Disclaimer: La mayoría de los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, sólo aquellos fuera de la Saga y la trama son de mi completa autoría.


CHAPTER 5

Dos días después estábamos celebrando la boda de Kate y Garrett, la ceremonia fue sencilla pero muy emotiva y ambos se veían de lo más felices, y al final de cuentas era eso lo que importaba. La tarde estaba cayendo, los pies me dolían de tanto andar de un lado a otro y ya había perdido la cuenta de los rollos de película que me había gastado tomando fotografías, me dejé caer con muy poca elegancia en la silla al lado de Giovanni, puse mi cámara sobre la mesa y tomé un gran sorbo de su copa de vino.

Mis ojos bagaron entre los presentes y se detuvieron en Edward que estaba sentado un par de mesas a la derecha, se notaba aburrido y giraba su copa entre sus manos de manera distraída. Desde aquella maldita llamada de Victoria las cosas entre nosotros estaban más tensas de lo que ya eran, no habíamos cruzado más que un par de palabras y solamente cuando era muy, pero en verdad muy necesario hacerlo.

—Mis padres han notado que algo no va nada bien entre Edward y tú, lo cual los ha inquietado bastante; sabes que te adoran y se preocupan por ti. Incluso mi padre consideró la idea de ir y patear el trasero de Edward.

Agnes y Maximilian Lowell, los padres de Gio y Kate, ellos se habían portado muy bien conmigo y me acogieron con los brazos abiertos como a una más de la familia. Cuando un par de días atrás llegaron para la boda y me encontraron en la casa, se alegraron de verme y me sometieron a un largo interrogatorio que con gusto respondí.

—¿Bella, qué pasó entre ustedes? —suspiré con frustración por la pregunta, negándome a responder—. Bueno, si no quieres decirme, me veré en la obligación de ir y preguntarle a él.

—Gio, en serio estoy de un muy buen humor hoy y tengo planes de terminar el día así. Por favor, no lo arruines ¿quieres? —alzó las manos en señal de rendición ante mi ácido tono—. Mejor, vayamos a bailar.

—¿No le molestará a tu prometido? —preguntó señalando con su cabeza hacia donde estaba sentado Edward—. No me apetece arruinarle la boda a mi hermana con una pelea.

—No tiene por qué molestarle —me encogí de hombros, tomé otro sorbo de vino y me puse en pie tendiendo mi mano en su dirección—. ¿Sabes? Es de muy mala educación rechazar a una dama.

Sonrió con diversión y se puso en pie tomando mi mano, bailamos un par de lentas canciones bajo la penetrante mirada de Edward que no se apartaba de nosotros y después regresamos a la mesa.

Ya por la noche los novios se despidieron, pasarían la noche en la mejor Suite del Auberge Du Soleil, un regalo de los padres de Kate; por la mañana tomarían un avión rumbo a Francia pero no se quedarían allí. Su destino final era la bella isla de San Bartolomé, donde pasarían tres largas y maravillosas semanas, algo que Kate no sabía pues Garrett había hecho los preparativos sin consultarle, quería darle una sorpresa y estaba segura de que lo lograría. Mientras los veía marcharse sonreí, Garrett se veía muy feliz y me alegraba por él, de corazón deseaba que su felicidad nunca terminara.

Me desperté sobresaltada, con la respiración agitada y el corazón latiéndome como si hubiese corrido por lo menos cien kilómetros. Sabiendo que, igual que siempre después de tener una de esas malditas pesadillas, no podría volverme a dormir de nuevo, me calcé unas pantuflas y salí de la cama.

Cuidando de hacer el menor ruido posible para no despertar a Edward, abandoné la habitación; salí de la casa y me senté en las escaleras del porche abrazándome para no sentir el frío de la madrugada.

—¿Tú tampoco podías dormir? —le pregunté a Giovanni cuando se sentó a mi lado, casi una hora después.

—No —apoyé la cabeza en su hombro y me abrazó, gesto que agradecí cuando sentí el reconfortante calor que desprendía su cuerpo—. ¿Qué es lo que te quita el sueño?

—Tuve una pesadilla —respondí de forma evasiva, esperando que entendiera que no me apetecía contarle.

—¿Quieres hablar sobre ello? —negué y por fortuna no insistió más sobre el tema—. Estás helada, debiste ponerte algo encima antes de salir.

Y es que usaba solamente mi pijama, un pantalón corto color verde seco y una blusa sin mangas en color gris claro; ni siquiera pensé en ponerme algo más abrigador antes de salir de la habitación. Por varios minutos permanecimos en silencio, simplemente observando como poco a poco comenzaba a esclarecer la mañana y el sol se levantaba casi de manera perezosa.

