¡Nuevo capítulo! La verdad es que llevaba ya casi todo el capítulo escrito desde hace unos días, pero he modificado la última escena unas cuantas veces. Me costaba encontrar el lugar perfecto en el que dejar el capítulo. Todavía no estoy muy segura, pero es la idea que más me ha gustado hasta ahora.

#PALABRAS: 2,143.


OTROS MUNDOS


CAPÍTULO V

−¡Bonnie! –Damon agarró el teléfono con fuerza.

Había estado rondando por los pasillos de la casa, con un vaso de bourbon casi vacío en la mano desde las nueve de la mañana. Las cosas no estaban bien. Problema tras problema, y para colmo, seguía sin saber cómo salvar a Bonnie del mundo prisión y, más importante, de Kai. Stefan y Caroline se habían marchado a la cabaña de los Forbes a ordenar cosas; lo cierto era que a él no podía importarle menos lo que hacían.

Estaba a punto de marcharse al hospital para ver a Liz cuando recibió la llamada. Era raro que los Salvatore recibieran llamadas al fijo, y el vampiro había esperado recibir una llamada de algún vendedor del que poder reírse o con el que meterse. Lo que recibió, en cambio, fue la llamada más sorprendente que podría haber recibido. Bonnie había vuelto.

−¿Cómo es posible?

−Es una historia muy larga –la voz de la chica sonaba muy contenta al otro lado de la línea−. Y probablemente no te guste mucho el equipaje que me he traído conmigo, pero lo cierto es que no me importa. Estoy aquí, Damon.

−¿Dónde estás? –Damon cogió las llaves de su Camaro y dejó el vaso en la mesa. Tenía que ir en busca de la chica cuanto antes−. Dímelo y voy a buscarte.

−Si vienes, no será para llevarme a casa. Tengo cosas que hacer aquí, Damon. Estoy en Nueva Orleans.

−¿Visitando al híbrido original?

−Más o menos. ¿Estás con alguien? Caroline o Elena…

−No, ahora no. Pero no te preocupes, ahora mismo voy a hablar con ellas. ¿De dónde me estás llamando?

−Del móvil de una bruja –la voz de Bonnie se tranquilizó; parecía que la excitación inicial había pasado−. Ya te lo he dicho, Damon. Es una larga historia.

−Mira, querido −sonó una nueva voz. Era la voz de un chico al que Damon no conocía−. Te agradecería que no me entretuvieras tanto a la brujita, ¿vale? Tiene cosas que hacer, como por ejemplo, salvar a un atractivo y sumamente inteligente brujo ex-original.

−No le hagas caso –volvió a sonar la voz de Bonnie−. ¿Qué tal estáis todos?

−Genial. Liz está muriendo de cáncer, Stefan y Caroline aburren a cualquiera y todos te echamos de menos.

−¡¿Liz está muriendo?!

−Sí –contestó el vampiro−. Pero no te preocupes. Por lo visto, Blondie ya tiene un plan para salvarla. Escucha, voy a buscar a Elena, y vamos a ir a NOLA a por ti enseguida. Adiós, Bonnie.

−Adiós, Damon.

Damon colgó, y se marchó de la casa inmediatamente. Elena estaba en el hospital, y eso lo retrasaría en su viaje. Pero tenían que ir a por Bonnie. Dudaba que fuera a estar a salvo en una ciudad llena de originales.


Nora se sentó en el suelo. No porque estuviera cansada, por supuesto. Allí, en aquel lugar que fácilmente podría no ser ninguna parte, no existía el cansancio. Y aquello, por muy ventajoso que pareciera, era una de las cosas que más extrañaba la chica del mundo real. Extrañaba sentirse humana, por mucho que aquello estuviera lleno de desventajas. Hacía siglos que no bostezaba o le lloraban los ojos. Incluso cosas como aquellas se llegaban a echar de menos.

−¿Sabe cuánto tiempo llevo aquí, señor Mikaelson? –preguntó la chica.

A pesar de que Finn le hubiera pedido que lo tratara con familiaridad, la chica se había negado en redondo, pues los modales de su época se lo impedían. Ella era una muchacha joven, o al menos lo había sido antes de haber sido atrapada en aquel lugar en mitad de la nada, y por lo tanto debía comportarse como una señorita de su clase.

Finn no sabía muy bien qué hacer con ella. Presentía que, empujada por la soledad y la falta de humanidad de aquel lugar, Nora no se encontraba del todo bien psicológicamente, y dado que él también se había pasado siglos encerrado en un lugar sin poder comunicarse con nadie ni vivir experiencias humanas y normales, tampoco estaba muy seguro de poder juzgarla. Tal vez él también estaba loco. En tal caso, eran tal para cual; podían convertirse en los mejores amigos o matarse antes de que pasaran unos pocos minutos.

