¿Creías que este era el último capítulo? ¡Pues, no! ¡Habrá uno más! El último definitivamente a modo de epílogo. He amado escribir este capítulo, quizás por el fluff excesivo pero me encanta ver a mis bebés en esta relación. Veía muy precipitado terminarlo ya, y decidí añadirle un sexto cap para darle un final redondo. He releído vuestros reviews y de verdad que no puedo creer que lo améis tanto como yo. Vuestro amor por el fic me emociona.
¡Gracias por sus hermosos reviews: Narzisseblume, PaoCriss, Scc Ccu, EstragonYu, ShizuNight, Patatapandicornio, Ame-zero y kathy!
Me repito en cada capítulo, pero no puedo despedirme sin deciros cuánto os amo, ¡mil gracias!
Shingeki no Kyojin no me pertenece.
Advertencias: Ereri, Fluff everywhere.
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—¿Qué?
El amago de una sonrisa se asomaba por mis labios, listo para reírme, pero la expresión de Levi no pudo ser más seria. Fruncí el ceño con la que, seguramente era, mi cara más estúpida. Iba a decirle que su broma no me hacía ni pizca de gracia, pero de nuevo, Levi no tenía pinta de estar bromeando. Las neuronas de mi cerebro cesaron de transferir información, prácticamente habían colapsado. Y yo ahí, de pie como un idiota.
—Bésame —repitió más alto.
Cogiendo una bocanada de aire, busqué una salida desesperadamente. No era posible que me estuviera pidiendo "eso" justamente ahora. Volteé el rostro a ambos lados, como si huir fuese la mejor opción que tuviese a mano.
—¡Eh! ¿No me has oído? ¡Te he pedido que me beses!
Su insistencia empezaba a ponerme nervioso. No se trataba de ninguna burla, por lo que lo más sensato sería evadir el tema.
—Vamos, Levi —dije sonriendo a duras penas—. ¿A qué viene esto? La película te afectó seriamente la cabeza.
Enseguida supe que la había cagado diciendo eso. Levi me miró dolido para darse la vuelta e irse.
—¡Espera, Levi! No lo decía en serio… —le tomé del brazo para detenerlo.
—Suéltame.
—No… Espera —le solté y con rapidez me planté delante suyo para impedirle el paso—. Perdóname, es solo que… no esperaba que precisamente tú me pidieras…
La frase quedó en suspense. Ni siquiera me atrevía a decirlo en voz alta.
—Si no quieres besarme, dímelo.
—¡No! ¡No es eso! —exclamé abrumado por esa situación—. Si tan solo supieras la de noches que fantaseé con…
Callé abruptamente antes de que mi inconsciente me traicionara del todo. Esa impulsividad no hacía más que traerme problemas. Irónicamente, a Levi le gustó oír eso, pues su expresión se suavizó y alzó una ceja divertido. Dio un paso adelante, rozando nuestros cuerpos.
—¿Fantaseando conmigo? —susurró muy cerca de mis labios.
Las piernas no me sostenían, parecían de gelatina. Me sentía acorralado y la cercanía solo aceleraba el pulso de mis latidos. Lentamente descendí mis ojos hasta sus finos labios y me arrepentí. Ahora solo quería besarlo.
"Contrólate, Eren. Contrólate".
Levi se pegó a mi pecho y yo le tomé por la cintura. Mi cerebro me reprendió por hacer eso; estando entre mis brazos, ya no lo soltaría.
—Lo repetiré una última vez —dijo entrelazando sus brazos por detrás de mi nuca—. Bésame.
Finalmente, mis neuronas se reactivaron y le concedí su deseo. No vacilé y uní nuestros labios mientras un hormigueo me recorría de pies a cabeza. Años y años anhelando sentir el sabor de sus labios, la sensación que experimenté superó con creces todas mis fantasías soñadas hasta el momento.
