Disclaimer: Este fic NO ME PERTENECE, ES UNA TRADUCCIÓN. El fic original le pertenece a Zerlinda, quien amablemente me permitió traducirlo y traérselo a ustedes. A los que quieran ver la historia original en inglés: s/10031929/1/The-Snow-Queen
N/A: laidyx, creo que estás algo confundida. Ellos no están en el castillo de hielo de Elsa, están en el castillo de Arendelle y lo de Jack noqueado ya se resolvió en el capítulo anterior también. Así que sí, Jack está bien y puedes estar tranquila ahora ^^
Capítulo 07: Recuerdos
Observé con asombro e incredulidad cómo Olaf abrazaba a cada uno de los guardianes, repitiendo su presentación ¿Cómo era posible? Pensé que Olaf se había derretido cuando el verano había vuelto después de mi muerte, pero aquí estaba.
—¿Olaf? —repetí— ¿Sigues vivo? —pero él pareció no escucharme porque siguió presentándose frente a los demás.
—¿Olaf? —dije una vez él había terminado, arrodillándome para así poder verle a los ojos. Los Guardianes se reunieron a nuestro alrededor, estudiando a Olaf con atención— ¿Eres tú?
—Sí, ¿por qué?
—¿Sigues vivo?
—Sí, ¿por qué?
—¿Has estado aquí todo este tiempo?
—¿Cómo funciona esto? —preguntó Conejo, levantando una brazo que había tomado del cuerpo de Olaf— ¡Hey! —dijo sorprendido porque el brazo lo abofeteó y Olaf se lo arrebató y la colocó en su lugar.
—¡Ya basta, canguro! Estoy tratando de concentrarme por aquí —Lo regañó antes de volverse hacia mí— Sí, ¿por qué?
A juzgar por la sonrisa en la cara de Jack, seguro pensaba que era la cosa más graciosa del mundo. Conejo, por otro lado, no estaba de acuerdo con Jack y fulminó con la mirada a Olaf.
—¿Canguro? No soy un canguro, soy un conejo; el Conejo de Pascua
—¿El Conejo de Pascua? —repitió Olaf con los ojos como platos, volteándose hacia Norte— Entonces tú debes ser Santa… y el Hada de los Dientes… y Sandman… y —él se detuvo en Jack, estudiándolo, antes de inclinarse hacia mi— ¿Quién es el chico con el cabello blanco y el cayo?
—Ese es Jack —dije. Jack parecía molesto porque era el único al que Olaf no conocía.
—Ajá… ¿Jack quién? —siguió diciendo Olaf, y la expresión de molestia en la cara de Jack creció.
—Jack Frost.
—¿Jack Frost? —repitió Olaf, emocionándose— ¿Cómo el que congela tu nariz?
La molestia en la cara de Jack desapareció y sonrió, tocando la punta de la nariz de zanahoria de Olaf con su dedo.
—¡Eres justo como Elsa! —dijo el hombre de nieve felizmente— Ella me hizo, ya sabes.
—¿Ella te hizo? —dijo Clause, mirándome con asombro.
—No era mi intención que viviera cuando lo hice —dije, tratando de restarle importancia— Olaf, ¿cómo es que sigues vivo?
—Oh bueno, Anna tenía una enorme caja de hielo construida para que viviera en ella durante el verano. Ahora es un refrigerador y tengo que esconderme cada vez que alguien entra en él, pero lo dejo cuando es invierno y no me puedo derretir.
—Oh, lo siento Olaf —dije, sintiéndome culpable. Él ha estado solo casi tanto tiempo como yo, y teniendo esa personalidad tan extrovertida, debió ser muy duro para él— Debiste sentirte solo. Si hubiese sabido que estabas vivo, te habría llevado conmigo a la Montaña del Norte.
—Está bien —dijo Olaf, abrazándome— ¡Tengo que ver el verano!
—Tú… no pareces muy molesto por eso —dijo Jack, claramente confundido como el resto de los Guardianes.
—Amo el verano —explicó Olaf entusiasmado— Y el sol, y las cosas calientes.
