¡Que de comienzo... el capítulo! (poned la voz de Dumby en la primera peli cuando dice "¡Que de comienzo... la ceremonia!").

Todos los personajes y las palabras en negrita pertenecen a J.K. Rowling.

EL AUTOBÚS NOCTÁMBULO

—Bien —dijo Draco carraspeando varias veces, para tranquilizarse un poco—. El autobús noctámbulo.

El estomago de Neville se revolvió al escuchar el nombre del capitulo, y es que él solo había montado una vez en ese autobús, pero una vez había sido suficiente para que supiera que no quería volver a hacerlo.

Después de alejarse varias calles, se dejó caer sobre un muro bajo de la calle Magnolia, jadeando a causa del esfuerzo. Se quedó sentado, inmóvil, todavía furioso, escuchando los lati dos acelerados del corazón. Pero después de estar diez minu tos solo en la oscura calle, le sobrecogió una nueva emoción: el pánico. De cualquier manera que lo mirara, nunca se había encontrado en peor apuro. Estaba abandonado a su suerte y totalmente solo en el sombrío mundo muggle, sin ningún lu gar al que ir. Y lo peor de todo era que acababa de utilizar la magia de forma seria, lo que implicaba, con toda seguridad, que sería expulsado de Hogwarts.

—Es cierto —dijo Lily procupada—. Te dijeron que si volvías a hacer magia te expulsarían.

—Pero él no había hecho magia —se quejó James—. Había sido Dobby.

Dobby se removió en su asiento.

—Dobby lo siente mucho, señor...

—No tienes la culpa, Dobby —dijo Harry ya cansado de repetirlo.

Había infringido tan gra vemente el Decreto para la moderada limitación de la bruje ría en menores de edad que estaba sorprendido de que los representantes del Ministerio de Magia no se hubieran pre sentado ya para llevárselo.

Le dio un escalofrío. Miró a ambos lados de la calle Mag nolia. ¿Qué le sucedería? ¿Lo detendrían o lo expulsarían del mundo mágico? Pensó en Ron y Hermione, y aún se entriste ció más. Harry estaba seguro de que, delincuente o no, Ron y Hermione querrían ayudarlo,

—Por supuesto —dijeron ambos con una sonrisa.

Se miraron divertidos, por haber coincidido, y se quedaron varios segundos sonriéndose como idiotas sin decir nada. Enamorados.

pero ambos estaban en el ex tranjero, y como Hedwig se había ido, no tenía forma de co municarse con ellos.

Algunos suspiraron, ¿Que podía hacer Harry?

Tampoco tenía dinero muggle. Le quedaba algo de oro mágico en el monedero, en el fondo del baúl, pero el resto de la fortuna que le habían dejado sus padres estaba en una cáma ra acorazada del banco mágico Gringotts, en Londres. Nunca podría llevar el baúl a rastras hasta Londres. A menos que...

Muchos tragaron saliva, este era el momento de una idea loca por parte de Harry.

Miró la varita mágica, que todavía tenía en la mano. Si ya lo habían expulsado (el corazón le latía con dolorosa rapi dez), un poco más de magia no empeoraría las cosas. Tenía la capa invisible que había heredado de su padre. ¿Qué pasaría si hechizaba el baúl para hacerlo ligero como una pluma, lo ataba a la escoba, se cubría con la capa y se iba a Londres volando? Podría sacar el resto del dinero de la cámara y.. co menzar su vida de marginado.

—Bueno —dijo Ron—. Pensaba que tendrías una idea más loca, esa no esta tan mal.

Era un horrible panorama, pero no podía quedarse allí sentado o tendría que explicarle a la policía muggle por qué se hallaba allí a las tantas de la noche con una escoba y un baúl lleno de libros de encanta mientos.

—Buen punto —dijo James sonriendo, y es que eso era una buena excusa si llegaban a preguntarle a Harry que hacia.

Harry volvió a abrir el baúl y lo fue vaciando en busca de la capa para hacerse invisible. Pero antes de que la encon trara se incorporó y volvió a mirar a su alrededor.

La sala se tensó, ¿Que pasaba?

Un extraño cosquilleo en la nuca le provocaba la sensa ción de que lo estaban vigilando, pero la calle parecía desier ta y no brillaba luz en ninguna casa.

Los corazones de muchos comenzaron a latir con fuerza, muchos sabían ya que los instintos de Harry solían ser ciertos, le estaban vigilando.

Volvió a inclinarse sobre el baúl y casi inmediatamente se incorporó de nuevo, todavía con la varita en la mano. Más que oírlo, lo intuyó: había alguien detrás de él, en el estrecho hueco que se abría entre el garaje y la valla.

Sirius, Harry y, por alguna razón, Dumbledore, eran los únicos calmados en toda la sala.

Harry entornó los ojos mientras miraba el oscuro callejón. Si se moviera, sabría si se trataba de un simple gato callejero o de otra cosa.

