NADA DE ESTO ME PERTENECE, LOS PERSONAJES SON DE DREAMWORKS, SOLO ME DIVIERTO ESCRIBIENDO.
¡Un capítulo más! yeah, este no se centra completamente en el "después" si no en "lo que está sucediendo" si no me entienden es completamente normal porque a veces soy de las que hablan, hablan y hablan sin entenderse a ella sola. Esta semana santa está trayendo bastante inspiración y ojalá se vea reflejado en todas mis historias.
Comentarios:
ASHKORE15: La verdadera guerra... suena extrañamente acertado. Si, las cosas no serán sencillas, porque vienen tiempos de mucha desesperación.
aly: Muchas gracias por el comentario y lo que dice. Créeme, no todos los días alguien te escribe "creo que voy a ser tu admiradora" me llegó a lo más profundo...y no me creas una cursi sentimentalista, es que así soy ¡Gracias!
digixrikanonaka: ¡mil gracias por pensar así! bueno, debido a tu petición no me queda más remedio que seguirte fastidiando con una historia de final más largo al planeado :)
Chofis: uff, me alegra que mi secreto esté a salvo xD Me debatí mucho sobre cómo poner el reencuentro de Estoico con Hipo, los dos no tenían una relación muy estrecha y sabemos de antemano que a Estoico le cuesta demasiado expresar sus emociones. Me alegro mucho de que te gustara esa descripción y la consideraras fiel al personaje, al final, esa era la intención.
Tsukimine12: ¡Más tacos! ¡Yeah! no creo que lo lleguen a dominar. Los tacos YA dominan el mundo. Lo que me hace pensar ¿eres de México? porque si es así ¡Hola! somos del mismo país xD Bueno, regresando al fic tengo por propósito seguir actualizando rápido (consiguiendo así, más tacos ¡Gracias!)
Espartano: bueno, así de halagada me siento cuando dices "esta es mi historia favorita" ¡No pasa lo mismo todos los días! La escena de Estoico con Hipo, como ya dije, fue la que más le pensé y más orgullosa me siento, cómo me alegro de que te guste. Y lo de Astrid me dio risa, después de todo se ve que Chimuelo le tiene aprecio a la chica. Muchos saludos mi lector favorito :)
ANTES DE QUE EMPIECEN A LEER.
NOTA: Los hechos históricos que narraré y entrelacé en este capítulo, que irán dándole más forma al fic conforme avance, NO están cronológicamente correctos. Alteré un poco la historia juntando hechos que difieren entre 200 y 300 años. Disculpen, pero era necesario para darle un seguimiento más realista. Así que, ya saben, si quieren hacer un reporte de historia NO lo basen de aquí, porque el 50% es mentira y el 50% verdad. Mejor mándenme un mensaje, soy futura historiadora y con muchísimo gusto los podré ayudar :)
Ahora sí ¡A leer!
Capitulo 13.
.
.
Ciudad de Roma.
Palacio del Emperador
Los Patricios* y Generales más importantes estaban reunidos en el gran salón, en espera de que el Emperador llegara para dar pie a la audiencia. Charlaban entre ellos con enfado y desesperación, había muchas cosas saliéndose de sus manos. Sin la ayuda del Emperador y la decisión de acciones correctas… mejor no pensar en ello.
Las trompetas sonaron, callando a los presentes. Se movieron dejado el paso libre. Por las esbeltas columnas blancas, el Emperador surgió. Llevaba una hermosa túnica de blanco inmaculado, cayendo graciosamente hasta el suelo en pliegues finamente bordados de dorado. Los laureles de oro macizo depositados cuidadosamente sobre su frente y el distinguido porte al caminar exigían el mayor de los respetos.
Sin embargo, aunque se inclinaran, había muchas personas ahí que tenían sus dudas sobre si debían rendirle honores o no. La gente estaba en muchos sentidos asustada. El Emperador tomó su asiento por sobre todas las cabezas y dio señal a que los generales dignasen hablarle los tratados acordados.
—Mi César—dijo uno, inclinándose—Han llegado noticias espantosas mi señor. En la frontera este, los hunos han conseguido penetrar. Según mis informes, han masacrado dos pueblos enteros y saqueado la alcaldía. Debemos mandar tropas cuanto antes.
—Mi César—habló un sacerdote—Hay reclamos de la sociedad señor. Muchas personas han estado haciendo revueltas y organizado misas paganas en los templos de esos dioses antiguos. El Papa le pide que usted tome medidas o se las deje a Su Santidad.
