NADA DE ESTO ME PERTENECE, LOS PERSONAJES SON DE DREAMWORKS, SOLO ME DIVIERTO ESCRIBIENDO HISTORIAS.
¡Hola a todos! ¿es idea mí o me tarde mucho en actualizar esta vez? no estoy segura, como me puse a disfrutar la máximo mis vacaciones me desconecté del mundo en mucho aspectos. Como sea, la realidad vuelve y es en vista a eso que retorné en donde había dejado mis historias.
Por otro lado ¡60 comentarios! ¡Wow! estoy realmente feliz. Jamás pensé que ésta historia recaudara tantos reviews ¡Mil gracias!
Comentarios:
Tsukimine12: jajaja,si, lo traidores son quienes piensas :) ¡Tacos! *se los come de un solo bocado con ansiedad* amo los tacos, pero prefiero los sopes que los burritos ¡Viva México! :)
Chofis: me alegro de que te gustase la explicación y que de verdad los librara de dudas, considerando cuánta historia meto a veces (¡los defectos de estudiar historia!) me ponía a pensar "¿Y si me entendieron...?" gracias por quitarme esa duda xD
digixrikanonaka: ya sé, demasiados hechos históricos hasta a mí me confunden varias veces. Uf, Memorias... eh, bueno quizá en ese me tarde un poco más. Gracias por los comentarios :)
Espartano: mi querido lector favorito, me alegro mucho de que mi historia le siga gustando y además libra mis temores de que a veces pueda salirme de los roles de cada personaje. Me alegro de verdad estar consiguiendo los efectos que deseo :)
¡Mil gracias por todo su apoyo!
enjoy!
Capitulo 14.
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El Consejo.
Cuando el pueblo vikingo fue dispersándose en diversas tribus, cada vez más apartadas unas de las otras, con su gente, sus líderes, nació el Consejo. Fue la manera de que las tribus se mantuvieran en contacto. Las decisiones más importantes se tomaban ahí. Los Jefes de las tribus y a veces sus hijos herederos iban a las juntas del Consejo, donde daban noticias sobre la situación de cada pueblo, sus problemas y llegaban a soluciones.
El Consejo se convocaba una vez al año. Y, en tiempos difíciles, cada vez que era necesario. Guiándose hacia el norte, más allá de Berk, había una alta montaña a menudo confundida con un glaciar. Solamente los vikingos sabían que la vereda oculta entre las playas guiaba a un monte de roca, alta, dura, casi sin árboles ni pasto. Ahí, oculto de toda visión, estaba un edificio.
De maderas diversas, pintado de rojo, alto techo y hermosos decorados, era la sede del Consejo. Un lugar muy amplio con la mesa larga, ovalada, donde tomaban asiento los Jefes. Había habitaciones diversas y documentos especiales. La Gran Sede y su ubicación era conocida por un puñado de vikingos confiables, pues resguardaba muchos secretos. Un selecto grupo de guerreros se quedaban ahí todo el año, cuidando, vigilando, manteniendo hermoso el lugar, preparándolo para las reuniones.
Las generaciones que pasaban por ahí podían tener buenos o malos recuerdos. El Consejo se caracterizaba por que su decisión era inapelable. Ni el más poderoso Jefe podía desafiar su autoridad. Y bajo este conocimiento, se fundaron las Leyes.
Hipo tenía muy malos recuerdos del Consejo. Esos largos y extenuantes viajes por mar, el estrés que a veces generaba en su padre, la enorme mesa llena de musculosos vikingos, necios como ellos solos, discutiendo y alzando la voz por cualquier cosa. Él iba a veces acompañando a su padre en misiones diplomáticas. Posteriormente, tuvo que ir para cambiar las tradiciones y generar la cría de dragones.
Espantoso. Sencillamente horrible. De los trece miembros del Consejo solo cinco estaban a su favor. Y debió convencer a los demás. Argumentos, pruebas, experimentos, evidencias. Fueron semanas pesadísimas y todo para que unos ancianos necios que se creían conocedores del mundo aceptaran la realidad. Toda la ayuda de Estoico fue vana.
