¡No puedo creer que ya estemos en el penúltimo capítulo! Si no recuerdo mal, os dije que este fic tendría tres capítulos, pero como suele pasar, la historia me obliga a escribir un poco más. Oficialmente acabará con el siguiente capítulo, pero hasta entonces, disfrutemos de esta actualización. Algunas de vosotras no teníais muy claro los sentimientos de Levi, pues no preocuparse porque lo escribí todo desde su punta de vista. Ya era hora de conocer lo que esconde su corazón.
Aprovechando la ocasión, recomiendo a los amantes del romance ver Antes de ti, una película preciosa que mencioné en el capítulo.
¡Gracias una vez más por los lindos reviews de ElisaM2331, Charly Land, Narzisseblume, bellecoquelicot, Toya137, KatherineCV, PaoCriss, Sammy 1109 y Sofitkm! ¡Los amo!
Shingeki no Kyojin no me pertenece.
Advertencias: EreRi, (leve) angst.
.
.
Había olvidado la belleza de nuestra ciudad iluminada por centenares de luces cuyo resplandor bailaba como si tuviera vida propia. Veíamos a nuestros pies los coches en penumbra circular por la carretera comarcal, perdiéndose más allá, inalcanzables para el ojo humano. De jóvenes, Eren y yo adjudicamos ese mirador como nuestro, de nuestra propiedad, y quien quisiera estar ahí, debía pagar un impuesto por irrumpir en nuestro espacio.
Solíamos reírnos de eso. Nunca hicimos tal cosa. Mas no nos gustaba estar en compañía de otros, y acordamos ir de noche, cuando el resto dormía en sus casas ajeno al encanto nocturno que ofrecía esa ciudad y sus alrededores. Íbamos contracorriente, siempre lo hacíamos.
Si cerraba los ojos, me convertía en aquel chico de dieciséis años, despreocupado y sin responsabilidades. Cómo echaba de menos mi juventud… Mi juventud era mi tesoro… Un tesoro que se me resbaló de las manos sin yo darme cuenta.
¿Qué es lo que contenía ese tesoro?
—Borra esa expresión.
—¿Qué expresión?
—Esta que dice claramente: "No soy feliz" —señaló Eren severamente.
¿No era feliz? Lo medité por unos segundos.
No supe la respuesta.
—Mira, solo tienes que darle tiempo. Solo lleváis una semana, pero si de algo estoy seguro, es que te quiere y haría cualquier cosa por ti. Si lo elegiste a él, fue por algo, ¿no?
Cerré los ojos y negué con la cabeza, dibujándose una sonrisa en mis labios. Su ingenuidad era de lo más tierna. Alzando el puño, le di un golpe en la cabeza.
—Eres idiota —le regañé como si fuera un niño pequeño.
—¡Ah! ¿Por qué? —preguntó frotándose suavemente la parte donde le había golpeado pese a no haberle hecho ningún daño.
—Primero, asegúrate de tener correcta la información. Y segundo, no seas tan impulso ni vayas por ahí amenazando a la gente.
—Tenía que hacerlo —se defendió cruzándose de brazos.
—Debiste hablar primero conmigo…
—Lo sé, pero ya me conoces, no…
—… y yo te hubiese dicho que estabas equivocado —proseguí alzando la voz—. No me gusta Farlan.
Abriendo la boca, pareció que iba a decir algo, pero esa confesión le había aturdido demasiado. Cerró, abrió la boca, y la volvió a cerrar. Casi podía ver los engranajes de su cerebro trabajar el doble para procesar esa noticia.
—¿Qué?
—Lo que tú oíste fue una declaración para Isabel. Él solo estaba practicando cómo decírselo; yo le di la idea —aclaré de una vez por todas.
Eren me miraba incrédulo y con la boca entreabierta; me hubiese reído, pero no era el momento para hacerlo.
—¿Qué? —volvió a decir.
Suspiré cansado. Ahora, además de idiota era sordo.
—No estoy saliendo con Farlan —vocalicé alto y claro—. No. Me. Gusta.
—Entonces… tú y él no… No estáis…
—¡No!
Eren reaccionó al fin y con exageración profirió un grito de exasperación. Escondiendo el rostro entre sus manos, de seguro estaba deseando desaparecer para no tener que mirarme a la cara de nuevo. Resuelto el malentendido, el ambiente se dulcificó.
—Soy un idiota —murmuró con el rostro oculto.
—Sí, lo eres.