—¡Lumos! —susurró Harry. Una luz apareció en el ex tremo de la varita, casi deslumbrándole. La mantuvo en alto, por encima de la cabeza, y las paredes del nº 2, recubier tas de guijarros, brillaron de repente. La puerta del garaje se iluminó y Harry vio allí, nítidamente, la silueta descomunal de algo que tenía ojos grandes y brillantes.

—¡¿Qué?! —chilló Ron asustado.

Se echó hacia atrás. Tropezó con el baúl. Alargó el brazo para impedir la caída, la varita salió despedida de la mano y él aterrizó junto al bordillo de la acera.

Sonó un estruendo y Harry se tapó los ojos con las ma nos, para protegerlos de una repentina luz cegadora...

Dando un grito, se apartó rodando de la calzada justo a tiempo. Un segundo más tarde, un vehículo de ruedas enor mes y grandes faros delanteros frenó con un chirrido exacta mente en el lugar en que había caído Harry.

Muchos suspiraron.

—Menos mal que tienes buenos reflejos —dijo Ginny aliviada.

Muchos asintieron con fuerza.

Era un autobús de dos plantas, pintado de rojo vivo, que había salido de la nada. En el parabrisas llevaba la siguiente inscripción con letras doradas: AUTOBÚS NOCTÁMBULO Durante una fracción de segundo, Harry pensó si no lo habría aturdido la caída. El cobrador, de uniforme rojo salto del autobús y dijo en voz alta sin mirar a nadie:

—Bienvenido al autobús noctámbulo, transporte de emer gencia para el brujo abandonado a su suerte. Alargue la va rita, suba a bordo y lo llevaremos a donde quiera. Me llamo Stan Shunpike. Estaré a su disposición esta no...

El cobrador se interrumpió. Acababa de ver a Harry que seguía sentado en el suelo. Harry cogió de nuevo la varita y se levantó de un brinco. Al verlo de cerca, se dio cuenta de que Stan Shunpike era tan sólo unos años mayor que él: no ten dría más de dieciocho o diecinueve. Tenía las orejas grandes y salidas, y un montón de granos.

—¿Qué hacías ahí? —dijo Stan, abandonando los bue nos modales.

—Me caí —contestó Harry.

—¿Para qué? —preguntó Stan— con risa burlona.

—No se ha caído a propósito —se quejó Lily algo molesta mientras James soltaba una risita.

—No me caí a propósito —contestó Harry enfadado.

Ambos se sonrieron.

Se había hecho un agujero en la rodillera de los vaque ros y le sangraba la mano con que había amortiguado la caí da. De pronto recordó por qué se había caído y se volvió para mirar en el callejón, entre el garaje y la valla. Los faros de lanteros del autobús noctámbulo lo iluminaban y era evi dente que estaba vacío.

Algunos volvieron a suspirar, más aliviados.

—¿Qué miras? —preguntó Stan.

—Había algo grande y negro —explicó Harry, señalando dubitativo—. Como un perro enorme...

Sirius no pudo evitar sonreír.

—Grande y negro... Como un perro... —repitió James sacando conclusiones—. No te habría dado por hacerle una visita a mi hijo, ¿No, Canuto?

Sirius se encogió de hombros aun sonriendo, fingiendo de mala manera. James intuyó que probablemente había sido el.

Se volvió hacia Stan, que tenía la boca ligeramente abierta. No le hizo gracia que se fijara en la cicatriz de su frente.

—¿Qué es lo que tienes en la frente? —preguntó Stan.

—Nada —contestó Harry, tapándose la cicatriz con el pelo. Si el Ministerio de Magia lo buscaba, no quería poner les las cosas demasiado fáciles.

Sirius asintió varias veces, con aprobación.

—¿Cómo te llamas? —insistió Stan.

—Neville Longbottom —respondió Harry, dando el pri mer nombre que le vino a la cabeza

Muchos soltaron una risita, incluido Neville.

—¿Y porque el nombre de Neville ha sido el primero que te ha ido a la cabeza? —preguntó Ron algo... ¿Celoso?

Harry se encogió de hombros y Draco, divertido, siguió leyendo.

—. Así que... así que este autobús... —dijo con rapidez, esperando desviar la atención de Stan—. ¿Has dicho que va a donde yo quiera?

—Sí —dijo Stan con orgullo—. A donde quieras, siempre y cuando haya un camino por tierra. No podemos ir por de bajo del agua. Nos has dado el alto, ¿verdad? —dijo, volvien do a ponerse suspicaz—. Sacaste la varita y... ¿verdad?

—Sí —respondió Harry con prontitud—. Escucha, ¿cuán to costaría ir a Londres?

—Once sickles —dijo Stan—. Pero por trece te damos además una taza de chocolate y por quince una bolsa de agua caliente y un cepillo de dientes del color que elijas.

—¡Un cepillo de dientes! —chilló Sirius emocionado—. ¡Y del color que elijas!

Harry rebuscó otra vez en el baúl, sacó el monedero y entregó a Stan unas monedas de plata. Entre los dos cogie ron el baúl, con la jaula de Hedwig encima, y lo subieron al autobús.

No había asientos; en su lugar; al lado de las ventanas con cortinas, había media docena de camas de hierro. A los lados de cada una había velas encendidas que iluminaban las paredes revestidas de madera.