Sus labios se movían inseguros, pero yo abrí más la boca, intensificando el beso. Como respuesta, se aferró más fuerte a mi nuca. Yo me encontraba en una nube de placer, cumpliendo uno de mis mayores deseos desde que tenía trece años. No quería separarme, no quería que ese beso terminara. Mis manos acariciaron sus caderas, mis labios recorrían cada centímetro de los suyos, memorizando cada movimiento y grabarlo por siempre en mi cabeza.
Olvidé el lugar dónde estábamos, así como la noción del tiempo. Solo estaba Levi y yo besándole completamente enloquecido de amor.
Desafortunadamente, Levi terminó rompiendo el beso. Yo estaba como loco por besarle otra vez, con un beso no tenía suficiente. Aun así, no lo hice. Algo me decía que debía ser paciente y dejar que Levi fuera el que llevara la iniciativa de momento.
Nuestras miradas conectaron y, si mis sentidos no fallaban, aquel beso había sido de lo más satisfactorio. Por supuesto no esperé que se me declarara ahí mismo ni que me hiciera otra petición alocada. Después de todo, seguía siendo Levi.
Cruzándose de brazos, puso cierta distancia entre nosotros, pero de reojo vi cómo se relamía los labios distraído. Yo actué con normalidad y sin movernos del sitio, aguardamos a que Isabel y Farlan regresaran del baño, que, por cierto, llevaban una hora ahí metidos.
Nos pilló por sorpresa, no obstante, verlos venir por el otro extremo, subiendo por las escaleras mecánicas. Farlan le decía algo a Isabel, quien intentaba poner una expresión neutral, pero fracasaba estrepitosamente. A medida que se aproximaban, percibí cómo la risa se le escapaba por la comisura de los labios, como también dar pequeños saltos de alegría, pero al mismo tiempo retomando el paso de una persona normal.
Ese peculiar comportamiento solo se debía a una razón: Isabel y Farlan nos habían visto. Quise reírme pues Isabel parecía incluso más feliz que yo. Levi, en cambio, le taladró con la mirada, prometiéndole una muerta lenta y dolorosa si osaba comentar nada al respecto. Ya fuera por eso, o porque seguramente Farlan le hubiera aconsejado no jugarse la vida, Isabel fingió lo mejor que supo.
Rápidamente propusieron ir a cenar y los tres estuvieron de acuerdo en no comer nada de hamburguesas ni patatas fritas. Yo señalé el restaurante japonés como opción más viable. Tras una breve deliberación, accedieron de buen grado. Nos pedimos un ramen cada uno y mantuvimos una charla agradable, pero cada vez que Isabel mencionaba algo relacionado con el amor o las relaciones, Levi parecía asesinarla con la mirada.
Insistí en pagarle la cena a Levi, quien obviamente se negó. Pero yo ya había sacado mi tarjeta y me aseguré de incluir mi menú y el suyo. La camarera me dio el ticket y yo le sonreí a Levi. Este no dijo nada, pero se leía en su rostro que desaprobaba mis acciones.
Él tenía que ahorrar su dinero y yo podía gastar más de lo que debería. Era justo.
Allá por las once de la noche, nos despedimos de Isabel y Farlan, no sin antes prometer otra quedada los cuatro.
—Vamos, te llevaré a casa —le dije, dirigiéndonos al parking.
Ni él ni yo tuvimos ninguna prisa en llegar hasta dónde tenía estacionada la moto. Caminamos a paso ligero, sin decirnos nada. No me molestó, puesto que no estábamos incómodos el uno con el otro. Lo único que lamentaba era que pronto terminaría esa noche.
Nos subimos a la moto y arranqué el motor. Iba a ser un trayecto corto.
A medida que nos acercábamos a su destino, descendí la velocidad; no quería despedirme tan pronto de Levi, pero tampoco podía hacer nada para evitarlo. En pocos minutos nos diríamos adiós, él se encerraría en su casa y yo me alejaría sintiendo el vacío detrás de mí.
―No me apetece ir a casa. ¿Puedes seguir conduciendo?