Me alegró comprobar que estábamos de acuerdo en ese punto. Le di unos minutos para que se auto-castigara por su idiotez y yo reírme en silencio.
—Eren —le llamé tras recordar algo hilarante.
—¿Mm?
—Dime que no te pasaste la semana comiendo helado de chocolate y viendo Titanic.
—¡No! ¿Por quién me tomas? —dijo fingiendo gran indignación—. Ya no tengo dieciséis años. ¿Quién te lo dijo?
—Armin —respondí como si fuera obvio—. Siempre me lo pregunté. ¿Por qué Titanic? ¿No podías escoger una película menos dramática?
Eren rio, parecía de mejor humor. La noticia de que en realidad no me gustaba Farlan ni estaba saliendo con él le había subido los ánimos. Escuchar su risa me relajó. Me di cuenta tarde de que tenía los hombros cargados de tensión. Había estado tenso por culpa de sus dramas y su especialidad en hacerme sentir como en una novela romántica barata.
—Tenía el corazón roto —explicó sin mencionar que yo fui el responsable directo. Siempre tan caballeroso—. Un final feliz me habría hundido del todo. Necesitaba ver algo romántico pero trágico. ¿Qué mejor que DiCaprio congelándose en el Atlántico?
—¿Y el helado? ¿No lo comiste a cucharadas hasta vaciar el tarro? —cuestioné con una sonrisa.
—Una mala idea. Me dolió la barriga durante horas —admitió avergonzado—. Pero como dicen, el chocolate es el sustituto del sexo.
Inmediatamente, Eren se mordió el labio. Por la forma en que esquivó mi mirada, hubiese jurado que se arrepentía de eso último. No supe qué me impulso a decirlo, solo que ahora estaba a gusto con él, y rememorar esos recuerdos no era doloroso.
—¿Así que solo querías llevarme a la cama? —bromeé—. Ni siquiera una cita previa. Qué desconsiderado.
—¡Eh! ¡No! —exclamó alarmado—. Yo no quise decir… No es verdad, ¡te hubiese llevado a mil citas si me lo hubieras pedido!
Mi sonrisa se esfumó con rapidez. Me dolió oír eso. Conociendo a Eren, tenía la certeza de que no mentía. Mil citas… No sonaba tan mal.
Mi súbito cambio de expresión preocupó a Eren. Le hubiese dicho que todo estaba bien, pero me percaté de algo que había pasado desapercibido. Yo siempre era el que pedía: "Eren, vamos allí", "Hagamos pellas y larguémonos", "Pasemos el fin de semana fuera" … y él nunca se negaba. Me seguía sin preguntar, sin esperar nada a cambio.
Quizás… me equivoqué rechazándolo.
—¿Levi? ¿Sigues ahí? ¡Hola!
Parpadeando, volví al mundo físico. Sus ojos me escrutaban sin pestañear, sin ser consciente había acortado más distancia de la necesaria.
—Quieto —dije poniéndole una mano en el rostro—. Ese truco ya es viejo.
Era la segunda vez que recurría a la burla para evadir mis propios pensamientos. Lo bueno es que con Eren funcionaba de maravilla. Este tardó en comprender a qué me refería. Fue divertido ver su reacción.
—¡No era ningún truco! —aclaró acalorado—. Solo me acerqué porque parecías ido y… ¡Agh! Lo siento, no quería incomodarte.
—No lo hiciste.
Eren respiró un poco más calmado, pero todavía estaba alterado. Él jamás me besaría sin yo pedírselo antes. Cómo decía, era demasiado caballeroso. ¿Por qué le dije que no? Por más que buscaba, no le encontraba defectos. Empecé a cuestionarme si fui un idiota al no darle una oportunidad, pero ya era demasiado tarde como para lamentarse.
Para bajar la tensión del momento, Eren cambió rápidamente de tema.
—Reescribí el borrador. ¿Querrás leerlo?
—Claro.
Eren esbozó una sonrisa de agradecimiento. Mirando el cielo estrellado, me di cuenta de lo bello que podía llegar a ser.
.
.
.
Esa noche volví a soñar con Eren. Estábamos en el instituto y nos repartíamos los papeles para representar Titanic. Eren quería ser DiCaprio y a mí me asignaba el papel de Rose. Yo protestaba, alegando que no iba a interpretar un personaje femenino, pero Eren insistía en que nuestro amor crearía verosimilitud a la obra.
Lo curioso del sueño es que acepté después de oír eso. Ni siquiera lo puse en duda.
. . .