Un brujo pequeño con gorro de dormir murmuró en la parte trasera:

—Ahora no, gracias: estoy escabechando babosas. —Y se dio la vuelta, sin dejar de dormir.

Muchos rompieron a reír.

—La tuya es ésta —susurró Stan, metiendo el baúl de Harry bajo la cama que había detrás del conductor; que esta ba sentado ante el volante—. Éste es nuestro conductor; Ernie Prang. Éste es Neville Longbottom, Ernie.

Algunos volvieron a reír, les parecía divertido que Harry se hiciera pasar por Neville.

Ernie Prang, un brujo anciano que llevaba unas gafas muy gruesas, le hizo un ademán con la cabeza. Harry volvió a taparse la cicatriz con el flequillo y se sentó en la cama.

—Vámonos, Ernie —dijo Stan, sentándose en su asien to, al lado del conductor.

Se oyó otro estruendo y al momento Harry se encontró estirado en la cama, impelido hacia atrás por la aceleración del autobús noctámbulo.

Neville sintió que se le revolvía el estomago, y es que solo con escuchar la descripción ya lo pasaba mal.

Al incorporarse miró por la venta na y vio, en medio de la oscuridad, que pasaban a velocidad tremenda por una calle irreconocible. Stan observaba con gozo la cara de sorpresa de Harry.

—Aquí estábamos antes de que nos dieras el alto —ex plicó—. ¿Dónde estamos, Ernie? ¿En Gales?

—Sí —respondió Ernie.

—¿Cómo es que los muggles no oyen el autobús? —pre guntó Harry.

—¿Ésos? —respondió Stan con desdén—. No saben es cuchar; ¿a que no? Tampoco saben mirar. Nunca ven nada.

—Vete a despertar a la señora Marsh —ordenó Ernie a Stan—. Llegaremos a Abergavenny en un minuto.

Stan pasó al lado de la cama de Harry y subió por una escalera estrecha de madera. Harry seguía mirando por la ventana, cada vez más nervioso. Ernie no parecía dominar el volante.

—¡Hey! —se quejó Sirius—. ¡Ernie es genial!

—¡Oh, Sirius! Pero reconoce que sin magia Ernie habría tenido mas accidentes que doscientos muggles juntos —bufó Lily.

—Eso no quita que sea genial —refunfuñó.

El autobús noctámbulo invadía continuamente la acera, pero no chocaba contra nada. Cuando se aproximaba a ellos, los buzones, las farolas y las papeleras se apartaban y volvían a su sitio en cuanto pasaba.

Los que no habían montado nunca en el solo podían admirar la descripción de Harry.

Stan reapareció, seguido por una bruja ligeramente ver de arropada en una capa de viaje.

—Hemos llegado, señora Marsh —dijo Stan con alegría, al mismo tiempo que Ernie pisaba a fondo el freno, haciendo que las camas se deslizaran medio metro hacia delante. La señora Marsh se tapó la boca con un pañuelo y se bajó del autobús tambaleándose. Stan le arrojó el equipaje y cerró las portezuelas con fuerza. Hubo otro estruendo y volvieron a encontrarse viajando a la velocidad del rayo, por un cami no rural, entre árboles que se apartaban.

Harry no habría podido dormir aunque viajara en un autobús que no hiciera aquellos ruidos ni fuera a tal veloci dad. Se le revolvía el estómago al pensar en lo que podía ocu rrirle, y en si los Dursley habrían conseguido bajar del techo a tía Marge.

Muchos volvieron a reír, recordando lo que le había hecho Harry a Marge.

Stan había abierto un ejemplar de El Profeta y lo leía con la lengua entre los dientes. En la primera página, una gran fotografía de un hombre con rostro triste y pelo largo y enmarañado le guiñaba a Harry un ojo, lentamente. A Harry le resultaba extrañamente familiar.

Muchos se tensaron, sabían quien era ese hombre sin ninguna duda. Sirius tragó saliva.

—¡Ese hombre! —dijo Harry, olvidando por unos momen tos sus problemas—. ¡Salió en el telediario de los muggles!

—¡Oh, ese Black! —dijo James de pronto y se giró hacia Sirius—. ¿Eres tú o no?

Stan volvió a la primera página y rió entre dientes.

—Es Sirius Black —asintió—. Por supuesto que ha sali do en el telediario muggle, Neville. ¿Dónde has estado este tiempo?

El silencio se apoderó del Gran Comedor en un instante.

James, con los ojos mas abiertos que Dobby, respiraba agitadamente.

Sirius cerró los ojos, preparándose para poder contestar en cuanto James preguntara,

Pero James no preguntó, permaneció sentado, pálido, y observando como Malfoy leía.

Volvió a sonreír con aire de superioridad al ver la per plejidad de Harry. Desprendió la primera página del diario y se la entregó a Harry.

—Deberías leer más el periódico, Neville.

Harry acercó la página a la vela y leyó:

BLACK SIGUE SUELTO

El Ministerio de Magia confirmó ayer que Sirius Black, tal vez el más malvado recluso que haya al bergado la fortaleza de Azkaban, aún no ha sido capturado.

