GRAN ESPÍRITU
III: OPORTUNIDAD
Hospital de Atenas
Shaka se dejó caer en la silla junto a la cama de hospital donde estaba tumbada Lena y suspiró largamente mientras se oprimía el puente nasal. No estaba nada contento con los informes que le habían dado, pero supuso que no había nada más que hacer. Tras examinarla por un buen rato, el médico determinó que Lena tenía hiperemesis gravídica, una condición en la que el embarazo le provoca vomitar sin parar, y que podía llegar a causar que la chica se deshidratara, lo que podía hacer daño al bebé. Lena, por su parte, estaba tan agotada que ni siquiera había hecho movimiento alguno cuando le pusieron los sueros o la examinaron, y no alcanzó a escuchar nada.
El médico también había hecho un ultrasonido para asegurarse de que el bebé se encontrara bien, cosa que tranquilizó bastante a Shaka. El santo dorado no pudo evitar sonreír al ver, en la escala de grises, el pequeño corazón de su bebé latiendo como loco.
Una vez que los pasaron a una habitación, Shaka tomó la mano de Lena, y la besó suavemente. Probablemente se quedaría internada un par de días, mientras que se rehidrataba, hasta que se le quitaran las nauseas y pudiera comer bien. La chica por fin despertó, parpadeando repetidamente, y se volvió a él con una expresión cansada.
-¿Shaka?- dijo Lena.
-Aquí estoy, pyaar- le dijo el santo dorado- ¿cómo te sientes?-
-Te detesto, cabeza de…¡arggg!- comenzó a decir ella en un tono cansado, haciendo un puchero.
-No, no es cierto, y lo sabes- dijo Shaka sonriendo acercándose a ella y besándola en la nariz. La chica arrugó la nariz como reflejo.
-Ya verás cuando me levante, te voy a patear el trasero…- continuó ella.
Shaka no dejó de sonreír. Su chica ya había comenzado a insultarlo y amenazar con patearlo, lo cual era señal de que se iba a poner bien. Lena estuvo a punto de sonreír al ver la sonrisa de Shaka, pero recordó algo importante.
-¿El bebé está bien?- dijo Lena con cierto tono de aprensión, poniéndose la mano en el abdomen.
-Sí, pyaar, el bebé está bien- dijo Shaka en un susurro tranquilo- el médico dijo que todo estaba bien. No te preocupes-
-¿En serio?- dijo ella, esperanzada- ¿estás seguro de que dijo que estaba bien?-
-Estoy seguro- le dijo él.
Lena sonrió levemente, y apoyó su mejilla en la mano de su chico. Shaka acentuó su sonrisa. Sabía que Lena no estaba molesta por lo que había pasado, pero más bien estaba asustada. También sabía que la presencia del bebé no le era nada desagradable. Ni a él, en todo caso. Le puso la mano en el abdomen, encima de la de ella.
-Ya no hagas sufrir a tu mamá, pequeñito- dijo Shaka en voz baja.
Lena sonrió de nuevo y cerró los ojos, intentando descansar. Shaka hizo lo mismo, sentado en la silla, aunque sin soltar la mano de su chica.
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Templo de Aries
Mu se levantó esa mañana muy preocupado por lo que Kiki le había contado sobre el hecho de que Shaka había tenido que salir del Santuario en la noche. Estaba agradecido con su alumno por haber ayudado a su amigo, pero no podía dejar de preocuparse por Lena. Lydia había llegado al templo de Aries temprano, y también le había contado que estaba muy preocupada por la amazona.
Afrodita y Evelyn también bajaron al templo, pues el santo de Piscis iba a acompañar a la chica y a Cecy a su trabajo en el museo. A Mu le causaba mucha gracia cada vez que pasaba eso, pues Evelyn era muy expresiva, y Cecy, bueno, digamos que era lo contrario. Pero bueno, la chica se había resignado a su compañera de trabajo, pues no hacía ningún drama al respecto. Saga había bajado también a despedirla, y la besó en la frente antes de que Cecy se fuera junto con Afrodita y Evelyn a su trabajo.
Mu se volvió a Saga, y se alegró al verlo sonriendo. No solo a él: Kostas había acompañado a su papá a despedir a Cecy, y no dejaba de despedirla con la mano. Lo que les había pasado a Saga y a Kostas, perder a Casandra, no se lo deseaba a nadie, pero le daba gusto que su compañero hubiera encontrado a alguien como Cecy. Y vaya que el santo estaba muy enamorado de ella.
