Disclaimer: La mayoría de los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, sólo aquellos fuera de la Saga y la trama son de mi completa autoría.
CHAPTER 8
Llegamos al hotel y en cuanto entré a la habitación, tomé mi pijama y me encerré en el cuarto de baño para ducharme; mientras Edward se quedó en el recibidor viendo un programa de deportes en el televisor. Veinte minutos después salí del baño y conecté mi muerto móvil al toma corriente, estaba segura de que tenía mensajes de Alice, Rose y de mi madre como para pasar un buen par de horas sin hacer nada más que revisarlos.
De pronto una poco agradable sensación de ser observada me invadió, giré y me encontré con Edward apoyado en el marco de la puerta, su mirada estaba clavada en mi persona y parecía pensativo; sacudió un par de veces la cabeza y entró a la habitación.
—Voy a ducharme... y tal vez podamos ir a cenar después —parpadeé un par de veces confundida, ¿había escuchado bien y Edward me estaba invitando a salir?—. Claro, si es que no estás cansada por el viaje —estaba algo cansada, pero en definitivo no tanto como para negarme a salir con él.
—Sí, es una buena idea —asintió y sonrió antes de perderse dentro del baño.
En cuanto la puerta del baño se cerró, me tiré bocabajo en la cama enterrando el rostro en el colchón y chillé emocionada, aún no podía creer que hubiese tenido la iniciativa para invitarme a salir juntos. De un salto me puse en pie y corrí al armario, no tardé mucho en encontrar algo cómodo y lindo que ponerme: unos jeans ajustados, una blusa sin mangas color coral y unos zapatos color negro con un poco de tacón; apenas si me maquillaje y alisé mi cabello.
Saqué el anillo de compromiso de la cajita dentro de mi bolso, donde lo había dejado guardado, y me lo puse; me senté en el borde de la cama a esperar a Edward y no tuve que esperarle por mucho tiempo. Salió del baño con una toalla enredada en sus caderas y mi boca se secó ante la visión de su torso desnudo, de su cabello escurrían pequeñas gotitas de agua que resbalaban perezosas por su abdomen y tuve que echar mano de todo mi autocontrol, para no acercarme a él y seguir con mis dedos el camino que dejaban a su paso.
—Yo... te espero en el recibidor —sentí como el color subía a mi rostro, me puse en pie y casi corrí hacia la puerta.
—No tardaré —escuché que dijo antes de que cerrara la puerta tras de mí.
Diez minutos después estábamos caminando por las calles de Florida en busca de un lugar donde cenar, le había sugerido que nos quedáramos en el restaurante del hotel, pero Edward había insistido en buscar un lugar fuera.
—¿Qué opinas de quedarnos aquí por unos días? —preguntó deteniéndose de pronto.
—Si así lo quieres no tengo problema, pero ¿por qué quieres quedarte? —se encogió de hombros y tomó mi mano, entrelazando nuestros dedos.
—Me gusta aquel lugar —señaló con la cabeza el restaurante al otro lado de la calle.
El sitio daba la impresión de ser agradable, no era muy grande y no había muchas personas dentro del local, lo que le daba cierto aire de intimidad. Cenamos un delicioso pollo al romero acompañado con una botella de vino tinto, un Merlot según le escuché decir a Edward cuando lo pidió, y es que de vinos yo sabía más bien poco.
Durante la cena y por primera vez, Edward me habló sobre su tiempo como estudiante universitario en Londres, sobre el cómo había pasado de ser el nerd que conocí en la preparatoria hasta convertirse en el playboy que era ahora. La mención de la palabra nerd me tensó, él clavó la mirada en mí esperando por unos minutos a que dijera algo; a propósito había traído el tema a conversación y sabía que tarde o temprano tendríamos que hablar al respecto, pero aún no estaba preparada para mantener esa charla.
Al ver que no decía nada, suspiró con pesadez y pidió la cuenta. Cuando salimos del restaurante me sentía algo mareada, y es que el vino me había afectado un poco, eso y el rumbo final que había tomado nuestra charla.
Hacía un par de minutos que estaba despierta, mi corazón seguía latiendo desbocado y el sudor perlaba mi frente. Cuidando de no despertar a Edward me deslicé fuera de su abrazo y salí de la cama, tomé del armario una muda de ropa limpia y me metí al baño a ducharme; esta vez en mi pesadilla no había visto su cara, pero sí que pude escuchar con baste claridad sus dementes risas de placer al escuchar mis gritos llenos de agonía.