Sirius no podía evitar girarse cada dos segundos hacia James, esperando alguna reacción por su parte. Pero James no le miraba, cada vez estaba más pálido y su respiración era mas agitada. Su mejor amigo había ido a Azkaban. A Azkaban.

«Estamos haciendo todo lo que está en nuestra mano para volver a apresarlo, y rogamos a la comu nidad mágica que mantenga la calma», ha declarado esta misma mañana el ministro de Magia Corne lius Fudge. Fudge ha sido criticado por miembros de la Federación Internacional de Brujos por haber in formado del problema al Primer Ministro muggle. «No he tenido más remedio que hacerlo», ha replicado Fudge, visiblemente enojado. «Black está loco, y supone un serio peligro para cualquiera que se tro piece con él, ya sea mago o muggle. He obtenido del Primer Ministro la promesa de que no revelará a na die la verdadera identidad de Black. Y seamos rea listas, ¿quién lo creería si lo hiciera?»

Mientras que a los muggles se les ha dicho que Black va armado con un revólver (una especie de va rita de metal que los muggles utilizan para matarse entre ellos), la comunidad mágica vive con miedo de que se repita la matanza que se produjo hace doce años, cuando Black mató a trece personas con un solo hechizo.

—¿Que? —preguntó Lily en un susurro, con la voz cortada—. Trece, trece... ¿Trece personas?

Sirius cerró los ojos momentáneamente, cogió aire y lo echó lentamente. Tenía menos miedo a mentir y decir que había matado a trece personas que decirles que Peter les había traicionado. Echó un rápido vistazo a Remus, era obvio que el sentía lo mismo.

—Eran mortifagos, ¿No? —preguntó Lily—. ¿Pero entonces porque te han llevado a Azkaban?

—Lily —dijo Remus con un hilo de voz—. Por favor.

Lily entendió al instante que no querían hablar. Suspiró. ¿Que había pasado? ¿Porque había ido realmente Sirius a Azkaban? Decidió dejarlo todo en duda hasta saberlo de una fuente confiable.

(N.A. ¿Como es posible que ahora todos aqui sepan que Sirius es inocente excepto James y Lily? ¡Que injusticia!)

Harry observó los ojos ensombrecidos de Black, la única parte de su cara demacrada que parecía poseer algo de vida. Harry no había visto nunca a un vampiro, pero había visto fotos en sus clases de Defensa Contra las Artes Oscuras, y Black, con su piel blanca como la cera, parecía uno.

Nadie dijo nada.

—Da miedo mirarlo, ¿verdad? —dijo Stan, que mientras leía el artículo se había estado fijando en Harry.

—¿Mató a trece personas —preguntó Harry, devolvién dole a Stan la página— con un hechizo?

—Sí —respondió Stan—. Delante de testigos y a plena luz del día. Causó conmoción, ¿no es verdad, Ernie?

James sentía que le crujía el corazón con cada frase, ¿Sirius había ido a Azkaban? ¿Había matado a trece personas? ¿Había habido testigos que podían probarlo? Sus manos temblaban. Se agarró las rodillas para que dejaran de hacerlo.

—Sí —confirmó Ernie sombríamente.

Para ver mejor a Harry, Stan se volvió en el asiento, con las manos en el respaldo.

—Black era un gran partidario de Quien Tú Sabes —dijo.

James bufó, aliviado.

—Entonces todo es mentira —aseguró convencido—. Ya decía yo... ¡Sirius seguidor de Voldemort! ¡Ja! Entonces no has matado a nadie, ¿No?

Todos miraron a James sorprendidos.

—Yo... —empezó Sirius sin saber bien que decir.

—Tienes razón —dijo Remus con una pequeña sonrisa ladeada—. Sirius no ha matado a nadie y, por supuesto, no es un seguidor de Voldemort.

James suspiró durante varios segundos, cerró los ojos, tragó saliva, los abrió, y sonrió. Feliz y aliviado.

—¿Pero entonces porque te mandaron a Azkaban? —preguntó Lily frunciendo el ceño.

Sirius se estremeció, odiaba recordar su vivencia en Azkaban.

—¿Y si nos enteramos por el libro? —sugirió Remus, sabiendo de la incomodidad de Sirius.

James y Lily asintieron.

—¿Quién? ¿Voldemort? —dijo Harry sin pensar.

Varios se estremecieron.

Stan palideció hasta los granos. Ernie dio un giro tan brusco con el volante que tuvo que quitarse del camino una granja entera para esquivar el autobús.

—¿Te has vuelto loco? —gritó Stan—. ¿Por qué has men cionado su nombre?

—Lo siento —dijo Harry con prontitud—. Lo siento, se... se me olvidó.

—¡Que se te olvidó! —exclamó Stan con voz exánime—. ¡Caramba, el corazón me late a cien por hora!

—Entonces... entonces, ¿Black era seguidor de Quien Tú Sabes? —soltó Harry como disculpa.

—No —aseguró James sin dudarlo un instante.

