Lo que cree Alemania saliendo de la boda es que debe decirle a Italia que aun cuando no vaya tras él, sí está tras él. Va a escribirle... Escueto y corto, pero eso le parece importante.

Va a arreglar la casa, quitar las flores y los pétalos rojos de la cama que había preparado... Eso se perfila como lo más difícil. Quitar las cosas de Veneciano, las fotos, los cuadros que queden y ponerlos en una caja. Estabilizarse o tratar de hacerlo con mucho esfuerzo, eso es lo que intentará, con riesgo a que parezca que no le importa... y por eso le va a escribir.

No va a obtener respuesta, pero no importa, en una semana le mandará un mail y luego irá a trabajar mucho, aunque no demasiado para tratar de nivelarse y hacer una vida normal, no hacer nada radical.

Veneciano va a irse a casa... a Venecia a llorar hasta que Romano o Roma lo encuentren. Los va a odiar pasionalmente y va a huir de ellos... a Viena. Nunca nadie lo va a encontrar en Viena. Porque nunca nadie va a Viena, pero es un lugar importante para Veneciano porque vivió ahí mucho tiempo en su infancia, incluso con Sacro Imperio.

No va a destrozar el Steinway blanco de Austria, pero sí va a tocarlo lastimosamente y compadeciéndose de sí mismo durante un bueeen tiempo. No mucho más tarde, va a tener que empezar a hacer cosas por sí mismo, cosa que no pasaba en casa de su abuelo.

Cocinar, limpiar, comprar comida... conocerá a una chica mortal en el supermercado, con la que tendrá un tórrido romance de un par de días. Uno en venganza muy muy intenso que acabará muy muy mal. Eso pondrá en su sitio su corazón bastante. Va a tirar su ropa. Toda. Y se va a comprar ropa nueva, se va a cambiar el corte de pelo.

Va a pintar, a pintar muchísimo. Puede que Austria se encuentre un fresco en más de una pared cuando regrese. Poco a poco empezará a volver a hablar con la gente, con la vecina del austriaco, por ejemplo, que tarde o temprano va a notar toda la actividad en la casa habitualmente vacía.

Ella será la que le hará tomar consciencia de las cosas reales y volver al mundo, porque a veces las personas más próximas solo opacan y lo que necesita la gente es una opinión objetiva. Así que con eso, va a ser que envuelto en un abrigo de lana gruesa azul oscuro de marinero, una bufanda amarilla y una boina negra con visera, es que va a hacer sonar el timbre de Berlín unos dos meses más tarde.

Los perros de Alemania, bien entrenados para no estar ladrando todo el santo día, son los primeros en reconocerle y desgañitarse en ladridos nerviosos y potentes que hacen que Alemania se quite los lentes para ver de cerca y se levante a la puerta. Reconocen a Veneciano y le ladran, saltándose el entrenamiento.

Alemania no sabe quién es, ha ido a la puerta al oír el timbre y además oírles ladrar, quizás un poco extrañado. Veneciano se mira los pies con sus botas nuevas, son altas, tienen un poco de tacón... de hecho, son de mujer, aunque nadie lo diría con cómo le quedan, esperando.

Con la misma camisa de siempre, suéter delgado y corbata. Peinado igual que todos los días, Alemania le observa con su ojeroso ojo por la mirilla unos instantes antes de reconocerle por la posición, sin esperarle. Se queda helado al notar quien es, palideciendo un poco más si eso es aún posible, mientras quita el seguro y abre la puerta. Veneciano levanta la cabeza y se encuentra con su mirada, se queda sin aliento un instante.

—Italien —susurra casi sin voz, textualmente teniendo que detenerse del pomo de la puerta para que no se le doblen las piernas, porque se ve muy distinto a la última vez que le vio—. N-No pensé que... N-No sabía que... Pasa, pasa —vacila un poco en cuanto acaba de hablar pensando que quizás no ha venido a verle a él… o no quiere pasar.

—Ciao —saluda con la boca pastosa y niega con la cabeza sin mirarle—. No, ¿quieres salir?

Alemania parpadea. Claro que no quería pasar. Claro que él podía salir.

—Ja —extiende una mano nerviosa hasta el perchero y toma un abrigo, de Prusia, pensando que es suyo. Toma las llaves de la casa y sale cerrando la puerta tras él.

Veneciano da un pasito atrás y se recoloca la gorra, esperándole. El alemán se pone el abrigo ya afuera notando que no es el suyo ignorando este asunto al mirarle otra vez.

—¿A dónde vamos? —pregunta con voz demasiado grave antes de carraspear.

—¿Quieres tomar un café en casa de... al otro lado de la calle? —se detiene antes de decir el nombre del hombre que regenta la cafetería a donde iba siempre con Hungría, sintiendo un agujero en el estómago con ello.