-¿Estás bien, Saga?- preguntó Mu, mirándolo de reojo.
-¿Uh? Sí, claro- dijo Saga, encogiéndose de hombros, pero sin quitarle la vista a su chica, que caminaba a la salida del Santuario.
Una vez que desaparecieron de la vista, Saga se despidió de Mu y los otros, y volvió a subir por los Doce Templos, para dejar a Kostas con Aioria. Mientras Mu se despedía de ellos, Lydia notó a Kiki bostezando y desperezándose sin ninguna vergüenza, sentado en los primeros escalones del templo de Aries. La chica se sentó junto a él y lo abrazó. El pelirrojo sonrió.
-¿Qué pasa, Kiki?- preguntó la chica, una vez que lo soltó- ¿no dormiste bien?-
-Estoy bien, señorita Lydia- dijo Kiki, rascándose apenado la nariz.
-Cuando anoche Shaka pasó por Aries, Kiki fue quien lo ayudó a llevar a Lena al hospital- dijo Mu, mientras que Lydia lo escuchaba, alzando las cejas- quizá sería bueno que te fueras a descansar un rato, enano-
Lydia se echó a reír. ¿Enano?¿Kiki? Para nada. El pelirrojo ya era al menos ocho dedos más alto que ella, y estaba a punto de alcanzar a su maestro. Ni siquiera se dio cuenta en qué momento el aprendiz de Aries la sobrepasó. Kiki, por su parte, sonrió pero sacudió la cabeza. Sí, estaba un poco cansado por lo que había ocurrido la noche anterior, pero se moría de ganas por encontrarse con Christoffer y los otros chicos para comenzar a entrenar.
-Estoy bien, señor Mu, en serio- dijo Kiki, sonriendo mientras aún se rascaba el dorso de la nariz- con su permiso, quisiera irme a entrenar con Chris y los otros-
Mu sonrió y asintió levemente, mientras el chico pelirrojo salía disparado hacia el Coliseo, donde estaban ya los otros chicos esperándolo para entrenar con él. Lydia sonrió también, y tomó la mano del santo de Aries, haciéndolo sentarse en los escalones junto a ella. Mu lo hizo, y la rodeó con su brazo. Tenían unos diez o quince minutos antes de que Afrodita regresara de la ciudad.
-Esos dos se ven muy contentos desde que están juntos- dijo Lydia de pronto, como si recién se le hubiera ocurrido- Saga y su chica, quiero decir-
Mu sonrió levemente.
-Que no te escuche decirlo en voz alta. Lydi- dijo Mu, pensativo- sabes que Saga se ha vuelto muy privado con Cecy-
-Creo que está muy enamorado- dijo Lydia, y encogió las piernas, mientras jugaba con su máscara dorada en sus manos- y ella de él. Cecy es una chica muy linda. Y además, Kostas necesita una mamá-
-La mayoría de nosotros crecimos sin una- le dijo Mu- tú incluida-
-Lo sé, pero se nota que Cecy lo quiere mucho, igual que a Saga- dijo Lydia, y apoyó la cabeza en el hombro del santo de Aries, quien sonrió contento- sería lindo que formaran una familia los tres-
Ambos siguieron conversando hasta que Afrodita de Piscis regresó de la ciudad, y Lydia se fue a entrenar con él, no sin antes despedirse de Mu con un beso en la mejilla.
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Aeropuerto Charles de Gaulle, París
Mientras que Bianca estaba muy ocupada revisando por enésima vez que no hubiera olvidado nada de casa, y vigilando que Rémy no corriera lejos de donde estaban esperando su vuelo. El pequeño parecía bastante inquieto y curioso en aquel sitio. Jérémie, por su parte, miró con atención que su hija estaba concentrada en su teléfono celular, encendiendo y apagando la pantalla cada dos o tres minutos.
-¿Hugo sigue enojado contigo, ma petite?- preguntó él.
-Bah- dijo Margot, guardando el teléfono en su bolso y cruzándose de brazos. Finalmente se resignó a que Hugo estaría enojado, y peor para él. Lo cierto era que ya le había comenzado a fastidiar su actitud con ella. Quizá Lowe y Chanteloup tenían razón. Su papá le había marcado unos estándares muy altos, y la conducta de Hugo para con ella no era lo que esperaba.