—Mi César—tomó la palabra esta vez un patricio.—Hay cada vez más esclavos que compran su libertad y menos jóvenes enlistándose en el ejército. Es preciso que ponga un ultimátum.
—César mío, llegaron noticias del norte. El fuerte Alere Flammam, del capitán Eliseo, ha sido destruido por los vikingos.
El Emperador no bajó la cabeza, pero les mandó callarse con una sola señal y cerró los ojos. La situación estaba escapándose de sus manos. No hace más de diez años que su padre, incapaz de escoger entre sus dos amados hijos, dividió su imperio para darle a cada príncipe lo que merecía. A él le toco el Gran Imperio Romano de Occidente, en Roma. Y no había visto a su hermano, mudado años atrás a Bizancio*, a dirigir su propio imperio.
Ya sabía que aquella decisión de su padre la causaría problemas grandes. Su hermano era menor, y se llevó los mejores filósofos y generales bajo el pretexto de que necesitaba ayuda para gobernar. Pero sobre todo, su hermano no tenía aún tantos problemas como él.
El maldito Atila* finalmente consiguió entrar a sus territorios y sabía que no se detendría hasta matarlo. Era muy bien conocida su crueldad ¡Dos pueblos romanos destruidos! Por Cristo ¿Era ésta la voluntad de Dios? Las revueltas sociales cada vez más seguidas, el ejército desmoralizado, los patricios tramando en contra de él, los generales dispuestos a derrocarlo, las plagas y enfermedades en las ciudades. Si no tomaba ya una medida drástica, sería su fin.
—Muy bien—dijo el Emperador—¿Cuántos soldados hay en la ciudad?
—Quinientos hombres mi señor—explicó un general—Doscientos fueron mandados al norte, como apoyo al capital Eliseo. El general Flavio Aecio* se llevó trescientos para crear una línea militar y frenar le paso de Atila.
—Manda a Aecio otros doscientos hombres más. Necesitara toda la ayuda posible. Y una misiva al capitán Eliseo, necesitaremos sus hombres aquí. Que haga las paces con los del norte, los escandinavos son fuertes y no podremos enfrentarnos a ello y contra Atila al mismo tiempo.
—¿No deberíamos rezar a Marte?
Todos guardaron inmediato silencio, buscando al culpable de tal blasfemia. Los sacerdotes se pusieron rojos de la ira y miraron al Emperador.
—¡A eso nos referimos, alteza! Esta gente debe entender que solo hay un Dios verdadero. Si siguen con sus fiestas y rezos paganos, el Imperio podrá caer ¡Será el castigo de Dios, nuestro señor!
El Emperador asintió.
—¿Quién mencionó a Marte?
Un muchacho dio un paso ante todos. No tendría más de quince años.
—Es un niño—dijo el Emperador—¿Tus padres les rezan a esos monstruos que antes llamábamos dioses?
El chico bajó su mirada.
—No mi César. Lo hacen mis tíos.
—Bien—respondió—¿Tú nombre?
—Valentino Máximo.
—Bien. Debes saber que solo existe un Dios verdadero, pequeño. Cristo nuestro señor. Y solo a él le debemos rezar ¿Entendido?
—Sí mi César.
—Vete.
El Emperador susurró a los guardias.
—Sigan al muchacho y maten a su familia, organizan fiestas paganas.
Dentro de él, creía que si conseguía hacer a su pueblo completamente fiel al dogma cristiano, el verdadero, quizá Dios podría salvarle de su desgracia. El Emperador tenía muchas cosas en mente y sabía bien que la Fe unía pueblos. Era pues, necesario, quitar de la mente de su gente a esos Júpiter, Venus, Marte y demás criaturas inexistentes.
Las misivas fueron enviadas. Los soldados partieron. Al irlos marchar, veía que tenían el espíritu caído. Los ejércitos romanos ya no eran como antes, fuertes, valientes y disciplinados. Elevó una plegaria al cielo, si no quería que su imperio cayera, necesitaría mucha ayuda divina.
o-o-o-o-o-o-o
o-o-o-o-o-o-o
Tribu de Berk.
El puerto era dos veces más grande de lo que Hipo recordaba y albergaba más barcos que nunca antes. Los acantilados ahora tenían una muralla alta de madera cubierta con barro que simulaba roca, y se veía imponente. La hermosa y alta bandera de los vikingos ondeaba orgullosa.