Alemania asiente notando que se ha detenido de decirlo, sintiendo la separación entre ellos más evidente. Tan cotidiano en otro momento, tan ajeno ahora mismo. Mira el suelo y hace un gesto para que vaya adelante. Así que hacia ahí se dirigen, en silencio, mientras Veneciano piensa en lo que va a decirle y Alemania se esfuerza en no pensar en lo que puede o no decirle Veneciano.

Cuando entran, la cafetería está limpia y no tan llena de gente, es mucho más agradable el ambiente dentro por la calefacción.

—¿Qué quieres tomar? —pregunta Veneciano quitándose los guantes para ir a pedir los cafés.

—Un café nada más. ¿Quieres que vaya yo?

—No, no te preocupes, busca una mesa —pide yendo a buscarlos.

El de ojos azules elige la que ve más lejana y aislada posible, quitándose el abrigo y poniéndolo con cuidado en una de las sillas. Las manos le tiemblan un poco cuando se sienta, muy recto, a esperarle.

Veneciano pide su café complicadísimo y el de Alemania, los paga los dos y se acerca a la mesa cuando logra encontrarla, poniéndolos en ella. Cuando se quita la gorra y el abrigo es que Alemania puede ver el nuevo corte de pelo, bastante corto, un poco parecido al de Romano, pero corto como el de Prusia.

El alemán levanta las cejas notándolo en seguida, desde luego. Se ve muy diferente. Muy diferente y muy bien. El italiano se sienta frente a él con pesar, suspira dándose fuerza y le mira.

—Creo que deberíamos hablar sobre todo lo que ha pasado —toma su café en taza grande con ambas manos para calentárselas, como algo a lo que asirse. Alemania se humedece los labios aun mirándole el pelo. Baja la mirada hasta encontrarse con la suya.

—Bien —asiente aliviado porque por ahora eso suena mejor a "tengo un amor de mi vida nuevo y voy a casarme mañana". Solo que no sabía por dónde empezar o si él debía hacer algo más que por lo pronto escucharle.

—¿Tú tienes algo que quieras decir? —pregunta Veneciano mirándole, tratando de mantenerse sereno en su idea, pero no siendo tan fácil ahora que tiene sentado delante de sí mismo a la persona que ha querido desde que era un niño y que le ha engañado. Porque además sabe lo que quiere decirle, lo ha pensado bien por bastantes días, pero no está seguro de cómo empezar tampoco.

—Hay muchas cosas que quiero decir —susurra Alemania con la boca seca. El italiano aprieta más fuerte su taza con las manos y le mira.

Alemania traga saliva y carraspea, porque él no ha preparado un discurso ni mucho menos.

—No soy de muchas palabras ni me es fácil —otro carraspeo—, hablar.

—Ya lo sé —acaricia el borde de la taza con un dedo, mirándose las manos y suspira.

—Excepto contigo.

Italia levanta la mirada hacia él.

—Eres tú el dueño de todas mis excepciones.

Aprieta los ojos que ya se le están humedeciendo.

—Y como en esto, en todos y cada uno de los aspectos de mi vida soy mejor cuando estoy cerca de ti, sin excepción —endereza la taza y la cucharilla del azúcar. Vuelve a mirarle.

—Para —suplica el moreno en un susurro. Alemania se calla y le mira apretando los labios.

—Lo he... pensado. Lo he pensado con calma durante muchos días y he llegado a una conclusión sobre lo que sucede. Contigo, conmigo y con... esto nuestro —asegura lo más suavemente que puede, mirando el interior de la taza.

El alemán aprieta los labios aún más y el corazón se le acelera.

—Creo que no estamos enamorados, solo nos gusta la idea de estar juntos porque es como siempre ha sido —explica. Alemania parpadea lentamente.

—W-Was? —pregunta con suavidad y genuino miedo en la voz.

—En el pasado, cuando éramos pequeños sí fue así, no dudo que fuiste mi primer amor. Pero ahora... todo ha cambiado y no sabría decir en qué momento se esfumó eso —sigue intentando que no le tiemble la voz, sin mirarle. El alemán abre la boca y le cambia la cara esta vez, mirándole fijamente.

—Eso lo explica todo, Germania, explica cómo pudiste hacer... eso tan fácilmente.

Niega con la cabeza suavecito y cierra los ojos.

—Fíjate en nosotros... ¿acudes a mi cuando tienes un problema o algo te preocupa? No, hablas con tus fratellos o con la gente de tu trabajo ¿Y yo? Busco a Ungheria o a il mio fratello ¿te hace verdadera ilusión salir conmigo? No, siempre decidimos quedarnos en casa para que puedas trabajar hasta tarde y solo me compras regalos o te vistes para mí cuando te sientes culpable o me he enfadado... y eso es porque yo te presiono. Te presiono todo el tiempo a cosas desde que éramos pequeños.

—Cosas que no haría nunca sin ti —susurra y se lleva las manos a la cara—. Nein.

—Che cosa?

—No quiero oír esto —susurra muy angustiado.

—Esto es lo que pienso, Germania—le mira un poco desconsolado porque para él ha sido una gran revelación y es importante.

