NADA DE ESTO ME PERTENECE, ES DE DREAMWORKS, SOLO ME DIVIERTO AL ESCRIBIR
¡Hola a todos de nuevo!
Sé perfectamente que mis actulizaciones no han sido nada rápidas, lo siento por ello, éste capítulo salió porque estaba viendo la película con mi hermano y me dije a mí misma "Bueno, ¿No puedes terminar ya esos fics, que tan poco te falta?" Lo hice todo este mismo día, borraba unas partes y agregaba otras. Sé que es corto pero es todo lo que necesito contar por ahora. En el próximo capítulo, que ya está en proceso de escritura, se añaden más cosas y me va quedando más largo. Creo que podré subirlo en una o dos semanas.
Comentarios:
Raquel Zabinni: ¡Hola! me alegro mucho que te haya gustado mi historia y sobre todo, me alegra que te hayas metido de lleno, como dices, en los hechos. Eso me dice que estoy haciendo muy bien mi trabajo, lo cual me hace sentir feliz =) Espero que te siga gustando el fic conforme avance la trama y el final.
nameless666: lo siento si no te he dejado dormir por la curiosidad, no es mi intención. No soy historiadora, al menos no de profesión. Pero si Dios me da vida y salud estaré estudiando esta ansiada carrera el Agosto que entra ¡Cuento los días! es sensacional, amo la historia con todo mi ser. Muchas gracias por el favorito, me halagó.
joseto1945: me halagó y entusiasmo lo mucho que te apasionaste al leer la historia, fue sensacional ir leyendo cómo te atrapaba. Aquí está al fin el capítulo 18 y debo decirte, para que no te quede la angustia, que no morirá ningún ser querido =) (no por ahora, al menos xD)
ASHKORE15: no había pensado por ahora en un personaje celta, pero eso sería interesante... es un tema que trataré de poner en el siguiente capitulo ¡Gracias por la idea y por seguir mis locas historias! =D
VortexMGS: no sé cómo le hago para escribir tantos fics al mismo tiempo, mi tía siempre me recrimina eso pero me gusta. Si tengo una idea la subo, el problema generalmente es terminarla como te habras dado cuenta. Aunque este fic ya se está acercando al final. Me halagó mucho que lo hayas leído solo porque soy la autora (sonrojo) :)
Reiaya2DX: lo siento si lo he tenido abandonado estos meses, pero las ideas no llegaban en una frecuencia entendible. Puedo decirte no obstante que lo terminaré, estoy cerca de ello. Me alegro muchísimo que te haya gustado el fic porque esa era mi intención desde el principio, llevar una buena trama. Gracias :)
Fanatico Z: jajajajaja, me alegro mucho. No te preocupes. Este fic se tardará, pero se terminará ¡Te doy mi palabra que lo termino!
Tsukimine12: Yo extrañaba tus comentarios ;) lo continuaré y lo terminaré. Es una promesa.
SakuraRozen: ¡Hola! lamento bastante haberme tardado tanto, me alegra demasiado que te gusten mis capitulos, espero que éste te siga gustando como los demás =)
galaxydragon: pasó tiempo, lo sé, pero aquí está el nuevo capítulo espero mantener un ritmo, quizá no rápido pero sí constante.
Espartano: ¡Hola mi lector favorito! es tan bueno saber de ti nuevamente, no tienes idea de cómo he extrañado tus comentarios. A modo de agradecimiento por todo el apoyo que me has dado, este capitulo tiene un momento Astrid/Hipo muy tierno (creo) que ojalá te guste. Muchas gracias por tu paciencia ¡Disfruta el capitulo!=D
¡Disfruten!
Capitulo 18
.
.
—¿Pero qué demonios traman esos dos?—se preguntó en voz alta Erick, mereciendo un buen golpe en la cabeza propinado por Gunter—¡Auch!—se quedó—¿Eso porqué?
Erick llevó una mano a la cabeza, sobándose. Gunter con su pura expresión le mandó callarse. Greta estaba silenciosa, de cuclillas mirando a través de los árboles donde se encontraban escondidos.
—Hagan silencio—les pidió ella—¿No pueden estar un segundo callados?
—¡Es culpa de él!—gritaron los dos al mismo tiempo.