Asentí conteniendo mi euforia. Inmediatamente aceleré y seguí conduciendo, sintiéndome la persona más feliz de la tierra. Al parecer, Levi tampoco quería despedirse de mí tan rápido. Esa evidencia tuvo un efecto re-animador y aunque tuviese que conducir toda la noche, no me hubiera importado lo más mínimo.
Dando tumbos por la ciudad, disfruté en silencio de su compañía; a pesar de no hablar, tenerlo cerca era suficiente. Y, sin embargo, mi corazón en el fondo quería… no, necesitaba más. Más de Levi.
Ahora era mi turno.
Cambié de dirección con un nuevo destino en mente.
—Voy a llevarte a mi casa.
No mentiría si dijera que tenía miedo de su reacción. Era muy atrevido y arriesgado, pero realmente era lo que mi corazón reclamaba.
—Justamente iba a pedirte eso —respondió divertido.
Lejos de aliviarme, todas las células de mi cuerpo se activaron al escucharle. Me costó concentrarme en la vía, la expectativa de tener a Levi en mi casa hasta hacía unas horas antes, era inimaginable. Y por caprichos del destino, estaba a punto de suceder.
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Cuando finalicé mi primer borrador del cómic tres años atrás, lo envié a varias editoriales esperando que al menos una de ellas me lo aceptara. No tenía un agente que se asegurara de presionar a los editores, simplemente confié en mi destreza. En total, de las seis editoriales, dos me llamaron. Me reuní con ambas; en una me hicieron varias preguntas, pero en términos generales, aprobaban mi historia y el contenido de esta. La segunda me puso muchas trabas, y querían cambiar algunos diálogos o incluso al protagonista para que, en palabras suyas: no pareciera tan inútil.
No admití ningún cambio. Rechacé sus propuestas de un protagonista fuerte y sin ira. Me decían que no iba a gusta un protagonista con problemas de agresividad, pero ellos no entendían que en eso radicaba una parte de su esencia. Finalmente me decidí por la primera editorial.
En un comienzo tuvo un éxito moderado, se vendía bien y más o menos, la editorial estaba satisfecha con el resultado. Pero al parecer, los que lo leyeron quedaron tan impresionados que lo recomendaron a sus amigos, y los amigos de estos, a sus otros amigos. El boca a boca se expandió como la pólvora, y en poco menos de cinco meses, se habían vendido ciento veinte mil ejemplares.
Yo no podía creerlo, y como era lógico, la editorial me metió prisa para publicar el segundo cómic. Mientras planificaba el segundo arco de la historia, me llamaron para decirme que una editorial de Estados Unidos me ofrecía quinientos mil de los grandes por los derechos. Por poco no me dio un infarto.
En poco tiempo, mi economía experimentó un crecimiento fuera de órbita. Me había hecho rico sin apenas darme cuenta. Aun así, mantuve la cabeza fría. Administré las ganancias y gracias a ello, me alquilé un apartamento no muy grande, pero sí con estudio propio. Necesitaba un estudio donde trabajar, el resto me daba igual. Me compré nuevos materiales para dibujar las viñetas del cómic, y me concedí un capricho: una Yamaha YS 250.
Mis padres estaban muy orgullosos de mí. Antiguos amigos reaparecieron súbitamente, mostrando un descarado interés por mí. Algunas exnovias me llamaron, pero yo sabía muy bien que solo lo hacían porque ahora tenía dinero. A pesar del éxito, seguí echando en falta una cosa.
Levi no me había llamado. Habíamos sido mejores amigos por tantos años… Pero supuse que nuestra amistad estaba algo oxidada y rota. Poco sabía de él, y dudé que mostrara el mismo interés que los demás. De todas las personas, yo solo le quería a él.
Sin Levi, mi vida no era la misma. Recordaba nuestros años en el instituto con nostalgia y todas esas horas que pasamos juntos.
