NADA DE ESTO ME PERTENECE, LOS PERSONAJES SON DE DREAMWORKS, SOLO ME DIVIERTO ESCRIBIENDO.

¡Hola!

Em... ¿Se acuerdan de mi?

Créanme completamente cuando les digo que no era mi intención dejar tan abandonado este fic en todo este tiempo. Fue como si la Musa se despidiera de mi desapareciendo en estrellas que jamás he conocido. Pero he estado rebuscándola hasta encontrar un poco de ella xD Acaban de estrenar la película de Cómo entrenar a tu Dragón en el canal de Fox aquí en mi país y la vi toda en inglés, llorando nuevamente. Simplemente sentí que debía terminar de una vez por todas este fic, ahora que solamente queda el final.

Comentarios:

Fanatico Z: ¡Yo también los extrañaba mucho! Pero quería que el capítulo fuera bueno, no un capítulo "x" de solo por subir algo. Ojalá te siga gustando mi redacción :)

SakuraRozen: ¿La leíste toda en un día? ¡Estoy impresionada! Me alegro que te haya gustado tanto, lamento haberte dejado con la intriga de lo que pasará, pero como puedes ver finalmente he concluido el capítulo esperado.

Chofis: me alegro que a pesar de todo me sigas leyendo xD Lo sé, Hipo iba a reaccionar bien porque confía en Astrid, pero no es lo mismo con Finn. Las cosas se pondrán tensas a partir de aquí.

galaxydraon: en este capítulo no hay mucha interacción de Hipo/Astrid, pero es un tema que ya he pensado y que desarrollaré en el siguiente episodio. Por lo demás me alegro mucho que te gustara el fic :D

¡Disfruten!


Capitulo 17.

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—Lo odio… ¡Lo odio tanto!—gritó Patán, golpeando la mesa con tal violencia que vibró casi derrumbando las jarras de cerveza. Finn inmediatamente agarró su jarra para que no cayera.

—¡Cuidado tonto!—le gritó Finn con exasperación—¡Si se me cae una sola gota de cerveza por tu culpa juro que te mato!

—Maldito Hipo ¡Debió quedarse enterrado con los muertos!

—No es momento de pensar en eso—replicó Finn—Debemos enfocarnos en devolverlo con los muertos.—una sonrisa maliciosa hizo brillar sus ojos oscuros.

Patán miró a su aliado con su propio gesto de maldad; el aura que los rodeaba era oscura y se podía percibir a la distancia que aquellos dos no eran personas buenas; para fortuna de ambos, no estaban en ninguna de las fortalezas. Habían tomado la precaución de ir a un bar.

Y no a cualquier bar. Cerca de la fortaleza de Fereiya, donde Finn había sido casi encerrado por Hipo, había un pueblo no vikingo de gente con orígenes celtas. La aldea se llamaba Prok. Era tranquila, de personas sencillas. Los celtas compartían con los nórdicos un asiduo odio hacia los romanos; pero en Prok, donde ni rey tenían, los hombres no estaban preparados para convertirse en soldados.

Prok tenía una pesca muy productiva, enormes terrenos fértiles que otorgaban hasta tres cosechas anuales y tierras más verdes ideales para el pastoreo. Era una aldea bastante próspera y pronto, un lugar que captó la atención de las tropas romanas. La gente de Prok acudió a los vikingos para que le dieran protección.

Estoico llegó a un acuerdo importante con la gente de Prok. Fereiya y las demás fortalezas se encargarían de mantener la aldea a salvo, si ellos le rendían un tributo a base de pescado, hortalizas, pan y lana. Estoico no era nada abusivo, él les pedía lo que pudieran dar y la gente de Prok, de muy buenas costumbres, le pagaba puntualmente un tributo muy grande, en agradecimiento por su protección.