−¿Cuál es el último año que recuerda, señorita?

−1741. Yo era una joven muchacha respetada. Y entonces conocí a una chica de mi edad, una mujer que se convirtió en una gran amiga con el paso del tiempo. Pero finalmente… hizo algo. No sé qué, pero su rostro es lo último que recuerdo.

−Su nombre era Freya, ¿verdad?

−¡Sí! –la muchacha sonrió, repentinamente contenta. Tener algo en común con el hombre al que acababa de conocer la alegraba mucho−. ¿Cómo lo sabe?

−Es mi hermana.

Nora frunció el ceño, y se quedó mirando a Finn fijamente, sin percatarse de lo poco educado que era aquello. Finn comprendió; seguía teniendo la apariencia de Vincent Griffith, el brujo del aquelarre de Treme que había abandonado a los suyos tras lo sucedido con su pareja. Aquel hombre, de piel y ojos oscuros, no podía siquiera aparentar ser familiar de Freya Mikaelson, mujer de piel clara y ojos azules a causa de su ascendencia nórdica.

−Este no es mi verdadero cuerpo, señorita. El mío está… desaparecido. Estamos en 2013. Así que…

−¿¡Llevo aquí 272 años!? –Finn se sorprendió de la velocidad mental de la chica−. No puede ser. Todos mis amigos, mi familia… Todos estarán muertos.

−Conozco a una descendiente suya. Elena Gilbert. Tuvo un gran papel en mi muerte.

−¿Qué? –la chica dio varios pasos atrás, repentinamente algo asustada.

Chocó con un muro invisible. Se giró, pero no vio más que blanco. No había nada nuevo. Pero al menos ahora no estaba sola.

−Hablemos, ¿te parece? –dijo Finn, cambiando de tema−. Cuénteme cómo acabó usted aquí.

La chica suspiró, y le contó.


Horas más tarde, Kai entró al Rousseau's, dispuesto a emborracharse para celebrar su vuelta al presente. O, para él, al futuro. Estaba muy contento, tanto que incluso sería capaz de dejar que Bonnie se marchara en aquel momento. Sin embargo, se guardaría de no decírselo. Mejor no darle ideas de rebeldía a la chica.

Se sentó frente a la barra, y pidió un bourbon a la rubia camarera. La joven le sirvió con una sonrisa. Mientras bebía, Kai pensó en lo magnífico que había sido aquel día. No solo había vuelto al mundo real, sino que también había tomado buen provecho de sus perfeccionadas habilidades de robo. Había robado ropa de tres tiendas diferentes (todas de precios tan altos que ni siquiera tenían los precios en los escaparates), la continuación del libro que había estado leyendo en el mundo prisión y, lo más importante, uno de los objetos mágicos de la casa de juegos de Kol.

Era una estrella dorada, no muy grande, que Kai reconoció como La Estrella del Diablo, un objeto mágico que, una vez clavado en un cuerpo, generaba mil cortes en dicho cuerpo, provocando una muy dolorosa muerte. Muy del estilo de Kai. Pero lo cierto era que no la había cogido porque planeara usarla; en realidad, prefería mantenerla como último recurso o, en caso de que fuera necesario, como modo de amenaza.

−¡Cami! –oyó Kai desde la puerta. No se molestó en girarse; observó que la camarera que lo había servido se acercaba al recién llegado. Kai intentó aguzar el oído−. Necesito tu ayuda. Kol ha vuelto, y dice que Finn ha desaparecido.

−¿Y por qué debería saber yo algo sobre eso?

−Tal vez porque mi hermano era tu consejero antes de que se le fuera la olla todavía más de lo que ya se le había ido. Davina te necesita, Cami. Por favor.

−Está bien –contestó la rubia. Se acercó de nuevo a la barra y cogió sus cosas de un taburete que había junto al fregadero. Se marchó rápidamente con el chico que había venido a buscarla, un joven moreno.

Kai, sin pensarlo un solo instante, los siguió.


Resultó que el vampiro era un vampiro, porque adivinó que los estaba siguiendo en menos de tres minutos. Tras desaparecer misteriosamente al girar en una esquina, Kai se sintió repentinamente sin aliento cuando el chico lo agarró del cuello y lo alzó varios centímetros del suelo. Ya no estaban en el mismo sitio, sino en un callejón mucho más apartado.

−¿Quién eres y qué quieres? –preguntó el vampiro enseñándole los colmillos. Esperaba asustarlo, pero lo único que hizo Kai fue sonreír.

