardias defensores de la isla, o trasladarse a un adiestramiento más severo en cualquiera de las otras bases.
Patapez había crecido en esos años. Estaba más alto y musculoso, por no mencionar severo. Era bastante estricto con sus estudiantes, pero un buen maestro. Se llevaba bien con Egil y con Finn, pero no pasaban de buenos guerreros para él. Fuera de los gemelos, Patán y Astrid, Patapez no consideraba a nadie más sus amigos.
Brutacio y Brutilda llegaron poco después. Los últimos fueron Estoico y Patán. Los años definitivamente habían cambiado a Estoico, eso, y el hecho de perder a su único hijo. Por alguna razón, Estoico consideraba la muerte de Hipo su culpa, en parte porque pudo haberle impedido ir a esa misión. Pero las cosas habían pasado por algo, y no se podía remediar lo ocurrido. Se le veía algo avejentado, pero fuerte y aguerrido. Seguía siendo firme, inexorable en algunas decisiones, con el único motivo de destruir a los romanos para vengar la muerte de su hijo. Empero, y a pesar de eso, se había transformado en un hombre más humano, misericordioso y tolerable.
Patán era punto y aparte. En un principio se vio afectado por la muerte de su primo, pero, conforme el tiempo pasó, y mientras más iban considerándolo el futuro heredero de Berk, encontró un gusto extraño pero grande por el poder. Se había convertido en una persona despiadada, que solo le importaba ganar la guerra, y ambiciosa. Berk era suyo, muy pronto sería suyo, y nadie se lo podría quitar. Bendijo la muerte de Hipo, que le daba la oportunidad de adquirir lo que ya era suyo por nacimiento.
Aunque frente a Estoico y sus amigos seguía actuando como antes, lo cierto es que se empezaba a impacientar. Veía que la salud de su tío decaía y, rogaba, poder remplazarlo pronto. Mientras más pronto mejor.
La reunión del Gran Consejo finalmente inició.
—Bienvenidos sean todos—dijo Egil, como anfitrión—Siéntanse como en su casa, por favor.
Después tomó asiento, cediéndole la palabra a Estoico.
—Gracias Egil, me alegro de ver Thorum en tan buenas condiciones. Pero hemos venido a tratar de temas más importantes, que, creo, todos conocen.
Silencio sepulcral.
—En menos de un mes cumpliremos cuatro años de que la guerra contra los romanos inició, y aunque no vamos perdiendo, tampoco vamos ganando—guardó un poco de silencio, observando a todos los presentes—He tenido contacto con otras tribus vikingas, que se ofrecen a ayudarnos militarmente hablando.
Brutilda jadeó un poco sorprendida, los demás, abrieron sus ojos.
—¿Por qué?—preguntó Finn—¿Por qué ahora y no antes?
—Por que la situación se ha vuelto crítica—contestó—los romanos han comenzado una gran ofensiva contra las Tribus de Tvinge y Kratfuld. No queremos perder más pueblos hermanos, ni que sufran los mismos destinos que Taber ¿O si?
Todos bajaron la cabeza en un silencio de pésame al ser mencionada Taber. Era una Tribu vikinga en el extremo sur de la Gran península, y la primera en ser atacada por los romanos. Era grande, majestuosa, y muy hermosa; con el tiempo sus pobladores, que no tenían problemas con los dragones, se habían convertido en personas cultas. La mayoría de los templos dedicados a los dioses se encontraban en Taber, y de ahí provenían los mejores poetas, escultores y sacerdotes. Las fiestas tradicionales más esplendorosas, cuando las Tribus vikingas se unían, eran celebradas ahí.
De la noche a la mañana, Taber fue atacada. Los barcos romanos, en una gran formación, no dieron descanso a los bombardeos con sus catapultas y cañones. Los soldados que pisaron tierra dieron combates fieros contra los más experimentados soldados. Pero el ejército romano superaba las fuerzas de la pacífica Taber, siendo tres, casi cuatro veces más. La batalla duró dos días y la ciudad se perdió por completo. Los templo, las casas, todo fue incendiado, en una antorcha gigante que fue vista en las islas más cercanas. Era un mensaje para los demás vikingos: ustedes siguen.
Sobre las ruinas de Taber, con motivos de burla, fue construido el fuerte Alere Flammam. De ahí que fuera el mejor orgullo romano y el más odiado por parte de los vikingos. Berk era la tribu más cercana a Taber y la que fue atacada sin miramientos. Pero, cuatro años después, seguía sin ser derrotada.
Los romanos en su desesperación por destruirla, y guiados por su arrogancia—pues eran los mejores guerreros del mundo, los hijos de dios, el pueblo escogido—comenzaron sus ataques a las demás tribus. Era, pues, necesaria una alianza.
—Me reuniré con los jefes de Tvinge y Kratfuld. En mi ausencia, Patán estará a cargo—el susodicho asintió—Mientras llego, no quiero que bajo ningún motivo ataquen a los romanos. Defiéndase o repelen los ataques, pero no comiencen la ofensiva ¿De acuerdo?
—¡Bien!—fue el grito unánime.
—Entren duro, les mandaré hablar para comunicarles el acuerdo a mi regreso.
Estoico saludó y salió del salón. Las conversaciones comenzaron.
—Bien, habrá que ser cautelosos—pensaba Brutilda—Espero que resulten buenos acuerdos.
—No veo porque no. Tvigen y Kratfuld siempre han sido buenas aliadas de Berk. Incluso nos mandan alimento muchas veces ¿No recuerdan?—ese fue Patapez.
—Pero esto es una guerra—dijo Patán—Y las cosas pueden cambiar.
—Lo dudo.
—No pensemos de manera negativa, mantengamos las expectativas altas—intervino Finn.
—Sí—sonrió Brutilda—Como un buen amigo decía "Somos vikingos, es un gaje del oficio"
Todos asintieron.
*Tvigen significa fuerza. Kratfuld quiere decir poderoso y Taber perdedor. Todo en danés.
Espero que les guste el capítulo, escogí los nombres por sus significados, eran los más normales. Muchas gracias por todo el apoyo ¡Nos leemos después!
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chao!