—Chitón.
Greta los ignoró y volvió a concentrar su atención en sus investigados. Patán y Finn, ajenos a los espías que estaban custodiando sus movimientos, salieron riendo a carcajadas del pueblo romano y rezando a los Dioses por el éxito de su plan.
—Caerán, de eso no me queda la menor duda—dijo Patán—Hipo será el primero.
—Sí, una vez que el pueblo esté sometido, podremos apoderarnos de él—agregó Finn—Astrid ya no podrá negarse a mis deseos.
—Todos nos obedecerán.
Greta abrió los ojos con espanto.
Ella, su hermano Erick y Gunter habían sido mandados a la fortaleza de Fereiya para espiar a Finn. Pasó después del enorme festejo en que trató ilusamente de envenenar a Hipo. Él mandó a los tres espías, que Brutacio y Brutilda recomendaron como los mejores, para que vigilaran al chico y además lo mantuvieran informado de cualquier cosa que hiciera.
Hipo no se los dijo claramente, pero les dio a entender que Finn podía estar cometiendo actos de traición. Greta se lo tomó muy personalmente. Era una misión asignada por el propio Hipo, el heredero de Berk y además su ídolo desde que era una niña y lo vio volando sobre Chimuelo. Tenía que hacer las cosas bien.
Habían visto que Finn y Patán estaban muy juntos últimamente. Los siguieron al bar del pueblo y contemplaron sus charlas discretas, entre susurros, casi temerosos de que fueran escuchados. Greta comenzaba a sospechar de verdad en esos dos tipos; lo cual era peligroso, porque Patán era sobrino de Estoico y Finn comandante de una fortaleza entera.
Cuando salieron a altas horas de la noche de aquel bar, creyeron que volverían al fuerte. En vez de eso tomaron un camino hacia el interior del continente. Pronto se dieron cuenta que iban a un pequeño pueblo romano donde apenas había gente ¿Qué querían de ellos? El pavor se hizo presente al descubrir que entraban a una oficina de mensajes.
Traición pensaron inmediatamente.
—Debemos avisarle a Hipo inmediatamente—dijo Gunter—Antes de que ellos se salgan con la suya.
—Estoy en eso.
Erick tenía en sus manos un trozo de papel y con carbón apuntaba rápidamente un mensaje conciso sobre lo que acababan de ver. Greta verificó que la información fuera clara.
De todos Erick era el mejor jinete. Él subió a la espalda del Nadder (que habían mantenido muy bien escondido mientras espiaban) y miró a su hermana con cariño.
—Lo llevaré a Berk—anunció—Volaré lo más rápido que pueda.
—Que así sea—bendijo a los Dioses por aquel milagro.
Greta y Gunter vieron cómo el Nadder alzaba un rápido vuelo y se perdía entre las nubes blancas, a distancias increíbles. Volaba hacia Berk, dispuesto a dar la información que Hipo necesitaba. Que todos los vikingos necesitaban.
—Vaya, vaya—Greta se tensó y volteó—¿Espías?
Con el ceño fruncido, Greta llevó una mano hacia la espada que colgaba de su cinturón. A su lado Gunter tenía dos hachas firmemente empuñadas y listas para atacar. Eso mientras la sonrisa petulante en los labios de Patán y Finn acrecentaban el brillo de sus filosas espadas, puestas en alto.
—¡Traidores!—gritó Greta—No tienen perdón de los Dioses…
—Los traidores aquí son ustedes—escupió Finn.
—Será divertido pelear como en los viejos tiempos.
Gunter resopló.
Empezó la acción.
o-o-o-o-o-o-o
o-o-o-o-o-o-o
—Las cosas saldrán bien, te lo prometo—le dije inclinándome hacia ella, a pocos centímetros de su rostro.
—Hipo, de verdad, tengo un muy mal presentimiento—Astrid me abrazó fuertemente, yo le devolví el gesto. Chimuelo y Torméntula se quejaron atrás de nosotros pero no les hicimos caso.
—Anda, mi vikinga guerrera—agregué—Debemos cumplir nuestra misión.
—Pero… pero…
—No pasará nada, te lo prometí ¿O no crees que cumplo mis promesas?—la miré a los ojos, ansioso de ver esos orbes azules brillantes que siempre se iluminaban cuando me veían.