Salí del baño y a pesar de estar descalza caminé de puntillas por la habitación, tomé mi ordenador portátil, mi móvil y salí hacia el recibidor. Encendí la luz y me senté en uno de los sofás subiendo las piernas en el, aún no amanecía por completo y aprovecharía para revisar los mensajes de mis organizadoras de boda, eso me ayudaría a distraerme y no seguir recordando.
Tenía un centenar de mensajes en mi móvil, diciéndome que habían enviado imágenes a mi correo electrónico de las invitaciones, de los arreglos florales, de los vestidos de las damas de honor, del salón, de la mantelería y cristalería, así como también una lista del banquete. Pero lo más importante, palabras de Alice, era que debía echarle un ojo a los vestidos de novia y decirles por cual me decidía; pues era para lo único que necesitaban de mi opinión.
Un tanto recelosa abrí mi cuenta de correo electrónico, tenía la sensación de que los vestidos que habían elegido para mí no serían de mi agrado, sobre todo si los había elegido mi madre. El primero... no me parecía tan horrible a primera vista pero era esponjoso, tanto como para enredarte en el, caer y ahogarte entre tantas capaz de tela; definitivamente quedaba descartado, no quería que en lugar de una boda se celebrara un velorio. El segundo era un vestido corte sirena, escote tipo halter con efecto gargantilla y de encaje, no era horrendo y podía verme usándolo el día de mi boda. Pero sin duda el tercero era el indicado para mí, era un sencillo y hermoso vestido de corte imperio y escote en V, tenía un lindo cintillo de pedrería y no se necesitaban toneladas de tela para hacerlo. Sí, ese me gustaba.
—¿Qué haces aquí y a esta hora? —chillé y casi me caigo del sofá por el bote que di, al escuchar la voz de Edward detrás de mí.
—¡Me asustaste! —le reproché dándole una mirada envenenada.
—Lo siento, estabas de lo más entretenida y no escuchaste mis pasos —se sentó en el reposa brazos y se inclinó un poco para ver la pantalla del ordenador.
—¿Sabes? Es de mala suerte ver el vestido de la novia antes de la boda —giré la cabeza la suficiente para verle a la cara.
—No lo es si no sé por cuál te decides, además de que yo no creo en esas tonterías —besó el tope de mi cabeza y se puso en pie—. Me ducharé, iremos a desayunar y pasaremos todo el día fuera, ¿qué te parece?
—Suena como a un buen plan —respondí con una sonrisa.
Seguí revisando mensajes por varios minutos más, cuando terminé le envié un mensaje a Alice diciéndole que me decidía por el vestido número tres, y después llamé a Renée; la cual me reprendió por mi falta de sensibilidad y tenerla preocupada sin noticias mías por tantos días. Y es que desde el día que dejé Nueva York, no había hablado con ella.
Cuando Edward volvió estaba listo para irnos pero yo aún no lo estaba, corrí a la habitación y con rapidez me calcé unas cómodas sandalias planas, llevaba puesto un short y una blusa sin mangas que eran adecuados para el clima caluroso de Florida, por lo que no tuve que cambiarme de ropa; recogí mi cabello en una coleta alta y estaba lista.
Desayunamos en el restaurante del hotel, cuando terminamos no teníamos idea de a dónde podíamos ir, así que tomamos una dirección al azar y nos echamos a caminar sin rumbo alguno.
Varias horas después, Edward y yo caminábamos descalzos por la orilla de la playa con el agua mojando nuestros pies. Me agaché y tomé un puñado de agua entre mis manos que le lancé directo a la cara, reí y me eché a correr, con Edward pisándome lo talones, al ver el brillo travieso en sus ojos.
—¡Eddie! Pero qué maravillosa sorpresa encontrarte precisamente en este lugar, cariño —ambos paramos en seco al escuchar esa, en mi opinión, irritante y desagradable voz.
Me giré con lentitud, rogando a toda deidad que se me venía a la cabeza porque estuviera alucinando y no fuera ella, pero mis ruegos no fueron escuchados y ahí estaba una sonriente Victoria, enfundada en un diminuto biquini negro que no dejaba mucho a la imaginación.
—¿Qué haces aquí Victoria? —le preguntó Edward, su sonrisa se amplió y la muy perra se acercó a él apoyando las manos en su pecho.