La gente bajaba hacia el puerto gritando y animando a sus héroes. La invasión había sido un éxito y pronto podrían acabar con los romanos si seguían así. Pero sobre todo, estaban reunidos para saber si ese rumor era verdad ¿El hijo de Estoico el Vasto seguía con vida?
Hipo estaba realmente feliz. La gente se le acercaba algunos con lágrimas y otros con sonrisas. Pero lo más importante: estaba en casa. Por mucho tiempo se resignó a nunca volver a ver esos senderos en los acantilados, esas calles, esas casas, esos enormes árboles y la colina sobre la cual estaba el hogar en que creció.
Pero había más cambios. Al fondo estaba ahora un inmenso Establo para Dragones, lleno de paja y peces, donde los reptiles comían y crecían hasta estar listos para sus entrenamientos. El Ruedo ahora adiestraba la manera correcta de entrenar a un dragón, en vez de su muerte. Y el Gran Comedor había sido ampliado en vista del disparo de población que se tuvo después de la guerra. Había muchas más casas, claro y una guardería para cuidar a los niños por si sus padres iban a misiones, o morían.
Ese fue otro cambio que a Hipo no le gustó para nada. El ampliamiento masivo del cementerio y las muertes estos últimos años lo entristecieron. Pero debía seguir adelante.
La gente del pueblo, al verlo, se conmocionó. Tardaron un rato en reaccionar con la debida alegría. El Gran Comedor se lleno de comida, luces, bebida y se organizó una enorme fiesta. La gente se le acercaba a Hipo, la abrazaba, la bendecía y tuvo que repetir bastantes veces la historia de cómo seguía vivo.
Hipo ya se había esperado una reacción similar por parte de su gente. Tenía algunas preocupaciones en su mente, pero decidió relajarse por esa noche. Las cosas estaban saliendo bien ¿Para qué estresare? Merecía, después de todo, un momento feliz.
Pero había quienes no tenían momentos del todo felices. Aislados de la fiesta, en una mesa oscura con cervezas en mano, había dos hombres. No se podía ver bien su rostro, pero miraban hacia Hipo con un odio acérrimo.
—No puedo creerlo—dijo uno, el más alto—Sigue vivo ¿cómo? ¡Maldita sea! Los dioses no pueden bendecir tanto a una persona.
—No creo que sean los dioses quienes lo bendicen—replicó el otro—Puede que tenga un pacto con Loki* ¿No has pensando en eso?
—Tienes mucha razón.
—Ahora que ha vuelto, Berk por completo es suyo. Estoico le dará todos los privilegios, la gente lo amará de por vida. Astrid no se despegará de él ni un segundo…
—¡No digas nada más!
Golpeó la mesa con fuerza, haciendo que los tarros temblaran un poco y gotas de cerveza cayeran a la madera. Estaba realmente enfurecido, cosa que desentonaba con la armoniosa melodía que estaban tocando. El otro hombre inmediatamente le sostuvo el brazo.
—Cálmate—reprendió—No queremos que sospechen ¿Verdad?
—Es que ¿cómo quieres que me calme? ¡Estás viendo que todo lo que construimos en estos años se desmoronan por su maldita presencia! ¿Y quieres que me calme?
—Sí, debemos pensar muy bien lo que vamos a hacer, si queremos que nuestro plan continúe.
—Podemos matarlo.
—¿Y hacer que lo vean como un mártir? Ya lo consideraban un santo, lo adorarán peor si lo matamos ahora ¡Destruyó todo Alere Flammam!
—¿Qué propones que hagamos?
—Debemos hacer que Berk se decepcione de él.
—¿Y eso cómo?
Esbozó una espeluznante sonrisa.
—Oh… lo iremos viendo.
Sacó del bolso en su pantalón un pequeño frasco que contenía un líquido gris. En su mente el plan se iba trazando de manera rápida y fresca. Encerrado en su odio y envuelto en una esfera de superioridad, no pensaba que su plan tenía muchísimos fallos.
Todavía creía que Hipo era ese despistado, raro y débil chico de años atrás. Está por demás decir que aquel Hipo murió esa noche donde fue capturado. Y el hijo de Estoico el Vasto que bebía animosamente en el banquete, estaba más cambiado de lo que él mismo sabía.
o-o-o-o-o-o-o
o-o-o-o-o-o-o
Era ya bien de madrugada cuando Hipo caminaba entre las oscuras y desiertas calles. A su lado iba Estoico, algo silencioso, y muy pensativo. Veía alrededor, recordando detalles que permanecían y viendo cambios de los que antes no se percató. Llegaron a las escaleras que iban subiendo la colina, hacia la casa Haddock.