Jérémie sonrió, ignorando el monólogo interno de su hija.
-Ya, no pienses en ello, Margot- dijo el hombre, sacando su cámara fotográfica- vas a ver. Grecia es uno de los países más increíbles y fantásticos que existen en el mundo. Va a ser un viaje emocionante-
-¿Más que cuando fuimos a ver el Taj Mahal?- preguntó Margot, pero su padre se encogió de hombros.
-Ya verás por ti misma, cariño- le dijo su padre.
Rémy lloriqueó en voz baja. Realmente quería salir corriendo por los pasillos del aeropuerto, y los ruidos de los aviones despegando o aterrizando ya lo habían fastidiado un poco. Jérémie se distrajo, volviéndose para ayudar a Bianca con el pequeño, cuando Margot escuchó el sonido de su celular. La chica lo sacó, ilusionada, pero no era un mensaje de Hugo, sino de su amiga Louise. Aun así, sus ojos se iluminaron.
¡Margot!¿Porqué no me dijiste que ibas a ir a Atenas? Mis papás también quieren ir, así que quizá nos veamos allá. Avísame cuando llegues.
Louise.
PD: Hugo es un idiota, ya te lo había dicho. ¡No te desanimes!
Margot sonrió al leer aquello. Si era cierto que Louise iba a ir a Atenas con su familia, sería un viaje un poco más divertido de lo que pensaba. Olvidando por un momento que había estado esperando un mensaje de su novio, y emocionada al saber que su mejor amiga la iba a acompañar, la chica comenzó a escribir rápidamente.
¡No me digas, Louise! No puedo esperar. Nos vemos en Atenas.
Margot.
Apagó su celular, y escuchó por la bocina que estaban llamando para su vuelo. Se acercó para cargar con ella la mochila con las cosas de su hermanito, y siguió a sus papás hacia la puerta de abordaje.
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Territorio Sioux, Wyoming, Estados Unidos
La pareja se quedó mirando la torre del Diablo en Wyoming, y luego se miraron entre ellos. Aquella mañana de octubre hacía un calor impresionante en aquel pueblo del oeste de Estados Unidos. Ambos miraron el letrero que decía que estaban entrando en territorio sagrado de los Sioux.
La mujer leyó con desdén el cartel en el que se advertía que el visitante estaba a punto de entrar en territorio sioux, y no solo eso, sino que se trataba de territorio sagrado para los nativos americanos. Greta creó una bola de fuego destruyó el cartel de un solo golpe.
-¿Estás seguro de lo que tenemos que hacer?- dijo la mujer, volviéndose a su acompañante mientas la madera rota del cartel terminaba de arder- no va a ser fácil hacer que estos nativos cooperen con nosotros-
-No tenemos opción, Greta- dijo Bellini, cruzándose de brazos- sabes que les hemos fallado tantas veces a los dioses; deben de estar furiosos con nosotros. Y no podemos darnos el lujo de fallar y enfurecerlos de nuevo-
Greta asintió levemente, y miró con desprecio los tipis de los habitantes sioux de la reserva a lo lejos. Nuevamente se volvió hacia Bellini.
-Bien, ¿cuál es el plan para estos sucios indios?- dijo Greta- rodearlos a todos e interrogarlos hasta que uno confiese cuál de ellos tiene el Corazón del Cielo?-
-¿Se te ocurre otro mejor?- pregunto Bellini- los Sioux están en control de ese poder ancestral. De hecho, en una ocasión hace como ocho años, Castelhaven vino a buscarlo entre los pobladores de este sitio, pero al parecer la mayoría de ellos huyó, y no lo encontró. Nosotros no debemos fallar, o los señores Phobos y Deimos acabarán con nosotros. Es nuestra última oportunidad-
Greta sacudió la cabeza, y se volvió a uno de los hombres con armaduras negras.
-Es hora de atacar. Rodeen a todos los indios- dijo Greta al líder- quiero a todos los hombres, mujeres y niños en un solo sitio, y no quiero que escape ninguno. Una vez que los tengamos a todos, procederemos a interrogarlos. Pueden usar la fuerza que quieran, pero los necesito a todos con vida-
El hombre asintió.