Alemania se quita las manos de la cara y se limpia los ojos y se recarga en el asiento de su silla pesadamente. Le mira. El italiano sigue mirándole, también a punto de llorar.

—Pienso en ti todo el tiempo y te echo mucho de menos —susurra limpiándose otra vez los ojos.

—No he dicho que no me quieras. Ni que yo no te quiera a ti.

Parpadea porque él lo ha sentido así, se limpia más la cara hasta el punto de tener que tomar una servilleta de la mesa.

—A mí me gusta nuestra vida juntos —murmura mirándose las manos y tragando saliva—. ¿No podemos enamorarnos otra vez?

—Creo que... sí —susurra.

—Y... ¿quieres? —extiende un poquito la mano hacia él sobre la mesa sin pensarlo.

—Sí —le mira a los ojos. El alemán suelta el aire genuinamente aliviado de que quiera y creo que hasta le sale un sollocito.

—Pero no puedo volver a tu casa —nota su mano y tiene que hacer un esfuerzo por no tomársela.

—¿Nunca más? —le mira desconsolado.

—No lo sé, no sé si más adelante —le mira también aun mirando su mano y es que se muere por tocarle.

Alemania asiente suavecito y recoge la mano unos diez centímetros. Veneciano suelta su taza para ir a por ella... y luego aprieta los ojos y recoge la mano otra vez.

—Puedes... ¿salir conmigo? —pregunta notando el movimiento y extendiéndola otra vez hacia el instintivamente.

—Sí... con una condición.

Le mira.

—Ja?

—No quiero que vuelvas con ella. Ni con il nonno. Ni con il signiore. Ni con nadie, si vas a salir conmigo quiero exclusividad.

—No voy a verla a ella nunca más —asegura y suspira—. Me mantendré lo más lejos que pueda de Rom y Österreich...

El moreno traga saliva y asiente.

—He estado pensando en lo que me dijiste en la boda.

—¿En qué?

—En mí queriendo casarme con él. ¿Qué quieres que haga con Österreich?

—Lo que tú quieras. Lo que quiero es que si quieres salir conmigo sea porque te apetece y me prefieres, no porque yo te presiono o te obligo.

El rubio inclina la cabeza y le mira a los ojos.

—Nunca he querido tanto salir con alguien como contigo en ese momento... Quizás contigo cuando eras niña.

Italia sonríe un poquito por primera vez en mucho tiempo. El de ojos azules se sonroja un poco y mira su café de reojo al que aún no le ha dado un solo trago. Se acerca la taza y las manos algo temblorosas aun le delatan.

—Podríamos ir a la ópera y a cenar... Y puedo llevarte a casa después —le mira otra vez.

—¿Cuándo?

Parpadea porque ilusamente había pensado que fuera hoy.

—¿C-Cuando puedes?

—¿Este fin de semana? —propone Italia. Alemania asiente con suavidad.

—¿Tienes un coche nuevo? —pregunta el alemán cambiando de tema a uno de los que sabe que comparte con él italiano y en los que ambos suelen sentirse más cómodos. Buena idea, Alemania.

—Sí, lo aparque en el parking que está ahí detrás —señala pareciendo muchísimo más relajado y sonriente ahora mismo.

—¿Qué coche es? —le mira a él intensamente y no a donde señala.

—Es uno... de los míos —le mira también—. Lo monté con piezas cuando estaba en casa de il nonno, aunque el chasis y la carrocería son de un Ferrari, ya sabes que son mis favoritos. Recuperé y arreglé algunas de las de los que se rompieron, había pocas cosas que hacer ahí. Y pude enseñarle a il nonno a hacerlo, me ayudó mucho.

—Lo armaste tu —no dejarás nunca de impresionarle con ello, menos mal que no te compró uno nuevo como pensaba hacer.

—Sí, tienen la casa organizada... y no tenía que limpiar ni cocinar ni comprar en el mercado si no quería, así que tuve bastante tiempo libre, mi país no ha sido nunca muy difícil de gobernar —eso dices tú.

Alemania le da un trago a su café y le mira hablar poniéndole mucha atención. Le cuenta algunas cosas técnicas que sabe que a Alemania le gustan y le interesan, de verdad visiblemente más contento y relajado.

Alemania se relaja también bastante con el haciéndole preguntas y comentarios, terminándose el café lentamente para poder alargar la conversación lo más que se pueda.

Donde consiguió las piezas o qué problemas tuvo con ellas y como los resolvieron y que ideas daba Roma cuando no entendía nada y como Germania y Helena también fueron a ver qué hacían y tuvo que explicarles a todos y como la primera prueba de arranque salió mal y casi se muere de la vergüenza pero su abuelo se dio a si mismo las culpas y se los llevo a los tres y le costó un horror encontrar el fallo, que al final si había sido culpa de Roma.

Alemania le mira sin perderse detalle de la historia, empezando a hacer el gesto que hace para sonreír cuando le cuenta la parte de la vergüenza y que estoy segura que casi solo Veneciano es capaz de distinguir la mueca sutil.

