NADA DE ESTO ME PERTENECE, LOS PERSONAJES SON DE DREAMWORKS, SOLO ME DIVIERTO ESCRIBIENDO HISTORIAS.
¡Holaa! Bueno, aquí me tienen con un capítulo más de este historia que, seguro, ya les tiene hartos (sean sinceros) Las ideas siguen fluyendo y espero que así se mantengan en todo este tiempo. Por cierto, voy a subir en un ratito más un proyecto nuevo que también será Long-fic. ¿Se acuerdan de un viejo fic mío que borré llamado "Memorias"? Bueno, lo subiré de nuevo con una trama completamente nueva y formato diferente. Espero que les guste mucho :)
50 comentarios... ¡No puedo creerlo! ¡Llegué a 50! ¡Wee, soy FELIIZ! :D
Comentarios:
TheOnlyNightFury: bueno, no creo ser tan buena escribiendo pero muchas gracias. Mis canciones favoritas son Test Drive (que raro) See you tomorrow, Forbidden Friendship, Focus Hiccup! y Comming Back Around. Además de la canción "Sticks and stones" cantada por Jónsi ¡Amo esa canción! es sencillamente hermosa.
AliceCullen: si lo pensé, es más, publicaré uno nuevo "memorias" que espero te guste.
ASHKORE15: Muchas gracias, me alegro de que haya llenado todas tus espectativas.
Tsukimine12: de hecho si, es algo sentimental xD
digixrikanonaka: me encantó cómo te emocionaste por el capítulo, eso me indica que hago un buen trabajo. Yo amé de verdad tu comentario.
Chofis: no puedo creerlo pero de verdad que diste con los traidores ¡Tienes poderes psíquicos! (no le digas a nadie para no arruinar la trama xD) Aunque creo que ya deben sentirlo ¿no crees? en eso me pasé de obvia. La banda sonora la escucho a cada rato, ¡La amo! y me basé mucho en la canción al hacer la escena. Me alegro de que haya quedado bien.
Espartano: no tardé mucho en subir este capítulo, espero que de verdad te siga gustando tanto como los demás, mi lector favorito ;)
Capitulo 12.
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—¡No puedo creerlo!—gritó Brutacio—¡De verdad estás vivo!
—Hasta donde yo sé…—Hipo miró sus manos y se tocó la cabeza varias veces—Sí, lo estoy.
Brutilda estaba parada en estado de shock, sin comprender del todo lo que pasaba.
—No lo puedo creer ¿Si eres tú?
Bruticia colocó ambas manos en las mejillas de Hipo y comenzó a estirarle los cachetes, recorriendo el cabello, jalando mechones, tocando las orejas. Una muy molesta—y algo celosa—Astrid la jaló de su trenza para alejarla de él.
—Sí, es él—replicó la rubia—Lo estás viendo ¿No?
—Solo decía.
—¡Ja! ¡Te gané!—Brutacio extendió su mano enfrente de Brutilda—Gané la apuesta.
—¿Apuesta?
Astrid resopló e Hipo sonrió para sí mismo. Viendo a los gemelos, parecía que nada ocurrió en todos estos años.
—¡No vale, tu ya sabías!—replicó la gemela.
—¡Una apuesta es una apuesta! Ahora paga.
—No pagaré, tramposo.
—¡La tramposa eres tú!
—¡Gusano!
—Cabeza de Troll
—Nunca te bañas
—¡Réptil con trenzas!
Hipo se fue alejando de a poco, sin soltar en ningún momento la mano de Astrid. Todos iban acercándose. Ya pasado el impacto inicial lo felicitaban y lloraban de la emoción ¡Hipo estaba vivo! ¡De verdad lo estaba!
Además de Astrid, Hipo necesitaba ver a alguien más. Entre tantas personas no podía comprender cómo es que no encontraba al más alto y regordete de todos. Entre los colores y formas detectó al fin un brillo verde. Él se hacía paso entre la muchedumbre con sus fuertes brazos y quedaron uno enfrente del otro.
Por un momento no hubo palabras, solo se vieron fijamente a los ojos. Más que las peleas, los desentendidos, la incomprensión y los malos momentos vividos; estaba la sangre. Esa que se regocijó. Esa unión indiscutible de padre e hijo.