—Sí —confirmó Stan, frotándose todavía el pecho—. Sí, exactamente. Muy próximo a Quien Tú Sabes, según dicen... De cualquier manera, cuando el pequeño Harry Potter acabó con Quien Tú Sabes (Harry volvió a aplastarse el pelo contra la cicatriz), todos los seguidores de Quien Tú Sabes fueron descubiertos, ¿verdad, Ernie? Casi todos sabían que la histo ria había terminado una vez vencido Quien Tú Sabes, y se volvieron muy prudentes. Pero no Sirius Black. Según he oído, pensaba ser el lugarteniente de Quien Tú Sabes cuan do llegara al poder. El caso es que arrinconaron a Black en una calle llena de muggles, Black sacó la varita y de esa ma nera hizo saltar por los aires la mitad de la calle. Pilló a un mago y a doce muggles que pasaban por allí. Horrible, ¿no? ¿Y sabes lo que hizo Black entonces? —prosiguió Stan con un susurro teatral.

—¿Qué? —preguntó Harry

—Reírse —explicó Stan—. Se quedó allí riéndose.

Sirius tenía una sonrisaa triste y desganada.

Nadie dijo nada.

Y cuando llegaron los refuerzos del Ministerio de Magia, dejó que se lo llevaran como si tal cosa, sin parar de reír a mandíbula batiente. Porque está loco, ¿verdad, Ernie? ¿Verdad que está loco?

—Si no lo estaba cuando lo llevaron a Azkaban, lo estará ahora —dijo Ernie con voz pausada—. Yo me maldeciría a mí mismo si tuviera que pisar ese lugar, pero después de lo que hizo le estuvo bien empleado.

—No hizo nada —se quejó Lily tristemente—. Sirius no pudo haber hecho nada...

Sirius no estaba tan seguro de eso, el estaba convencido de que la muerte de James y Lily cargaba sobre sus hombros, el había sido el culpable de que murieran, y todo por hacerse el listo.

—Les dio mucho trabajo encubrirlo todo, ¿verdad, Ernie? —dijo Stan—. Toda la calle destruida y todos aquellos mug gles muertos. ¿Cuál fue la versión oficial, Ernie?

—Una explosión de gas —gruñó Ernie.

—Y ahora está libre —dijo Stan volviendo a examinar la cara demacrada de Black, en la fotografía del periódico—. Es la primera vez que alguien se fuga de Azkaban, ¿verdad, Ernie? No entiendo cómo lo ha hecho. Da miedo, ¿no? No creo que los guardias de Azkaban se lo pusieran fácil, ¿verdad, Ernie?

A pesar de la situación Sirius no pudo evitar sonreír.

—Si alguien tenía que ser el primero en escapar de Azkaban, sin duda, debía ser yo —dijo con orgullos y algunos llegaron a sonreír.

Ernie se estremeció de repente.

—Sé buen chico y cambia de conversación. Los guardias de Azkaban me ponen los pelos de punta.

—¿Y a quien no? —preguntó Sirius con un tono lúgubre.

Stan retiró el periódico a regañadientes, y Harry se re clinó contra la ventana del autobús noctámbulo, sintiéndose peor que nunca. No podía dejar de imaginarse lo que Stan contaría a los pasajeros noches más tarde: «¿Has oído lo de ese Harry Potter? Hinchó a su tía como si fuera un globo. Lo tuvimos aquí, en el autobús noctámbulo, ¿verdad, Ernie? Trataba de huir...»

Varios rieron por la imaginación de Harry.

Harry había infringido las leyes mágicas, exactamente igual que Sirius Black. ¿Inflar a tía Marge sería considerado lo bastante grave para ir a Azkaban?

Las risas aumentaron.

—¿En serio, Harry, en serio creías que te iban a llevar a Azkaban por eso?

Harry sonrió tristemente, no estaba de animo como para reír.

Harry no sabía nada acerca de la prisión de los magos, aunque todos a cuantos ha bía oído hablar sobre ella empleaban el mismo tono aterrador. Hagrid, el guardabosques de Hogwarts, había pasado allí dos meses el curso anterior.

Hagrid se estremeció al recordarlo.

Tardaría en olvidar la expresión de terror que puso cuando le dijeron adónde lo llevaban, y Hagrid era una de las personas más valientes que conocía.

Hagrid no pudo evitar sonreír ante eso, alegre de que Harry le considerara valiente.

El autobús noctámbulo circulaba en la oscuridad echando a un lado los arbustos, las balizas, las cabinas de te léfono, los árboles, mientras Harry permanecía acostado en el colchón de plumas, deprimido. Después de un rato, Stan recordó que Harry había pagado una taza de chocolate ca liente, pero lo derramó todo sobre la almohada de Harry con el brusco movimiento del autobús entre Anglesea y Aber deen.

—Te dio otra, ¿No? —preguntaron Hermione y Lily al mismo tiempo.

Harry se encogió de hombros, no recordaba haber tomado chocolate ese viaje pero tampoco quería que pensaran mal de Stan.