Al final Veneciano tiene que detenerse a sí mismo antes de invitarle a ir a ver el coche, pero nota que le ha puesto la mano sobre las suyas demasiado tarde. Alemania baja la vista y mira la mano de Veneciano sobre las suyas, levanta una y se la pone encima de la suya. Veneciano se calla de golpe y se tensa sin saber qué hacer del todo.

—Lo siento mucho —susurra el alemán acariciándole un poco la mano—. Voy a hacerlo bien esta vez, te lo prometo.

El italiano le mira nerviosito y se humedece los labios. Traga saliva y le aprieta un poco la mano cuando el móvil de Alemania suena.

Alemania levanta las cejas sorprendido con el sonido porque pensaba que no lo traía, notando que le vibra el pecho, sin recordar en qué momento se lo guardo en el bolsillo de la camisa... Seguro fue después del desayuno. Se pierde un poco el momento. Veneciano aprieta los ojos y retira la mano. Alemania se frota las manos con suavidad sintiendo la pérdida de la mano del italiano de inmediato. Se echa atrás y se mete la mano debajo del suéter, sacando el teléfono.

—Perdón, debe ser... Preussen, ja —vacila un poco sin saber si contestar o no.

—Es... es por la hora —comenta Italia sabiéndolo bien.

—La cena —asiente sin quererse ir—. ¿Quieres... cenar en la casa?

—No, no. Mejor no —niega después de pensárselo un segundo.

Alemania vuelve a apretar un poco los labios pero asiente resignadillo. Esto era mejor que lo que tenían dos horas atrás, sin duda. ("Poco a poco, Alemania", te manda decir Helenita)

—Siempre será tu casa y puedes volver y entrar a ella cuando quieras —asegura escribiéndole a Prusia un mensaje de "ahí voy"—. Quieres... ¿Tienes que irte ya?

—Sí... sí. Tengo un camino largo aun —se pone de pie porque ni lo había hecho.

—Deja que te acompañe al coche, bitte —pide levantándose también tomando el abrigo de Prusia de la silla.

—Ehm... sí, vale... —empieza a ponerse la bufanda y el abrigo, nervioso.

El rubio se pone el abrigo mirándole de reojo, notándole nervioso y poniéndose él también nervioso en reflejo.

Cuando acaba de vestirse se dirige a la puerta, ya se ha hecho de noche, está el cielo oscuro y hace más frío, pero la luz de las farolas iluminan toda la calle. Alemania le sigue y tiene que detenerse a sí mismo de no ponerle las manos en los hombros como suele hacer. Veneciano esconde la cara en la bufanda y las manos en los bolsillos... pensando en si echarse un poco sobre él para que le abrace como hacía siempre antes... pero ya no es antes, han vuelto a empezar. De cero. Se pregunta si se darán un beso antes de que se marche y se siente bien la incertidumbre de no saberlo, de no atreverse... pero estar aquí.

—¿En dónde te recojo el sábado? —pregunta Alemania después de caminar unos cuantos pasos en silencio.

—En... —piensa que hasta ahora se ha estado quedando en Viena, lejos de todo el mundo, pero que tarde o temprano va a tener que volver. Ahora ha vuelto con Alemania, va a tener que ir a ver a Romano y a España... y también a su abuelo, para que sepan que está bien. Tal vez era hora de volver a Milán al menos—. Milano, seguramente estaré en Milano.

—¿A dónde vas ahora? ¿Tu teléfono es el mismo? —siguen las preguntas.

—No, no lo es —desvía la primera pregunta.

—Oh... Te escribí un par de veces al otro. Ehh... ¿Quieres dármelo?

—¿Tu número es el mismo? —Italia lo busca en sus bolsillos para hacerle una llamada perdida. Alemania asiente porque ni siquiera pensó en cambiarlo.

—Me gusta tu nuevo corte —suelta al pensar en el asunto de los cambios—. ¿Puedo llamarte mañana?

Le mira con cara de "¿de verdad me estás preguntando eso?"

—Te llamaré —asegura poniéndole una mano en el hombro mientras llegan al coche.

No contesta nada, pensando que quisiera que Alemania sintiera también esa incertidumbre sobre si parecerá demasiado desesperado o si es muy pronto o muy tarde o en el fondo querrá o le molestará y que pase horas pensando en esto y en todo lo que le ha dicho y en cómo se ha sentido, como hará él, y en su sonrisa y en lo guapo que se ve y las ganas que tenía que esto pasara, pero que como quiere que salga bien tiene que ir lento... ¿o rápido? Cuidadoso al menos... ¿o tal vez dejarse llevar en un impulso romántico? Que se desespere un poco pensando en todo eso y sonría, al final sonría. Porque eso. Justo eso, es lo que cree que necesitan ahora ellos dos.

Alemania vacila un poco a ver el coche queriendo abrirle el cofre y verle el motor... Pero Italia no se lo había ofrecido y ya le había ofrecido entrar a casa o quedarse más tiempo sin haberlo conseguido así que se abstiene de pedirlo, asegurándole que se ve muy bien por fuera. ¿Podría besarle?

