NADA DE ESTO ME PERTENECE, LOS PERSONAJES SON DE DREAMWORS, SOLO ME DIVIERTO ESCRIBIENDO ESTO.
¡Hola a todo el mundo! Bueno, esta vez no me he tardado nada en actualizar... creo yo xD La verdad, he andado muy inspirada y espero seguir así por unos días más, al menos hasta terminar este fic.
Comentarios:
TheOnlyNightFury: Las cosas entre Finn y Astrid son parecidas a las que mencionas. ¡No puedo responderte todas esas preguntas! si lo hago arruinaría toda la trama para ti y los demás lectores. Pero te felicito, tienes buena intuición :)
digixrikanonaka: Muchas gracias a ti por leerme y además, dejarme comentarios :) Sobre Finn y Astrid... bueno, lo irán viendo.
Espartano: Me alegro que te guste tanto, como a mi me alegra escribirla :) Trataré de no demorar mucho en las actualizaciones.
Capitulo 6.
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Cuando entró a la fragua llevando una espada y hacha en sus manos no pensaba tardarse tanto, es más, solo quería que Hipo le arreglase las armas. Necesitaba volver pronto a casa, darle la espada a su hermano y descansar para el gran ataque de mañana.
Dejó las armas sobre la mesa del mostrador. De Bocón no había ni rastro. En la otra mesa permanecía una taza con café frío y un pedazo de pan a medio comer. El carbón estaba encendido y ardiendo, con unos trozos de metal derritiéndose lentamente entre las llamas. Sentado en su desván, Hipo dibujaba con un pedazo de carbón sobre un trozo de papel.
Dio unos cuantos pasos, sin querer hacer ruido. Podía verlo, arqueado y con el rostro cerca del papel. El ceño fruncido detonaba una concentración absoluta, los verdes ojos brillando de emoción mientras pensaba cosas que no entendía; la mano y muñeca se movían con fluidez envidiable, haciendo unos trazos perfectos y delicados que iban construyendo una figura minuciosamente pensada.
Una vez que ella comprendió el dibujo, la pintura, la fragua… se percató de que Hipo no tenía nada que envidiarle a los demás vikingos. Ella ni por asomo podría soñar con inventar armas, y hacerlas mucho menos. El saber usarlas no la hacía la mejor vikinga de todas. Hipo era tan especial a su manera…
Se recargó delicada sobre la pared de madera, pero estaba ensimismada en sus propios pensamientos, que no se percató de que aquella madera estaba hinchada. Crujió como si se rompiera, haciendo temblar ligeramente el techo y dejando caer aserrín. Hipo inmediatamente se estremeció, enderezándose y dejando caer el carbón de sus manos. Al voltear el rostro, miró a Astrid, y sonrió calmándose.
—Ah, Astrid—dijo—Eras tú… ¿Qué pasa? ¿Necesitas algo?
—Unas armas se han roto y… bueno ¿Me las puedes arreglar?
—Claro—se puso de pie de inmediato, alisándose la camisa y dando unos pasos hacia ella.
—Por cierto, Hipo ¿Qué hacías?
El muchacho sostenía en ambas manos la espada, analizando el trabajo que debía hacer, cuando reparó en sus palabras. Se fue hacia el otro lado de la fragua, cogiendo un martillo de la pared y yéndose hacia el fuego.
—Diseñaba unas armas, ya ves… me siento inspirado últimamente.
Astrid sin preguntar se metió al gabinete y vio entre las diversas hojas una encima de todas. Era sobre la cual dibujaba hacia unos minutos, y el diseño consistía en una espada diferente y única. En la base, era ancha, adelgazándose y después adoptando unas curiosas ondulaciones para terminar en punta. Cogió el papel en sus manos, y con una sonrisa, caminó hacia él.
Hipo estaba moviendo la espada en el fuego, haciendo que el metal comenzara a enrojecerse de calor pero sin llegar a derretirse. Cuando estaba lo suficientemente caliente para moldearlo lo colocó encima del yunque y empezó a martillar. Astrid dejó la hoja de lado mientras veía a su novio en acción. Levantaba el martillo sin esfuerzo, demostrando ser más fuerte que antes, mucho más fuerte. Los golpes que daba a la espada eran certeros, haciendo con el metal la forma exacta que buscaba y sin errar ni por un centímetro. Era impresionante.
Al final, sumergió la espada reparada en agua, que soltó una vaporada de humo mientras la enfriaba. Al sacarla, se veía algo reluciente, y completamente arreglada.
—Suena interesante.—le dijo Astrid, aprovechando un momento en que Hipo agarraba su hacha—Aunque no lo entienda del todo.
Él vio el papel que sostenía la rubia y enrojeció ligeramente.
—Es una espada aerodinámica, pero estoy mejorándola.
Entrecerró los ojos.
—¿Mejoras?