Hipo debió quedarse y la junta del Consejo se prolongó horrores. Rara vez las juntas duraban dos o tres días. En esta ocasión, y como no se llegaba a ningún acuerdo, se alargó por una semana. Los Jefes además de cansados estaban preocupados, debían volver a sus Tribus y seguir con sus deberes. No obstante, se debía tomar una decisión. Por primera vez en toda la historia el Consejo no llegó a un acuerdo unánime: cada Tribu podría adoptar la tradición que quisiera. La decisión de matar o criar dragones quedaría a cargo del Jefe. Así, pues, todos pudieron partir, pero dejando a Hipo con la espantosa realidad de que solo cinco de las trece tribus tendrían paz.
Así, el chico inició viajes más cansados todavía hacia las aldeas que estaban recias a creerle. Y pasaba ahí el tiempo suficiente, enseñándoles, mostrándoles, narrándoles todo lo aprendido. Este viaje debió realizarlo solo, porque Estoico también debía regresar a Berk.
El orgullo vikingo era grande y los Jefes veían inaceptable que un flaco muchachito pretendiera enseñarles a ellos, los Jefes, los sabios, los que ya habían vivido. Esas firmes tradiciones que Hipo rompió en Berk auxiliado por la culpa y el cariño de su gente, estaba arraigada en los demás pueblos. Con la diferencia de que ellos no lo conocían, no sentían culpa ni afecto hacia él. Estaba solo, en toda la extensión de la palabra.
Pero era inteligente y fue aprendiendo cómo actuar. A veces tardaba muchos meses, pero lo consiguió. Un año y medio después de iniciar sus viajes, Hipo regresó a Berk triunfante. Todas las tribus aceptaban a los dragones. Y por ello, su gran perseverancia, se ganó un puesto permanente en el consejo, independientemente de que fuera el heredero de Berk, él ya tenía su lugar y sería escuchado con el respeto que merecía.
Un gran día de fiesta. Berk era la única tribu con dos representantes oficiales. Pero para Hipo era un triunfo sin significado. Él no quería reconocimiento, quería que se hiciera lo correcto.
Después de eso y por los demás años las juntas del Consejo le parecían tediosas. Hipo acudía, porque era su deber, y después porque la guerra demandaba su presencia de manera obligatoria. Más a pesar de eso, Hipo jamás se encontró del todo cómodo entre ellos. Salvo su padre y unos pocos Jefes comprensivos, todos los demás le parecían orgullos, tercos, apáticos y salvajes. Le respetaban, desde luego ¿Y? seguían sin ser de su agrado.
Por eso, semanas después de que Hipo llegara a Berk, cuando su padre le dijo que habría de ir al Consejo, le dieron ganar de gritar ¡No había escapado de los romanos para volver a esa mesa tediosa! Estoico le recordó su deber para con el pueblo vikingo y para con la gente que le apoyó. Seguía siendo miembro, a pesar de los años.
Refunfuñando, Hipo debió montar a Chimuelo e ir volando hacia la junta. Estoico decidió irse en barco. Fue una despedida triste. Astrid no quería ni por asomo alejarse de él. Pero ella no era miembro del Consejo y desde luego que no podría acompañarlo.
Por su parte, Patán se mostró muy apático al respecto. Antes de que Hipo volviera, él acompañó a Estoico en la mayoría de los viajes al Consejo, pues de manera indirecta había sido declarado el futuro heredero. La repentina presencia de Hipo y su puesto permanente desde luego lo apartaron. Bastó una sola mirada de Estoico para que Patán entendiera que ya no podría volver a esos viajes y no estaba contemplado en esta junta. Aunque le hirvió la sangre de envidia, supo contenerse. No era el momento.
A vuelo Hipo tardó menos de un día en llegar. Afuera de la Gran Sede se había construido un establo por los Jefes que llegaban de improvisto en sus propios dragones, los cuales, eran cada vez más para el gusto de Hipo. Había pocos dragones ahí y de verdad, Hipo no quería entrar solo.
—Mira, Chimuelo, hay Nadders.—el dragón negro miró al Nadder rojo y resopló, acostándose sobre la paja hasta ponerse cómodo y cerrar los ojos.—Muy bien, solo quieres descansar.
Hipo se sentó al lado de Chimuelo y comenzó a acariciarle la cabeza, como hacía siempre que estaban los dos sin nada que decir. El relajado dragón pronto se quedó dormido e Hipo recargado pensaba en qué hacer. Sabía exactamente qué hacía ahí, pero años distanciado de su gente y con la única presencia humana del capitán Eliseo había afectado su capacidad de habla. Le costaba más que antes encontrar las palabras necesarias para su discurso. Rezó un poco a los dioses para que se apiadaran de él y pudiera decir correctamente lo necesario.