No tenía su número, lo busqué en Facebook, pero no estaba, aunque no me sorprendió. Levi no era una persona muy social. Mis amigos tampoco sabían nada de él. Me resigné a una vida sin Levi, por muy dolorosa que fuera, había intentado por todos los medios buscarle, y no lo logré. Hasta que finalmente, Dios, el destino, o lo que fuera se apiadó de mí y lo encontré de pura casualidad en la calle un día cualquiera. Yo no cabía en sí de la alegría, era exactamente igual a como lo recordaba, mas él no compartía ese sentimiento. Detecté tristeza, cansancio y preocupación en su rostro, y eso me dolió profundamente. No habló mucho y temí que por mi culpa hubiera retrocedido a esa época en la que todavía no nos conocíamos y tenía que aguantar al imbécil de su tío.
Levi lo hubiese negado, pero nuestro declive empezó con esa carta. A partir de entonces, ya nada volvió a ser igual. Éramos amigos, mas una grieta se formó entre nosotros, separándonos lenta pero inexorablemente.
Encontrarlo de nuevo me hizo más feliz que el éxito de mi cómic.
Y ahora, los dos estábamos en mi casa.
A decir verdad, estábamos en mi cama. No nos quitamos la ropa, ni tampoco lo hicimos esa noche. Simplemente nos acostamos y nos besamos por largas horas. Yo acariciaba todo lo que tuviera a mi alcance: su rostro, su cabello, su cuello, sus brazos, su espalda… Besé, lamí y mordí sus labios, saboreando con deleite el sabor que emanaba de ellos.
Me reí un par de veces, Levi fruncía el ceño y le contestaba que estaba feliz. Le habría explicado cómo me sentí durante todos esos años sin él, cómo seguí amándolo pese a nuestra separación, y cómo había llenado mi vida con una simple petición. Sin embargo, no le dije nada de eso. Había tiempo, mucho tiempo para decirle todas esas cosas y más.
Nuestros besos eran lo único que importaban.
Encima de mí, Levi repartía besos por mi cuello. Yo le estrechaba y suspiraba ante el cosquilleo de su respiración sobre mi piel. Casi no hablamos, nos limitábamos a mirarnos seducidos por el otro. Era un momento mágico, sin duda.
No supe cuando ocurrió, pero en algún punto de la noche, o la madrugada, los dos caímos dormidos; Levi apoyado sobre mi pecho con mi brazo rodeándole la cintura. Entre horas, abría los ojos y tras comprobar que Levi estaba ahí, acurrucado junto a mi cuerpo, me volvía a dormir. Temía que todo aquello no hubiera sido más que una ilusión producto de mi imaginación, pero afortunadamente no lo era.
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A la mañana siguiente, mientras preparaba el desayuno rebosante de alegría, Levi me preguntó dónde guardaba "la caja de los recuerdos".
—En mi armario —respondí desconcertado. Oí como sus pasos se dirigían a mi habitación y removía las distintas cosas dentro de mi armario—. ¿Por qué quieres saber…?
"Oh, mierda".
Apagué el fuego de la sartén, y salí corriendo de la cocina. Esquivé la mesa y salté por encima del sofá y entré atropelladamente en mi habitación. Efectivamente, y tal como había imaginado, Levi tenía en la mano la carta.
—Devuélvemela.
Este metió la caja al fondo del armario, y se guardó la carta.
—Ahora es mía —dijo con aire presuntuoso.
Yo le lancé una mirada crítica.
—Esa carta… —empecé, pero ni siquiera me dejó continuar.
—Esta carta va dirigida a mí —subrayó lleno de orgullo.
—Sí, pero…
—Y técnicamente me la quitaste porque pensaste que no sentía nada por ti. Pero después de lo de anoche, ya quedó claro lo que siento por ti. Así que te guste o no, me la quedaré.
Lo admito, me dejó sin argumentos. Era cierto que se la arrebaté porque creía que él no estaba enamorado de mí y pretender que nada había ocurrido. Pero ahora ya no había problema en que él la tuviese. Me daba mucha vergüenza que leyera la carta entera de nuevo, sobretodo porque con dieciséis años escribí todo tipo de cursilerías, pero no cometería la estupidez de quitársela.
