NADA DE ESTO ME PERTENECE, ES DE DREAMWORKS, SOLO ME DIVIERTO ESCRIBIENDO HISTORIAS.
¡Hola de nuevo! ¿cómo están? este capítulo lo escribí rápidamente porque yo misma estaba muy emocionada. No lo sé, me ha encantado la forma en que fui desarrollando esta historia y todos sus comentarios me animan más y más.
Comentarios:
digixrikanonaka: he pensado mucho en eso ¿Sabes? lo de escribir una novela y tengo muchas ideas en mente. Si de repente me pongo a escribir algo les avisaré :) Gracias por el apoyo, de verdad, mil gracias.
Chofis: es algo romántico, pero con el estilo "Astrid" ya verás tú. La parte más emotiva del reencuentro es el siguiente capítulo.
Tsukimine12: ¡Bieen! ¡Un taco! ¡Qué rico! yumi... espero que sea de picadillo jeje xD Ya, hablando más en serio me alegro de que te entusiasme tanto la historia.
AliceCullen: I´m wait for you next review (que sangronas somos ¿no crees?
TheOnlyNightFury: si, actualicé pronto y sí se encontrarán Astrid e Hipo.
ASHKORE15: La verdad no conozco la serie ni he visitado el fandom, pero investigaré un poco y si me llega una idea ¿porqué no? siempre estoy abierta a expandir mis horizontes. Mil gracias por decirme.
Espartano: y te digo con el corazón que los tuyos sin mis comentarios favoritos xD (Nadie se ofenda)
lizzie: me halaga en demasía que me digas "es mi fic favorito" sencillamente me llegan bastante esas palabras.
RECOMENDACIÓN:
Mientras leen les recomiendo que pongan de fondo la banda sonora de How to Train Your Dragon, específicamente "This is Berk" "Foccus, Hiccup!" y "Test Drive" iba escuchándolas al escribir y fueron en muchos sentidos mi inspiración (sobre todo Test Drive ¡Escuchen Test Drive! xD)
Sin nada más ¡Disfruten!
Capitulo 11.
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Al ver la puerta enfrente de él quedó atónito. Era de acero, definitivamente no confiaban en él. Sintió una especie de escalofrío recorrer su cuerpo, pero no tembló. No sentiría más miedo del que ya tenía. Un soldado le sonrió de manera burlona mientras abría la puerta, chilló ante la falta de aceite y sintió un intenso aire caliente golpearle el rostro.
La habitación era grande, oscurísima con solamente la luz de una llama en el horno, al fondo. Vio un catre poco limpio y una mesa, así como todas las herramientas propias de un herrero apiladas desordenadamente en una esquina. Lo empujaron con mofa y fuerza, tumbándolo.
Hipo cayó al suelo y ahí se quedó, respirando con dificultad por el intenso calor. Sus esposadas manos tenían la cadena tan corta que apenas y las podía mover, con movimientos lentos se fue poniendo en pie.
—Bien, Hipo, aquí será donde trabajarás—dijo el Capitán Eliseo—Espero no tengas problemas ¿o si?
Río completamente burlón y mandó a otro soldado que le quitara las esposas. Le escupió en la cara mientras introducía la llave, jalándole el metal con mucha fuerza. Hipo se las sobó, notando cortadas y restos de sangre seca, eso explicaba mejor el dolor. El otro soldado se le acerco y le dio una patada en la rodilla, tumbándolo, después dos en el costado que le sacaron el aire de sus pulmones.
Siguieron pateándole el costado y la misma rodilla, pero nunca gritó.
—Basta—ordenó Eliseo—Seré breve y directo. Todas las mañana vendré y recogeré las cuarenta espadas. Si no están listas, habrá un castigo, así de simple y sencillo ¿de acuerdo?
Hipo no dijo nada, siguió encogido en el suelo y agarrándose las costillas casi rotas. Los soldados se retiraron.
—Disfruta tu nuevo hogar.