El revuelto de gente acercándose le hizo asomarse. Para su fortuna, era su padre. Hipo ni cuenta se dio que ya estaba anocheciendo. Salió del establo y se encaminó hacia Estoico. Intercambiaron pocas palabras y entraron juntos; según el guardia ya estaban ahí todos los miembros y solo faltaba la Tribu de Berk.
Así, pues, Hipo tragó duro y entró.
Efectivamente, la mesa tenía todos los puestos ocupados, salvo dos. Miró la silla donde su padre se sentaba y después, donde él tomaba asiento, tantos años atrás. Su visita al pasado se vio interrumpida cuando notó todos los ojos puestos en él, y los Jefes parándose.
Entonces, el más viejo de todos, alzó las manos y gritó:
—¡Viva Hipo, el jinete de dragones, el terror de los romanos!
—¡Viva!—fue el grito unánime de los demás vikingos.
Y el estallido de aplausos y felicitaciones de verdad lo asombraron, al grado de que abrió los ojos y esbozó una sorprendida sonrisa. Caminó a paso lento hacia su asiento.
—Sea muy bienvenido, joven Hipo—saludó uno de los Jefes, a quien Hipo realmente no recordaba su nombre—La historia de su cautiverio y su liberación ha conmovido a todo el pueblo vikingo.
—Y estamos completamente decididos a expulsar de una vez por todas a esos malditos romanos de las tierras escandinavas—declaró otro, ese si sabía cómo se llamaba, Liv.
—Cálmense todos—declaró el más anciano del Consejo, llamado Togor—Primero tomemos asiento.
Así fue. De uno en uno los Jefes se sentaron en las sillas. Las jarras de cerveza y aguamiel puestas de lado. Había llegado el momento de declarar la estrategia para vencer a los romanos. Y en este tema, cualquier conocimiento que Hipo pudiera ofrecer era esencial.
—Bien, ya que estamos más calmados, debemos atender los asuntos más importantes: de los romanos—comenzó Togor—Joven Hipo, imagino que usted sabrá darnos información para estar pelea ¿Verdad?
Todos miraron a Hipo con un dejo de esperanza en sus ojos. El joven resopló para sí mismo. Estaba a punto de decirles algo de suma importancia.
—Sí—repuso—Debemos... pensar bien lo que vamos a hacer.
—A base de su experiencia—dijo Klaus, otro Jefe—Y de los conocimientos que tiene sobre el Capitán Eliseo ¿Qué nos aconseja hacer?
Meditó un poco.
—Tener cuidado—dijo—Eliseo es muy vengativo. Destruimos Alere Flammam, su mayor orgullo. No tengo la menor duda de que pronto planeará una gran venganza.
—Lo sabía…
—Era de esperarse…
—Hay que mandar tropas…
—¡Pero!—la voz de Hipo se alzó sobre todas las demás conversaciones—El fin de Eliseo está más cerca de lo que él cree. No por nosotros, si no por su propio Imperio.
Esta vez, las voces murmuraron con genuina sorpresa ¿El fin de Eliseo por el Imperio Romano? ¿Cómo podía pasar esto?
—Roma está en una gran crisis—continuó Hipo—Y no podrán resistir. El fin del Imperio Romano está mas cerca de lo que ellos mismos creen.
Le éxtasis que se liberó entre los guerreros vikingo era impresionante. Hipo sonrió un poco, por primera vez esos hombres no le parecían tan ajenos. En esos momentos compartían ese deseo de expulsar a los romanos. Extrañamente, lo hizo sentir mejor y en paz.
o-o-o-o-o-o-o
o-o-o-o-o-o-o
Las tropas derrotadas del Capitán Eliseo estaban reclutadas en un terreno inhóspito, ligeramente al noreste de la extinta fortaleza Alere Flammam. Las tiendas de campaña improvisadas albergaban los pocos soldados sobrevivientes. No había Tribus cerca ni tampoco habían visto naves vikingas merodear esos mares.
Pero Eliseo sabía exactamente dónde estaba y dónde se encontraban las demás Tribus. Reorganizar a sus hombres le tomaría menos de dos semanas, sería sencillo. Además, contaba con los refuerzos de Roma. No demorarían mucho en auxiliarlo en aquel sangriento combate.