-Ya escucharon a la señorita Greta- dijo el líder, volviéndose a los demás y haciendo un gesto de tronarse los dedos- no dejen escapar a ninguno, así tengamos que arrastrarlos-
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Terrenos del Santuario
Esa tarde
A diferencia de Lena, Cathy estaba pasándola muy bien con su embarazo. La mayor parte del tiempo estaba con Milo, y cuando su chico estaba ocupado con sus deberes en el Santuario, pasaba el tiempo con Liliwen, quien había tomado especial cariño con cuidarla.
Ambas chicas estaban en esos momentos en los terrenos del Santuario, disfrutando de los últimos rayos del sol del día. Cathy había tomado su violín y tocaba una melodía suave, muy acorde al clima que tenían en ese día.
-¿Quieres tomar chocolate caliente?- dijo Liliwen- la tarde se siente fría…-
-Sí, gracias- dijo Cathy, frotándose un poco las manos para entrar en calor.
Liliwen sirvió un poco de chocolate en las dos tazas, pero el líquido ya estaba frío. Eso no era problema para la pelirroja. La tomó entre sus manos y encendió suavemente su cosmo, formando una pequeña llama en sus palmas. No pasó mucho tiempo cuando la taza se calentó y se la pasó a Cathy.
-Cuidado, está caliente- dijo Liliwen, y Cathy la tomó con cuidado, sonriendo al ver que sus dedos se calentaban poco a poco con la taza.
-Gracias, Lilu- dijo ella.
La pelirroja sonrió, y se volvió hacia el interior de los terrenos, donde Milo y Camus, ambos vistiendo armaduras doradas. Liliwen se quedó mirando a Camus con una sonrisa enamorada, que hizo que Cathy se riera en voz baja. Liliwen era una chica muy linda en ese sentido. Tenía poco tiempo viviendo en el Santuario, y el resto de su vida había pasado viviendo con dos mujeres. Era muy inocente para su propio bien, y estaba perdidamente enamorada de Camus.
Camus captó la mirada de la chica, y sonrió. Comenzó a caminar hacia las chicas, haciendo que Liliwen se ruborizara levemente, y Cathy acentuó su sonrisa.
-Deberían regresar a los Doce Templos, chicas- dijo Camus, ofreciendo su mano a Liliwen para ayudarla a levantarse del suelo, mientras que Milo se acercaba a ellas.
La chica sonrió, y aceptó la mano de Camus. Éste tiró de ella con un poco más fuerza de la necesaria, haciendo que Liliwen se pusiera de pie de golpe y chocara contra su pecho, para después aprisionarla con sus brazos. La chica rió, nerviosa.
Milo, por su parte, se inclinó para alzar a Cathy en sus brazos y la besó en el cuello repetidamente hasta hacerla reír.
-Camus tiene razón, señoritas- dijo Milo a su vez, ayudando a Cathy a poner los pies sobre el suelo- será mejor que regresemos a casa antes de que baje más la temperatura-
Las chicas asintieron, pero de pronto, Liliwen se llevó una mano a la cabeza y cerró los ojos. Tuvo una sensación extraña, como si algo malo estuviera a punto de pasar. Camus esperó pacientemente. Ya le había pasado antes, ese presentimiento. Después de todo, su padre era el dios griego del sol, y quizá había heredado de él algo extraño.
Liliwen sintió un extraño vuelco en su corazón, y un escalofrío la recorrió. Abrió los ojos, y vio a Camus mirándola muy preocupado.
-Estoy bien- dijo Liliwen, antes que otra cosa.
-¿Qué fue eso, Lilu?- preguntó Milo.
-No sé- dijo la pelirroja, encogiéndose de hombros y frotándose los brazos- fue un mal presentimiento. Creo que algo… algo malo pasó-
Camus la miró, y se encogió de hombros. Ya lo averiguarían más tarde. Ahora tenían que asegurarse de que las chicas estuvieran de regreso en casa.
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Coliseo, Santuario de Athena
Kiki se detuvo de golpe mientras estaban entrenando en el Coliseo y miró distraídamente hacia el oeste, hacia la puesta del sol, ganándose una buena patada en la boca del estómago por parte de Arthur, quien no se había dado cuenta de que el pelirrojo se había detenido.
-Ay, ay…- se quejó Kiki casi sin aliento, doblándose sobre su estómago, aunque sin dejarse caer al suelo, mientras que Arthur se detuvo y se ruborizó, apenado por haber accidentalmente golpeado a su compañero.