Jack me miró extrañado, pero sólo pude encogerme de hombros. Después de todo, cuando lo hice, no tenía la intención de que viviera, así que no era como que yo le di una personalidad o un propósito cuando lo creé. Malvavisco era otra historia
—¿En serio? —dijo Jack asombrado, y honestamente, eso era divertido. Un hombre de nieve en medio del verano es algo que está totalmente fuera de lugar— Supongo que eso no funciona muy bien para ti.
—No —admitió Olaf, cabizbajo— Es por eso que vivo en el refrigerador —de repente, estaba otra vez en su fase feliz— ¡Pero ustedes deben tener frío! Vamos, encenderé la chimenea.
El frío no me molestaba, y creo que Jack se debía sentir igual porque los dos nos quedamos atrás, viendo a Olaf guiar al grupo por el pasillo. Una pequeña sonrisa curvó mis labios mientras recuerdos de hacer un muñeco de nieve con Anna pasaron por mi mente.
—¿Olaf? —dijo Jack en tono burlón, devolviéndome a la realidad— ¿Llamaste a tu hombre de nieve Olaf? —bufé y crucé ambos brazos sobre mi pecho.
—Anna y yo éramos unas niñas —expliqué. Era una excusa patética, pero funcionaba. Los niños nunca han sido buenos en eso de poner nombres. Había un perro en la villa cuyo nombre era Manzana porque lo dueños dejaron que su hijo de tres años lo nombrara.
Jack y yo reímos.
—¿Cómo está tu cabeza? —pregunté.
—Oh, está bien. Sanas rápido cuando eres un espíritu, ya sabes —soltó una risita extraña y rascó la parte de atrás de su cabeza antes de aclarar su garganta— Así que lo dejaste ir, ¿eh?
—Sí —dije emocionada, dejando escapar un suspiro— ¡Se siente maravilloso! Como si me quitara un peso de encima.
Jack me sonrió.
—Bueno, te ves bien.
—Oh —había olvidado mi nuevo atuendo— Gracias —mire a sus ojos azul hielo sonriendo, y él sonrió devuelta. Los dos nos quedamos así por un largo tiempo, hasta que Jack parpadeó.
—Ehm… ¿Elsa? —dijo, con clara preocupación en su voz.
—¿Sí?
—¿Acaso Olaf dijo que iba a encender la chimenea? —mis ojos se abrieron con sorpresa.
—Oh, no —y salimos corriendo por el pasillo, tras el grupo que había desaparecido hace mucho tiempo. Recé porque Olaf fuera lo suficientemente inteligente como para que dejara que uno de los otros encendiera el fuego, o al menos no sentarse al lado del fuego una vez estuviera encendido, pero mis oraciones cayeron a oídos sordos cuando llegamos a la habitación donde estaban todos, y Olaf se estaba volviendo rápidamente en un charco por el fuego.
—¡Olaf! —chillé, incapaz de contener la risa en mi voz al ver la cara de pura felicidad del hombre de nieve derritiéndose— Tranquilo, amiguito —rápidamente moví mi mano y volví a congelarlo, agregando una pequeña nube de nieve sobre de su cabeza.
Olaf suspiró con asombro mientras miraba su nueva adición.
—¡Es mi nevada personal! —chilló con emoción
A mi lado, Jack se rió de sus infantilidades. Sonreí. Olaf me recordaba mucho a Anna cuando éramos pequeñas. Siempre optimista, siempre emocionado e ingenuo. Sentí como que Jack estaba hablándome y parpadeé, sacándome de mis pensamientos.
—¿Disculpa?
—¿Estás bien? —preguntó.
—Oh, sí, estoy bien. Lo siento, son solo… recuerdos. No he estado aquí en mucho tiempo.
—¿Quisieras darme un recorrido por el lugar?
—Sí, ¿por qué no?
Durante las siguientes horas, le mostré a Jack habitación tras habitación al interior del castillo, hablándole de la historia y agregando ocasionalmente una anécdota con ello. Si algún cambio se había hecho, era capaz de señalarlo y así podíamos seguir adelante. Eventualmente, llegamos a la habitación por la que estaba más ansiosa y nerviosa por llegar a. Posé mi mano en el pomo de la puerta y respiré hondo, antes de entrar a mi antigua habitación.