—Bella, he estado pensando mucho y...

—¡Oh madre mía, que Dios nos ampare! ¿Tú, pensando? —exclamé en tono de broma interrumpiéndolo y ambos reímos.

—Ya, en serio, ¿por qué no se van tú y Edward de campamento al lago por unos días?

—Ay Gio, ahora sí que te has vuelto total y completamente loco —dije separándome de él, lamentando casi al instante la perdida de su calor.

—No estoy loco, lo que ustedes necesitan es pasar tiempo juntos y solos para poder encontrar una solución a sus diferencias.

—Nuestras diferencias, como tú le llamas, ya no tienen una posible solución —me puse en pie y comencé a caminar de regreso a la casa.

—¡Bella, no seas terca y al menos piénsalo un poco! —fue lo último que escuché antes de entrar.

Subí sin prisas las escaleras y arrastrando los pies caminé por el pasillo hasta la habitación, Edward seguía durmiendo y no pude evitar soltar una risita al escuchar sus suaves ronquidos; siendo sincera me parecía algo increíble que pudiera dormir tan, al menos desde mi punto de vista, plácidamente en el suelo.

Caminé con sigilo hasta el armario, saqué un cambio de ropa y entre al baño para tomar una ducha. Mientras me duchaba no podía dejar de pensar en las palabras de Giovanni, tal vez tenía razón y esa acampada nos ayudaría, a Edward y a mí, al menos para tener una relación un poco más cordial.

Oh a quién diablos quería engañar, no podía tener un trato cordial con él, no sabiendo que prefería estar con cualquier otra mujer menos conmigo.

Salí del baño aún secando mi cabello y Edward ya estaba despierto, pero seguía tirado sobre las mantas en el suelo, me senté en la silla frente al tocador y comencé a desenredar mi cabello. El tiempo que tardé en hacerlo él no apartó la mirada de mí, me giré un poco para verlo a la cara y tras suspirar me decidí a contarle sobre la acampada que me había propuesto Giovanni.

—Gio habló conmigo hace un rato, me sugirió que acampáramos unos días en el lago antes de irnos —clavó la mirada en el techo y soltó una sarcástica risa, apreté los dientes sabiendo que haría un comentario que no me iba a gustar.

—Yo paso, en definitivo los tríos no son lo mío —conté mentalmente hasta diez para tranquilizarme y no tirarle el cepillo a la cabeza.

—Me refería a tú y yo, solos —maldito idiota, terminé para mí.

—¿Y por qué habríamos de hacerlo?

No dije nada más, estaba enfadada y no quería decir algo de lo que después me podría arrepentir, me puse en pie y salí de la habitación, era lo mejor para ambos.

Estaba por llegar a las caballerizas cuando vi a Giovanni bañando a Luna, dudé un momento pero al final terminé por acercame y en silencio le ayudé; estamos por terminar de cepillarle cuando él rompió el silencio que nos rodeaba.

—¿Cuándo se marcharan?

—Él... supongo que hoy o mañana. Yo me quedaré un par de días más; claro, si es que no te molesta —y en ese momento me di cuenta de un pequeño gran detalle, Giovanni solamente vestía unos viejos y desgastados vaqueros que a duras penas se detenían en los huesos de sus caderas.

Me sonrojé como una colegiala al ver su torso desnudo y con rapidez aparté la mirada, podía estar enamorada del idiota de Edward, pero eso no me volvía ciega o me impedía apreciar el hecho de que mi amigo era un hombre muy apuesto, más que apuesto a decir verdad. Los músculos bien definidos de sus brazos y abdomen, así como el color tostado de su piel y el fino camino de vello oscuro que se perdía dentro de sus pantalones, harían fantasear a cualquiera y yo no tenía porque ser una excepción.

—Sabes que esta es tu casa y puedes quedarte tanto tiempo como lo desees —tomó su camisa que estaba tirada en el césped y se la puso, aunque no la abotonó—. Anda, vayamos a desayunar que me muero de hambre.

Solté una exclamación de sorpresa cuando, sin previo aviso y sin que me lo esperara, me cargó sobre su hombro como si fuera yo un vil costal de papas y se echó a caminar.

Por más que chillé, pataleé y protesté para que me bajara no lo hizo, fue hasta que entramos a la casa que me dejó de nuevo sobre mis pies y me tambaleé un poco antes de que pudiera equilibrarme y no caer al piso; eso de estar con la cabeza colgando hacia abajo y el movimiento me habían mareado un poco. Edward estaba parado junto a la escalera y nos veía con enfado, su mirada se detuvo en la camisa desabotonada de mi acompañante y juro por mi madre que lo escuché gruñir como si fuera un... león embravecido.