-Lo siento, no me di cuenta que te detuviste…- comenzó a decir el chico inglés.
-No importa eso, ¿qué fue lo que pasó, Kiki?- preguntó Christoffer, dándose cuenta de que hubo algo que distrajo a su amigo, y que debía ser algo importante- ¿porqué te distrajiste?-
Kiki no sabía como explicarlo. Había sentido como si algo malo hubiera pasado, como si algo hubiera cimbrado el balance de la tierra. El chico entrecerró los ojos. ¿Porqué había sentido algo así? Jamás le había pasado antes, con ningún otro evento. De hecho, ese tema de meditación y comunicación a distancia era algo en lo que aún no había avanzado mucho en las clases con Mu. Suspiró.
-Yo… eh…- dijo Kiki, dejándose caer sentado sobre la arena del Coliseo, no porque Arthur lo hubiera golpeado, sino porque sentía como si su corazón quisiera detenerse en cualquier momento. No lo podía entender.
-¿Kiki?- insistió Christoffer.
El pelirrojo se frotó la frente y respiró hondo con los ojos cerrados.
Kiki miró, en su mente, un gran y hermoso bosque, muy verde y fresco, y casi podía oler el aroma a pino y sentir el viento sobre su rostro, como si él estuviera ahí. Miró a su alrededor, pero estaba completamente solo. Y, de pronto, escuchó un grito desgarrador que le puso los pelos de punta. Mientras escuchaba el grito, sintió como si se helara su corazón.
Kiki parpadeó de nuevo, y nada. Estaba de nuevo en la arena del coliseo del Santuario, con sus manos sobre el pecho. Sacudió la cabeza.
-No me pasa nada- dijo el chico, respirando hondo y poniéndose de pie de nuevo, mientras sacudía distraídamente el polvo de su ropa de entrenamiento- estoy bien, en serio… solo me distraje-
-¿Estás seguro?- preguntó Christoffer, no muy convencido.
-Quizá sería buena idea descansar un poco- dijo Edith, cruzándose de brazos y mirándolos- creo que se ven fatigados-
-O quizá Kiki está enamorado- aventuró de pronto Arthur, haciendo que los demás aprendices rieran en voz baja.
-Sí, estoy un poco cansado, eso debe ser- dijo Kiki en dirección de Edith, e ignorando lo que dijo Arthur- será mejor que nos tomemos un descanso-
Los chicos salieron de la arena del Coliseo, y buscaron los cubos de agua para refrescarse. Arthur comenzó a molestar a Christoffer sobre el hecho que el chico estuviera distraído con Edith, haciéndolo ruborizarse hasta la raíz del cabello. Normalmente Kiki hubiera participado alegremente en la conversación, pero el pelirrojo no se podía sacudir esa sensación. Cerró los ojos y respiró hondo. Se despidió rápidamente de sus demás compañeros, y decidió regresar a Aries. Quizá tenía hambre, y por eso estaban pasándole cosas raras.
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Hotel Plaka, Atenas
Al caer la noche
Cuando Margot llegó con su familia al hotel, sus padres se quedaron en la recepción, pero la chica se apresuró a su habitación y tuvo que sentarse sobre la orilla de la cama, y después se deslizó hasta el suelo, ovillada, y con la mano en el pecho. El corazón le dolía horriblemente. ¿Qué estaba pasando? Cerró los ojos con fuerza. En su mente, escuchó gritos desesperados a su alrededor, mujeres rogando en un idioma extraño y, a la vez, terriblemente conocido, y gritos de guerra de los hombres que querían defender a los demás.
-Dioses…- dijo Margot para sí misma, casi sin aliento, sin poder evitarlo- ¿qué está pasando?-
El corazón le dolía horriblemente, y sentía como si no pudiera respirar. No lo entendía. ¿Qué era lo que estaba pasando?
-Chanteloup…- dijo Margot casi sin aliento. El espíritu lobo acudió a su lado tan pronto como la chica la llamó- ¿qué es lo que me está pasando?-
La loba entrecerró los ojos, y dejó escapar un aullido lastimero, y comenzó a frotar su cabeza contra en brazo de Margot, tan tristemente que la chica la abrazó.