Jack me siguió y vi cómo observaba los alrededores. No mucho había cambiado. Claro, algunas cosas habían sido retiradas de la habitación, pero no es como si tuviese muchos objetos personales en ese lugar de todas maneras –a pesar de todos los años que pase allí-. En realidad, era más como una gran celda lujosa en la que me había encerrado a mí misma.
—Esta era mi habitación —le informé a Jack suavemente. Él volvió a mirar alrededor.
—Es… ehm… ¿linda? —dijo, tratando de no ofenderme, pero el pobre cumplido disfrazado sonó más a una pregunta. Yo reí.
—No tienes que mentir —le dije— Sé que está… vacía. Nunca guardé muchas cosas aquí además de libros. Leer era lo único que realmente podía hacer. Si no congelaba los libros.
Mis ojos lo siguieron mientras él caminaba hacia mi escritorio y se quedaba observando mi viejo y olvidado guante de coronación que estaba en la superficie. Caminé y me paré a su lado.
—Ese es el guante que Anna me quitó en mi fiesta de coronación —le expliqué.
—¿Dónde está el otro? —preguntó.
Yo me encogí de hombros, sin saber ciertamente la respuesta.
—Lo lancé al viento cuando huí.
—¿Dejándolo ir?
—Algo así —suspiré. La última vez me salió el tiro por la culata.
—No tenemos que estar aquí si te incomoda —ofreció Jack— Podemos ir a otro lugar.
—No, no me siento incómoda. Desearía poder hablar con Anna una última vez. Para decirle que la amo y que lo siento por todo lo que le hice pasar.
—No te preocupes. Ella sabía.
—Pero ¿Y si no? ¿Y si ella murió pensando que la odiaba?
—Confía en mí—dijo calmadamente— Ella lo sabía.
—¿Cómo puedes saber eso? —pregunté.
—Porque te sacrificaste para salvarla. Saltaste frente a esa flecha por ella. La gente no hace eso por algo que no sea amor
—Tienes razón, Jack —dije, tomando su mano y brindándole una pequeña sonrisa— Ella sabía. Gracias —apreté su mano y salí de la habitación, mi mano hormigueaba por el calor del tacto.
Volví a la librería donde Olaf sostenía una animada conversación con Clause y Conejo. Tooth y Sandy no estaban por ningún lugar. Todos voltearon a verme mientras entraba y me sentaba junto al fuego.
—¿Dónde están Tooth y Sandy? —pregunté.
—Tuvieron que irse a cumplir con sus trabajos —respondió Conejo— Si los niños no tienen sus sueños o despiertan con un diente en vez de una moneda bajo sus almohadas, no sería bueno para nosotros.
Fruncí el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—Bueno —dijo Clause, cambiándose a una posición más cómoda en el sofá— Si los niños dejan de creer en nosotros, entonces nosotros perdemos nuestros poderes y nos debilitamos. Mientras más débiles estemos, más influencia puede ejercer Pitch sobre los niños, volviéndose más poderoso y haciendo más difícil el que nos fortalezcamos. Tengo que repartir regalos cada Navidad, Conejo tiene que esconder huevos cada Pascua, Jack hace nevar durante el invierno, pero Tooth y Sandy tienen que trabajar todo el día, todo el año.
—Suena como que ustedes pasan muy ocupados —dije y el rió.
—¡Por supuesto! Pero eso le da alegría a los niños y eso es lo que importa —él me miró significativamente y yo bajé la mirada— Sin embargo, para brindar alegría a los niños, debes encontrar tu centro. Una vez lo encuentres, sabrás lo que estás destinada a hacer para dar alegría.
—No entiendo —dije, y Clause me sonrió.
—Piensa en todos como una muñeca rusa*, ¿sí? Está lo que ves en el exterior, pero cuando llegas a conocer a una persona, tiene montones y montones de capas. Pero, en el centro, todos tienen algo muy especial.