—Bueno, ehm... este es —sonríe un poco—. Vee~

—Quizás otro día puedas llevarme a pasear en él —propone sonrojándose un poco con la sonrisa y guardándose las manos en los bolsillos del abrigo, justo al lado de la puerta del conductor, agachándose un poco a verlo por dentro.

—Ah, sí, claro... ¿quieres que venga yo por ti? Así podrás... bueno, quizás dar una vuelta y decirme qué te parece.

Alemania parpadea y se yergue otra vez poniéndose más nerviosito con la idea de que Veneciano venga por él.

—Vale —asiente siendo algo qué habitualmente no habría aceptado. Veneciano sonríe, asiente un poquito... y ahí viene el momento incómodo. ¿Beso o no?

Alemania lo piensa y debe notarse que lo piensa porque se humedece los labios y le mira de manera tremendamente obvia a los suyos. La cosa es que... No se siente el con derecho de besarle solo por quererlo, así que busca alguna señal o algo que le diga si puede o no hacerlo... Quizás si quisiera ya lo estaría besando, como siempre. Vacila. Nervios. Vacila más.

Ante la vacilación, el italiano decide mejor esperarse. Se da la vuelta y abre la puerta del coche... porque además, si le besa hoy, no está seguro de poder irse. El alemán cierra la boca y da un pasito atrás un poco decepcionado con que no haya beso... Aunque piensa que quizás el sábado lo consiga.

—Nos vemos... pronto —sonríe—. Ya me dirás a qué hora es la ópera.

—Ahora buscare los boletos —se vuelve a sonrojar un poco con la sonrisa y se cierra el abrigo —. Gracias por venir, Italien.

Veneciano le guiña un ojo y se mete al coche ahora sí. Bien, el sonrojo aumenta sintiéndose otra vez un niño de cinco años. No se mueve esperando que arranque. Y así lo hace, saliendo de la plaza de parking y del parking.

Alemania da unos pasitos al frente para verle irse por la calle y se lleva una mano al abdomen, incrédulo de todo lo que acaba de pasar. Se queda unos minutos más existiendo en el estacionamiento hasta que se le enfría demasiado el cuello y le da un escalofrío. Se vuelve a casa pensando en lo bien que le queda el corte de pelo nuevo.

Abre la puerta con energía renovada, se quita el abrigo y piensa si de verdad podría ser posible que no estuvieran enamorados... Va a entrar a la cocina sonriendo sinceramente, en su proporción normal de sonrisa, por una vez en meses. Alemania ha pasado por todas las emociones posibles.

Bien, Italia, justo cuando creíamos que no era capaz de tener todas las emociones posibles. Se ha asustado bastante cuando le dijo que no estaban enamorados.

Aunque dechecho luego se ha tranquilizado al notar que el problema era eso de la chispa del enamoramiento, no falta de cariño y ahí si fue como... Vale, quizás si es verdad que últimamente mucho sale un poco a marchas forzadas pero se puede arreglar. Quiero otra vez estar enamorados y que empecemos de nuevo. Quiero. No es por arreglarlo, es porque sí que me gustas.

Por eso Italia necesitaba tiempo para que se le pasara el enfado y PENSAR.

xoOXOox

Hoy celebran algo de un campo de concentración en Austria. El día no-oficial de "hacer jabón no es bueno"¸ La liberación de Mauthausen. Alemania está invitado y pregunta si para celebrar puede hacer jabón a algunos judíos. Austria dice que no, pero pueden usar algunas cabras, que Suiza tiene DEMASIADAS y es más o menos lo mismo. Austria recibe la madre de las fulminaciones y antes de que Alemania pueda protestar que no es lo mismo ya está Suiza encañonándolo y amenazándolo con que si toca una de sus cabras adiós beneficios económicos en sus bancos

Es que Austria se muere de la risa. Fulminación triple. Alemania pregunta si las cabras de Suiza son judías, en lo que, creo, es un chiste. Austria comenta que si no, pueden usar las cabras de Helvetia. Suiza le mira absolutamente incrédulo. De hecho, Alemania se lleva una mirada reprobatoria cargada de sentido y se hunde más en su silla y se sonrojo, porque ya han vuelto de todo y sería un buen momento para echarle un chorreo al respecto.

—No, las de Helvetia no creo que sirvan —susurra Alemania.

—Qué curioso —Austria se cruza de brazos mirándole.

—E-Es decir, habría que ir por ellas y eso, no por otra razón —carraspea.

—Ah, claro... ese es el problema —tan sarcástico.

—Ese es justo el problema —Alemania fulmina un poquito a Austria aunque se hace pequeñito otra vez en la silla.

—En cambio, las de Schweiz están igual de lejos —le mira por encima de las gafas.

—No dije que fuera a usar las de Schweiz tampoco... ¡Y no me mires así! —protesta un poco pero rápidamente vuelve a hacerse pequeñito—. No veo por qué estar hablando de ella.