—Haz lo que quieras —contesté resignado.
Levi sonrió triunfante.
Poco después desayunamos y dado que tenía la mañana libre, le invité a quedarse y revisar mis borradores. Yo le contaba la situación de los personajes mientras él leía las páginas que había ilustrado días antes. Me ayudó a aclarar algunas dudas y me aconsejó sobre cómo tirar adelante la historia. Se escandalizaba por la cantidad de muertes que tenía planeadas para los próximos capítulos, pero tenía que ser así.
Estuvimos más de tres horas, comentando y perfilando datos, diálogos, escenas… De vez en cuando le robaba algún beso, pillándole desprevenido. Procurábamos no entretenernos demasiado con los besos, pues tenía trabajo que adelantar para la editorial, y precisamente era Levi quien me lo decía.
Más tarde, le propuse ir a comer fuera. Aceptó sin poner una sola queja. Por el camino, no obstante, discutimos debido a que Levi quería pagarse él mismo la comida, pero yo me negaba. Una vez más, salí ganador. Para no cabrearle más, le dije que lo hacía porque quería y porque él tenía que ahorrar ese dinero que estaba ganando cada mes.
Comimos pasta italiana, y en medio de esa atmósfera agradable, Levi me contó su situación con Kenny.
—No tiene donde caerse muerto, y ayer apareció sin dinero. Compartimos hipoteca, y como comprenderás, no le puedo echar. Créeme que lo último que quiero es tener vínculos que me aten a él. Me contó que buscaría a una vieja ricachona para engatusarla y sacarle el dinero. Sé que no debería decir esto, pero mientras me deje a mí en paz, que haga lo que quiera.
Yo, indignado por que tuviera que vivir con ese energúmeno, le dije:
—Vente a vivir conmigo una temporada. Sé que es una locura, pero no soporto la idea de verte mal por culpa de ese hombre.
Levi sonrió con pesar.
—Lo pensaré.
Sé por qué lo decía. Irse a vivir conmigo no solucionaba el problema de Kenny. Lo pensé por unos instantes, y tuve una idea.
—Vended el piso. Con lo que saquéis, pagad el resto de hipoteca, y con lo que os sobre, os vais cada uno por vuestro lado.
Levi lo meditó seriamente.
—No es mala idea. Lo complicado será convencerle de que venda.
—Si encuentra una anciana senil adinerada no creo que haya problema —comenté despreocupado—. Y por lo que me has contado, apenas pisa ese suelo.
—Conociéndole, no tardará en buscarse una. Y si hay suerte, desaparecerá de mi vida de una maldita vez —expresó con odio.
Yo también quería que desapareciera de su vida. Ese hombre no le había otra cosa que soledad, miseria y amargura. Tal era mi desprecio por Kenny, que, aunque Levi rechazara mi oferta de quedarse en mi apartamento, lo hubiese obligado a ir. Por las buenas o por las malas, pero no permitiría que pasara ni una sola noche más bajo el mismo techo que él.
Levi me hizo saber que no se opondría por dos sencillas razones. La primera era que cuánto más lejos de Kenny, mejor, y la segunda era que me conocía demasiado bien como para protestar. Cuando tomaba una decisión, nada me hacía retroceder o cambiar.
Acordamos que antes de ir a trabajar, Levi se cogería sus cosas —que no eran muchas—, y las llevaría a mi apartamento. Yo le recogería en moto de jueves a domingo cuando terminase su turno de noche, y por el resto del día… haríamos lo que hacen los enamorados cuando finalmente han conseguido estar juntos.
Antes de irnos del restaurante, Levi pareció querer decirme algo. No lo hizo, pero en su lugar, me cogió de la mano. Yo le sonreí, sospechando de esa palabra que no se atrevía a decir en voz alta por vergüenza.
—Gracias, Levi —le dije acariciándole los nudillos con el pulgar—. Gracias a ti por pedirme ese beso.
Él se sonrojó y desvió la mirada. Yo reí feliz.
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