El lunes por el mediodía Kenny se presentó de improvisto en mi apartamento. No fue una visita agradable. El muy desgraciado vino con los bolsillos vacíos y exigiendo dinero para subsistir. Furioso, le grité que se buscara la vida porque no pensaba prestarle ni in mísero centavo. Mi negación no le sentó muy bien y me soltó la misma mierda de siempre: "Si no hubiese sido por mí, habrías muerto de hambre", "Eres un ingrato, un desagradecido", "Tendría que haberte dejado en la puerta del orfanato en vez de adoptarte" …
Estuve por decirle que un orfanato era mil veces mejor que criarse con él, pero no tenté a la suerte. Mi tío cabreado era una bomba de relojería y yo no estaba con ánimos para pelearme. Hice oídos sordos y dejé que me insultara todo lo que quisiese. De vez en cuando el nombre de mi madre salía, pero solamente para ponerme al nivel de ella. En conclusión, los dos éramos chusma de la peor calaña.
Como no repliqué ni me defendí, continuó escupiendo la mierda que supuestamente tenía que hacerme reflexionar sobre ser un buen sobrino y darle las gracias por todos esos años de caridad que me dio de pequeño.
Lo que nadie sabía, ni muchos menos Eren, es que yo siempre estaba solo en casa. Con seis, siete, ocho años me pasaba las tardes jugando con lo que encontraba —nunca celebramos la Navidad, Papa Noel era una invención estúpida para sacar el dinero a la gente y mi aniversario que era el mismo 25 de diciembre, tampoco existía—. Me preparaba yo mismo las comidas porque Kenny nunca cocinaba, inventándome hermanos imaginarios, viendo pasar mujeres por la puerta y llamándoles mamá a todas por si alguna me hacía caso. Unas me miraban con lástima, otras me ignoraban. Mi tío me dijo que las putas no eran mamas.
Cuando fui más mayor, empecé a escaparme de casa. Kenny no llamó ni una vez a la policía, no verme por el piso le ponía contento. Incluso llegué a pasar noches a la intemperie porque odiaba volver a casa y escuchar los gemidos de las putas.
Me pagó la escuela y el instituto, pero para no tenerme en casa todo el día. Le molestaba encontrarme en mi habitación sin yo hacer nada.
Mi infancia fue una absoluta basura, y mi adolescencia hubiese ido por el mismo camino sino hubiera sido por Eren. Mi vida cambió a mejor gracias a él, y no por el miserable que se hacía llamar mi tío.
Nos conocimos a los trece años. A Eren le habían transferido de su antigua escuela por motivos familiares. Yo bastante tenía con lo mío como para reparar en el alumno nuevo.
Llegó un miércoles de lluvia y la mayoría le saludó por educación, algunos se le acercaron para conocerlo, pero no trabó amistad con ninguno. Como éramos impares, los primeros días se sentó solo en una mesa de la primera fila. Yo tenía de compañero a Marco, pero no hablábamos entre nosotros. Todos tenían sus grupos o amigos inseparables. Yo no producía ningún efecto en mis compañeros: era el alumno callado con malas pulgas que nadie quería tener de amigo. No me importaba, no era peor a mi vida en casa.
La segunda semana llegué tarda a la práctica de laboratorio y la única mesa libre era la que ocupaba Eren; en las demás estaban grupos de cuatro personas. Me senté a su lado y por unos minutos no nos dijimos nada. Yo estaba demasiado entretenido despedazando mi borrador para canalizar mi frustración con el mundo. La profesora nos mandó a redactar por parejas o grupos, cuatro hojas sobre la reproducción de los moluscos en lo que quedaba de hora.
Observando mi borrador brutalmente asesinado, Eren me dijo:
—Haz tu el trabajo, a mí no me apetece escribir eso.
Alcé una ceja divertido, y soplando los diminutos cachitos de goma para esparcirlos por el suelo, le contesté:
—Yo tampoco quiero escribir esta tontería.
No destacaba por ser un alumno modélico. Al ver que compartíamos la misma opinión, sugirió entregarle la hoja en blanco. Yo no me opuse, pero todavía quedaban cuarenta minutos de clase y ya no me quedaban borradores que torturar. Finalmente, le propuse hacer el trabajo a nuestra manera.
Él me miró atentamente mientras escribía la primera línea. Le pasé la hoja y sonrió. En resumen, nos inventamos el trabajo, escribiendo cosas sobre los moluscos y nuestra versión acerca de cómo se reproducían. Cuarenta minutos aguantándonos la risa y agachando la cabeza para que la profesora no nos echara.