—Tómame a mí, como ejemplo —continuó— Tú me ves grande e imponente, pero cuando me conoces, encontrarás que soy alegre, misterioso, y valiente, y generoso, y, en mi centro estoy lleno de asombro. Eso es lo que le doy a los niños con mis juguetes. Sandy les da sueños, y Tooth protege sus recuerdos.
—¿Recuerdos? —lo interrumpí— ¿Cómo?
—Recolectando los dientes —explicó— Los dientes contienen los recuerdos más importantes de la niñez. Y Conejo les da esperanza, y Jack-
—Les da diversión —completé y él me sonrió, asintiendo. Me quedé ahí sentada pensando por un rato antes de pararme para dirigirme hacia el patio. Vi movimiento con el rabillo del ojo y levanté la cabeza. Era una pequeña niña pelirroja con un abrigo morado, leyendo un libro.
— ¿Annalise?
Me acerqué a ella. Seguía leyendo el mismo libro que le había dado ese mismo día. O, más bien, ayer, porque ya era tarde por la mañana. Ella estaba hecha un ovillo mientras leía, pero pude ver una parte de piel llena de moretones en su mejilla y ahogué un grito.
La ira se estaba apoderando de mí y me alejé antes que mis emociones se salieran de control, haciendo que la temperatura descendiera más, congelando a la niña hasta la muerte.
—¡Aquí estás! —la voz de Olaf provenía del final del pasillo. Me volteé y él caminó hacia mí— Me estaba preguntando a dónde habías ido, ¿estás bien?
Tuve que morder mi lengua para evitar gritar ¿Por qué todo el mundo constantemente me pregunta eso?
—Sí, Olaf, estoy bien. Un poco abrumada, tal vez, pero bien ¿Por qué preguntas?
Él se encogió de hombros.
—Luces algo deprimida. Como si algo te molestara.
—No lo sé, Olaf. Aparentemente el Hombre en la Luna piensa que estoy hecha para ser un Guardián, pero entonces todos me dicen que encuentre mi centro, y no tengo la menor idea de cuál podría ser, y Pitch sigue ahí fuera, y por si fuera poco… Y-Yo no sé. Me he encerrado a mí misma por cuatro siglos ¿Qué podría saber yo acerca de hacer felices a los niños?
—Sabías como hacer feliz a Anna —señaló.
—Pero ella era mi hermana, es diferente. Y aunque sabía cómo hacerla feliz, no pude.
—¿Y si no es tan diferente como piensas? Las cosas son diferentes ahora. Tú estás diferente ahora. Digo, eres la misma, pero diferente —tomó una pausa— ¿Eso tiene algún sentido?
De alguna extraña manera, lo tenía. Asentí.
—¡Bueno! Digo, me hiciste feliz.
—Eres un hombre de nieve, Olaf —dije, riendo.
—¿Y? Aún así me hiciste feliz. Ha pasado mucho tiempo desde que he estado así de feliz o desde que he podido hablar con alguien. La mayoría de la gente se asusta cuando ve a un hombre de nieve parlante. Así que aún cuando soy capaz de salir del refrigerador, sigo estando solo ¿Entiendes a lo que me refiero? —Yo asentí.
—Sé exactamente a lo que te refieres. Pero no tienes que estar solo nunca más —Olaf me sonrió.
—Tú tampoco.
—Yo tampoco —afirmé— Vamos a buscar a los demás.
Mientras caminábamos, me detuve en el retrato de mis padres y les sonreí. Quizá el aislarme del resto del mundo no fue la mejor idea que tuvieron, pero me amaban y trataban de protegerme a mí y a Anna como pudieron. Después de todo, nadie es perfecto. Los extrañaba tanto.
Algo frío y húmedo golpeó la parte de atrás de mi cabeza. Por el rabillo del ojo, pude ver a Jack sonriendo traviesamente. Sonriendo para mí misma, hice mi propia bola de nieve. Al principio, era del tamaño de mi puño, pero parecía no ser suficiente grande así que lo hice crecer y se lo lancé a Jack, quién no esperaba un contraataque de ese tamaño, y lo enterré bajo la pila de nieve.
—A ver, Jack —lo regañé, burlona— ¿Por qué empezarías una guerra de nieve dentro del castillo, entre todos los lugares? ¿Y con la Reina de la Nieve, de entre todas las personas?