Las costumbres celtas de Prok seguían arraigadas en las personas mayores del pueblo; pero muchos jóvenes pidieron un permiso a sus padres y a los líderes vikingos para enlistarse en los reclutamientos y poder, con sus manos, pelear contra los romanos que amenazaban sus familias y sus vidas pacíficas. Ni Prok era la única aldea a la que los vikingos le brindaban protección ni tampoco la única de donde muchos jóvenes salían dispuestos a convertirse en fieros vikingos, con la mente puesta en la guerra, el triunfo y la gloria.

El bar de Prok siempre estaba bien concurrido, con gente ocupando todas sus mesas y la suficiente cerveza que daba abasto a todos quienes quisieran un trago. Escapándose de la fortaleza, Patán y Finn charlaban en la esquina oscura del bar, donde nadie se les acercaba, la forma en que podrían liberarse al fin de Hipo.

Después de la reunión en Thorum, donde Hipo ordenó a Finn irse hacia su propia fortaleza, un escuadrón de cinco barcos procedentes de Berk rodearon el puerto de Fereiya día y noche. Los soldados que estaban a bordo le dijeron a Finn que el heredero Hipo les mandó custodiar el flujo de viajeros que entraban y salían de Fereiya. Claro, que el principal objetivo era que Finn no pudiera salir.

Él había cumplido con su palabra, porque Finn sabia perfectamente que si Hipo habría la boca y contaba que lo envenenó, ni toda la gracia de Odín podría salvarlo de la furia de Estoico y Berk en general. La forma en que querían a Hipo era indignante para Finn. Todo Hipo era una vergüenza para Finn.

En ese bar, Patán y Finn pudieron trazar un plan que, en sus retorcidas mentes, era más que perfecto. Cada uno deseaba una cosa y el obstáculo para obtenerla era el mismo. Finn quería ser un héroe y la mano de Astrid. Patán quería el poder, ser heredero de Berk. Y todo eso estaba en posesión de Hipo.

—¿Pero no crees que es demasiado arriesgado?—preguntó Patán, viendo nuevamente el trozo de papel que había en sus manos.

—No—Finn le arrebató el papel y miró las oraciones que conformaban esa sencilla carta de apenas dos párrafos pequeños—Es más… le falta algo.

Finn agarró nuevamente la pluma y garabateó unas líneas extrañas que pretendían formar un mapa. Con más tiempo y tratando de darle más nitidez a las líneas, éstas cobraron forma a los ojos de Patán. Él estaba impresionado.

—Pero… Pero...

—No nos ganarán—le calmó Finn inmediatamente—Pero podemos estar ahí para asegurarnos que cierta persona caiga… ¿No crees?

—Y nadie podrá pensar que fuimos nosotros—Patán estaba relamiéndose por el plan que se recreaba en su mente—Esto es sencillamente brillante ¿Por qué no se nos ocurrió antes?

—Fácil… no teníamos éstos tarros de magnífica cerveza en nuestras manos.

Finn alzó el tarro y brindó bebiendo ansiosamente el líquido de cebada. Patán hizo lo mismo. Los dos comenzaron a reír a carcajadas llenos de felicidad mientras los demás en el bar veían a los extraños de la esquina con recelo ¿Es que acaso estaban locos?

Patán dobló cuidadosamente la carta una vez que pudo apreciar la tinta perfectamente seca. Se pusieron de pie, pagaron lo que les pidieron y caminaron a la puerta.

Salieron del bar entrada la madrugada, cuidando que nadie los reconociera. Cruzaron el pueblo y anduvieron por un sendero hacia un pueblo romano, muy lejano, para el cual seguro tendrían que caminar toda la noche. No les importaba. Tras la destrucción de Alere Flammam, muchísimas personas se regresaron a Roma como si solo pisar tierra nórdica pudiera quemarlos. Los romanos ya no estaban seguros sin su amada fortaleza y las fronteras, antes celosamente custodiadas, ahora estaban desérticas.

Al amanecer pudieron vislumbrar los restos del que alguna vez fue un pueblo pequeño y armonioso lleno de mercaderes romanos; la villa Vix. De ella solamente quedaban los edificios abandonados, muchos destruidos, y dos personas caminando en las calles donde vivieron decenas de familias. Bendiciendo que el pueblo no fuera abandonado del todo, Patán y Finn fueron directamente al lugar que buscaban: la oficina de mensajes.