Brujos y brujas en camisón y zapatillas descendieron uno por uno del piso superior; para abandonar el autobús. Todos parecían encantados de bajarse.

Al final sólo quedó Harry.

—Bien, Neville —dijo Stan, dando palmadas—, ¿a que parte de Londres?

—Al callejón Diagon —respondió Harry.

—De acuerdo —dijo Stan—, agárrate fuerte...

PRUMMMMBBB.

Circularon por Charing Cross como un rayo. Harry se incorporó en la cama, y vio edificios y bancos apretujándose para evitar al autobús. El cielo aclaraba. Reposaría un par de horas, llegaría a Gringotts a la hora de abrir y se iría, no sabía dónde.

Varios tragaron saliva, preocupados, ¿Que locura habría hecho Harry?

Ernie pisó el freno, y el autobús noctámbulo derrapó hasta detenerse delante de una taberna vieja y algo sucia, el Caldero Chorreante, tras la cual estaba la entrada mágica al callejón Diagon.

—Gracias —le dijo a Ernie. Bajó de un salto y con la ayuda de Stan dejó en la acera el baúl y la jaula de Hed wig—. Bueno —dijo Harry—, entonces, ¡adiós!

Pero Stan no le prestaba atención. Todavía en la puerta del autobús, miraba con los ojos abiertos de par en par la en trada enigmática del Caldero Chorreante.

—Conque estás aquí, Harry —dijo una voz.

Algunos parpadearon, sorprendidos.

Antes de que Harry se pudiera dar la vuelta, notó una mano en el hombro. Al mismo tiempo, Stan gritó:

—¡Caray! ¡Ernie, ven aquí! ¡Ven aquí!

—¿Quien es? —preguntó Ginny algo nerviosa.

Harry miró hacia arriba para ver quién le había puesto la mano en el hombro y sintió como si le echaran un caldero de agua helada en el estómago. Estaba delante del mismísi mo Cornelius Fudge, el ministro de Magia.

—¿Que? —preguntaron muchos, incrédulos, mientras miraban a Fudge. Este se limitó a encogerse de hombros, quitandole importancia al asunto.

Stan saltó a la acera, tras ellos.

—¿Cómo ha llamado a Neville, señor ministro? —dijo nervioso.

Varios sonrieron, le habían descubierto.

Fudge, un hombre pequeño y corpulento vestido con una capa larga de rayas, parecía distante y cansado.

—¿Neville? —repitió frunciendo el entrecejo—. Es Harry Potter.

—¡Lo sabía! —gritó Stan con alegría—. ¡Ernie! ¡Ernie! ¡Adivina quién es Neville! ¡Es Harry Potter! ¡Veo su cicatriz!

Harry suspiró, algo molesto.

—Sí —dijo Fudge irritado—. Bien, estoy muy orgulloso de que el autobús noctámbulo haya transportado a Harry Potter; pero ahora él y yo tenemos que entrar en el Caldero Chorreante...

Fudge apretó más fuerte el hombro de Harry, y Harry se vio conducido al interior de la taberna. Una figura encorva da, que portaba un farol, apareció por la puerta de detrás de la barra. Era Tom, el dueño desdentado y lleno de arrugas.

—¡Lo ha atrapado, señor ministro! —dijo Tom—. ¿Que rrá tomar algo? ¿Cerveza? ¿Brandy?

—Tal vez un té —contestó Fudge, que aún no había sol tado a Harry.

Detrás de ellos se oyó un ruido de arrastre y un jadeo, y aparecieron Stan y Ernie acarreando el baúl de Harry y la jaula de Hedwig, y mirando emocionados a su alrededor.

—¿Por qué no nos has dicho quién eras, Neville? —le preguntó Stan sonriendo, mientras Ernie, con su cara de búho, miraba por encima del hombro de Stan con mucho in terés.

—Y un salón privado, Tom, por favor —pidió Fudge lan zándoles una clara indirecta.

—Adiós —dijo Harry con tristeza a Stan y Ernie, mien tras Tom indicaba a Fudge un pasadizo que salía del bar.

—¡Adiós, Neville! —dijo Stan.

Algunos rieron.

Fudge llevó a Harry por el estrecho pasadizo, tras el fa rol de Tom, hasta que llegaron a una pequeña estancia. Tom chascó los dedos, y se encendió un fuego en la chimenea. Tras hacer una reverencia, se fue.

—Siéntate, Harry —dijo Fudge, señalando una silla que había al lado del fuego.

—¿Que quería el ministro? —le preguntó Lily a Harry, curiosa.

—Lily... El libro está a punto de contarlo, ¿Que te parece si escuchas? —propuso James.

Harry se sentó. Se le había puesto carne de gallina en los brazos, a pesar del fuego. Fudge se quitó la capa de rayas y la dejó a un lado. Luego se subió un poco los pantalones del traje verde botella y se sentó enfrente de Harry.

—Soy Cornelius Fudge, ministro de Magia.

Por supuesto, Harry ya lo sabía. Había visto a Fudge en una ocasión anterior, pero como entonces llevaba la capa in visible que le había dejado su padre en herencia, Fudge no podía saberlo.