Nadie hizo nada y fueron apartándose con discreción. Estoico sollozó y no le importó llorar. Abrazó a su hijo con mucha fuerza, quizá demasiada; Hipo no se quejó, todo lo contrario ¡Cómo había extrañado esos abrazos rompe-costillas! Durante todo el tiempo que duró el abrazo, no se necesitaron las palabras. El simple contacto era más que suficiente. La afirmación de los profundos sentimientos que se tenían, el lazo que los unía y que, ni la distancia, guerra o muerte, puede separar: Padre e hijo por la eternidad.
Astrid los miraba cruzada de brazos con una sonrisa discreta, lágrimas en sus ojos. Todo era tan irreal y feliz que le costaba trabajo creerlo. Un pequeño rugido y golpe en su espalda la hizo voltear. El dragón de escamas negras como la noche le sonreía abriendo sus ojos con alegre curiosidad.
—Oh Chimuelo—acarició la nariz del reptil, después, la parte trasera de sus orejas. Las escamas eran suaves, más de lo que recordaba—También te extrañe a ti…
Entonces, el dragón saltó de la emoción y la tumbó. Ella desde el suelo fue paralizada por las patas del Furia Nocturna, que lamió su cara ansioso y jugueteó con su cabello, realmente feliz de verla tras todos esos años.
Hipo rió con fuerza y se acercó.
—Él también te extraño a ti.
Le hizo un gesto y el Furia Nocturna fue inmediatamente hacia su jinete. Siguió husmeando entre los vikingos y otros más que extrañó sufrieron la misma consecuencia que Astrid.
En el suelo y cubierta de baba, Astrid fue ayudada por Hipo para ponerse de pie.
—Que asco…
—¡Muchacho!
Dos fuertes brazos alzaron (con dificultad) al chico del suelo. Soltándolo, los ojos de Hipo brillaban por la alegría.
—¡Bocón! No has perdido nada más…
—Muy gracioso niño ¡No sabes todo la friega que me dejaste en la Fragua!
—Bueno, no he vivido precisamente en vacaciones ¿Sabes?
Ese comentario hizo que todos, súbitamente, recordaran la pregunta que llevaba en sus mentes todo el día.
—A todo esto ¿Cómo demonios estás vivo?—preguntó Brutilda.
—Sí hijo ¿Qué pasó?
Suspiró, dispuesto a contarles toda la historia. Los invitó a tomar asiento, mientras él mismo se recargaba en una roca. Tomaría tiempo…
o-o-o-o-o-o
o-o-o-o-o-o
Justo en el momento que Hipo se pegó en el suelo, sintió un intenso dolor recorrerle el hombro y la parte izquierda de la espalda. Pudo escuchar que los soldados romanos apresaron a Chiemulo, pero el golpe le dolía demasiado y no podía moverse. La caída fue demasiado alta y si bien no se rompió en hueso, el cuerpo no le reaccionaba.
Soldados romanos lo rodeaban, vio las espadas en alto y supo que le llegó el fin. Pero Hipo estaba muy equivocado. Las Nornas* aún no rompían su hilo, y los dioses contemplaban el espectáculo pensando lo que le tocaba vivir a uno de sus humanos preferidos. El golpe en la cabeza que le dieron fue suficiente para sumirlo en una gran oscuridad.
Cuando Hipo despertó estaba acostado en un mugriento catre, manos esposadas, la celda oscura y húmeda tenía una ventana alta, grande, por donde pasaban rayos de sol. Pasó ahí dos días sin comer o beber agua, estaba empezando a desmayarse. La preocupación por Chimuelo crecía día con día y empezaba a pensar que su pueblo quizá estaba también en dificultades. ¿Astrid y Patán estarían bien? ¿Consiguieron salir del embrollo?
Al tercer día abrieron la puerta y pasó el Capitán Eliseo, luciendo su armadura con petulancia. Estaba acompañado de otros dos soldados. Eliseo quería ganarse prestigio y sabía que Hipo era muy inteligente. Su plan era usar sus estrategias, sus ideas y sus armas para ganarse un mejor puesto entre los Patricios* y el favor completo del Emperador.
Desde luego que Hipo se rehúso. Y más aún porque eso significaba ayudarlo a vencer a sus propios amigos. Eliseo lo trató de manera miserable, hiriéndolo, humillándolo, dejándole con hambre y sed. Pero como buen vikingo que era, Hipo no cedió. Después de todo, era un necio y testarudo al que no se le podían sacar de su mente los ideales.