Eliseo sentía el más acérrimo odio hacia los vikingos. Ese maldito de Hipo consiguió escapar, ayudó de tal forma a su gente que destruyó su hogar, su fuerte. Las llamas consumieron no solamente la roca de Alere Flammam, también su orgullo, su honor, sus años de trabajo. El maldito bastardo pagaría muy caro haberse metido con el Imperio Romano.
En su orgullo y poder, Eliseo estaban ensimismado en aquella batalla. Desentendido completamente del Imperio, Eliseo no había ido a Roma en años. Ignoraba completamente su estado, sus conflictos, sus problemas, y como arrogante romano pensaba que todo andaba bien. Nada podría pasarle al Emperador ni a la ciudad, protegida por el mejor ejército del mundo. Y él, Eliseo, reclamaría Escandinava, con sus bárbaros vikingos, para el Emperador.
No esperaba recibir, en vez de las tropas de refuerzos, una carta. Y menos el contenido:
Procedente de Roma.
Dirigido al Capitán Eliseo.
Debido a los constantes ataques que ha sufrido física y moralmente la Gran Capital de Roma, la urgencia de tropas bien entrenadas y generales capacitados debe ser guiada a las batallas prioritarias. Así, es mandato del Emperador absoluto del Gran Imperio Romano demandar la presencia del Capitán Eliseo y de sus tropas en Roma, lo más pronto posible, para unirse al combate armado contra el líder huno Atila, en la batalla más importante y la guerra más grande que ha azotado al Imperio en los últimos años.
Decreto del Emperador.
Firma.
Roma.
¿Qué?
No, era una broma.
¡Era una maldita broma!
Eliseo miró al emisario con el rostro más encolerizado que jamás haya esbozado. El hombre se encogió un poco, pero mantuvo la expresión firme. Arrojando la carta con desprecio absoluto, gritó:
—¿¡Espera quitarme a mis hombres!
—No—repuso el emisario—Usted y sus hombres deben volver inmediatamente a Roma.
—Esto es una maldita broma ¿Verdad?
—No lo es señor—y hablaba más serio—Usted no lo sabe, ha estado mucho tiempo afuera. Hay una gran guerra contra los hunos y muchos problemas políticos en Roma. Debe volver y ayudar en la pelea contra Atila, es la orden del Emperador.
Eliseo convirtió sus manos en puños y le dieron ganar de maldecir. Siempre honró al Emperador por la figura de honor y poder que era, pero ahora, en estos momentos, lo odiaba.
—No puede hacerme esto—declaró el Capitán—He peleado tanto tiempo contra los vikingos ¡No pueden hacerme esto!
—Lo lamento capitán, pero se dará cuenta que a Roma no le importa ya conquistar Escandinava, ni su guerra personal—el emisario sonrió petulante—Roma espera su regreso en menos de una semana.
—No habrá regreso—contestó, fuera de sí—¡No me rendiré! ¡Conquistaré, aunque sea yo solo a estos malditos vikingos!
—¿Está usted desafiando la autoridad de Roma?
—¿Está usted cuestionándome?
—¡Traición!
El emisario apenas pudo retroceder dos pasos, cuando el hábil capitán dio un salto hasta él. Lo apretó del cuello y tumbó de un derribe limpio, apenas tuvo el hombre tiempo de gritar, cuando un reluciente filo cortó sagazmente la piel. La sangre manchó de carmín la tierra y Eliseo sonrió orgulloso.
Miró la daga manchada y cortó la palma de su mano. Vio su propia sangre caer en gotas oscuras hacia el suelo. Elevando el puñal empapado de su sangre, juró:
—Por todos los dioses ¡Los vikingos pagarán por mi dolor y mi sangre!
Cayendo al suelo de rodillas, no pudo evitar derramar lágrimas. El oculto pasado de Eliseo regresando a su mente, en la desesperación de su situación, solo, sin ayuda…
Como aquella noche…
Uy... creo que el Capitán Eliseo está enojado... y veremos porqué le tiene tanto odio a los vikingos :)
¿A ustedes qué les pareció? La idea sobre el Consejo la tenía desde hace muucho y escribirla me animó bastante. Se irán dando cuenta que Hipo no es igual a como antes, esos años encerrado le han causado mucho dolor. Entonces ¿Merece esto algún comentario? ¿O no?
¡Muchas gracias por leer!
chao!