—Verás.—dejó el hacha de lado, poniéndose a su lado para señalarle el diseño—La parte en que adelgaza, para hacer las ondulaciones, es muy vulnerable. Un golpe fuerte en esa sección y se rompería. Estoy tratando de hacer una que no pierda resistencia por ser ondulada.
—¿Y porqué debe ser ondulada?
—Porque al momento de enterrarse o golpear, causa mucho más daño. He estudiado bastante las espadas estos meses.
No pudo contenerse más. Le dio un rápido beso en los labios y dedicó una gran sonrisa.
—Eres increíble.
—Bah, ni tanto.
—Más de lo que crees.
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Despertó de manera abrupta, los golpes en la puerta siempre le ponían de mal humor. Lo más rápido que pudo intentó ponerse de pie, pero la pierna replicó y sintió el palpitante dolor que le hacía imposible dormir en las noches.
El capitán Eliseo se adentró con una mirada colérica. Rodó los ojos. Otra derrota más por la que, sin estar presente, tenía la culpa. Todo ese tiempo no estaba seguro de cómo había soportado vivir en ese horrible lugar, había que agradecer su terquedad vikinga y las esperanzas que se negaban a morir.
La puerta semi-abierta dejaba entrar un poco de aire fresco a la habitación, que, comparado con el intenso calor, era la mismísima gloria. Trató de regocijarse por ese simple hecho el mayor tiempo posible, antes de atender los reclamos del capitán con la ecuanimidad de siempre.
—¿Cómo los derrotamos?—exigió saber el capitán—¿Cómo, si nunca bajan la guardia? ¡Cómo!
Estaba sentado, la pierna reposaba aún en el catre y seguía doliéndole demasiado. Llevó ambas manos a la prótesis, tratando de quitárselo. Cuando finalmente salió la carne ensangrentada reclamó aún más, se contuvo de no gritar.
—Esperen.—le dijo, con voz contenida—No esperen destruirlos de una vez por todas, háganlo de poco a poco.
Eliseo vio perfectamente la pierna herida y retiró todo pensamiento de tortura en su mente. El muchacho estaba pasando por el dolor suficiente en esos momentos, ya más tarde se divertiría.
Colocó una caja sobre la mesita.
—Estás retrasado, o me entregas las armas mañana o no volverás a ver la luz del día.
Cerró la puerta de un solo golpe. Se levantó, saltando en un solo pie hacia la mesa. Con la caja entre sus manos tomó asiento de nuevo y la abrió. Encontró unas vendas limpias, y pomadas. Suspiró, nada le costaba darle un poco de desinfectante, o hilo y aguja para cerrar esa herida de una vez por todas ¡Llevaba con ella dos semanas! Pero no. El capitán era más que feliz dándole remedios lentos, torturándolo de esa manera. Al menos era mejor que el desdichado látigo.
Vertió agua sobre la herida y después, un poco del vino. Le ardió como los mil demonios pero al menos se libraría de una gangrena. Después, untó las pomadas y vendó la pierna. Esa herida había sido consecuencia de un castigo por haber "desobedecido" como Eliseo llamó a su olvidada memoria, dándole diez espadas en vez de las quince que pidió ¿Qué, no podía equivocarse una vez tras años de hacerlo bien?
No había podido estar de pie con la prótesis y esa herida por más de dos horas. Y tenía que seguir haciendo armas. Se estaba convirtiendo en una tortura, así que decidió descansar. A la mañana siguiente podía pasar toda la tarde trabajando como esclavo, pero al menos ya curado. La herida estaba casi cerrada y la última limpiada seguro la haría cicatrizar.
Se tumbó nuevamente en la cama. Aún le dolía mucho pero, claro, nunca le darían ni media medicina para el dolor. Era ya mucho pedir vendas y pomadas, se sabía consentido. Los demás prisioneros y heridos eran tratados peor que animales y morían de heridas no tratadas o por suciedad. Y, de no ser porque Eliseo lo necesitaba demasiado, ya estaría muerto.
Hacía mucho calor, tanto que hasta se llevó una mano a la frente, pensando que estaría enfermo. Ya que no lo estaba se quitó esos pensamientos. No tenía infecciones ¡Benditos los dioses! Y si todo salía de acuerdo al plan, no soportaría a los romanos más de un par de semanas.
"Odín, dame paciencia. No me dejes desistir cuando ya casi estoy en la cima" rezó varias veces y pidió lo mismo y hasta más a Thor, Tyr, Feirya y otros dioses. Pasando las horas, el dolor en la pierna fue disminuyendo, hasta fue capaz de ponerse la prótesis por unos minutos.
Pero no podía seguir engañándose a sí mismo. Definitivamente su plan debía retrasarse por unos días más. Ya había soportado ese calvario años, sin duda, podría aguantar un poquitín… Tampoco podía negar el hecho de que tenía mucho miedo. El tiempo hace que las cosas cambien de una manera rápida e imprecisa ¿Cómo estaría todo? Definitivamente no como lo dejó.