Su casa.
Ciertamente había cambiado mucho. La fachada de madera estaba ligeramente sucia, los escalones que servían de camino crujían bajo las pisadas en protesta. El tejado despintado y descuidado, al igual que las ventanas y las plantas de alrededor mostraban una sola cosa: deterioro.
Estoico, tras la muerte de Hipo, rara vez iba a su casa. Le traía recuerdos de aquella familia que alguna vez tuvo y perdió. Las pocas veces que debía quedarse se la pasaba recostado o pensando. En todo ese tiempo nunca le prestó atención a la más mínima necesidad de remodelar el lugar. Y nadie de la Tribu tuvo el valor de hacérselo notar.
La puerta de madera ligeramente hinchada fue abierta por el muchacho, revelando una sala con sillones muy usados, la chimenea sin limpiar, la cocina vacía y el comedor un poco sucio. Los escalones se mantenían, al menos, intactos y limpios, como la alfombra. Las armas que decoraban las paredes eran lo más rescatable, y de no ser porque eran genuinas y requerían mantenimiento para poder ser usadas en caso de emergencia, hubieran corrido la misma suerte que las plantas en las macetas de la ventana, tan marchitas que solo quedaban ramas secas de color negro y tierra clara.
Hipo no dijo nada. Algo similar pasó cuando su madre, Valhallarama, pasó a la gloria. Conocía demasiado bien a su padre para siquiera osar en decir algo al respecto. En lugar de eso, aspiró profundo.
—Hogar, dulce hogar.
Y era verdad. Por más descuidado o solitario que se viera, por años estuvo encerrado en una oscuridad debatiéndose internamente. Las probabilidades de jamás regresar a su casa eran tan grandes, que el solo hecho de pisar las tierras de Berk eran ya un milagro y un sueño cumplido.
Estoico sonrió con orgullo y amor al ver a su hijo, con los ojos brillantes de emoción ante la visión de su casa. Quizá hubiese cambiado muchas cosas, pero no su entusiasmo. Esos ojos verdes seguían reflejando sus emociones más intensas, y él su padre, podía leerlos con la misma facilidad que años atrás.
Hipo volteó para ver a Estoico.
—¿Sigues durmiendo arriba?—preguntó.
—No—fue su respuesta, y señaló hacia la puerta que estaba al fondo en la derecha, cerca de la chimenea—Cambié de alcoba y dormía ahí. Era más fácil salir de esa forma cuando había invasiones.
—Eso supongo.
Pensándolo más detenidamente, se preguntó por qué antes Estoico no había hecho eso. Cuando sucedían las peleas contra dragones él dormía arriba, en la alcoba que compartió con su difunta esposa y al lado del cuarto de Hipo.
Recordó entonces los primeros meses después de morir su mamá. Frecuentemente se despertaba con pesadillas y su padre aparecía con torpes palabras de aliento, pero su presencia bastaba para calmarlo. Era la única familia que le quedaba, y tenerlo cerca lo hacía recordar que no estaba solo. Cuando creció y sus pesadillas se fueron, Estoico siguió durmiendo lo más cerca de su hijo, primero temiendo una recaída, después, por mero sentimiento. Quería a su hijo, y al menos de esa forma le demostraba un poco sus sentimientos.
Al creerlo perdido, no lo soportaba. El recuerdo de Valhallarama era pasable. El de Hipo no. A cada rato veía imágenes borrosas del niño saltando entre los sillones, manchando la alfombra, cubriéndose con escudos, acercándose a las cenizas de la chimenea, escalando las sillas para agarrar los trozos de pan dulce. Recuerdos, recuerdos y más recuerdos. Esa habitación, que antes era una especie de almacén, se hizo su refugio. Y cada vez estaba menos en casa, viajando, supervisando y peleando.
—Tu habitación es la misma—dijo Estoico—No ha cambiado en nada.
—Gracias…
Subió lentamente los escalones, sintiendo los pasos de su padre por detrás. Abrió la puerta, aún tenía un letrero de color rojo con letras negras que decía "Hipo III ¡Privacidad!" sonrió un poco y pasó. Estaba increíblemente limpia y cuidada, más que toda la casa junta. Un gesto de Estoico, Bocón y Astrid que se turnaban para llevar esa labor semanalmente. Solo esa consideración le hizo llenarse los ojos con lágrimas contenidas.