Eliseo salió, cerrando de golpe la puerta. En los años que pasaría encerrado ahí, nunca más la volvió a ver abierta.
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—¿Brutilda?
Brutacio entró en el calabozo lleno de vikingos prisioneros. Ellos alzaron sus miradas primero enojadas, luego esperanzadas y aliviadas. Habían escuchado los gritos y el sonido de las espadas chocando con metal; sabían que los romanos combatían, pero no que les llevaba tanta ventaja.
Brutilda se puso de pie como la´s cadenas le permitieron y le sonrió a su hermano. Gracias a la comida de Erick habían recuperado muchas de sus energías y aunque no estaban en condiciones reales de pelear, estaban más que dispuestos a hacerlo.
—¡Aquí, papanata*!—le dijo—¡Te habías tardado ya mucho!
Brutacio le sonrió con cariño a su hermana mientras golpeaba las cadenas con su espada, cedieron al ercer golpe ¡Sí que eran gruesas! Erick y Gunter fueron liberando a los otros que estaban encadenados, mientras los demás se formaron alrededor de sus líderes esperando saber qué hacer.
—¿Es una franca invasión?—preguntó Brutilda a su hermano. Él le tendió una lanza, su arma favorita.—¿Por qué?
—Primera, para salvarlos a ustedes—le contestó—Segundo, parece que Hipo está vivo.
Quienes estaban cerca y lo escucharon jadearon llenos de sorpresa ¿Hipo, el jinete estaba vivo? ¿cómo?
—¿Bromeas?
—¡No! Astrid y Bocón descubrieron que los diseños de las espadas romanas son iguales a los diseños de Hipo.
—¿Y?
—Puede que esté vivo, aquí en Alere Flammam.
—No hay más prisioneros en Alere Flammam—dijo Erick—Solamente ellos.
—Además esa idea suena increíblemente descabellada—agregó Greta, que estaba sosteniendo un hacha de una mano a la otra para acostumbrarse a su peso—¿Para qué los romanos lo tendrían prisionero?
—Para que les confeccionara todas sus armas, recordemos que era un excelente herrero.
—Es.—corrigió Brutacio—Recuerden, es probable que esté vivo.
—¡Vivo un cuerno!—gritó Brutilda—Si lo estuviera ya lo sabríamos, los romanos no pueden engañarnos por tanto tiempo.
—Pues dile eso a Astrid.
—Claro que le diré ¡Cuando la encuentre!
—Pero admite que puede estar vivo.
—Como puede estar muerto.
—Vivo.
—Muerto.
—¡Vivo!
—¿Apuestas?
Los dos gemelos se miraron a los ojos fijamente, todos alrededor suspiraron. Llevaban dos minutos de verse tras días enteros separados y ya estaban peleando. Nunca cambiarían.
—¡Apuesto mi lanza!—dijo ella.
—Mi hacha—sonrió él.
—Perfecto—lo dijeron al mismo tiempo y estrecharon las manos.
—¡A pelear!—gritó Gunter y todos salieron de las cuevas directo hacia la explanada.
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La ayuda de los recién liberados claro que fue buena, porque estaban llenos de una sed de venganza impresionante que les dio la adrenalina y fuerza necesaria para combatir como sus entrenamientos indicaban. Pero no fue suficiente. Los refuerzos romanos eran muchos y fuertes, aunque Alere Flammam estaba casi destruido eso no parecía importarles.
Las catapultas lanzaban cada vez más rocas y balas, los jinetes sobrevolaban incendiando cuando podían de la zona, pero cada vez se acercaban menos por el temor de que los tiros pudieran derrumbarlos o hasta matar a sus dragones. Tanta era la desesperación que Estoico mandó a Astrid y a los demás, jinetes mucho más expertos, montar sus dragones.
