¡He vuelto! Bueno, más o menos. Siento haber estado un tiempo sin publicar, pero pasé por un momento en mi vida totalmente lleno de exámenes y trabajos. Además, quería centrarme en mi long-fic, La Caza, que por fin he logrado terminar. No sé cada cuánto podré publicar esta historia, porque tengo otras muchas cosas que escribir y ademas estoy con exámenes finales, pero sí intentaré seguir con la historia de modo medianamente regular.
Este capítulo es un poco más corto, pero me gustó dónde se quedó, así que no quise alargarlo innecesariamente.
#PALABRAS: 2,055.
OTROS MUNDOS
CAPÍTULO IV
La próxima vez que Bonnie abrió los ojos, estaba en un lugar que parecía muy diferente. Seguía en Las Vegas, en el mismo sitio en que habían decidido viajar Kai, Kol y ella, pero el lugar estaba lleno de gente, gente que la miraba extrañada cuando pasaba a su lado. Bonnie se miró a sí misma, y vio qué extrañaba tanto a la gente. Kai seguía pegado a ella por detrás, y tenía la cabeza apoyada en su hombro derecho. Aquello no era tan extraño. Lo extraño era que Kol, desde adelante, había imitado sus movimientos, y reposaba su cabeza en su hombro izquierdo.
Tras empujar al brujo que tenía delante y dar un codazo al que tenía tras ella, Bonnie se giró, observando todo su entorno, y comenzó a llorar. Había gente, mucha gente. Y aquello era todo lo que ella había querido, todo lo que había necesitado mientras que estaba en el mundo prisión. No le importaba en lo absoluto estar en el pasado; lo único que de verdad la atemorizaba era la soledad.
−¿Bon? –Kai le pasó un brazo por los hombros; parecía verdaderamente preocupado−. ¿Qué te pasa?
−Estoy aquí. Hemos vuelto.
Kai rió y puso los ojos en blanco. Por supuesto que se había emocionado por aquello. Algo típico de ella, la santa Bonnie.
−Pero no hemos terminado –Kai decidió traer a Bonnie de vuelta a la realidad antes de que la chica empezara a hacerse ilusiones−. Habremos terminado cuando hayamos saldado nuestra deuda con Westphall.
−¿Westphall? –Bonnie frunció el ceño hacia Kol, que sonrió.
−Estamos en Las Vegas. Cambiarme de apellido es lo más simple que voy a hacer. Pienso casarme.
La bruja rodó los ojos y comenzó a caminar, sin saber muy bien por dónde ir. Por lo visto, los demás tampoco sabían a dónde dirigirse, puesto que la siguieron por las abarrotadas avenidas de la ciudad. Al final, terminaron en el mismo hotel en el que se habían alojado durante su estancia en el mundo prisión, y se llevaron una decepción al ver que ya no tenían un lugar en el que dormir.
Tendrían que marcharse. Sin embargo, tampoco tenían un método de transporte en el que viajar a Nueva Orleans, ciudad en la que se encontraba Finn Mikaelson. Así que tendrían que tomar prestado un vehículo.
De aquello se encargó Kai. No podía coger prestado un coche barato, no. Tuvo que robar un Ferrari. Un maldito Ferrari. Y no eligió uno cualquiera; se aseguró de que tuviera cuatro plazas y de que estuviera limpio y reluciente. Los esperó a las afueras de la ciudad, ya que tanto Kol como Bonnie habían ido en busca de suministros para el viaje. Comida, mudas de ropa y una manta. La chica se sorprendió al ver lo bien que empezaba a dársele robar.
En aquella ocasión, la chica se sentó atrás. Ignorando a los dos chicos por completo, se recostó tanto como pudo, se tapó con la manta y se durmió, asegurándose antes de que ambos se quedaran callados durante todo el viaje.
Llegaron al día siguiente, gracias a la veloz conducción de ambos brujos. Kai despertó a Bonnie cuando estaban a punto de aparcar en un aparcamiento a las afueras de la ciudad. Le tendió una bolsa llena de croissants que habían comprado en una gasolinera hacía un par de horas. La chica se incorporó y se estiró. Decidió empezar a comer, pero tuvo que esperar cuando Kol detuvo el coche.
Salieron del coche y comenzaron a caminar, siguiendo al antiguo vampiro original por las calles de la que una vez fue su ciudad. Acabaron en el cementerio, y se dirigieron al mismo lugar al que habían ido durante su estancia en el mundo prisión, el lugar que Kol había llamado su casa de juegos.