Giovanni sonrió y besó mi mejilla antes de perderse escaleras arriba, diciendo que bajaría en un par de minutos para desayunar.

—Lo estuve pensando y está bien, iremos a esa dichosa acampada —siseó con los dientes apretados y todavía visiblemente molesto.

—Genial, me encargaré de todo. ¿Sabes montar? —asintió secamente y no pude evitar sonreír, espero que tu idea funcione, Gio; pensé mientras caminaba rumbo al comedor.

Terminé de armar mi tienda y me senté en una roca, Edward maldijo por lo bajo cuando su tienda se vino abajo, por segunda vez en la última media hora, y yo me reí de lo lindo ganándome una mirada envenenada de su parte que me obligó a callarme, aunque no a borrar la sonrisa de mi rostro.

Era una suerte para mí que Giovanni se encargara de enseñarme a armar una tienda de campaña, y más suerte aún, que después de tantos años me acordara paso a paso de cómo hacerlo. Subí los pies a la roca y abracé mis piernas pegándolas a mi pecho, apoyé la barbilla sobre mis rodillas y tuve que morderme la lengua para no estallar de nuevo en carcajadas cuando Edward gritó lleno de frustración y pateó su tienda de campaña, que seguía en el suelo y sin armar.

—¿Necesitas ayuda? —pregunté tras aclararme la garganta y clavó la mirada en mí, después en mi tienda de campaña y tras suspirar asintió no de muy buena gana.

Veinte minutos después su tienda de campaña estaba en pie, había comenzando a oscurecer y encendimos una fogata; puse una olla al fuego con agua a calentar para preparar café. Busqué el café entre las provisiones que había preparado para nosotros y me sorprendí al encontrar un par de botellas de vino, las cuales yo no había puesto ahí, pero podía apostar a que Giovanni sí lo había hecho. Tal vez esperaba que si nos embriagábamos lo suficiente, nos fuera más fácil hablar sobre nuestro pasado a Edward y a mí. Algo que definitivamente no iba a pasar.

Nos sentamos alrededor del fuego y con cuidado de no quemarme me serví un poco de café, Edward me imitó y por largos minutos estuvimos sumergidos en un incómodo silencio, silencio que él rompió y hubiese deseado que no abriera la boca.

—¿Y qué se supone que haremos tres largos días aquí? ¿Disfrutar de la agradable compañía? —su tono sarcástico me molestó, apreté con fuerza la taza entre mis manos y respiré profundo.

—Oh lamento tanto que no sea Victoria quien esté aquí contigo, estoy segura de que su compañía sí te sería muy grata.

—Sí, la verdad es que sí. Por lo menos ella no fue una perra conmigo por tres malditos años —mis ojos se llenaron de lágrimas y parpadeé para alejarlas, al menos hasta que estuviera a buen resguardo dentro de mi tienda—. No tienes idea de... de... ¡de cuánto te odio, Isabella!

—Si tanto me odias ¿por qué aceptaste casarte conmigo? —susurré con voz apenas audible.

—Fácil, porque aceptando vi la oportunidad perfecta para hacerte pagar —un escalofrío recorrió mi cuerpo ante la frialdad de sus palabras y la taza se deslizó de mis manos, hasta caer con un ruido sordo al suelo.

Mis piernas temblaban cuando me puse en pie, fue toda una odisea para mí llegar hasta mi tienda sin caerme y meterme dentro, me hice ovillo sobre la colchoneta y dejé que mis lágrimas rodaran por mis mejillas con libertad.

—¿Hacerme pagar? Yo ya he pagado por todos mis errores, te lo puedo jurar Edward —murmuré entre ahogados sollozos.

Minutos u horas después, no sabía con seguridad el tiempo que había estado llorando, cerré los ojos y me dejé llevar por el cansancio no tanto físico sino emocional, cayendo en un sueño plagado de sobresaltos y pesadillas.

El miedo me carcomía por dentro, quería gritar pidiendo auxilio pero no estaba segura de que alguien lograra escucharme y venir en mi ayuda. Después de todo, si hubiese alguien cerca ya habría venido al escuchar mis gritos cuando me golpeaban y lastimaban. Las lágrimas caían de mis ojos sin control y no dejaba de retorcer mis manos, tratando de liberarlas de la cuerda que las mantenía fuertemente sujetas por detrás de mi espalda, aunque eso ocasionara que las lesiones en mis muñecas empeoraran por el roce del áspero material y el lacerante dolor casi me dejara sin aliento.