Torméntula se agitaba nerviosa cuando Astrid llegó y la montó. Las naves vikingas eran mucho más rápidas y ágiles que las romanas, por lo que no habían podido hundirlas, pero no les faltó mucho para conseguirlo. Desde el cielo, Astrid pudo presenciar mejor la pelea. Los barcos y los soldados romanos estaban arrinconándolos entre las ruinas de Alere Flammam. Era poco probable que pudiean escapar y menos aún salir victoriosos.
Las catapultas lanzaban cada vez más piedras hacia los dragones. Astrid era buena a la hora de montar, pero los Nadders no son precisamente ágiles. Tuvo que usar toda su destreza para poder hacer explotar una catapulta. Al paso que iba, dudaba poder causarles mucho daño…
No le quedaba ya tiempo. Ni los Nadders ni los Pesadilla Monstruosa podían acercarse tanto a los barcos romanos. Y aunque lanzaban certeros disparos contra los soldados, la cada vez más destruida fortaleza era ya un riesgo. Los restos de la muralla y del castillo amenazaban seriamente con matar a quienes estuvieran cerca. Una retirada era ya cosa casi imposible. Astrid, con su hacha en mano y encima de su fiel Torméntula, tomó en ese momento una resolución: no se daría por vencida. Lucharía hasta el final, sin importarle nada. Y moriría antes de darle a un romano el placer de verla con miedo.
Sobrevolando sobre sus amigos y compañeros, descubrió en sus ojos el mismo sentimiento. Podrían quizá matar sus cuerpos, pero no su espíritu. Y Berk sería antes destruida que colonia romana ¡Eso jamás! No perderían, porque ganarían la gloria.
Fue en ese preciso momento que Astrid escuchó un ruido tremendamente familiar. Los jinetes sobrevolaban esquivando los ataques cuando hasta los soldados se detuvieron. Los romanos no entendían que pasaba y el asombro de los vikingos era de fábula. Ese ruido era incomparable.
—¡Furia Nocturna!—gritó alguien, y varios se cubrieron con sus escudos.
Desde lo alto, Astrid miró alrededor. Una sombra negra que volaban inmensamente rápido la despistó y lo que vio después fue lo barcos romanos que estallaron por sus certeros disparos.
Hipo había estado volando lo más rápido posible hacia Alere Flammam. No le costó mucho tiempo ubicarse, la verdad, al momento de escapar no llegó tan lejos como había pensando. Estaba más que listo para ayudar y aunque sabía que su presencia tan repentina podría despistar a sus conocidos más cercanos, confiaba en que el ardor de la batalla impidiera que le reconocieran el rostro. Chimuelo no podía ser el único Furia Nocturna ¿O si?
Desde lo más alto de las nubes, donde su oscuro color se confunde con el cielo nocturno, Hipo presenció perfectamente la pelea. Los vikingos estaban a punto de ser vencidos y eso nunca lo permitiría. Los soldados romanos acorralaban con sus barcos las naves y los guerreros, usando sus catapultas para mantener a raya a los combatientes. No le costó dos segundos entender que debía deshacerse de esos molestos barcos y sus catapultas para que su gente ganara, después de todo, la única ventaja de los romanos era ésa.
—Amigo, aquí vamos ¿Entendido?
Chimuelo estaba extasiado. Finalmente podría pelear, volar y usar toda la destreza contenida en esos años de encarcelamiento. Jinete y dragón cayeron rápidamente hacia el barco más cercano a la fortaleza, el que más problemas les estaba causando. El ruido peculiar del dragón a la hora de volar llamó la atención de todos, y ningún soldado romano pudo presentir el disparo. Chimuelo abrió su enorme boca y una llama grande, azul y morada golpeó el barco, causando una enorme explosión por la pólvora ahí almacenada.
La explosión hizo que el barco siguiente también se incendiara. Con ese único disparo, tres barcos eneros quedaron envueltos en llamas y se hundieron rápidamente por sus pesados contenidos. Chimuelo se alzó al cielo tan pronto como había descendido y todos los vikingos veían ansiosos por saber si aquella ayuda venía del chico que pensaban.