Eliseo se desesperó bastante y lo amenazó de una manera que Hipo no había considerado antes. La destrucción total de Berk. Lo subieron a un barco, en una celda al fondo. Ahí al menos lo alimentaban un poco más. Pensó que lo llevarían a Roma o a otras colonias romanas, no a Berk. Lo sacaron vistiendo extrañas ropas para que no lo reconocieran y le obligaron a contemplar, encadenado, cómo el bloqueo iba destruyendo su aldea.
Berk moría lentamente de hambre. Los romanos pescaban tanto que muchos peces se almacenaron en el bote, incluso de echaron a perder, pero el punto era dejarlos sin comida. Cuando las misiones suicidas comenzaron, Hipo supo que no habría muchas otras opciones. Eliseo mandó misivas a Estoico, que el propio Hipo leyó.
Le dieron ganas de llorar, la carta decía que los vikingos preferirían morir de hambre antes que rendirse ante la espada romana. Él los conocía y sabía que lo harían. Sabía que esa carta y su desesperación indicaban una falta increíble de alimentos. Podría tolerar ligeramente que su padre o sus amigos murieron bajo la espada en el campo de batalla. Pero una muerte por falta de comida no era digna. No.
La negociación fue lenta, pero afable. Hipo acordó construir él mismo las armas romanas para el ejército de Eliseo y otras tropas en Roma, así como darle consejos y estrategias de combate. A cambio, Eliseo rompería el bloqueo dándole tiempo a Berk para que se recuperara. El Capitán, engreído como él solo, acordó, pensando que ni seis meses de entrenamiento y de alimento en Berk podrían salvarlos. Eran vikingos salvajes, caerían.
No pasó así. A los seis meses, que las batallas regresaron, la gente de Berk estaba tan fuerte y fiera que hasta a él le dio miedo el combate. Habían subestimado a sus enemigos y empezó a comprender el espíritu de batalla que ellos tenían.
Por su parte, Hipo fue encerrado en una celda al fondo de Alere Flammam, donde nadie se acercaba. En todo ese tiempo Hipo había dado a Chimuelo por muerto. Siempre que preguntaba a Eliseo sobre el dragón él respondía que estaba en un lugar mejor; al principio lo creyó burla, después, cuando no escuchaba ruidos en las noches y oía los rumores de las escamas negras adornando la oficina, lloró.
No lo hizo frente a los soldados. Lo hizo en la noche, donde nadie lo veía, arrinconándose en una esquina y llorando silenciosamente por su amigo. Su primer y mejor amigo, fallecido en una pelea que ni siquiera era de él.
Los primeros días que se la pasó forjando armas lo hizo de manera tan mecánica y desesperanzada que las hizo bien, afiladas, precisas, fuertes. Excelentes espadas. Eliseo se sentía feliz, como si todo hubiera salido según sus planes. Hipo cada día se hundía más en la miseria, aunque de manera indirecta, estaba colaborando en la destrucción de su propia tribu.
Pero ¿Qué hacer? Después de todo, no había más opciones. Había sido eso o dejarlos morir de hambre y sed, cosa que jamás podría haber cargado en su conciencia. Rogó a los dioses muchas noches, sin obtener respuestas. En su enfado y desesperación, lanzó un trozo de metal a una esquina.
Le sorprendió escuchar un ruido hueco.
Fue a la esquina y encontró, tras las cajas apiladas, un delgado agujero tan pequeño que no cabría casi nada en él. Estaba cubierto de barro, que fue raspando hasta que sucumbió. El ancho hoyo eran los restos de una ventilaciones y él, delgado como estaba, cupo perfectamente en él.
No sabía hacia dónde iba, ni si valdría la pena. Pero fue hacia la izquierda y anduvo cavando más y más hasta que llegó a otros huecos. Demoró casi una semana en llegar a la celda vecina. Era más grande, con mejor ventilación y más limpia. Pero sobre todo, en ella, estaba encerrado aquel que pensó muerto.
Chimuelo saltó de felicidad y se acurruco, lamiendo varias veces a Hipo. Llevaban tanto tiempo sin verse que el solo hecho de estar enfrente uno del otro era una especie de sueño realizado para los dos. Chimuelo había sido encerrado ahí cuando Eliseo cayó en la cuenta de que no podía entrenarlo. Pero tampoco quería matarlo, la criatura la parecía fantástica y cuando vencieran a los vikingos, sería un excelente regalo para el emperador.