—Oh, bueno, podemos entonces ir a verla todos juntos y te hagas una pequeña idea sobre porqué estar hablando de ella —responde con falsa jovialidad—. Seguro podemos hasta invitar a mis padres, estarán los dos encantados de venir y que nos lo cuentes a todos.

—¡No vamos a ir a verla todos juntos! ¡Yo no voy a verla! Aunque si van uste... Nein!

—Ah... ¿Y por qué no, Deutschland? —pregunta con absoluta intención, de nuevo un usando un falso tono dulce.

—¡Porque no! Porque... ¡Porque no!

Otra mirada cargada de sentido con un pesado y denso silencio. Diversos carraspeos variados. Austria mira a Suiza de reojo por si quiere añadir algo o intervenir.

—Deutschland no se va a acercar a mein mutter ni a cuarenta kilómetros... Nunca más —Suiza le advierte al austriaco sin mirar siquiera al alemán.

—No es... No... No pretendo en lo absoluto acercarme a ella

—Bien, estamos todos de acuerdo entonces.

—¡Eres tú el que está diciendo que vaya a robarle!

—En realidad, hablaba de ir a verla.

—¿Por qué querrías hacer eso? Seria incómodo para... Ehm... Todos. Incluida ella.

—Para que nos hables de lo que pasó.

—No creo que necesite contarte ningún detalle —asegura sonrojándose otra vez y detestándole sin poder evitarlo.

—No son detalles exactamente lo que te pedimos.

—¿Quieres entonces una abierta confesión?

—Ja.

El alemán le mira fijamente... Y se sonroja pensando en esa actividad...

—¿P-Para qué querrías eso?

—Bueno, es lógico tener curiosidad sobre las cosas que te pasan —le sostiene la mirada.

—No es lógico cuando son ese tipo de cosas —masculla entre dientes—. Yo no te estoy preguntando.

—Por segunda vez... —una de esas frases que no pronostican nada bueno en cuanto a la paciencia de Austria—. No te estoy pidiendo detalles.

—Ya, ya lo sé... —mira a Suiza de reojo que está en silencio limpiando su navaja—. P-Pero... E-Es que Schweiz...

—¿Prefieres hablar a solas con él? —pregunta Austria con absoluta intención.

—Neeein! Nein, Nein! Mein gott in himmel... ¡Está bien! —protesta apretando los ojos y sintiéndose un niño pequeño.

Austria se alivia un poco con eso porque ni en sueños iba a dejarle tener esa conversación con Suiza sin estar él ahí para protegerlo.

—Helvetia y... Y yo... —insertar más carraspeos.

Suiza se tensa apretando los ojos. Una mano de Austria se planta con suavidad sobre la pierna de Suiza, sin mirarle. Suiza da un saltito pero sin saberlo se destensa un poquito. Alemania carraspea y le da vueltas a su celular en la mano intentando encontrarse algo que hacer.

—Deutschland... —pide Austria para que siga.

—C-Cuando me mandaste a... A por Helvetia pretendía solo ir por ella y traerla como me pediste.

—Aja...

—Pero cuando llegue ahí se me ocurrió que podía vengarme de Italien con ella —suelta el alemán.

—¿Y qué te hizo pensar eso?

—Preussen —susurra—, y mi misma situación...

Suiza se vuelve a tensar mirando a Alemania agresivamente.

—Preussen. Ahora esto es culpa de... Preussen —repite Austria.

—Nein, no he dicho que fuera su culpa, he dicho que él me hizo pensar en ello. Irme a acostar con alguien.

La navaja se clava en la mesa con violencia, empuñada por un Suiza que se levanta con el ceño fruncido señalándole con un dedo.

—¡Tú no tienes NINGÚN derecho para usar a mi madre! ¡NINGUNO!

Alemania levanta las cejas dando un salto y tirando el teléfono al suelo dramáticamente. Austria toma a Suiza del pantalón del muslo para que vuelva a sentarse.

—¿Qué estás haciendo, Schweiz? —le riñe. Ahí va de nuevo el suizo a sentarse mirándole de reojo.

—¿Cómo que qué estoy haciendo? ¿Cómo vas a defenderlo? —saca la navaja de la mesa enfadado.

—Esa mesa... ¿es tuya? —pregunta con intención porque están en Berlín.

—Tampoco mi madre era suya —masculla entre dientes.

—Espero que tú si planees reponer una mesa...

Alemania se agacha a recoger su teléfono mientras tanto preguntando si puede quedarse escondido debajo.

—Es que no puedo creer que SIGAS defendiéndole a EL.

—No le estoy defendiendo a él, estoy intentando que nos lo explique de forma calmada y racional para decidir qué hacer sin que nadie actúe impulsivamente, incluido tú.

—Después de decidir eso que empecé a hablar con ella y a conocerla. Y aun cuando si fui al hotel pensando en acostarme con ella, fue... Bueno, no terminó siendo por esa razón.