Dejó esos pensamientos negativos para después. Y se puso a dormir. El día siguiente le esperaba un pesado trabajo.
o-o-o-o-o
o-o-o-o-o
Fortaleza de Thorum.
Esa mañana era fresca, casi fría, y la brisa llevaba copos de nieve que dejaban el suelo escarchado de blanco. Sería un espectáculo lindo si no hubiera tanto trabajo por hacer. Egil se sentía cansado. Y parte de eso es que su hermano no había regresado a Fereiya como, se supone, ya debía haber hecho.
Parado en una de las explanadas más altas, de donde se podía ver casi toda la fortaleza, Egil pensaba. Finn se le unió al poco rato y el incómodo silencio que hubo entre los os fue roto por una pregunta, simple, sencilla y directa, que causó una discusión.
—¿En qué piensas?—preguntó Egil.
—Cosas—fue su respuesta.
Egil inhaló de una manera profunda, como quien se prepara para algo. Después, los brazos que tenía cruzados se relajaron y posaron al lado de su cuerpo.
—De verdad Finn, algo te pasa y quiero saber qué es.
—¿Desde cuando el hermano menor vela por el mayor?—cuestionó.
—Desde que el mayor se comporta como un imbécil.
Los puños de Finn se hicieron más tiesos mientras miraba de reojo a su hermano, sabiendo el tema del que, silenciosamente, se refería. No estaba de humor para tratarlo y dio la media vuelta, dispuesto a irse, cuando:
—Si sigues huyéndole jamás superarás esto.
Colérico, dio la vuelta y gritó:
—¡Yo no huyo de nada!
El eco de su voz fue opacado por otro grito.
—¡Responde entonces, y no des paso a que te pensemos cobarde!
Finn estaba a punto de agarrar la espada que colgaba de su cinturón, pero entonces, vio los oscuros y fijos ojos de su hermano. Eran iguales a los de su difunta madre. Ese recordatorio le hizo ver, de nuevo, que quien estaba enfrente tenía su misma carne, su misma sangre y la misma familia. Era su hermano, con quien creció. Y no le lastimaría por una tontería como esa.
Resignado, la mano que empuñaba dejó la espada y se relajó, apoyando la espalda en la pared. Finn pasó una mano por su cabeza, llevándose unos cuantos mechones de cabello hacia atrás en el proceso. Se le veía nervioso y angustiado, mientras contemplaba las olas del mar.
—Sí, pienso en ella—dijo con un susurro malhumorado—No me la puedo quitar de la cabeza.
—Lo que pasó entre tú y Astrid no es ni mi problema, ni el de nadie—recalcó Egil.—Así que, por favor, deja de actuar como si fuera culpa del mundo.
—¡Es que no puedo!—y le dio un golpe a la pared, liberando su rabia—No me cabe en la cabeza… Astrid tiene todo para ser feliz, prosperar, y no lo hace. Está tan cerrada en esa guerra y en esa estúpida venganza…
—Y te cala que te haya rechazado.
Sus ojos se entrecerraron.
—Yo sé que, si no hubiera honor y orgullo de por medio, ella me aceptaría.
—Tú sabes que no es el orgullo lo que la detiene—Egil dio unos pasos hacia su hermano, quedando cerca de él—Si te quisiera no andaría con rodeos, te hubiera aceptado y punto, porque ella es muy directa. Si te rechazo, es por el recuerdo de Hipo y lo sabes.
—No menciones ese nombre.
Egil contuvo sus ganas de reír.
—¿Hipo? ¡Vamos! ¿No estarás celoso de un hombre ya muerto, verdad?
—Aún muerto la tiene—susurró, más para sí que para su hermano, aunque éste le escuchó—Y yo jamás aspiraré a eso.
—Dale tiempo al tiempo Finn, verás que las cosas mejoran. Encontrarás a una buena muchacha y…
—¡No quiero una buena muchacha! La quiero a ella.
Maldición, estaba encaprichado.
—Será mejor que regrese a Fereiya—dijo, finalmente tras un largo silencio. Egil asintió.
—Cuídate entonces.
—Los dioses te acompañen.
Vio cómo Finn bajaba las escaleras y, unos veinte minutos después, subía a las naves que lo llevarían a su propia fortaleza. Solo esperaba que, algún día no lejano, pudiera ser feliz.
Eso es todo por ahora.
Ya más o menos les dejo ver lo que pasó entre Finn y Astrid, además creo que no hay dudas sobre quién es el prisionero de la celda 33 ¿O las hay? ¿Cómo pasó todo esto? ¡Eso y más en el próximo capítulo de "War"! xD
Lamento dejarles el suspenso, pero es que así va avanzando la historia. Lo bueno es que tengo el siguiente capítulo casi terminado y planeo subirlo en dos o tres días.
¡Muchas gracias por leer!
chao!
