Niñera

.

.

Hasta cuando dormía era apuesto. Mis cosas hacían cada vez más presencia en su departamento desde mi ropa en el armario hasta el arreglo de mesa que compré para la sala; a Kisame no le molestaba o al menos no me decía nada. Básicamente lo único que faltaba era que pasara todas las noches ahí.

Tenía miedo, cada que él me lo pedía tenía miedo de contestar, Itachi siempre avanzaba muy rápido, lo entendía era mayor que yo, pero me asustaba la idea de que me dejara atrás; una cosa era hablar sobre un futuro una suposición, un anhelo y otra muy diferente era hacerlo ya. Sin embargo nada lo detenía para seguir insistiendo aunque nunca me ha presionado...

.

-Hinata, vivamos juntos.

Comprendía ese sentimiento, a mi también me inundaban las ganas de avanzar en nuestra relación.

-Yo...- mis manos se hicieron puño es su pecho ¿por qué me costaba decirle que aceptaba? -y...yo- ¡sólo dilo Hinata, acepta!

Su mano acaricio mi mejilla.

-No te presiones nena- me beso la nariz -no hay prisa- enlazo nuestras manos, aquellas que tenían nuestro símbolo de pertenencia -lo nuestro es por siempre...

.

No podía ser más patética, este hombre me daba todo, lo que quería, lo que le pedía incluso lo que no yo sabía que necesitaba y siempre que él quería algo yo le respondía hundiéndome en un vaso de agua.

Bese sus labios, suaves labios, lo volví a besar, sólo poner mis labios en los suyos se sentía celestial, sólo un poco de presión y ya estaba más que fascinada con su boca y quería más.

Él se movió un poco y deje de besarle.

-Puedes hacerlo mejor- su voz salió ronca, culpa del sueño, sus ojos miraban los míos.

-Perdón, no quise despertarte- se puso sobre mi.

-Mi Diosa- comenzó a tocarme aún estando medio dormido.

Su tacto, su voz, su pene en mi interior, su cabello negro que me hacía cosquillas en la piel, sus labios que reclamaban todo el aire de mis pulmones, ¿por qué no podía aceptar la petición del único hombre que me ha amado de verdad?

.

-Necesito ayuda- le extendí el bloqueador y me senté frente a él -con la espalda.

Pase mi cabello por delante del hombro y me mordía el labio, sentía su mirada, buscaba que me mirara con esa intensidad con la que lo hacía ahora; sentí sus manos pasear por mi espalda en círculos, de los hombros a mis omóplatos a la columna para luego bajar, subían por mis costados y se colaron bajo la pequeña cantidad de tela para tocar directamente mis cenos, sentí su respiración en mi nuca mientras me amasaba y retorcía mis pezones, sabía como terminaría esto: yo abajo él arriba, embistiéndome, tomándome, poseyéndome y haciéndome disfrutar.

Alcancé la botella de agua que estaba a mi derecha, la abrí y vacié el líquido sobre su cabeza, salí corriendo entre risas.

-¡Ven aquí!- grito detrás de mi.

No me atrevía a voltear, Itachi era un atleta nato y la arena apenas me permitía avanzar, mis pies apenas y se mojaron cuando me alzo de la cintura, no podía parar de reír, intentar escapar de sus brazos era una pérdida de tiempo me estaba cargando en su hombro, aunque no me quejaba de la posición ya que podía verle ese firme trasero sólo cubierto por aquel traje de baño.

-Si quieres jugar con agua preciosa, juguemos con agua- dio unos pasos más y me aventó al mar.

Salí con el cabello cubriéndome el rostro y algo falta de aire por no haber tenido tiempo de tomarlo antes de sumergirme ó de que me sumergiera. La guerra comenzó cuando le aventé agua al cuerpo; me encantaba tener estos momentos tan infantiles con él, me hacían creer que podía recuperar mis últimos años de infanta que perdí y que Mi Itachi me permitía tener por unos instantes.

-Eso es trampa- salí del agua de nuevo, me quitaba el cabello que se pegaba a mi rostro.

-En la guerra todo se vale amor.

Me acerque a él y lo empuje, alcanzo a tomarme de la muñeca y volví a sumergirme en el agua, una vez salí volví a lanzarle agua sin dejar de reír, Mi Itachi también sonreía.

-Ah.

No supe por cuanto tiempo estuvimos jugando así, ni en que momento nos detuvimos, pero ahora Mi caballero de ojos negros estaba recostado sobre la toalla tirada en la arena con una erección entre mis piernas.

-Ah, ah.

Itachi estaba sujetándome de las nalgas ayudándome a meter y sacar su pene de mi vagina, las gotas se escurrían por mi cuerpo de mi cabello que se apegaba a mi cuerpo por la humedad.

-Ah, ah, ah.

Mis manos de apoyaban en su duro abdomen, la parte inferior de mi bikini negro no estaba en mi rango de visión y la parte superior colgaba de mi cintura.

-Ah, ah, ah, ah- cada vez más agudo.

Mi bello hombre se sentó, pase mis manos a su nuca, desanudando su coleta baja.

-Estas bien rica primor- me besaba el cuello -mueve ese trasero y no pared hasta que me corra.

Si el placer me dejara hablar estaba segura de excitarlo con palabras como él lo hacía ahora. Sus atenciones bajaron a mis pechos, me aferre más a su cuello apegando su rostro a mis cenos.

-¡SI!

El éxtasis me recorrió la espina y su semen inundo mis paredes.

Abrí mis ojos con pesadez.

-Buenos días princesa.

Me había quedado dormida sobre aquella toalla, me senté en el piso y lo sentí, ahora mi mejilla, mis pechos y otras partes de mi cuerpo quedaron con las marcas de aquella toalla.

-No debiste dejar que me durmiera- dije soñolienta.

-Me encanta verte dormir amor.

-Aún así- bostece -ahora estoy marcada.

-Bueno por una toalla no me pondré celoso- sonreí -¿tienes hambre?- me tomo en brazos, me deje consentir por esa atención. Siempre me dejaba consentir por Mi Itachi.

-Preparare algo.

-Ya lo hice yo.

-¿Cocinas?

-¿Con quién crees que sales primor?

Lo mire dudosa hasta que ese aroma llego a mi nariz, sobre la barra de la cocina sólo había un pequeño banquete, sólo para nosotros.

Comí desnuda, sentada en sus piernas o más bien me dio de comer y yo le daba a él, los besos lascivos y juguetones se escapaban de vez en cuando para llegar a la piel del otro. Al final nosotros terminamos siendo el postre y que postré.

Se sentía tal y como dijo Hidan una vez "lista para la luna de miel" viniendo de Itachi sabía que, probablemente, este viaje lo planeo desde ese entonces; lo pensaría bien y fuera lo que fuera que me impedía aceptar el vivir con él lo descubriría y lo arreglaría antes de que acabara nuestra pequeña y anticipada luna de miel. Para cuando volviéramos yo ya tenía que responderle con una afirmación.