—¿Y por qué fue? —Austria se vuelve a Alemania, escuchándole. Él se revuelve y se sonroja pensando que es RIDICULO lo que va a decir.

—N-Nos... Nosotros nos... Nos... Yo... —balbucea y vacila de manera rarísima sin mirarles—. Me enamoré de ella.

Austria parpadea un poco descolocado sin esperarse eso. Claro, como tú no te acuerdas de cuando te enamoraste de Suiza, pues... Aunque ya es de ser cínico que TÚ no entiendas como es que eso pudo pasar.

—Was?! —protesta/pregunta Suiza a quien le parece que esto es un comentario IMBÉCIL de Alemania.

—¿Cómo pudo pasar eso con una mujer como ella, Deutschland?

Alemania frunce el ceño ignorando un poco a Suiza y mirando a Austria.

—¿Una mujer como ella? ¿Qué tiene?

—Viene siendo algo así como... podría ser tu madre —sentencia. Alemania aprieta los ojos.

—No lo es. Además es ignorante de muchas cosas y en muchos sentidos, de hecho se nota claramente que no hablan lo suficiente con ella —asegura aun con el ceño fruncido—. Tú, Liechtenstein y Schweiz...

—No lo es pero podría serlo y me parece que no eres la persona adecuada para dar lecciones sobre cómo tratarla —responde con frialdad. Suiza se TENSA con todo esto.

—Sí que soy la persona apropiada para decirlo, porque aunque no les guste, parezco ser la única persona que realmente la conoce. Vater es un bestia con ella, ustedes no le explican nada y ella es... ¡Necesita cosas!

—Ah, así que tú eres la única persona que la conoce... y supongo que también la única que se preocupa por ella —propone Austria con sarcasmo.

—Pues un poco, sí. Ninguno de ustedes sabe siquiera de sus intereses, nadie le ha explicado cosas y yo creo que la tratan como si fuera tonta. ¿Tú has hablado con ella?

—Dime, ¿cuándo fue la última vez que la viste, Deutschland? ¿Cómo está? ¿Qué cosas necesita? Imagino que habrás estado pendiente de tu enamorada todos estos meses en que estabas empezando de nuevo una relación con Italien.

—Nein. Nein. ¡Y fue un maldito problema, de hecho es un alivio hablar de esto con ustedes porque TIENEN que hacer algo!

Suiza gruñe y gruñe muy en serio.

—Nein. Tan ENAMORADO y ni has estado pendiente de ayudarla —sigue riñendo Austria. Alemania se sonroja otra vez, bajando la mirada—. Asume que para estar tan enamorado te acostaste con ella y no has vuelto a ir a verla ni le has hablado para nada.

—¿Y que querías que hiciera, Österreich? ¿Venir a verla en secreto? ¡¿Dejar a Italien para estar con ella?! —pregunta frustrado mirándole fijamente.

—No lo sé, Deutschland ¿qué querías tú hacer? ¿Qué quieres decir cuando dices que te enamoraste de ella?

—No lo sé, que la quise mucho por unos momentos, la quise lo bastante como para pensar seriamente en dejar a Italien e intentar algo con ella —protesta ante la fulminante mirada de Suiza que está dejando que Austria hable con tal de él no ahorcarle.

—¿Y qué pasó con todos esos sentimientos? ¿Se esfumaron? ¿O solo regresan cuando te conviene?

—Sí, porque ahora es MUY conveniente tenerlos. Mein gott, ¿qué quieres oír?

—Basta —murmura Suiza de malas.

—No es lo que quiera oír, Deutschland, es que es muy fácil que vengas a intentar reñirnos y a hablarnos de tu buena voluntad, cuando los hechos no corresponden con tus palabras —responde muy seriamente mientras vuelve a poner la mano sobre la pierna de Suiza—. A vistas de lo ocurrido solo fuiste, te aprovechaste de ella y nunca volviste.

—Ella se fue y terminó todo porque le hablé de Italien —le mira—, eso no quita que me preocupe. ¿Por qué no me entiendes?

—Porque no suena lógico —responde y mira a Suiza de reojo.

—Te intente explicar cuando volví y me mandaste a la mierda —acusa Alemania, dolido.

—No suena lógico que te enamoraras de mi madre porque mi madre no habla con nadie —responde Suiza.

—Entiende que ese no era un buen momento, pero puedes hacerlo ahora —añade Austria.

—No se explicar cómo pero... Eso que paso es lo que te digo. La madre de Schweiz...

—Mi madre nada de nada, no vas a engañarme ni chantajearme con ella —protesta Suiza.

—¡Está SOLA! ¿Por qué no lo entiende ninguno? ¡No hablan con ella, no le explican nada! Debería venir a vivir aquí, pero no puedo traerla porque Italien me ha dicho...

Es que van a matarle.