Todos los días Hipo iba con Chimuelo. La alegría de saber a su dragón vivo le hizo pensar que, si él mismo estaba con vida, era por algo. Nada le costaba a Eliseo matarlo como al salvaje que le consideraba. Buscaba algo de él y lo estaba obteniendo. Era valioso para Eliseo. Y para los dioses que lo mantenían con vida.
Y empezó a elaborar su plan. Ambas puertas de las dos celdas eran de metal, pero uno relativamente delgado. Débil ante la explosión del fuego de Chimuelo. Podrían escapar, pero seguro habría miles de soldados ¡Estaban en Alere Flammam! Debían buscar el momento idóneo.
Mientras, Hipo comenzó a usar el antiguo diseño de las armas. Le mostró a Eliseo las ventajas que tenían las espadas onduladas a la hora de crear lesiones. En recompensa, Eliseo le permitió que usara papel y carbón y así pudiera elaborar más armas para su beneficio, aumentando además su ración de pan.
Era simple negocio. Pero no por ello dejaba de ser un prisionero y le trataban mal cuando podían. Eliseo tenía la costumbre de, cuando perdía una batalla, desquitarse con el muchacho. No le costaba nada a Hipo defenderse, pero lleno de la esperanza de poder escapar y volver con su gente, pensó en no complicar más las cosas. Con el tiempo, cuando fuera ya libre, cumpliría su venganza. Ahora no.
Empezó a entrenar. Cuando terminaba de hacer las armas (que ya le costaba menos y las hacía mecánicamente) hacía lagartijas, abdominales, corría. Recordaba todos los movimientos que le enseñó su padre, que veía en Astrid y en todos los demás a la hora de pelear.
También, agarró una espada buena y la movió. Había tenido pocas lecciones de espada y las recordaba muy vagamente. Así, fue trazando él su propia manera de usarla. Era listo, y estaba en mejor condición física que nunca (gracias a los pescados que Chimuelo le guardaba y gustosamente comía en las noches) Fue desarrollando su propia manera de pelear.
Además de la espada, creó una especie de pequeños cuchillos fáciles de lanzar. Practicó con las dagas bastantes veces hasta que su puntería fue excelente. El hacha, igual a la de Astrid, finalmente pudo moverse en sus brazos con facilidad y lanzarse diestramente. Sonrió al darse cuenta de que se había convertido en el guerrero que su padre siempre quiso. Solamente necesitaba una verdadera motivación, era tan vikingo como todos los demás.
Ya cuando terminaba los entrenamientos, se sentaba en la mesa. Usaba las hojas y el carbón para dibujar. Primero, hizo armas, después, comenzó a recrear paisajes que se hacían borrosos en su mente. Dibujó su casa, el pueblo, a Chimuelo, a su padre, a su madre, a Bocón… a Astrid.
El dibujo de Astrid fue en el que más trabajo. Ella estaba de perfil, con mechones cayendo sobre su cabello, ocultando parte de sus grandes ojos. Una tímida y coqueta sonrisa se esbozaba en sus delgados labios, la expresión de su rostro la mostraba muy pensativa.
Al verla siempre la recordaba. Su sonrisa, sus gestos, sus comentaros ¿Qué sería de ella? ¿Se habría casado? ¿Habría superado todo y continuado con su vida? ¿Sería una guerrera indomable y fiera? No estaba seguro de cuánto tiempo llevaba encerrado en esa celda, pero considerando lo mucho que había mejorado en el combate y la cantidad exuberante de armas que hacía, contaba años enteros.
Si Astrid había seguido con su vida, lo aceptaría de buena gana. No por ello en las noches dejaba de pensar que saldría de ahí, y la vería, la besaría. Volvería a casa.
Las cosas mejorarían, tuvo esa esperanza alimentándolo en las noches de hambre y aliviando sus dolores tras las torturas. La noche en que escuchó esos ruidos, los gritos de soldados borrachos cantando felices de tener prisioneros… simplemente lo sintió. Algo le dijo que era el momento. La ocasión. Una que no se volvería a repetir nunca más.
Y pudo escapar…
o-o-o-o-o-o
o-o-o-o-o-o
Hipo subió al barco cuando ya era de noche. Su explicación les costó buena parte de la tarde y usaron el resto de las horas para terminar sus deberes. El pueblo les dio comida y gratitud por liberarlos del yugo romano. De Alere Flammam no quedaban nada más que ruinas.