Soy un cursi enamorado ¿Y qué?
—Confío en ti—respondió Astrid al fin—Pero no en los romanos.
Reí, me incliné y le di un fuerte y tierno beso en los labios. Ella me lo devolvió con ansiedad. De verdad se sentía asustada. Nos separamos cuando un fuerte carraspeó a nuestras espaldas nos convino a volver a la realidad.
—Tórtolos enamorados—dijo Patán—Tenemos una misión ¿Recuerdan?
—Sí, ya sé, ya sé—repliqué, subiéndome a la espalda de Chimuelo.
Mi padre entró a los establos antes de que partiéramos. Había un semblante preocupado en su mirada. Le sonreí para hacerle saber que las cosas estarían bien. De la misma forma que lo hice con Astrid ¿Por qué ahora nadie era optimista?
—Tengan mucho cuidado—fueron sus palabras.
Asentí.
¿Quién diría que los dos tenían sus razones para estar preocupados? Después de todo, sus presentimientos fueron realidades. Una ironía que Hipo descubriría varios días después de su encierro.
Hipo regresó de su viaje al pasado ante las palabras que le dijo Astrid.
—No lo sé—dijo Astrid, bajando el rostro hacia sus dos manos y contemplando de paso la madera enmohecida sobre la que estaba sentada—Este plan me parece locamente suicida—agregó, mirando a Hipo con una expresión retórica.
A lo lejos en el estanque, Chimuelo miraba el agua cristalina con profundo interés. El dragón recordaba perfectamente el lugar. Era el hermoso claro amurallado de forma natural donde cayó aquel día, tantos años atrás, y conoció al que era ahora su mejor amigo, el jinete vikingo.
Hipo había creído que ese lugar tan especial para él, que simbolizaba el inicio de la amistad entre él y Chimuelo, así como el de él y Astrid, sería perfecto para la noticia que debía de darle. Al parecer se equivocó.
—Entiendo tu punto—fue la respuesta del chico—Pero también deberías entender el mío. Es el mejor plan que mi padre y yo hemos podido diseñar en tan poco tiempo.
Las manos de Astrid se crisparon. Ella no podía concebir un plan tan más arriesgado.
—Si a Estoico no le preocupa que regreses, no es mi problema. Yo si estoy preocupada.
Hipo hubiera reclamado, pero notó en la voz de su novia y además, en su semblante, algo nuevo. Un dejo de tristeza que no coincidía con la situación. Los años de guerra habían cambiado a todos, Astrid incluida. Si bien en esencia era la misma chica de la que se enamoró, el carácter se moldeo acorde la situación. No le costó acostumbrarse. En parte, porque él ya no era el mismo.
—¿Qué es lo que nada mal?—preguntó, acercándose más hacia ella. Los dos estaban sentados sobre un tronco y se deslizó ágil sobre la madera. Astrid le rehuyó la mirada.
—Nada—mintió.
El jinete sonrió para sí mismo.
—Te conozco—dijo entonces—Así que dime ¿Qué pasa por tu mente?
Los ojos de Astrid, cerrados, estaban mostrando ser incapaces de contener las lágrimas. Se repetían en su mente una y otra vez los recuerdos de esa noche. La oscuridad que le impedía ver el rededor, las llamas lanzadas hacia ella con una puntería letal, los gritos de los guerreros, el viento, los giros que daba Torméntula tratando de escapar del fuerte romano. El grito de Hipo. El bulto negro caer y desaparecer en la muchedumbre romana…
—No puedo…—susurró entonces—No lo resistiría… otra vez.—sollozó.
—¿Otra vez?
Hipo pensó un poco. No demoró mucho en dar con el evento que rondaba la mente de Astrid. Para él mismo el día resultaba traumático. Cayó y perdió todo. Pero ahora lo acababa de recuperar, por nada del mundo permitiría que le quitaran su vida.
—Astrid yo…
Pero ella no lo escuchó. Se puso de pie con un rápido movimiento y caminó hacia el lago. Negó varias veces con la cabeza mientras se acercaba a la costa donde el agua cristalina daba paso al verde césped. Asomando su vista, detectó bajo el fulgor acuático unos pececitos nadando en la tranquilidad de las aguas claras, ajenos a cualquier evento humano y desdicha vikinga.