No sabía cuánto tiempo había pasado desde que estaba encerrada aquí, pero lo que sí sabía era que debía encontrar una forma de escapar lo antes posible, antes de que terminaran por matarme; la persona que me mantenía cautiva estaba totalmente desquiciada y quería torturarme antes de terminar con mi vida, y no sabía cuánto tiempo más tenía planeado alargar mi tortura.

La puerta se abrió y mi cuerpo entero tiritó a causa del pánico, mi corazón martillaba con fuerza dentro de mi pecho y los golpeteos aumentaron al cuchar unos ligeros pasos acercarse. No había iluminación en el lugar donde me tenían, y la luz que se colaba por la puerta abierta apenas si me era suficiente para distinguir la silueta de mi captor.

Isabella, tu fin está tan cerca y la muerte será tu pago final —nunca antes me había hablado y mis ojos se abrieron por la sorpresa al reconocer su voz, no podía ver su cara, pero estaba segura de que era quien yo creía.

¿Por qué me haces esto? —murmuré con voz ronca e hice una mueca de dolor, mi garganta estaba irritada y dolía a causa de los agónicos gritos que soltaba cuando era lastimada.

¿Sabes qué es esto? —ignoró mi pregunta y agitó un pequeño frasco frente a mis ojos—. ¡Oh pero claro que no lo sabes! —se sentó a mi lado en el mugriento suelo y destapó el frasco—. Te daré una pequeña y educativa clase de química, así que escúchame con atención, ¿de acuerdo? No quisiera castigarte por no prestar atención a mis palabras. Bien, esto es ácido nítrico, un liquido viscoso y corrosivo que puede ocasionar graves quemaduras, una sola gota y disfrutaré como no tienes idea, escuchando tus patéticos lamentos.

¡No! ¡Por favor no lo hagas! —chillé llena de pánico y desesperación.

Vamos a divertirnos mucho, Isabella —con una de sus manos sujetó con fuerza mi rostro, posó el frasco justo por sobre mi cara y con lentitud comenzó a inclinarlo a un costado.

¡Para! ¡Para por favor! ¡Noooo! —grité sintiendo como mi garganta se desgarraba con cada uno de mis gritos.

EDWARD POV.

Vi a Isabella alejarse hasta entrar a su tienda, cerré las manos en puños y luché contra la necesidad de ir tras ella, agarrarla entre mis brazos y hacer hasta lo imposible por borrar la tristeza que mis palabras le causaron. Pensativo clavé la mirada en las llamas frente a mí, ya no estaba tan seguro de mi plan, ese que tan cuidadosamente armé y que se estaba torciendo cada vez más y estaba por salirse de mi control, si es que no lo había hecho ya.

Todo comenzó el día que la vi en el restaurante, me bastó una sola mirada de su parte para que el mundo se sacudiera con fuerza bajo mis pies, ese día mi plan comenzó a tomar un rumbo por demás distinto lo que tenía planeado y ya no había podido hacer nada para regresarle a su cause original. Una voz dentro de mí me gritaba que no diera marcha atrás, que ella debía y merecía pagar por lo que me había hecho. Más sin embargo una segunda voz había comenzado a hacerse notar y a cada día tomaba más fuerza, esa nueva voz me decía que me diera la oportunidad de conocerla, que ella ya no era la misma persona que había formado parte de mis verdugos y que ahora podía confiar en ella.

Suspiré con frustración y me puse en pie, el fuego había consumido casi por completo los leños, tomé la linterna y apagué los rescoldos que quedaban de la fogata antes de irme a mi tienda. Acomodé mis manos detrás de mi cabeza usándolas como almohada; odiaba acampar, nunca me llamó la atención ni cuando era un crío y sin embargo aquí estaba. Perdí los nervios al ver al idiota de Giovanni Lowell cargando a Isabella sobre su hombro y lo único que pude pensar en ese momento fue en que debía alejarla de él.

La idea de que él o cualquier otro la tocara, me hacía rabiar al grado de querer encerrarla en mi habitación y tirar la llave por el desagüe. Eso me confundía, pues a mí no tenía por qué importarme con quién salía o no siempre y cuando no lo hiciera público, después de todo era parte de nuestro trato: yo no me metería en su vida y ella no se metería en la mía.

—¡No! ¡Por favor no lo hagas! —el grito desesperado de Isabella me sacó de mis pensamientos, salí de la tienda de campaña lo más rápido que pude y casi arranqué la cremallera de su tienda en mis prisas por abrirla—. ¡Para! ¡Para por favor! ¡Noooo!