El barco estaba oscuro. Hipo iba en el barco principal, el más grande, con su padre. Estoico no se separaba de él y el chico lo comprendía a la perfección. Debe ser difícil y hasta cierto punto irreal saber que tu hijo muerto está vivo. Aunque no llevaron una relación fácil, Hipo amaba a su padre. Y sabía que Estoico también lo quería mucho.
Se recargó en la proa, viendo hacia las olas negras con blancos destellos de la luna. Era algo hermoso. En todo ese tiempo, de verdad casi se olvidó del ruido del mar, de su olor salado y la fresca brisa nocturna. Encerrado en un horno, el frío era incómodamente placentero y sentirlo sobre su piel le fascinó. Le recordaba tantas cosas de su infancia.
La nieve cayó en copos blancos sobre el océano, desde un cielo gris. Hipo volteó, no había nadie alrededor. Chimuelo estaba profundamente dormido al fin en un motón de cómoda paja y seguro no despertaría en varias horas. Cerró por un momento los ojos, dejándose llevar por el movimiento del barco.
—Si te quedas aquí con este frío vas a enfermar—lo reprendió una conocida voz femenina—Llevas ropa muy delgada.
Abrió los ojos con una sonrisa. Astrid estaba a su lado, con un manto de caliente piel de cordero encima. Extendió la capa, de modo en que pudiera cubrirlo a él también. No era muy grande, así que Hipo debió abrazarla para juntarlos más y que sus cuerpos quedaran bien cubiertos del frío.
El calor de un cuerpo humano era quizá lo que más extrañó Hipo en su encierro. La piel de Astrid contra la suya, sus manos, sus caricias, esa sensación de placer por la compañía y el corazón latiendo a mil por hora. Eran sensaciones irremplazables.
—Ha pasado mucho…—dijo él, listo para empezar una conversación que estaban dejando pendiente—Y las cosas han cambiado.
—Sí y no—fue su respuesta.—No creo que en esencia las cosas cambiaran tanto.
—No soy el mismo.
—Yo tampoco.
—Seguimos en guerra.
—¿Es algo nuevo?
Hipo la miró a los ojos.
—¿De verdad no ha cambiado nada?—era ese su principal miedo. Regresar para descubrir que aquello por lo que soñó, ya no existía—Necesito saberlo…
En respuesta, Astrid le dedicó una espléndida sonrisa. Hipo ahora era más alto que ella, por casi una cabeza, y debió ponerse de puntitas para alcanzar sus labios. Estaban algo secos, gruesos, pero tenían el mismo sabor de antes y le devolvían ese mismo sentimiento de amor que tantos años recordó en sueños e ilusiones.
Hipo, guiado por la emoción, abrazó a Astrid con mucha fuerza y la levantó, profundizando el beso. La necesitaba, de verdad que sí. Las manos de la rubia volaron acariciando sus mejillas pecosas y él fue dejando suaves caricias en su cintura. Siguieron así hasta el aire fue necesario y el separarse la única opción. Abrazados, vieron hacia las estrellas reflejadas sobre el agua, y los copos de nieve perdiéndose en las olas.
—¿No ha habido nadie en tu vida?
Astrid se echó a reír como si fuera la cosa más divertida de todas.
—Es más probable que tú hayas tenido una aventura en este día que llevas libre—repuso—No Hipo, pretendientes no me faltaron si a eso te refieres. Pero para mí solo existes tú.
—Es bueno saberlo.
—Todos estarán tan felices de verte ¡Ya me imagino la cara del pueblo!
—Berk ¿Cómo es ahora?
—Si, es algo distinto—recargó su cabeza sobre su pecho—Pero es hermoso como antes. Yo diría que más.
—Habrá que ver…
La pareja siguió abrazada un buen rato más, charlando, poniéndose al tanto de sus vidas, sus sentimientos, sus vivencias. Después, se despidieron con otro beso arrebatador antes de dormir cada uno en sus respectivas camas.
¿Y bien? ¿Les gustó? Este capítulo fue sobre todo una explicación de lo que le pasó a Hipo en todo este tiempo encerrado. Eliseo quería gloria propia a través de él y sí que lo estaba consiguiendo. Verán que, después de todo, las cosas no le saldrán como esperaba al capitán. Ni a Hipo. No creí que esta historia durara más de 10 capítulos, pero temo que les fastidiaré con varios capítulos más.
¿Merezco aunque sea un pequeño comentario?...
chao!