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En Berk las cosas no podían estar mejor. Se sabía que los romanos estaban cada vez más débiles, y las fortalezas vikingas se esmeraban en perfeccionar sus técnicas de manera que el enemigo no pudiera, bajo ninguna excusa, vencerlos. Hipo les ayudó creando un montón de armas nuevas y enseñándoles maniobras que aprendió de los soldados romanos, en el tiempo que estuvo encerrado.

Eran técnicas innovadoras. Los vikingos combinaron sus propias técnicas con las aprendidas de grupos celtas y sumadas a las de Hipo, que descendían de batallas ancestrales contra todas las regiones del mundo, solo pudieron fortalecer su ejército. Hipo estaba ocupado ahora escribiendo un nuevo tratado sobre las armas y el combate cuerpo a cuerpo.

Y eso no era todo. Los dragones habían crecido mucho en cantidad por sus periodos tan frecuentes de apareamiento. Era cada vez más difícil poder tenerlos en buenas condiciones en las fortalezas. Con su padre, Hipo acondicionaba cada vez más y más de la isla en enormes establos que estarían destinados a la crianza de dragones bebés. Era necesario darles una categoría a cada uno. Para combate, para transporte, para casa, de mascotas…

La gente estaba emocionada. Hipo trajo consigo no solo esa mente llena de ideas locamente efectivas, si no una esperanza nueva. Ellos habían estado llenos del rencor que los motivó a seguir una guerra intensa por años. Y ahora que la guerra estaba llegando a su fin, con Hipo al frente, se podía ver el cambio que les daría una vida impresionantemente digna.

Hipo estaba mejor que nunca. Después de años era al fin libre, podía subirse a la espalda de Chimuelo y elevarse al cielo para tocar las nubes cuantas veces quisiera. Años separado de su gente hicieron que descubriera un enamoramiento completamente diferente y profundo hacia Berk, su hogar.

Además debía admitir que ser tratado como un príncipe era extrañamente confortante. Berk lejos de ser destruido había crecido enormemente en todos esos años y las personas ahora eran más ricas y tenaces que nunca. Como heredero, Hipo era respetado. Y más allá de eso era un héroe en toda la extensión de la palabra. Todos le obedecían sin rechistar y estaba seguro que no le llamaban "su alteza" porque el título de rey no existía entre ellos.

Convivía con su padre todo el tiempo posible, lo mismo con Bocón y con Astrid. Estaba decidido a recuperar el tiempo perdido. Pero las cosas no siempre eran sencillas. Cuando los extenuantes y maravillosos días llegaban a su fin, en la tranquilidad de su recámara, podía pensar en Finn.

Las tropas que mandó para rodear Fereiya le indicaban que las cosas estaban calmadas. Pero no confiaba ni por asomo en Finn, menos después de saber todo lo que trató de hacer con Astrid. Era de esas personas necias que van por lo que quieren sin importar el costo y no sería Hipo quien lo dejara salirse con la suya. No señor.

Por eso se sorprendió mucho cuando le llegó un llamado de Thorum. El dirigente de la fortaleza, Egil, pedía la presencia de Hipo para discutir con él asuntos importantes sobre la administración de Thorum y las hostilidades de aldeas aledañas. Estoico le dejó ir sin mayor problema y Astrid exigió acompañarlo, pero los propios deberes de la rubia se interpusieron y después de una larga despedida, Hipo partió montando a Chimuelo hacia la más grande de todas las fortalezas vikingas.

Thorum ya no podía considerarse solo una fortaleza común. Muchos de los soldados que ahí entrenaban habían hecho sus familias y construido casas alrededor de la muralla, formando un pequeño pueblo en donde las mujeres se la pasaban cocinando, tejiendo y los más pequeños trabajando la tierra. Thorum, se podía apreciar, estaba convirtiéndose en una aldea más. Un pueblo nuevo.