Al elevar los ojos, el sol daba sombra y creaba magníficos contrastes sobre las rocas pulidas y los árboles verdes. El cielo anaranjado del atardecer le indicaba el próximo final de un día. Iniciaría otro. Una vida nueva.
Los rayos naranjas y ligeramente dorados rodearon Astrid en una especie de halo que destelló en sus cabellos rubios cual diosa celestial; eso al menos ante la enamorada mirada de Hipo. Él muchas veces se preguntó antes, y hasta la fecha se hacía la misma cuestión, de porqué tan hermosa mujer y valiente guerrera se había enamorado de él. Un escuálido herrero. Los Dioses, después de todo, no lo odiaban. Lo amaban.
—Después de ese día—habló Astrid al fin—Éste lugar se volvió un santuario. Todos los años en el aniversario de eso…—fue incapaz de pronunciar la palabra "muerte"—Veníamos al claro. No entrábamos, simplemente lo rodeábamos desde lo alto. Mirábamos el lugar donde el primer vikingo se hizo amigo del primero furia nocturna conocido. Cuando terminó realmente la amnistía y empezaba la amistad entre nosotros, que habíamos permanecido en guerra por generaciones enteras. Dábamos gracias a los Dioses por haberte permitido ponerle fin a esa tontería, por darnos la más hermosa paz y hacernos un pueblo más tolerante… y jurábamos año tras año, vengarnos de los romanos, de su crueldad, de su arrogancia…
Astrid, tras ese discurso, volteó para verlo cara a cara. Hipo sabía que la gente lo había extrañado en ese tiempo. De cierta forma se convirtió en un héroe. Pero era extrañamente gratificante escucharlo de los labios rosados de su querida Astrid.
—No me hagas sentir el corazón lleno de angustia, como aquella horrible noche—le suplicó. Había lágrimas bajando por sus mejillas y a duras penas contenía los sollozos, pero mantenía el porte erguido de una digna vikinga—No podría resistirlo dos veces. Moriría…
Ante esa palabra Hipo se estremeció, y se puso de pie, acercándose con pasos cortos.
—Si es necesario que vayas… entonces iré yo. Y no hay nada más que decir.
¿QUE?
¿Ir ella?
—No—respondió inmediatamente—Ni lo pienses, es peligroso y…
—¡Y no volveré a quedarme como simple espectadora mientras pones tu vida en peligro!—gritó—Esa noche pude haber hecho algo, pero me dejé congelar por el shock, no hice nada… ¡no hice nada! Y no pasará lo mismo dos veces. O me voy contigo a tu lado, o me iré siguiéndote. No tienes otra opción. Ya me cansé de estar con los brazos cruzados.
Los dos se retaron con la mirada por varios minutos.
Al final, Hipo cedió. Con un suspiro profundo acortó la distancia entre los dos y la abrazó fuertemente, aspirando el aroma de sus cabellos con ansias y sabiendo, en el fuero interno de su ser, que jamás podría negarlo algo a esa valiente valkira.
—Ve a mi lado—susurró entonces—Sería más seguro.
Astrid, que ya lo estaba abrazando, sonrió y se apartó solo para darle un beso en los labios.
—Pues iremos los dos—agregó.
—Cuando todo esto termine… te prometo que las cosas serán mejor.
—Mucho mejor.
Se besaron de nuevo.
o-o-o-o-o-o-o
o-o-o-o-o-o-o
Estoico respiró profundamente.
Podía sentirse en el viento el aroma de mar tan intenso que amaba. Todo se sentía y escuchaba de una forma especial. Como si las cosas se acoplaran y le mandaran indicios del triunfo que se avecinaba. El plan era riesgoso. Un ataque inmisericorde que podría ser la gran victoria vikinga o la peor derrota de Berk. Deseaba la primera con creces.
Confiaba ciegamente en su hijo. A lo que temía, era a despertar esa herida ya cerrada por imprudencia.