—Necesitaba tomarme unos días libres —respondió con voz melosa, clavó sus ojos azules llenos de burla en mí y agregó—: Nunca me hubiese imaginado que tendría la fortuna de encontrarnos.
—Lo mejor es que me regrese al hotel.
—Totalmente de acuerdo, Eddie y yo necesitamos un tiempo a solas ¿verdad amor? —dijo Victoria colgándose del brazo de Edward.
—No, y no me llames Eddie —gruñó y se soltó de las garras de la zorra—. Bella, te juro que yo no...
—No tienes que darme explicaciones Edward, en serio. Anda, ve con ella, diviértanse y aprovechen su tiempo juntos.
—Ya déjala ir y mejor... —no me quedé a escuchar más, di media vuelta y me alejé con paso firme evitando echarme a correr, no iba a darle la satisfacción a Vitoria de ver que su presencia me había afectado.
Una vez estuve fuera de su vista, me puse de nuevo las sandaliasy me eché a correr, ¿cómo infiernos supo que estábamos aquí? Porque eso de que fue una casualidad que se lo crea su abuela, de alguna forma tuvo que conseguir la información y... ¡Oh mierda! ¡Fue Edward! Claro, por eso quiso que nos quedáramos por unos días más aquí, ambos se pusieron de acuerdo para verse. Pero si tanto quería verla ¿por qué no regreso él a Nueva York?
Cuando regresé al hotel el sol estaba cayendo, había estado caminando sin rumbo por horas y al final no supe cómo volver, por lo que tuve que tomar un taxi. Por fortuna antes de salir por la mañana había metido algo de dinero en el bolsillo de mi short y también la tarjeta que abría la puerta, así que esperaba que Edward y la zorra no estuvieran dentro de la habitación. Por favor, que no estén dentro, por favor; repetía en mi cabeza una y otra vez mientras abría la puerta.
—¿Dónde estabas? —solté un sonoro suspiro, cerré la puerta y apoyé la espalda en ella. Por lo menos Victoria no estaba con él, o al menos no estaba a la vista.
—Por allí —fue mi escueta respuesta y me apresuré a caminar rumbo a la habitación, pero no alcancé a dar más que algunos pasos, antes de que me alcanzara y su mano se cerrara en torno a mi brazo.
—Tenemos que hablar —él quería decirme que regresaba con Victoria a Nueva York, la muy zorra lo había convencido e iba a dejarme aquí botada.
—Sí, debemos hablar. Se acabo, Edward —me solté de su agarré y crucé los brazos a la altura del pecho, en un acto de defensa para no soltarme a llorar.
—¿Qué quieres decir con eso?
—¡Que ya no puedo más! Me rindo, puedes irte con Victoria o cualquier otra zorra que se cruce por tu camino, ¡no me importa lo que hagas! —le grité y frunció el ceño—. Creí que podríamos llegar a tener una relación distinta, pero me doy cuenta de que es algo imposible, que hay una brecha insalvable entre nosotros.
—Entre Victoria y yo no hay nada.
—No seas cínico Edward, sé muy bien que es la puta en turno que calienta tu cama —respiró profundo y pasó su mano entre sus cabellos un par de veces.
—No me he acostado con ella, ni con ninguna otra, desde que mis padres me dijeron que tenía que casarme contigo.
—Pues no te creo. ¡Vamos Edward! Eres el mayor playboy de Nueva York, ¿y quieres que crea no te has acostado con nadie en casi un mes? —cerró las manos en apretados puños, estaba molesto, muy molesto; pero yo lo estaba mucho más.
—Bella, estás alterada y...
—¡No quiero escucharte! —lo interrumpí, respiré profundo y cerré los ojos para contener mis lágrimas, lágrimas de pura rabia y dolor—. Yo hablaré con tus padres y con los míos, les diré que fui yo quien tomó la decisión de romper el compromiso. Ambos merecemos más que esto, y lo sabes bien Edward.
—¿Esto es lo que quieres? —preguntó con un bajo siseo, me saqué el anillo y se lo tendí.
—Sí, es lo que quiero. Quiero casarme con alguien que me ame, no con alguien que está obligado a hacerlo —me dio una mirada que no pude descifrar, tomó el anillo y salió de la habitación hecho una furia azotando con fuerza la puerta.