No estaba vacía. Una chica, una joven de pelo oscuro y ojos claros, estaba dentro, trabajando con ciertos objetos mientras que cantaba. Una bruja.
La chica alzó la mirada y, cuando vio a Kol, se lanzó hacia él y lo abrazó. El chico la abrazó de vuelta, enterrando la cara en su cuello y cogiéndola en brazos. Aquello era algo que Bonnie nunca hubiera esperado ver de Kol Mikaelson. Más bien lo opuesto a lo que se podría esperar del rebelde y malvado vampiro original.
−Chicos –dijo Kol cuando la bruja y él se separaron−, esta es Davina Claire.
−Claire. Era su sangre.
−Exacto. Ella va a ser la que nos ayude a salvarme de Finn. Y dado que vosotros sois dos brujos poderosísimos, o al menos eso me habéis dicho, vais a hacer eso posible.
−He estado intentando averiguar cómo deshacer la maldición –intervino Davina, con una sonrisa−, pero no he logrado nada. Finn es poderoso, y su madre le ha enseñado mucho. Más que a Kol, aparentemente.
−Yo estaba muy distraído espiándote, Davina –Kol le guiñó un ojo a la chica, que sonrió−. No me culpes de algo que no puedo controlar.
−Vale. Creo que voy a vomitar –Kai se apartó de ellos y empezó a revisar el lugar. Como si no lo conociera−. ¿Qué día es hoy?
−Ocho de Febrero –contestó Davina−. Siento haberos hecho perder unos cuantos días.
−¿Cómo lo has hecho?
Davina les contó. En cuanto Kol había descubierto que en un mundo prisión podría estar a salvo de la maldición que lo estaba matando poco a poco, le contó todo a Davina, y esta le ayudó a crear uno para él. Pero era un mundo imperfecto. Un mundo que no estaba totalmente separado de todos los demás mundos prisión, ni de la realidad. Era por eso que Kai y Bonnie habían acabado allí en vez de en el presente. Encontrarse con ellos había sido desde el principio la intención de Kol. Era parte de su plan que ellos lo ayudaran a recuperarse.
Como no tenían tiempo para esperar al siguiente evento celestial, ambos brujos utilizaron un hechizo muy poderoso que les permitió atraer la magia de un evento celestial pasado hasta el día seis de febrero, y entonces crearon el mundo prisión, asegurándose de que esa fuente de magia estuviera también en el mundo prisión.
−Así que… en el momento en que salimos de 1994, estuvimos varios meses en la nada –concluyó Bonnie, algo asustada por la situación−. Nos habéis tenido varios meses sin existir. Eso es lo que ha pasado, ¿no?
−Más o menos –respondió Kol, para nada culpable.
Kai actuó impulsivamente. Se acercó al otro brujo y le dio un puñetazo en la barbilla, provocando que Kol cayera al suelo, sangrando. Bonnie no hizo nada para detenerlo, ni le riñó después. Se cruzó de brazos y se colocó junto a él. Por primera vez estaba de acuerdo con él, incluso si su modo de actuar fuera a ser diferente en caso de que sólo hubiera estado ella.
Davina se giró hacia ellos, y mediante un solo movimiento de muñeca los tiró a ambos al suelo. Se acercó a su novio y se aseguró de que no estuviera muy mal. Le curó la herida y lo ayudó a levantarse.
−Bastante tiene ya Kol como para que vosotros le hagáis más daño. Puede que no entendáis hasta qué punto es peligrosa esta maldición. Acabará matándolo.
−Está bien –Bonnie cogió una banqueta y se sentó−. Relajémonos todos. Explicadnos todo lo que sepáis sobre la maldición.
Finn Mikaelson estaba, pero a la vez no estaba. Sentía que estaba vivo, tal vez más vivo de lo que jamás se había sentido, pero al mismo tiempo sentía que le faltaba algo. Algo muy importante. Su cuerpo. ¿A dónde había ido a parar?
El brujo abrió los ojos. O, al menos, lo intentó. Sólo vio blancura, un espacio amplio iluminado en el que no había absolutamente nada. Quería moverse, avanzar, pero sabía que si lo hacía se arriesgaba a llegar al lugar al que no quería ir. El lugar en el que su esencia finalmente se dormiría.
Era consciente de que no debería estar así. Que no debería estar consciente. Pero lo estaba, y aquello podía ser tanto ventajoso como demasiado arriesgado. Dio un paso adelante. Siguió sin ver nada. Avanzó varios pasos más. Y se encontró con una mujer. Una joven de rizos castaños y ojos oscuros y almendrados. Finn la conocía. O, al menos, había conocido a alguien que era exactamente igual a ella.