El escritorio de al fondo tenía los papeles apilados y sujetos bajo una roca circular. Los trozos de carbón, como los dejó, en una caja de madera pequeña donde el sol no los quemara. La silla acomodada. La cama bien tendida y con sábanas limpias. El clóset tenía sus antiguas prendas y zapatos viejos, limpios, aunque ahora inútiles porque no le quedaban. La ventana cerrada gozaba de las únicas plantas vivas en toda la casa.
Reposando orgulloso sobre uno de los bordes de la cama, estaba su casco. Tenía el metal limpio, nada oxidado, los tornillos bien justos. Los orgullosos huesos se elevaban curvos y relucientes de blanco, como de antaño. Igual a la primera vez que lo vio, en manos de su padre, tanto tiempo atrás. Entonces era un niño, un muchacho delgado y que apenas estaba aprendiendo de la vida. Ahora era un hombre. Lo agarró en sus manos, con cuidado de que un solo movimiento pudiera destrozarlo. Bien forjado y fuerte como su simbolismo, adornó su cabeza con ego y alegría.
Ya no le quedaba tan grande como antes. Se ajustaba a su cabeza de la manera perfecta. El casco reconoció inmediatamente a su dueño, que tanto extrañó, y bajo los escasos rayos de la luna, colados por la ventana, pareció irradiar una luz propia. Ya no era un vikingo en formación. Era un vikingo hecho y derecho, con sus ideas, su carácter, sus experiencias. Y su brillante futuro aguardándolo.
Estoico dio otro paso y, guiado por el afecto paternal, lo dio otro abrazo. Corto, conciso, rápido, pero colmado de significados. Era el padre que reconocía la autonomía de su hijo, su voluntad y sus ideas, al mismo tiempo que le otorgaba todo su incondicional apoyo y mejor voluntad.
—Descansa hijo, te lo mereces—hizo incapié en la última frase, esbozando la sonrisa más alegre y sincera que Hipo jamás vio en él—Nos vemos en la mañana.
Retrocedió y cerró la puerta atrás de sí. Un enorme peso cayendo de sus hombros, liberándolo. Bajó a su propia alcoba, dispuesto también a descansar de todas las emociones conjuntas en un solo día.
E Hipo, tumbado en la cama, viendo hacia el techo que lo arrulló con sus extrañas formas de niño, se sintió cómodo y salvo. Como el pequeño que regresa al regazo de su padre tras una noche de insaciable tormenta. Al fin estaba en su hogar.
*Patricios: la realeza romana. Eran los nobles.
*Bizancio: nombre de la ciudad capital del Imperio Romano Oriental. Posteriormente se le llamó Constantinopla a ésta ciudad y el imperio pasó a llamarse Imperio Bizantino.
*Atila: rey de los hunos, conocido por sus excelentes estrategias, salvajes medidas disciplinarias, saqueos y el mítico palacio de Xanadú. Único monarca que llegó a Roma, incapaz de conquistarla por el respeto a la Iglesia Católica. Fue el principal enemigo del Imperio Romano de Occidente hasta que murió.
*Flavio Aecio: último gran capitán de las tropas romanas. A su muerte, la indisciplina de los soldados y las malas estrategias fueron parte importante de la caída del imperio.
ACLARACIÓN.
¿Por qué se le llama Imperio Romano Occidental e Imperio Romano Oriental?
El Emperador Teodosio I dividió el imperio romano en dos, dándole cada mitad a uno de sus hijos. A Honorio el Imperio de Occidente, con capital en Roma. Y Acario el de Oriente, con capital en Bizancio, después Constantinopla. Diferentes factores, como los mencionados en el capítulo, hicieron que Roma cayera y su Imperio terminara por disiparse. Pero el Imperio Bizantino perduró toda la edad media hasta caer en manos de los turcos, creándose el Imperio Otomano.
En caso de dudas, por no explicarme bien, pueden mandarme un mensaje que con gusto les aclararé. La información en Wikipedia sobre éste tema es muy fiable.
Pues bien, terminadas estas laaaaargas explicaciones, se habrán dado cuenta que los romanos se la están pasando realmente mal. Este factor será determinante a lo largo del fic ¿Cómo creen que el capitán Eliseo tome la noticia de que el Emperador ya no respaldará su guerra? Bueno, eso y más en el próximo episodio.
A quienes lean "Memorias" (que por cierto ¡Mil gracias por todos sus lindos comentarios!) subiré el próximo capítulo en dos días.
¿Un comentario, por favor?
chao!