—Deutschland —ese tono fuerte de cuando Austria no grita, pero proyecta la voz con maestría que suena tan potente y pesada. Alemania le mira y BUFA un poco, pero no puede evitar callarse—. Ella no quiere vivir en la ciudad y lo sabes. Debes saberlo bien, le gusta la vida que lleva y no la lleva porque seamos unos desprendidos y no le quede más remedio, sino porque no vamos a forzarla.

—Le gusta la vida que lleva pero le interesan cosas. ¿Ya la llevaron a la Bayer?

—Dínoslo tú, que sabes tanto de ella.

—Italien me prohibió verla.

—Qué conveniente. ¿Y cómo pretendes arreglar ahora esto?

Le mira a uno y luego al otro incrédulo.

—Voy a hablar con Liechtenstein y con Vater ya que ustedes no entienden razones.

—No es eso lo que te estoy preguntando, Deutschland.

—Me preguntaste que iba a hacer.

—No para arreglar eso, si no para arreglar lo que tú hiciste.

—¿Arreglar qué? ¿Acostarme con ella? ¿Enamorarme?

—Ja

—Pues eso intento, olvidarla... ¡Y a la vez intento que ella no la pase tan mal!

Austria suspira y se vuelve a Suiza a ver qué opina él.

—Si ella se acostó contigo... Y te fuiste después... —comenta Suiza ahora algo agobiado por su madre. Austria se revuelve porque sabe lo que está pensando.

—Justamente eso es lo que me preocupaba.

—Que te iba a preocupar, tú no tienes idea de NADA. ¡No sabes que es la soledad o enamorarte de alguien! —le grita Suiza enfadado.

—¿Qué crees que sea mejor que haga Deutschland para tu madre? —pregunta Austria a Suiza poniéndose en su campo de visión para esconder a Alemania. Bien hecho, va a MATARLO.

—Él tiene a Italien, es cruel... —responde Suiza sonrojándose un poco.

—Lo sé, por eso se OFRECERÁ de buena voluntad a hacer lo que creas que sea mejor, tú o ella para que sea lo menos doloroso posible —dispone Austria como castigo.

—Es que... —suspira—. Nada. No puede ir con ella ni quererla ni hacer nada.

—Sí la quiero —les recuerda Alemania sonrojadito. Austria se gira a mirarle y le fulmina para que se calle antes de volverse a Suiza más dulce.

—¿Entonces solo no acercarse a ella?

—Es que... Tú no sabes lo que es —susurra agobiado mirándole a los ojos, desconsolado—. El volvió a su vida, a Italien, a su trabajo y ella...

—Ella... también —le mira con el corazón encogido porque lo entiende—. En la montaña con las cabras y con lo que ella quiere. Con Vater que va a verla, nosotros y Galia.

—Vater es un idiota con ella —vuelve a comentar Alemania.

—Deutschland, silencio, que bastante daño has hecho ya —ordena Austria sin ni mirarle.

—Pero no es lo mismo, no si él... Es un idiota. Ni siquiera sabemos si ella... Voy a matarte, Deutschland —amenaza Suiza.

—Calma, calma, no es lo mismo, para ella solo fue una noche también, no toda su infancia —le recuerda Austria a Suiza intentando relajarlo.

—Es verdad, pero aun así... —mira a Alemania moviéndose un poco para medio evitar a Austria y le da tanta rabia que da un paso hacia él. Menos mal que la perspectiva le esconde otra vez—. ¿Cómo estaba ella?

Austria le pone las manos en los hombros al suizo, que le mira ignorando otra vez a Alemania.

—Pues... Estaba... —empieza Alemania que no se ayuda. Austria mira a los ojos a Suiza y le sonríe un poquito. Suiza se emboba un poco sin poder evitarlo, aunque aún tiene ciertos ojitos preocupados.

—Ella es lista y fuerte, seguro esto solo fue fruto de que Deutschland se parece a Vater. Seguro ya se le debe haber pasado —asegura el moreno intentando consolarle.

—Yo era listo y fuerte también... Y cuesta mucho cuando se están jornadas enteras solo —explica suavecito.

—Pero tú llevabas mucho mucho tiempo, yo estaba enfadado, me casé dos veces... y me aseguré que no te olvidaras —confiesa. Suiza le mira a los ojos y el de ojos violetas se humedece los labios sosteniéndole la mirada.

—Tú eras el colmo —concluye Suiza girando la cara.

—Y lo conseguí —un poco más orgulloso de lo que debería, sonríe de lado, soltándole.

—Sí que conseguiste que te odiara —un pasito a él porque no quería que le soltara.

—Se nota —le muestra su mano con el anillo y mira de reojo a Alemania haciéndole un gesto muy sutil para que se largue.

Alemania lo entiende a la perfección aunque quisiera decir más, porque sí que le preocupa Helvetia aunque no parezca y piensa más en ella de lo que debería. Pero ahí se levanta para irse el mono de circo (por lo entrenado)


Algunos se preguntaban si GerIta o Alemania/Helvetia, esperemos que este capítulo disipe las dudas. ¡No olvides agradecer a Kaarla su beteo y edición!