El plan por sí mismo consistía en una escolta de cinco jinetes mandados a destruir la pequeña tropa del Capitán Eliseo. Hipo la comandaría. Los jinetes, que resultaron ser Brutacio, Bruticia, Patapez, Egil y al final Astrid. Ellos descenderían sobre las costas donde deberían estar refugiándose los pocos soldados romanos que quedaban y desencadenarían el infierno de las llamas. La batalla no podría durar más de dos horas y acabaría con el pequeño grupo romano para siempre. Sería además una clara misiva a Roma de lo que le esperaría si mandaba más personas a combatir contra los vikingos.
Pero claro que los contratiempos pueden aparecer. Quizá los refuerzos ya habían llegado. El plan se estaba jugando las más alocadas habilidades de los jinetes en el campo de batalla. Aún así, ellos estaban dispuestos a morir por la libertad de su gente. El problema recaía en que era Berk quien no quería perder a sus héroes.
Habían tardado en confiar en Egil. Pero aproximadamente en ese tiempo llegó Ercik con el mensaje; habían confirmado la traición de Finn y la dolorosa traición de Patán. Habían mandado mensajes a soldados romanos. Si bien aún no eran arrestados, porque habían desaparecido una vez que salieron del pueblo, sabían que si volvían a verlos en las fortalezas o en Berk habría de apresarlos rápidamente. Pagarían su delito.
Todo el pueblo de Berk se había reunido. Era la hora de ver a sus héroes partir. Esa podría ser la última misión de todas y la que declararía el final de la guerra. Rezaron al unísono a Odín, Thor y los demás dioses, suplicando que por fin esa espantosa guerra terminara y todos pudieran volver a casa. El conflicto armado, que había sido de antaño el principal pasatiempo de los vikingos, se estaba volviendo fastidioso.
Si las cosas salían bien entonces los vikingos demostrarían su poder absoluto sobre Roma. Los romanos nunca podrían dominarlos. Y ahora derrotados llevarían el fracaso de sus vidas. La perfecta historia bélica del Imperio caería para siempre. Serían humillados.
—Recuerda que debes tener cuidado—le dijo Estoico nuevamente a su hijo.
—Lo tendré papá—respondió Hipo—No tienes nada de qué preocuparte.
Pero antes de que el muchacho saltara a la espalda de Chimuelo, su corpulento padre lo detuvo. El hombre sostenía en sus enormes manos un tallado colgante; era un collar con la figurita del dios Thor y unas cuantas runas sagradas talladas en la base. Hermosa y fina de madera pulida.
—Papá ¿Qué…?
—Espero que los Dioses te protejan—le cortó, hablando rápidamente—Y que puedas volver a casa sano y salvo.
Hipo miró a su padre con una enorme sonrisa, apretando el tallado en sus manos.
—Lo haré papá—se colocó el casco-pechera sobre su cabeza (había sobrevivido todo ese tiempo como una reliquia entre las cosas de Estoico)—Volveré pronto.
Saltó hacia la espalda de Chimuelo. Acomodó bien su prótesis en el mecanismo del dragón. Miró nuevamente la figura tallada en sus manos, la bendijo con una señal y se la colocó alrededor del cuello. La resguardó bajo sus ropas para que pudiera resistir en cualquier ataque. "Que pase lo que tenga que pasar" rezó en su mente "Pero que sea lo mejor para todos".
Miró a Astrid a su lado, sonriéndole. Él sonrió también. Chimuelo se movía inquieto, ansioso de volar nuevamente. El Dragón sabía que pelearían de nuevo y quería ya lanzar su potente rugido contra los enemigos, y no solo él. Las ansias que tenían todos los dragones de pelear daba una señal buena de la providencia. Pero no sería hasta el final del día cuando se supieran los resultados.
Tras una despedida más, los jinetes emprendieron vuelo.
Y pronto se perdieron en el horizonte.
Una vez que no se pudieron ver ni las siluetas de los dragones, que volaban tan rápidamente como podían sus cuerpos, Estoico bajó la mirada. Contempló al pueblo alrededor, esperando instrucciones de qué hacer. Sus dos manos se hicieron puños cuando gritó:
—¡Preparen las naves!
Ahora él también haría algo.
¿Y bien? ¿Les gustó? Espero que sí, porque lo hice con mucho cariño para ustedes. Bastantes gracias por leerme todavía después de todo el tiempo, su paciencia me enternece y me da ánimos de seguir escribiendo.
chao!