Al día siguiente había que entregarlo; Eren y yo nos miramos y escribimos nuestros nombres. Entregamos el trabajo y la profesora, aparte de suspendernos, nos castigó de lunes a viernes todas las tardes a quedarnos en la escuela haciendo deberes extra.
Recluidos en un aula vacía, nos reíamos y hacíamos garabatos en el libro de biología. Eren llegó una tarde con un estuche lleno de borradores y entre los dos elegíamos cual sentenciar a muerte. Cada día teníamos que hacer los ejercicios puestas por la profesora, pero respondíamos cualquier chorrada. Como era lógico, suspendimos biología, pero yo no recordaba haber sido tan feliz como en esos días.
Conocimos más el uno del otro, y poco a poco íbamos revelando pequeños secretos que no habíamos contado a nadie. Yo le dije en breves palabras que mi vida era una mierda fuera del instituto, dejando ver entre líneas lo infeliz que era en mi propia casa. Fue en ese entonces, cuando conocí la verdadera bondad. Eren me invitó a su casa incontables veces, pasábamos las horas jugando en el ordenador —yo nunca había tocado uno—, y comíamos los bizcochos que preparaba su madre. En verano me pasaba los días con él, durmiendo en su litera doble, yendo al cine invitado por sus padres, a la playa, a los campings e incluso celebraba los aniversarios de su familia con ellos.
Por aquella época, Eren se sacó el carnet de moto y su scooter se convirtió en nuestra fiel compañera.
Por primera vez, descubrí lo que era una familia.
Una noche en la que jugábamos a la playstation sin sonido —Carla nos regañaba a menudo por irnos a dormir a las cuatro o cinco de la madrugada—, le di las gracias por ser mi amigo. Eren, en un primer momento se rió de ese comentario, pero luego se le cayó el mando de las manos al ver que estaba llorando.
Pausando el juego, me abrazó y me consoló con torpes palabras. Esa fue la única vez que me mostré débil ante alguien que no era yo mismo.
Días después me enteré que Eren había hablado con sus padres para que me adoptaran. Pero legalmente ya tenía alguien a mi cargo. Como había supuesto, no pudo ser. Aun así, Carla y Grisha me recibían con los brazos abiertos… como a un hijo.
Kenny me llamaba de vez en cuando para comprobar que seguía vivo, pero por lo demás, no movió un dedo por mí.
Llegué a considerar a Eren el hermano que nunca tuve, y los Jaegers la familia que nunca tuve. Demasiado ciego para considerar los sentimientos de Eren más profundos de lo que en realidad eran. Me había citado en un parque y sentados en los columpios, hablamos sobre nuestra amistad. Eren no era de ponerse serio, pero ese día parecía diferente. Al despedirnos, me entregó una carta y me pidió que la leyera en privado.
Yo no tenía ni idea del contenido de esa carta. Cuando la leí esa misma noche en mi habitación, no podía creerme lo que decía. Eren me amaba y no en el sentido fraternal.
Estaba enamorado de mí.
Quedé tan impactado que no supe lidiar con ello. Que alguien pudiese amarme se salía de mis parámetros. Jamás, ni en un millón de años, podía imaginarme que mi mejor amigo sintiera eso por mí.
Me cogió por sorpresa y lo peor es que debía darle una respuesta. No quería hacerle daño, era la persona que más quería en ese mundo, y lastimarlo era impensable. Estuve toda la noche pensando qué decirle. Me preocupé tanto por sus sentimientos, que no me paré a pensar en los míos. No malgasté ni un maldito segundo en pensar si lo que realmente sentía por Eren era amor o no.
Al día siguiente, no obstante, Eren hizo algo inesperado. Me preguntó si traía la carta conmigo y le dije que sí. Me la pidió, y yo se la di. Abriendo su mochila, la metió entre los libros sin molestarse en si se arrugaba.
—Ya está. Haremos como que esto no ha pasado.
Mi incredulidad fue desbordante. Eren ya sospechaba de mi respuesta y él mismo se había ahorrado el mal momento. Se veía tan decidido que no me atreví a replicar. Mi silencio le confirmó que llevaba razón, pero mirando en retrospectiva, callé únicamente porque no supe reaccionar a eso. Ni siquiera Eren me dio tiempo a reflexionar sobre mis sentimientos.
Sus acciones me predispusieron a creer que realmente no le amaba. Pero yo ya no tenía nada claro.
Todo sucedió tan rápido… ¿Era más que un amigo? ¿Más que mi mejor amigo? ¿Más que un hermano?