Fudge suspiró, ciertamente no lo había sabido, aunque ahora si que lo sabía.

Tom, el propietario, volvió con un delantal puesto sobre el camisón y llevando una bandeja con té y bollos. Colocó la bandeja sobre la mesa que había entre Fudge y Harry, y sa lió de la estancia cerrando la puerta tras de sí.

—Bueno, Harry —dijo Fudge, sirviendo el té—, no me importa confesarte que nos has traído a todos de cabeza. ¡Huir de esa manera de casa de tus tíos! Había empezado a pensar... Pero estás a salvo y eso es lo importante.

Lily frunció el ceño, ¿Que había pensado el ministro?

Fudge se untó un bollo con mantequilla y le acercó el plato a Harry.

—Come, Harry, pareces desfallecido. Ahora... te agradará oír que hemos solucionado la hinchazón de la señorita Marjo rie Dursley Hace unas horas que enviamos a Privet Drive a dos miembros del departamento encargado de deshacer magia accidental. Han desinflado a la señorita Dursley y le han modi ficado la memoria. No guarda ningún recuerdo del incidente. Así que asunto concluido y no hay que lamentar daños.

Lily frunció el ceño todavía más, ¿Así de fácil?

Fudge sonrió a Harry por encima del borde de la taza. Parecía un tío contemplando a su sobrino favorito. Harry, que no podía creer lo que oía, abrió la boca para hablar; pero no se le ocurrió nada que decir; así que la volvió a cerrar.

—¡Ah! ¿Te preocupas por la reacción de tus tíos? —aña dió Fudge—. Bueno, no te negaré que están muy enfadados, Harry, pero están dispuestos a volver a recibirte el próximo verano, con tal de que te quedes en Hogwarts durante las va caciones de Navidad y de Semana Santa.

Harry carraspeó.

—Siempre me quedo en Hogwarts durante la Navidad y la Semana Santa —observó—. Y no quiero volver nunca a Privet Drive.

Muchos asintieron, ellos tampoco querían que volviera.

—Vamos, vamos. Estoy seguro de que no pensarás así cuando te hayas tranquilizado —dijo Fudge en tono de preo cupación—. Después de todo, son tu familia, y estoy seguro de que sentís un aprecio mutuo... eh... muy en el fondo.

Fudge bufó, junto a muchos otros, estaba claro que no, no había nada de aprecio de los Dursley hacia Harry.

No se le ocurrió a Harry desmentir a Fudge. Quería oír cuál sería su destino.

—Así que todo cuanto queda por hacer —añadió Fudge untando de mantequilla otro bollo— es decidir dónde vas a pasar las dos últimas semanas de vacaciones. Sugiero que cojas una habitación aquí, en el Caldero Chorreante, y...

—Un momento —interrumpió Harry—. ¿Y mi castigo?

Varios miraron a Harry extrañados.

Fudge parpadeó.

—¿Castigo?

—¡He infringido la ley! ¡El Decreto para la moderada li mitación de la brujería en menores de edad!

—¿Es que quieres que te castiguen? —le preguntó Cho, curiosa, alzando una ceja.

—Bueno, es que me parecía raro este comportamiento —dijo Harry encogiéndose de hombros.

—¡No te vamos a castigar por una tontería como ésa! —gritó Fudge, agitando con impaciencia la mano que soste nía el bollo—. ¡Fue un accidente! ¡No se envía a nadie a Azka ban sólo por inflar a su tía!

Pero aquello no cuadraba del todo con el trato que el Ministerio de Magia había dispensado a Harry anterior mente.

Algunos asintieron, todo esto era sospechoso.

—¡El año pasado me enviaron una amonestación oficial sólo porque un elfo doméstico tiró un pastel en la casa de mi tío! —exclamó Harry arrugando el entrecejo—. ¡El Ministe rio de Magia me comunicó que me expulsarían de Hogwarts si volvía a utilizarse magia en aquella casa!

Si a Harry no le engañaban los ojos, Fudge parecía em barazado.

Todo era cada vez más extraño, ¿Que estaba pasando?

—Las circunstancias cambian, Harry... Tenemos que te ner en cuenta... Tal como están las cosas actualmente...

—¿Circunstancias? —preguntó Lily sin entender.

No querrás que te expulsemos, ¿verdad?

Muchos negaron con la cabeza rápidamente.

—Por supuesto que no —dijo Harry.

—Bueno, entonces, ¿por qué protestas? —dijo Fudge riéndose, sin darle importancia—. Ahora cómete un bollo, Harry, mientras voy a ver si Tom tiene una habitación libre para ti.

Fudge salió de la estancia con paso firme, y Harry lo siguió con la mirada. Estaba sucediendo algo muy raro. ¿Por qué lo había esperado Fudge en el Caldero Chorrean te si no era para castigarlo por lo que había hecho? Y pen sando en ello, seguro que no era normal que el mismísimo ministro de Magia se encargara de problemas como la utilización de la magia por menores de edad.

Todo esto era muy raro y, excepto los que lo sabían de antes, ninguno entendía el porque.