Él me sonrió.
—Quizá porque sabía que la Reina de la Nieve no podía vencer al Espíritu del Invierno —enarqué las cejas.
—¿En serio? Que yo sepa, fue el Espíritu del Invierno quién fue enterrado bajo dos metros de nieve, no la Reina de la Nieve.
De repente, rodeó mi cintura con su cayo y me tiró sobre la nieve donde Jack me tacleó, los dos reímos juntos. Entonces, me golpeó con bola de nieve tras bola de nieve, cubriéndome completamente.
—Quizá la Reina de la Nieve debería volver a comprobar —Jack rió. Levanté la vista hacia él, con la cabeza descansando sobre la nieve. Sus dos manos en el frío polvo, apoyando su peso encima de mí. Nuestros ojos se encontraron y empecé a sentir algo extraño que me atraía hacia él. Mis ojos se dirigieron a sus labios. Lucían tan suaves y empecé a preguntarme cómo se sentirían contra los míos. Alcé la vista para ver que sus ojos estaban mirando fijamente mis labios. La atracción se volvió más fuerte y él empezó a bajar su cabeza. Mis ojos se cerraron en anticipación de un beso que nunca llegó.
Tristemente, nuestro momento fue arruinado por el sonido de Conejo aclarando su garganta para llamar nuestra atención. Rápidamente nos pusimos de pie, con una adecuada cantidad de distancia entre nosotros.
—Pensamos que les gustaría saber que vamos a ir al castillo de hielo —dijo Conejo.
—Oh, ehm, claro —tartamudeé, ruborizada— Está bien, estaremos allí pronto —Pero ellos ya se habían ido, Conejo yendo a través de un hoyo que apareció en el suelo con un golpe de su pata, Olaf yendo con Clause a través de un portal, y Tooth y Sandy volando. Clause nos dedicó una sonrisa pícara y un guiño mientras se iba.
—Eso no fue para nada raro —dije, aún ruborizada. Jack soltó una risita rara y rascó su nuca.
—Sí… creo que a Norte le gusta la idea de los dos estando juntos —dijo. A mí empezaba a gustarme la idea también, pero no iba a decirlo en voz alta.
—¿Norte? —pregunté.
—Así es como llamamos a Santa. Es más… Bueno, es menos… —titubeó.
—¿Infantil? —ofrecí.
—Sí.
Silencio.
—Deberíamos irnos —dije, volteándome, solo para detenerme cuando él habló.
—Elsa, sobre lo que acaba de suceder, yo…
Lo miré por encima del hombro, mi corazón latía tan fuertemente en mi pecho, que me sorprendería que yo fuese la única que pudiese escucharlo.
—¿Sí? —pregunté, pero el negó con la cabeza.
—Nada. No importa, era una estupidez. Tienes razón, deberíamos irnos —y salió volando del lugar.
Haciendo el copo de nieve y volando tras él, traté de no pensar mucho en el sentimiento de decepción que ardía en mi pecho. O cuán desesperada estaba por saber lo que él realmente iba a decir. O porqué tenía sentimientos tan fuertes por alguien a quien acababa de conocer.
Todos mis pensamientos de mis sentimientos concernientes con Jack, fueron empujados fuera de mi mente cuando vi a los Guardianes preparándose para luchar con Malvavisco. Oh, no. Corrí y me puse entre ellos antes que cualquier tipo de violencia empezara.
—¡Malvavisco! ¡Detente! —grité y el monstruo de nieve me miró.
—¿Elsa los quiere fuera? —preguntó.
—No, Malvavisco. Son invitados —él me miró a mí y luego a los Guardianes.
—Está bien —dijo, volviendo a su disfraz de roca al pie de las escaleras. Suspiré aliviada.
—¿Qué fue eso? —demandó Conejo.
—¿Mi guardaespaldas? —expliqué débilmente, haciendo que sonara más a una pregunta que una respuesta. Conejo siguió refunfuñando mientras todos entraban al castillo con Olaf siguiéndolos de cerca.