Quizás debía replantearme mis propios sentimientos, aunque sea a estas alturas.
De vuelta al presente, compuse una mueca al ver que mi tío seguía allí. Al parecer, se había quedado bien a gusto tras insultarme por, quien sabe cuánto tiempo. Pero no iba a quedar satisfecho hasta amargarme la existencia.
—Este cuchitril servirá.
Genial, ahora se instalaría indefinidamente. No podía echarle, pues la escritura de la casa estaba a nombre de los dos, y darle dinero para que se largara no se contemplaba. Antes muerto que prestarle mi dinero.
Con suerte no teníamos por qué coincidir. Yo llegaba a casa de madrugada y los días libres los podía pasar fuera. Su presencia no me fastidiaría. No ahora que empezaba a levantar cabeza.
.
.
.
Recibí una invitación por parte de Isabel para ir al cine con ella y Farlan. Molesto aún con ese pequeño diablo, le respondí que no pensaba ser el sujeta velas de nadie. Una pareja enamorada y yo en medio… No, gracias. Allí Isabel contraatacó hábilmente y casi que podía imaginar su cola de diablo moviéndose de un lado a otro impaciente.
—Eren puede venirse también.
Lo estaba haciendo a propósito. Organizándome otra cita indirectamente. Me aseguró que, si yo no le invitaba, lo haría ella. De un modo u otro, conseguía salirse con la suya. Prometiendo que le llamaría, colgué la llamada irritado. No tanto por el tener que invitar a Eren, como el que Isabel fuera la que decidiera por mi relación. ¡Tenía que ser yo, no ella!
Mi relación con Eren era asunto mío. Y yo decidía qué pasos seguir.
Con todo, le envié un mensaje proponiéndole el cine con Isabel y Farlan. Minutos después, accedió encantado y añadiendo que así aprovecharía para disculparse con Farlan.
El plan malévolo de Isabel no solo consistía en quedar los cuatro. A la hora de decidir una película, ella sugirió ver Antes de ti, una romántica protagonizada por Emilia Clarke. Farlan, como novio cómplice, estuvo de acuerdo. Eren también, y yo no tuve más remedio que aceptar ver esa película.
Eren quiso pagarme la entrada, pero me negué. Mi economía no era muy buena, pero ahora podía permitirme pequeños lujos como ese. Entramos a la sesión las siete, el film iba a durar casi dos horas.
Sin embargo, no esperé identificarme con Will Traynor, el co-protagonista. Su personaje había sufrido un accidente, quedando tetrapléjico y arrastrando su amargura día tras día. Pero una chica llamada Lou le devolvía la ilusión por la vida. No pude evitar verme reflejado en esa historia de amor. Por fortuna yo no era inválido, pero durante muchos años estuve viviendo en una nube de depresión… hasta que apareció Eren.
Lou era muy habladora, alegre e ingenua… como Eren.
Algunas frases me aturdían y me dolían a partes iguales.
"Dibujé el mundo que él había creado para mí, lleno de maravillas y posibilidades. Le hice saber que una herida había sido curada de un modo que él no podía ni imaginar, y sólo por eso siempre habría una parte de mí que le estaría agradecida".
"Casi nada me hace feliz a estas alturas, salvo tú".
"Me he convertido en una persona totalmente nueva gracias a ti".
Vi mi vida reflejada en esa película, pero mi estupidez me impidió ver amor entre nosotros. ¿Era amor lo que sentía? ¿Qué sentía por Eren?
La escena del beso entre Lou y Will me hizo pensar… ¿Qué hubiera sido de nosotros si en vez de ignorar nuestros sentimientos nos hubiéramos besado? Si hubiéramos afrontado lo que sentíamos… ¿Nos habríamos amado como Lou y Will?
Cuando finalizó la película, Isabel comentó algo acerca de que si Farlan quedaba tetrapléjico ella lo seguiría amando para toda la vida. Eren dijo que eso sí era amor verdadero y lo demás eran tonterías.
Yo no dije nada. Esa historia de amor había sido un tormento para mi corazón. Me dolía desde hacía rato, y yo necesitaba una respuesta. No podía concebir pasarme los días siguientes torturándome de esa forma.
Salimos del cine por una puerta que daba acceso cerca de la sección de hostelería del centro comercial. Isabel se ausentó para ir al baño y Farlan la acompañó. Quedamos solos.
Nunca era demasiado tarde para descubrir mis verdaderos sentimientos.
—Eren.
—¿Si?
—Bésame.
.
.
.