Margot vio, en su mente, el familiar campamento de los Sioux que había visitado cuando era una niña. Apenas estaba saliendo el sol detrás de la torre del Diablo. Vio a su vieja amiga Mika, a las demás niñas que había conocido cuando era pequeña, todas llevando arcos y flechas, intentando pelear contra los invasores blancos. Los atacantes hombres altos, quienes usaban armaduras negras con líneas azules, que se reían de ellos e intentaban incendiar los tipis y las tiendas de los sioux.
No solo Mika y las chicas, sino algunos de los hombres jóvenes peleaban para detener a los invasores, intentando dar una oportunidad a los ancianos y a los niños de escapar, pero no contaban con que estaban completamente rodeados.
-Quiero que mi enemigo sea muy poderoso- escuchó decir a uno de los guerreros sioux- para no tener remordimiento cuando termine con su vida-
Gritos por todos lados. Los invasores, con una extraña especie de poder mágico en sus manos, produciendo bolas de fuego, descargas eléctricas o fuertes golpes, rodearon a casi todos los sioux. Y vio a dos personas: un hombre y una mujer, quienes no usaban armaduras. Con solo mirarlas, el corazón de Margot se encogió de miedo. Parecían mirarla fijamente. A ella, que realmente no estaba ahí. Ambos, el hombre y la mujer, extendieron sus manos sobre Margot, y ella cerró los ojos en su visión, gritando asustada.
-¡AAAH!- exclamó Margot, antes de abrir los ojos. Tardó un par de minutos en tranquilizarse y darse cuenta de que estaba en la habitación del hotel, y que ahí había estado todo el tiempo- ¿qué sucede, Chanteloup? Esto no me había pasado antes-
-Algo malo pasó en casa… algo malo está sucediendo en el campamento de los Lakota- dijo Chanteloup, dejando escapar después un aullido miserable.
Margot tembló, pues podía sentir toda la tristeza de Chanteloup. Lowe no estaba cerca, seguramente se había ido a seguir a los Blanc. Margot no soltó al espíritu.
-Mika… los demás sioux- dijo Margot, mirando a Chanteloup. Tenía miedo de preguntar, pero tenía que saber- ¿eso que vi está pasando de verdad?-
El espíritu se encogió de hombros. La verdad era que no lo sabía con exactitud. Ella llevaba años siguiendo a Margot, y no sabía lo que sucedía de regreso en casa. La verdad era que Chanteloup había visto lo mismo que vio la niña, y la idea le aterrorizaba tanto como a ella.
-No me dejes, por favor- susurró Margot- tengo miedo…-
-No tengas miedo, Margot- le dijo Chanteloup- pero debes de saber que, si se trata de lo que creo que es, tienes que prepararte-
-¿Prepararme para qué?- dijo ella.
-Para defender tu secreto- le dijo Chanteloup con mucha seriedad- nadie, absolutamente nadie debe de saber sobre el Nahimana, sobre el Corazón del Cielo-
-Nadie lo sabe, jamás se lo he dicho a nadie, ni siquiera a mis papás- dijo Margot a su vez- y nadie lo sabrá. Se lo prometí a Pequeña Tortuga-
-Entonces debes estar a salvo- dijo la espíritu lobo.
Margot suspiró, aliviada, y se volvió a subir a la cama, aunque aún tenía las piernas temblorosas. Chanteloup subió también y se echó junto a ella, hundiendo la cabeza entre los brazos de la chica, quien siguió acariciándola hasta que se quedó dormida.
Cuando Bianca y Jérémie Blanc subieron a la habitación, con Rémy en sus brazos, Margot ya se había quedado dormida, abrazando la almohada con fuerza, como si se tratara de un salvavidas.
-¿Qué le pasa a Margot?- preguntó Bianca, aún cargando a Rémy en sus brazos.
-Ni idea- dijo Jérémie, bostezando- pero no la culpo, yo también me siento muy can…can…cansado-
Bianca sonrió.
-Vamos a dormir, ma chérie- dijo Jérémie, tallándose los ojos con una de sus manos- ya mañana comenzaremos con el documental, y buscamos a tu hermana-
Bianca sonrió levemente al escuchar a su esposo. No creía que pudiera dormir esa noche, a pesar de lo cansada que se sentía ya. La sola idea de que su hermana menor estuviera en la misma ciudad que ella la emocionaba. Y pensar que, si tenía la información correcta, la vería el día siguiente.