Mis piernas no me sostuvieron más y caí de rodillas al suelo, no retuve más tiempo mis lágrimas y dejé que corrieran libres por mis mejillas.
Después de un largo rato me puse en pie, sentía las piernas entumecidas y adoloridas por el tiempo que estuve arrodillada en el suelo, tambaleante caminé hasta la habitación y me hice ovillo sobre la cama. Es mejor que terminara ahora, duele, pero después hubiese sido mucho peor, me traté de convencer; una hora después, entre lágrimas y ahogados sollozos me quedé dormida.
Mi cuerpo tiritaba y mis dientes castañeaban, tenía mucho frío y estaba casi segura de que tenía fiebre; también podía asegurar que tanto las lesiones en mis muñecas, así como la mayoría de los distintos cortes que cubrían mi cuerpo, estaban seriamente infectados por la falta de atención médica y la suciedad en mi entorno.
Desde hacía mucho que había perdido la esperanza de que alguien me encontrara, ya había pasado demasiado tiempo y sabía muy bien lo que eso significaba, sólo me quedaba esperar que tuviera un poco de piedad para conmigo y terminara de una vez por todas con esto. Prefería mil veces morir, que seguir viviendo en medio de este maldito infierno.
Me sobresalté cuando la puerta se abrió con un fuerte golpe que hizo eco por todo el lugar y encendió la luz, desde que me dejara saber quien era siempre encendía la luz al entrar; sentí nauseas al escuchar sus pasos acercarse a mí, no tenía una idea exacta del tiempo que pasaba, pero sospechaba que por lo menos habían pasado un par de días desde la última vez que estuvo aquí.
—Apuesto a que me extrañaste y te alegra verme, odio los compromisos familiares que me mantienen fuera por tantos días —se acuclilló frente a mí y su sonrisa me heló la sangre.
—¿Por qué no terminas de una buena vez con esto? Hazlo ya, mátame ahora; no tiene caso esperar más —de una pequeña mochila negra sacó un cuchillo y lo dejó a su lado en el suelo.
—Oh no te preocupes más por eso querida, tendré piedad y por fin terminaré con tu sufrimiento —acercó su rostro a mí y como si temiera que alguien le escuchara murmuró—: Pero antes de hacerlo, terminaré con algo que dejé pendiente. ¿Recuerdas esto?
Agitó frente a mi rostro un pequeño frasco, al reconocerlo, mis ojos se abrieron de forma desmesurada por el pánico y las lágrimas no tardaron en aparecer; era el mismo frasco con ácido nítrico que me mostró la última vez que estuvo aquí.
—¡Veo que sí lo recuerdas! —chilló con desmedido entusiasmo.
—Por favor, no lo hagas y mátame...
—¡Cállate! No estoy de humor para escucharte, a menos que sea gritando de dolor, claro está —destapó el frasco y lo puso en el suelo.
Tomó el cuchillo, cortó la cuerda que sujetaba mis manos y solté un jadeo de dolor cuando jaló mi brazo. Pero eso fue nada comparado al agonizante dolor que inundó mi cuerpo, cuando la primera gota de ácido entró en contacto con mi piel.
Abrí los ojos y grité al mismo tiempo que me sentaba de golpe, tomé un par de profundas bocanadas de aire y cerré los ojos esperando que mi ritmo cardíaco volviera a la normalidad. Me odiaba por ser tan débil, por dejar que la presencia de Edward en mi vida hubiese triado de regreso toda esa mierda que tanto me costó dejar atrás.
—¿Estás bien? —me preguntó Edward entrando apresurado a la habitación, se sentó a mi lado en la cama y me examinó con la mirada—. Te escuché gritar.
—Estoy bien, fue sólo un mal sueño —doblé las piernas rodeándolas con mis brazos y pegándolas a mi pecho—. Creí que ya te habías marchado.
—¿En verdad quieres que lo haga? —no, no quería, pero no era lo mejor para los dos.
—Edward, es lo mejor para ambos —frotó su rostro con ambas manos un par de veces y suspiró.
—Bella, quiero que sigamos adelante con nuestro compromiso, que nos demos una oportunidad como pareja, una verdadera pareja. Yo... ¡Oh maldición! No puedo decirte que te amo con locura, pero lo que sí puedo asegurarte es que siento algo por ti —mi corazón se saltó un latido, para después comenzar a bombear con fuerza—. Nunca antes había sentido algo como esto por nadie, es confuso para mí y no estoy seguro de qué es o si vaya a llevarnos a alguna parte, pero quiero que lo descubramos juntos.