Hipo miró la esplendorosa creación de su gente y descendió dentro de las murallas. Egil estaba esperándolo en la explanada principal y le sonrió a forma de saludo.

—Es bueno verlo Hipo.—le dijo—Tengo asuntos muy importantes que tratar con usted.

—Oh si—dijo Hipo, mientras Chimuelo caminaba detrás de él—En la misiva que me mandó mencionaba algo sobre una falla en la construcción peatonal, si me permite…

—No se trata de eso—replicó Egil—Todo lo que le escribí fue mentira.

Inmediatamente después, Hipo se tensó. Miró al joven enfrente de sí con renovado interés y agudizó sus sentidos tratando de comprender qué estaba pasando.

—¿Y porqué habría de mentirme?—preguntó. Por la actitud que Egil presentaba era un asunto serio.

—Usted ha de saber que mi hermano es Finn—habló Egil, pidiéndole con una señal que caminara a su lado—Y que hemos sido inseparables desde nuestra tierna infancia.

—Algo me han dicho mis amigos—le respondió—¿Es relevante por…?

—Yo los vi aquí en Thorum, cuando seguramente discutió con mi hermano. No he visto a Finn desde entonces y lo conozco lo suficiente para saber que está tramando algo.

Hipo frunció el ceño.

—¿Y porqué estarías de mi lado, en vez de apoyar a tu hermano?—inquirió con desconfianza.

Egil suspiró.

—Mi hermano es necio y no tiene la razón. En cambio, usted es nuestro heredero. Nunca podré traicionar a Berk de ésta forma.

En el tiempo prisionero, Hipo desarrolló un gran potencial para diferenciar las mentiras, y supo que Egil no le estaba mintiendo. Bajó las guardias confiando un poco más en él.

—Bien—dijo—Entonces ¿Qué supone que tendrá planeado?

—Finn tiene un aliado Hipo, un aliado poderoso. Mi hermano no me ha mantenido muy informado sobre el tema, pero estoy casi seguro, que en sus planes figuran los romanos.

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—¡Señor!—gritaron unos cuantos soldados—¡Señor, mire!

El capitán Eliseo miró la carta que aquellos dos sostenían en sus manos. Los soldados sostenían la carta como si fuera un tesoro. Se las quitó al ver que tenían un sello vikingo.

Eliseo fue a su tienda de campaña apreciando minuciosamente el sello de sus enemigos, pensando que sería una declaración de redención ¡Pero él nunca aceptaría rendirse! No mientras tuviera vida y una espada en mano. Eliseo entrecerró los ojos mientras rompía lentamente el sello, revelando el contenido de esa carta.

No tenía relación absoluta con lo que él estaba pensando. Es más, era todo lo contrario.

Capitán Eliseo.

Nosotros somos vikingos renegados. Odiamos a Hipo tanto como usted y su presencia solo puede traernos desgracia. Sabemos que nuestro fin es inevitable, el avance de Roma no puede negarse ante nada. Y queremos ser aliados de Dios antes que hacer algo contra su bandera.

El mapa anexado marca la aldea de Berk, hogar de Hipo. En tres días exactos no habrá guardias porque serán llamados a las grandes fortalezas: maten la cabeza y desmoronen el cuerpo.

Firman.

Patán y Finn.

Efectivamente, al reverso había un mapa.

Eliseo pensó seriamente en esa información dada. Metió la carta en su uniforme y salió apresuradamente de la tienda de campaña. Habló con los primeros soldados que se encontró.

—¿Cuántos hombres nos quedan?—el Capitán miró a su soldado.

—Somos treinta y cinco, mi señor—respondió.—Con cuatro navíos.

—Más que perfecto.

Eliseo trazaba un plan en su mente.

Los vikingos caerían en tres días.


Como se habrán dado cuenta, es un capítulo corto y de trama sencilla. Las piezas se están acomodando para la siguiente fase de la historia, que marcará su desenlace. No me maten por hablar tan escasamente de los demás personajes, sobre ellos veremos más en el siguiente capítulo. Por ahora solo me queda agradecerles inmensamente que hayan leído este capítulo :)

chao!