Astrid bajó de Torméntula y corrió con su hacha hacia donde estaba Bocón y Patán, le quitó de encima a un romano de un solo tiro y con otro desarmó al segundo soldado. Las espadas seguían cayendo destrozadas por los golpes tan diestros de la rubia. El ruido del Furia Nocturna la hizo detener sus ataques.
Esta vez Hipo le disparó a dos barcos que causaron una serie de destrucción impresionante. Más de la mitad de la flota estaba ya destruida. Las catapultas no podían ver al dragón negro ni alcanzar sus sorprendentes alturas. Estoico reconoció inmediatamente ese estilo de combate y esbozó una enorme sonrisa. Los Dioses le habían bendecido enormemente. Estaría toda su vida en deuda con ellos.
De los seis barcos romanos que quedaban tres se retiraban a toda prisa y dos más fueron hundidos por los disparos. Ya no había catapultas, ni presión. Los soldados romanos veían con desesperación su nueva desventaja y peleaban tan intensamente mal que los vikingos encontraron ahora la batalla muy ventajosa. Aún así, había más romanos que nórdicos.
Sin amenazas de ningún tipo, los guerreros que habían estado cuidando y maniobrando las naves vikingas saltaron hacia el fuerte y comenzaron a pelear. No estaban muy cansadas y sus ganas de pelea los hacían una excelente ayuda. Viendo que ya no se necesitaba ayuda aérea, Hipo descendió.
Chimuelo lanzaba ocasionales disparos a los soldados que se le acercaban y usaba su cola como látigo, al punto que pronto ya nadie pasaba cerca de él. Hipo sostenía en sus manos un arco, de su cinturón colgaban dagas y un hacha. Era hora de demostrar todo eso que había aprendido en años de entrenamiento solitario, así como de sacar todo ese rencor y coraje que le tenía a los romanos.
Los soldados desfilaban a su alrededor y él le lanzó primero las dagas. Daban siempre en la frente, haciendo que veinte soldados cayeran al suelo sin vida. El hacha en sus manos no pesaba ya casi nada y la alzó una sola vez, lanzándola hacia una antorcha que cayó sobre un montículo de pólvora. Los diez romanos que la estaban apilando murieron de inmediato.
Los vikingos no pudieron evitar distraerse un segundo para ver a quien les estaba ayudando. Vestía ropas muy parecidas a las suyas y sus movimientos tan certeros eran impactantes. Astrid en particular levantó su escudo y lo miró fijo. Lo reconoció de inmediato ¡Claro que era él! su cabello, sus movimientos, su cuerpo… lucía diferente, pero en esencia era el mismo.
—Hipo…
Dijo en voz baja. El asombro la aturdió los segundos suficientes para que un romano corriera por detrás hacia ella, alzando su espada. Ni lo escuchó ni lo vio. Hipo sí y alzó su arco con una flecha, dándole directamente en el corazón. Astrid seguía viéndolo.
Él le dedicó una sonrisa. A pesar de los años ella seguía siendo tan hermosa, que le robó el aliento. El ardor de la batalla demandó la atención de los dos y siguieron combatiendo, pero pensando en el otro.
Sus movimientos eran rápidos, de verdad que el entrenamiento había funcionado. Finn subió a los restos del muro, donde nadie podía amenazarle, y lo contempló mejor. Sus manos se hicieron puños ¡No podía estar pasando! ¿Cómo es que seguía vivo?
Aunque la batalla duró más tiempo, su victoria fue eminente.
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Respiraba profundo. Estaba algo cansado por todo el esfuerzo físico realizado en ese combate. Casi amanecía y Chimuelo voló hacia su lado, sonriendo como si le dijera que todo había salido bien. La verdad es que sí. El último romano al fin había caído y el grito de victoria seguía resonando en sus oídos, pero había llegado el momento más temido de todos: la confrontación.