—Edward...
—Hablé con Victoria —me interrumpió—, le dejé en claro que entre ella y yo todo acabo —escuchar eso me gustó, y me gustó mucho, habría pagado una enorme fortuna por ver la cara que puso la zorra cuando Edward se lo dijo—. Sé que es difícil de creer, pero lo que te dije sobre que no me he acostado con nadie, es verdad. Depende de ti darnos una oportunidad, Bella.
—¿Y qué pasará si no funciona? —murmuré, alargó la mano y acarició con suavidad mi mejilla.
—Si no lo intentamos, nunca sabremos qué pasará.
—Está bien, veamos a dónde nos lleva esto —sonrió y se puso en pie, rebuscó dentro del bolsillo de su pantalón de donde sacó el anillo de compromiso, volvió a sentarse y tomó mi mano.
—Espero que esta vez se quede aquí —dijo deslizando el anillo en mi dedo.
—Bueno, eso ya lo veremos.
—Es tradición que el novio bese a la novia cuando le da un anillo de compromiso.
—Ya lo hiciste cuando... —no pude terminar la oración, pues sus labios se posaron sobre los míos.
Fue un simple roce, apenas una suave caricia, no hubo pasión ni una batalla de lenguas buscando dominar, pero fue suficiente para que mi pulso se acelerara y un cosquilleo recorriera mi cuerpo entero.
—Deberíamos dormir, por la mañana tenemos un avión que abordar —fruncí el ceño confundida por sus palabras—. Acabo de hacer las reservaciones, no quiero que sigamos aquí. Nunca debimos quedarnos, en primer lugar. Te juro que no sabía que Victoria estaba aquí, si lo hubiese sabido yo no...
—Algo bueno salió de todo este lío —interrumpí su acelerado discurso—, terminaste tu relación con ella. Y déjame decirte algo Edward Cullen, si quieres que las cosas funcionen entre nosotros, tendrás que olvidarte de seguir siendo el playboy que has sido hasta ahora.
—¿Celosa? —se acercó a mí y dejó un beso en la unión de mi cuello con la clavícula, para después recorrer con su nariz la extensión de mi cuello y sentí como mi cuerpo se volvía de gelatina.
—¿Te gustaría que yo tratara de ligar con otros hombres? —respondí con voz temblorosa.
—Bien, entendí el punto —se puso en pie y rodeó la cama, se acostó a mi lado y tiró de mí haciéndome caer de espaldas.
—¿A dónde iremos? —me abrazó y me acurruqué contra su cuerpo apoyando la cabeza en su pecho.
—Revisé tu itinerario, y seguiremos viajando tal y como lo tienes planeado.
—No puedo creer que hayas revisado mis cosas —le reproché enfadada.
Se rió y murmuró un: Descansa Bella, sus brazos se apretaron alrededor de mí y dejó un casto beso en mi frente. Unos minutos después sentí como su respiración se volvía más lenta y acompasada, se había quedado dormido pero yo no podía hacerlo.
Una idea comenzó a dar vueltas por mi cabeza, tal vez ya era momento de que Edward y yo por fin tuviéramos una larga y nada agradable charla, ahora que íbamos a darnos una oportunidadhabía cosas que él debía saber. Como el por qué fui parte de quienes hicieron de sus años en preparatoria un infierno, creerá que es una excusa tonta y hasta cierto punto cliché, pero aún así debo decirle; así como también tenía que saber el origen de los recuerdos que me atormentaban en mis pesadillas.
Continuará...
¡Hola por aquí! Espero que les haya gustado este nuevo capítulo y me hagan saber su opinión al respecto. Edward por fin mandó a volar bien lejos a Victoria y reconoció ante Bella que siente algo por ella, un gran avance por parte de nuestro Eddie. Les recuerdo que tengo grupo en Facebook, ahí estaré publicando imágenes relacionadas a la historia como también adelantos de la misma, les invito a unirsenos y si les interesa encontrarán el Link en mi perfil.
Muchísimas gracias a quienes agregaron la historia a sus alertas y favoritos, así como también un enorme gracias a quienes se toman un momentito para dejarme un review y alegrarme el día, no los respondo por falta de tiempo pero sepan que los leo todos y cada uno de ellos.
¿Algún review? =)
¡Hasta el próximo viernes!