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Territorio Sioux, Wyoming, Estados Unidos
Esa tarde
Lamentablemente, las terribles imágenes que Margot había visto en su mente mientras estaba en el hotel eran bastante reales, y estaban sucediendo en el territorio Sioux de Wyoming, a unos escasos kilómetros de la torre del Diablo.
Bellini y Greta se miraron entre sí y sonrieron maléficamente. Su plan había salido perfectamente, ninguno de los indios sioux habían logrado escapar de su ataque. Los pocos que intentaron huir para mantener a salvo a los ancianos y los niños, pero sus subordinados los detuvieron y capturaron de la misma manera.
Habían iniciado el ataque en las primeras horas de la mañana, y para esta hora de la tarde todos los nativos americanos estaban capturados y rodeados. El nuevo jefe de guerra, Chaska, había tenido que ser sometido por tres de los enemigos, pues no se rendía. Una de las mujeres que habían tomado las armas, también había tenido que ser sometida, pues ya había pataleado y mordido a un par de los enemigos. Algunos de los miembros de la tribu habían sido atados a los árboles en la orilla del bosque.
Bellini y Greta pasaron entre los prisioneros, amenazándolos con sus cosmos, y haciendo llorar a algunos de los niños. Algo que sorprendió a los dos fue que ninguno de los sioux adultos parecían tenerles miedo.
-Bien, ya que están todos ustedes reunidos- comenzó a hablar Greta en inglés, sabiendo que los Sioux lo entendían- queremos saber quien de ustedes posee el Corazón del Cielo-
Los Sioux se miraron entre sí, pero ninguno dijo una sola palabra. Se limitaron a mirar desafiantes a los enemigos.
-Nos daremos cuenta, tarde o temprano, de quien es el que tiene ese poder- dijo Bellini- así que más vale que comiencen a hablar-
Los nativos permanecieron obstinadamente silenciosos, negándose siquiera a mirar a los enemigos a los ojos. Greta se impacientó y, tomando a uno de los niños que habían atrapado, lo obligó a ponerse de pie, y creó una bola de fuego, para ponerla a unos centímetros del pequeño.
-¡Hablen, malditos indios!- gritó Greta con una expresión enfurecida- hablen, si no quieren que los quememos uno por uno. ¿Acaso quieren morir?-
La chica que habían tenido que someter, Mika, se sacudió al hombre que la estaba sosteniendo, y se puso de pie, señalando a Greta con su dedo.
-Se nota que ustedes no tienen ni idea de qué es el Nahimana, cara pálida- dijo Mika en un tono desafiante- y nunca lo encontrarán, porque ni siquiera saben qué es lo que buscan-
Greta volvió sus ojos desorbitados hacia ella.
-¿Qué demonios quieres decir, pedazo de…?- comenzó a decir Greta, dispuesta a atacarla, pero Bellini la detuvo. La apartó y se acercó a la chica que había hablado.
-¿A qué te refieres?- dijo Bellini con calma.
-Que no hay manera de que nadie aquí les diga quien de nosotros tiene el Corazón del Cielo- dijo Mika- por la simple razón de que nadie lo sabe. Solo el poseedor del Nahimana lo sabe. Y quien lo posee jamás lo dirá, incluso si nos matas a todos. Ese es el código Lakota-
Greta estaba fuera de sí de furia, y Bellini entrecerró los ojos.
-¿Cómo podemos encontrarlo?- preguntó Bellini.
Mika se cruzó de brazos, y balanceó la cadera hacia un lado, en una expresión desafiante a los enemigos. Bellini iba a decir algo, pero sonrió. Ellos tenían una ventaja que esos nativos americanos no conocían: podían detectar cosmos, y podían detectar poderes similares a los cosmos.
-¿Qué hacemos ahora, Emmanuelle?- dijo Greta.
-Tendremos que hacerlo de la manera difícil- dijo Bellini- examinar uno por uno. Torturarlos si es necesario-
Greta esbozó su sonrisa torcida.
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CONTINUARÁ…
Notas de Autor:
Pyaar: (hindi) cariño
Ma chérie: (francés) mi querida
Ma petite: (francés) mi pequeña
Nahimana: (lakota) poder místico
Lakota: nombre que se dan a sí mismos los sioux.
¡Hola a todos! Espero que les esté gustando esta historia. Muchas gracias a todos por sus reviews, y por seguir esta historia. Les mando un abrazo a todos. Nos leemos pronto.
Abby L.