Fudge regresó acompañado por Tom, el tabernero.

—La habitación 11 está libre, Harry —le comunicó Fud ge—. Creo que te encontrarás muy cómodo. Sólo una peti ción (y estoy seguro de que lo entenderás): no quiero que va yas al Londres muggle, ¿de acuerdo? No salgas del callejón Diagon. Y tienes que estar de vuelta cada tarde antes de que oscurezca. Supongo que lo entiendes. Tom te vigilará en mi nombre.

—De acuerdo —respondió Harry—. Pero ¿por qué...?

—No queremos que te vuelvas a perder —explicó Fudge, riéndose con ganas—. No, no... mejor saber dónde estás... Lo que quiero decir...

Fudge se aclaró ruidosamente la garganta y recogió su capa.

—Me voy. Ya sabes, tengo mucho que hacer.

—¿Han atrapado a Black? —preguntó Harry.

Sirius no pudo evitar soltar un bufido, algo irritado.

Los dedos de Fudge resbalaron por los broches de plata de la capa.

—¿Qué? ¿Has oído algo? Bueno, no. Aún no, pero es cuestión de tiempo. Los guardias de Azkaban no han fallado nunca, hasta ahora... Y están más irritados que nunca. —Fudge se estremeció ligeramente—. Bueno, adiós. Alargó la mano y Harry, al estrecharla, tuvo una idea re pentina.

Muchos miraron a Harry extrañados, ¿Que se le habría ocurrido ahora?

—¡Señor ministro! ¿Puedo pedirle algo?

—Por supuesto —sonrió Fudge.

—Los de tercer curso, en Hogwarts, tienen permiso para visitar Hogsmeade, pero mis tíos no han firmado la autori zación. ¿Podría hacerlo usted?

—Bueno —admitió Percy—. Técnicamente, como ministro que es, tiene el poder para hacerlo.

Fudge parecía incómodo.

—Ah —exclamó—. No, no, lo siento mucho, Harry. Pero como no soy ni tu padre ni tu tutor...

—Pero usted es el ministro de Magia —repuso Harry—. Si me diera permiso...

—No. Lo siento, Harry, pero las normas son las normas —dijo Fudge rotundamente—. Quizá puedas visitar Hogs meade el próximo curso. De hecho, creo que es mejor que no... Sí. Bueno, me voy. Espero que tengas una estancia agra dable aquí, Harry.

Muchos sonrieron tristemente, Harry no podría ir ese año a Hogsmeade.

Y con una última sonrisa, salió de la estancia. Tom se acercó a Harry sonriendo.

—Si quiere seguirme, señor Potter... Ya he subido sus cosas...

Harry siguió a Tom por una escalera de madera muy elegante hasta una puerta con un número 11 de metal colga do en ella. Tom la abrió con la llave para que Harry pasara.

Dentro había una cama de aspecto muy cómodo, algu nos muebles de roble con mucho barniz, un fuego que crepi taba alegremente y, encaramada sobre el armario...

—¡Hedwig! —exclamó Harry.

Varios parpadearon varias veces, sorprendidos, ¿Que hacía la lechuza de Harry ahí?

La blanca lechuza dio un picotazo al aire y se fue volan do hasta el brazo de Harry.

—Tiene una lechuza muy lista —dijo Tom con una risi ta—. Ha llegado unos cinco minutos después de usted.

—¡Increíble! —dijeron muchos emocionados.

Harry sonrió, contento de que todos pudieran saber de la genialidad de Hedwig.

Si ne cesita algo, señor Potter; no dude en pedirlo.

Volvió a hacer una inclinación, y abandonó la habita ción.

Harry se sentó en su cama durante un rato, acariciando a Hedwig y pensando en otras cosas. El cielo que veía por la ventana cambió rápidamente del azul intenso y aterciopela do a un gris frío y metálico, y luego, lentamente, a un rosa con franjas doradas. Apenas podía creer que acabara de abando nar Privet Drive hacía sólo unas horas, que no hubiera sido expulsado y que tuviera por delante la perspectiva de pasar dos semanas sin los Dursley.

—Ha sido una noche muy rara, Hedwig —dijo boste zando.

Varios asintieron, todo había sido muy raro, pero realmente era una gran mejora.

Y sin siquiera quitarse las gafas, se desplomó sobre la almohada y se quedó dormido.

Varios sonrieron ante eso.

—Bueno, aquí acaba mi parte —dijo Malfoy soltando un suspiro y dejando el libro en el suelo.

Caminó sin prisa hasta su asiento, junto al de Astoria y se sentó algo nervioso.

—¿Y que, Draco? ¿Este año también te encontraste con Harry en el callejón Diagon?

Draco sonrió.

—Puede, tendrás que esperar para saberlo.

Astoria soltó un bufido.

—Yo leeré —dijo un alumno de Hufflepuff que Harry no conocía mientras caminaba hasta el libro. Lo cogió y leyó el titulo del siguiente capitulo en voz alta—: El Caldero Chorreante.


Y fin.

Con mis mejores deseos,

Mafalda Hopkirk.