—¿Malvavisco? —dijo Jack. Prácticamente podía ver la sonrisa en su rostro— Elsa, debo admitir que tienes talento colocando nombres ¿Por qué le darías a tu guardaespaldas un nombre como Malvavisco?
—¡Yo no lo nombré! —me defendí— Fue Olaf.
—Eso explica mucho —admitió Jack y asentí.
—Kristoff le preguntó a Anna en cómo pensó en el nombre de Olaf, un día cuando la estaba observando.
—¿Y? —me encogí de hombros.
—Solo acostúmbrate, no preguntes. Él responde, así que el nombre funciona— Él me siguió escaleras arriba, echándole un vistazo a Malvavisco, mientras entrábamos al castillo donde todos estaban observando los alrededores con asombro. Bueno, todos excepto Conejo, que estaba tiritando.
—¡Hace mucho frío! —exclamó— ¿Cómo puedes vivir aquí?
—El frío nunca me ha molestado —le respondí.
—Muy lindo —dijo Norte— ¿Lo hiciste todo tú sola? Debió tomarte años.
—Tenía mucho tiempo en mis manos, —respondí— Cuando originalmente lo construí, la mayoría de los muebles no estaban aquí. He agregado algunas cosas a través de los años.
—¿Hiciste todas estas esculturas? —preguntó Tooth desde mi cuarto de esculturas. Entré para verla volar de una estatua a otra.
—Es un pasatiempo —dije.
—Tienen tantos detalles —murmuró. Entonces una de sus haditas voló hacia ella y chilló algo. Ella ahogó un grito y empezó a nombrar ciudades más rápido de lo que podía entender.
—Por mucho que me gustaría quedarme, Elsa. —dijo Norte— Creo que deberíamos irnos. Pitch se ha ido, por ahora, y no sabemos cuál es su plan, pero Sandy y Tooth tienen que trabajar todas las noches para que los niños sigan creyendo y mientras los niños puedan creer, Pitch no ganará poder. Mientras tanto, no tiene sentido que todos nos quedemos aquí sentados cuando hay trabajo que hacer. Te haremos saber si Pitch decide mostrarse otra vez.
Sonreí y asentí, despidiéndome de ellos con la mano mientras se iban, hasta que solo quedamos Jack y yo.
—¿No deberías irte también? —pregunté— ¿Provocando guerras de nieve y dándoles días nevados a los niños? —me apoyé contra el barandal del balcón.
—Quiero saber qué es lo que pasará contigo —dijo.
—¿Qué quieres decir?
—Bueno, no puedes pasar el resto de la eternidad encerrada en tu castillo. Esa no es forma de vivir —él caminó y se apoyó contra el barandal del balcón, a mi lado— Yo sé lo que es estar solo. Pasé los primeros trescientos años de mi vida, haciendo todo lo que pude pensar para que alguien me viera, pero nadie me veía. No tenía recuerdos de mi vida antes de ser Jack Frost, así que tienes suerte. Cuando me enteré que Tooth guardaba mis recuerdos en mis dientes, Pitch ya se los había robado —él me miró a través de sus largas pestañas— No quieres estar sola, créeme.
Sus labios se curvaron en una sonrisa
—Ven conmigo.
—¿A dónde? —pregunté, pero él negó con la cabeza.
—Es una sorpresa —dijo y reí.
—¿Y Olaf?
—El puede cuidarse solo por una noche —dijo, tomando mi mano y tirando de ella— Vamos, sólo por esta noche.
Mordiendo mi labio con indecisión, titubeé. Tuve que bajar la vista, lejos de los ojos de Jack que nublaban mi juicio.
—¿Sólo por esta noche? —sonriendo asentí con la cabeza— Está bien.
Jack sonrió y volamos del balcón tomados de la mano, hacia la puesta del sol.
N/A: *Las muñecas rusas o matrioskas son muñecas de varias capas, como la que le mostró Norte a Jack en "El Origen de los Guardianes".
Un pequeño dato curioso sobre el capítulo es que la historia del perro llamado Manzana/ Apple está basada en que un labrador dorado del barrio de Zerlinda, la autora, se llama Frijol Verde/ Green Bean porque los dueños dejaron que su hijo de tres años lo nombrara.
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