La luz era escasa y provenía de antorchas encendidas, así como los restos de incendios. La fortaleza Alere Flammam estaba completamente destruida. Los restos de la muralla apenas alcanzaban los dos metros, donde antes se erguían quince metros encima de las olas. El castillo y sus torres estaban en ruinas, parte del comedor igual y el pasillo que dirigía hacia los calabozos parcialmente bloqueado por las rocas. Casi toda la madera estaba incendiada o vuelta ceniza, los restos de explosiones podían verse con facilidad. El camino que conducía al pueblo bloqueado por sus habitantes, que con eso trataron de mantenerse con vida y al margen de la batalla.
Los vikingos podían ser considerados un pueblo bárbaro, pero su pelea era contra los soldados romanos, y sabían que en ese pueblo vivían los pocos sobrevivientes de Taber, sus hermanos, así como algunos inmigrantes. Ellos no tenían la culpa y ni un solo guerrero se les acercó.
El puerto era lo único que seguía en pie y donde los barcos vikingos se habían anclado. Muchos guerreros heridos ya estaban ahí, o iban, para ser atendidos por sanadores. Los que no, seguían bien, asignaron diferentes trabajos. Unos recolectaban todo el metal que podían, otros contaban las bajas, unos encaminaban los dragones hacia los barcos para darles de comer y que pudieran descansar.
Pero casi todos estaban parados, inmóviles, viendo hacia él. El cielo no era negro, si no más bien morado, pero seguía siendo oscuro. Podían reconocer esa tez pálida, los cabellos castaños y la prótesis. El dragón ni se diga. Lo observaban como si fuera un fantasma, en muchos sentidos lo era. Se sorprendió de que nadie gritara por el susto.
No sabía realmente qué hacer. Entre las personas, finalmente encontró la que buscaba. Se hacía espacio para llegar, su trenza estaba completamente desecha, mechones rubios enmarcaba su rostro. Los enormes ojos azules brillaban por las lágrimas contenidas. Tenía cortes superficiales, nada serio, y el hacha cayó de sus manos apenas lo tuvo enfrente.
Sus ojos se cruzaron. Las palabras venían sobrando. Sus lentos e inseguros pasos fueron conduciendo uno hacia el otro, sin dejar de mirarse. Ella estiró una mano hacia él. Aunque Astrid se había llenado de la esperanza de ver a Hipo vivo, no por eso las cosas eran fáciles de asimilar. Por cuatro años lo pensó muerto y ahora estaba enfrente de ella, y le sonreía.
La punta de sus dedos rozó su mejilla, como si temiera que fuera un espejismo propenso a desaparecer. No lo hizo. Su mano acarició lento y suave la pálida y pecosa mejilla. Ya las lágrimas caían por su rostro cuando reaccionó.
—¡Auch!—gritó él, sobándose el brazo dañado. No olviden la costumbre de Astrid, la rubia le dio tres fueres golpes en el hombro.—Pero ¿Por qué?
—Eso, fue por tenerme cuatro años llorando y deprimida—su ceño fruncido, los ojos llameantes. La expresión se fue suavizando hasta que dio un paso, más cerca de él—Esto, por todo lo demás.
El beso que le dio en los labios recompensó todo ese tiempo distanciados.
*Papanata.-regionalismo mexicano, usualmente se usa para decirle a una persona cuando es muy tonta, dramática o exagerada. Viene siendo una forma (suave o fuerte, depende el contexto) para insultar. Ya que los gemelos se la viven en insultos pues... ni modo.
¿Qué les pareció? ¡Ya sé que no es tan largo! pero es profundo y tiene mucho significado. Sencillamente de los capítulos más importantes. En el siguiente vienen explicaciones, más reencuentros emotivos (faltan Estoico y Bocón) y descubriremos que las cosas no seguirán fáciles. Hay traidores... ¿quiénes opinan que sean?
¡Dios, yo misma me emociono mucho! :) espero que les haya gustado (comentarios, comentarios xD)
CHao!
Bueno, eso ha sido todo por el momento.