Dejé la linterna a un lado y me arrodillé junto a ella, un poco de mi preocupación se disipó al ver que no había nadie tratando de lastimarla y que sus gritos era producto de una pesadilla, una no muy agradable por lo que podía notar. Isabella se retorcía y su respiración era agitada, su cabello se pegaba a su frente a causa del sudor; había dejado de gritar y ahora sólo murmuraba palabras ininteligibles para mis oídos.

—Isabella —la sacudí ligeramente esperando que despertara—. Vamos despierta, es sólo una pesadilla —la sacudí un poco más fuerte y sus ojos se abrieron de golpe, su mirada desenfocada se clavó en mí, viéndome sin verme en realidad.

—Edward, por favor dile que no lo haga, que no me lastime más —murmuró con voz ronca y asustada.

—Tranquila, tuviste una pesadilla pero todo está bien.

—¡No, no está bien! Me quiere hacer daño, no se lo permitas. Ya no puedo soportarlo más —se incorporó con dificultad e hizo una mueca como si el movimiento le hubiese causado dolor—. Yo no quería... te juro que no quería... pero yo no sabía qué más hacer para que tú... —de pronto se quedó callada y se obligó a tomar un par de bocadas de aire—. Sé que me equivoqué y tomé la decisión errada, pero por favor ayúdame. Ayúdame Edward.

—Lo haré —murmuré sin saber qué más decir, era obvio que estaba en algún punto entre su pesadilla y la realidad—. No permitiré que nadie te lastime de nuevo.

—¿Lo prometes? —asentí y soltó un tembloroso suspiro—. Gracias —antes de que pudiera reaccionar ella estaba pegada a mí aferrándose con fuerza mi playera, como si fuera su tabla salvavidas.

Solté un sonoro suspiro y la rodeé con mis brazos, su cuerpo temblaba y se sacudía por los sollozos. Unos minutos después su respiración se volvió más pausada y tranquila, un claro indicio de que se había quedado dormida de nuevo, pero eso no hizo que aflojara su agarre en mi playera.

Era obvio que Isabella no tenía intención de soltarme y yo no podría dejarla sola después de lo ocurrido, así que cuidando de no despertarla me las arreglé para acostarnos a ambos sobre la colchoneta; algo cálido se extendió dentro de mi pecho cuando se acurrucó tanto le fue posible contra mi cuerpo y mis brazos la rodearon casi en un acto reflejo.

Isabella tenía la capacidad de despertar en mí un sentimiento que no sabía, o mejor dicho, no quería poder identificar. Era algo que no me había permitido sentir nunca antes por nadie y no quería comenzar a sentirlo ahora, y mucho menos por ella. Mi relación con la mujeres, se limitaba a pasar un buen rato juntos sin compromisos y después cada quien por su lado.

Nunca me había interesado tener una relación sentimental seria con nadie, pero un año atrás cuando conocí a Victoria, me replanteé las cosas y la forma en que estaba llevando mi vida; creí que podría haber algo más entre nosotros que sólo sexo ocasional pero no funcionó. Era una mujer guapa y no iba a negar que el sexo con ella era satisfactorio, más sin embargo no fue suficiente como para hacerme querer abandonar mi vida como playboy y sentar cabeza; ella aún cree que algún día se convertirá en mi esposa y que desde que estamos juntos no he tenido relaciones con otras mujeres.

Pero ahora todo había cambiado, la castaña que duerme entre mis brazos a puesto de cabeza mi mundo a tal grado, que desde que la vi en el restaurante no he podido ni deseado estar con ninguna mujer. Algo en ella me atraía como la luz a una polilla, y por más que trataba de alejarme no podía.

—Maldigo el día que volviste a entrar en mi vida, pero sobre todo maldigo el día que sin darte cuenta comenzaste a derribar mis barreras, esas que tanto me costó levantar —murmuré estrechando mi agarre a su alrededor, cerré los ojos y un par de minutos después terminé quedándome dormido.

Continuará...


¡Hola! Pues aquí está el nuevo capítulo, espero que les gustara. Como pudieron darse cuenta, las barreras de Edward están cayendo de a poco, pero al fin de cuentas cayendo. ¿Quién será la persona tras las pesadillas de Bella? ¿Alguna teoría? Les recuerdo que en el grupo de Facebook estaré publicando adelantos e imágenes relacionadas al Fic, si les interesa unirse encontraran el Link en mi perfil.

Muchísimas gracias a quieres agregaron la historia a alertas y favoritos (¡ya casi llegamos a los cien!), así como también un enorme gracias a quienes se tomaron un minutito de su tiempo para alegrarme el día con sus comentarios.

¿Algún review? =)

¡Hasta el próximo viernes!