−Mi nombre es Kai Parker, y quiero saber qué sabéis de Kol Mikaelson.

−Josh, suéltalo –dijo Cami apareciendo en el callejón, casi sin aliento. Por lo visto, había corrido para alcanzarlos−. ¿Desde cuándo te comportas así?

Josh lo soltó. Kai cayó al suelo con una falta de elegancia impropia de él, pero no se preocupó. Se acomodó en el suelo, con las rodillas alzadas y los brazos sobre estas, en una postura despreocupada que ocultaba lo tenso que estaba el brujo en realidad. Cami se quedó donde estaba, por lo visto todavía temerosa de que él pudiera ser peligroso para ella (podía serlo, de eso no había duda). Josh siguió frente a él, fulminándolo con la mirada.

−¿Qué sabes de los Mikaelson? –preguntó la rubia.

−Poco. Los Mikaelson en general me importan bastante poco. Es, como ya os he dicho, Kol en particular el que me importa. Está con mi chica ahora. No sé cómo se me ha pasado por la cabeza dejarla con él.

−Kol no está –afirmó Josh, con el ceño fruncido−. Si hubiera vuelto, Davina me lo habría contado.

−O no. Tal vez estaba muy ocupada desnudándolo, con la mirada y literalmente –Kai sonrió, y vio cómo Josh se resistía para no darle un puñetazo−. En fin, decidme. ¿Qué sabéis de él?

−Nada. Solo que es el menor de los Mikaelson, y que su pasatiempo favorito es enfadar a sus hermanos hasta el punto de que todos han querido usar la daga con él en más de una ocasión.

−¿Usar la daga? ¿Qué es eso, jerga vampírica? Lo siento, yo me he criado con brujos, no chupasangres. Explicadme, por favor.

−De verdad no sabes nada –intervino de nuevo Cami, acercándose a él por primera vez−. ¿De qué conoces a Kol?

−Pues verás, es una larga historia que comienza un precioso día de mayo en el que yo caminaba desnudo por la mansión de unos amigos…

−He cambiado de idea, no me importa –dijo la rubia. Se giró y comenzó a caminar−. Si quieres información, ven. Vamos a ver a Klaus.

−¡¿A Santa Claus?! –Kai parecía verdaderamente emocionado−. ¿El Polo Norte no nos pilla un poco lejos para ir andando?


1741

Eleanora Gilbert fue siempre una muchacha muy tranquila y bien comportada. Desde que tenía catorce años sus padres la comprometieron con un joven de otra familia adinerada, un chico diez años mayor que ella. A Nora no le importaba; llevaba preparándose para ser una buena esposa desde que era pequeña.

Pero entonces llegó Freya. La manera en que se conocieron fue ya lo suficientemente extraña. Nora había participado en una de sus pequeñas escapadas, escapadas de las que sus padres eran plenamente conscientes, pero que le permitían realizar sin ponerle ninguna pega. Así que, bastante a menudo, Nora cogía una de las yeguas de su familia y cabalgaba hasta un pequeño lago en el bosque al lado del pueblo. Allí, la joven podía estar tranquila, relajarse durante horas sin tener que pensar en su apariencia o en sus maneras. Era un lugar en el que se sentía libre y feliz.

Aquel día en particular, la chica se descalzó y metió los pies en el agua, sentada en una roca lisa y grande. Estuvo chapoteando durante varios minutos, y luego se recostó y miró el cielo despejado de aquel día. Hacía un día precioso.

Un grito la sobresaltó. Se calzó rápidamente, y se preparó para marcharse. En ningún momento se le pasó por la cabeza que alguien pudiera estar en problemas y que necesitara ayuda; solo quiso alejarse de un posible peligro. Había ya montado cuando una joven rubia apareció en su rango de visión. La chica apareció de detrás de un árbol, casi arrastrándose por el suelo, con una mancha de sangre en la frente. El pelo rubio se le apelmazaba alrededor de la mancha, y respiraba con alguna dificultad.

−¡Ayuda! ¡Por favor! –la chica gimió, y cayó al suelo. Nora se dio cuenta de que había perdido el conocimiento.

No pensó en lo que hizo. Con gran dificultad, logró subirla a lomos de la yegua y, andando delante de ella, volvió a dirigirse al pueblo, en busca de un médico. Por mucho que no la conociera, debía ayudarla. Mientras que se adentraba en el pueblo, la joven se giró y vio que la rubia había vuelto a recuperar la consciencia. Una suave sonrisa adornaba su rostro. Nora le devolvió la sonrisa.