−¿Cuál eres?
La chica frunció el ceño, sin comprender.
−Eres una doppelganger. ¿Cuál eres?
−¿De qué me estás hablando? ¿Quién eres? ¿Qué haces aquí? Pensaba que era la única aquí. Llevo sola mucho tiempo. Años, tal vez siglos. No sé. El tiempo funciona… diferente aquí.
−¿Cómo te llamas? –preguntó Finn, sin contestar a ninguna de sus preguntas.
−Eleanora Gilbert. Todo el mundo me llama –la chica frunció el ceño y se autocorrigió−. Me llamaban Nora.
Gilbert. Por supuesto.
−¿Y cuánto hace que no habéis visto a Finn?
−Ya unos cuantos días. No sabemos dónde está, pero la repentina aparición de Freya podría ser la razón de su desaparición.
Bonnie frunció el ceño. Davina, con la ayuda de Kol en ciertos momentos, les había explicado todo lo que había sucedido. Cómo Esther había revivido a sus hijos, cómo los había usado y cómo Kol finalmente se había rebelado. Luego les había hablado de lo que Finn había hecho tras la muerte de su madre. Y la maldición.
Finn había sido cruel. La maldición que había puesto sobre Kol no era una cualquiera, no. Era una que aseguraba muchas horas de sufrimiento antes de la muerte del chico.
−¿Qué le hiciste a tu pobre hermano para que quiera hacerte sufrir tanto? –preguntó Kai, como siempre prestando atención a los detalles menos insignificantes.
−Mi hermanito es un idiota. Un niño de mamá que nunca ha sido capaz de pensar por su cuenta. Lo dejas solo un momentito y mira lo que hace.
−Los motivos de Finn no son importantes –intervino Davina antes de que Kol empezara uno de sus discursos−. Lo que hay que hacer es encontrarlo. Y, dado que Freya es la única pista que tenemos, sugiero que vayamos en su busca.
−No tan rápido, brujita –Kai se sentó en la banqueta que la chica acababa de abandonar para acercarse a la puerta de la casa de juegos de su novio−. Verás, Bonster y yo acabamos de llegar de un mundo prisión. Y yo personalmente he estado encerrado durante casi dos décadas. Así que creo que me merezco un rato de ocio antes de volver a amargarme de nuevo. ¿Quieres unirte a mí, Bon? –la sonrisa que le dirigió a la chica fue deslumbrante.
−No.
Kai frunció el ceño ante la respuesta de la chica, pero eso no lo desmotivó. Se encogió de hombros y se dirigió a la salida.
−¿A dónde vas? No conoces la ciudad, y eres un peligro para la población.
−No os preocupéis. No es la primera vez que vengo a Nueva Orleans. Mis padres nos llevaron una vez a mi hermana y a mí cuando teníamos tres años. Fueron bastante irresponsables, pero eso es otra historia. Os la contaré en otro momento.
Dicho aquello, el chico se marchó. Bonnie se debatió. Quería seguirlo, asegurarse de que no destrozaba la ciudad durante su pequeña pausa de ocio, pero al mismo tiempo deseaba alejarse de él durante un tiempo. Llevaba demasiado tiempo a solas con él, y quería ver a más gente. Quería ver a sus amigos…
¡Sus amigos! Con todo lo que había sucedido con Kol, se le había olvidado que ahora ya podía hablar con ellos. Podía coger un teléfono, marcar el número de móvil de Elena o de Caroline y volver a escuchar las voces de sus mejores amigas. Podía llamar a Jeremy y… No. No podía llamar a Jeremy. No sabría qué decirlo, sobre todo después de cómo fue su última conversación telefónica.
Pero sí podía llamar a sus amigos.
−¿Tenéis un teléfono?
Davina le tendió un móvil. Bonnie le sonrió en agradecimiento, y marcó rápidamente, casi sin ser consciente de qué número estaba marcando. El número de la mansión Salvatore, el fijo. Igual no contestaba nadie. Igual lo habían desconectado ya. Tampoco es que recibieran muchas llamadas a casa.
Pero alguien contestó.
−¿Sí?
−¿Damon? –Bonnie sonrió, y varias lágrimas comenzaron a derramar de sus ojos. Sintió que el vampiro cogía aire al otro lado de la línea−. Damon, soy yo. Estoy aquí.
