¡Hola de nuevo!
Aquí traigo el tercer OS, que dicho sea de paso, es un poco bastante más largo que los dos anteriores :').
Nick en FF: Jackilyn-San
1er concepto: Regalo.
2ndo concepto: Bufanda.
Summary: La joven de trenzas tiene ciertas dudas respecto a Ryoma, por lo que con la excusa del día tan especial de San Valentín intentará, con muchas dificultades, averiguar si tiene motivos para preocuparse.
Disclaimer: Los personajes y serie en sí de Prince of tennis pertenece a Konomi-sensei, la historia es de Jackilyn-San.
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Perseverancia
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Sakuno esperaba justo en la entrada de la Seishun Gakuen apoyada en el muro, junto a la placa con el nombre de la misma. Escuchaba a los demás estudiantes salir en grupos o parejas mientras conversaban, y estas últimas se acurrucaban y abrigaban más debido al frío.
Moviendo un poco las piernas para intentar que no se congelaran, se asomó de nuevo por si lo veía, pero nada. Ella había tenido entrenamiento, y en cuanto terminó, fue directa al club masculino que justo también terminaban, sin embargo, la persona que ella buscaba no pudo ir a entrenar. Tenía responsabilidad como encargado de la biblioteca. Pensó en ir a buscarle, pero prefirió quedarse fuera por si lo molestaba o incomodaba el saber que le estaría esperando.
Así llevaba quince minutos. Los suficientes para plantearse si era mejor irse antes que se convirtiera en un cubito de hielo, pero cuando lo vio a lo lejos, encogido en su abrigo y las manos en los bolsillos, todo aquel pensamiento se esfumó.
La cara de sorpresa en cuanto se mostró ante él no pasó desapercibida por ella.
—¿Ryuuzaki?
Sakuno tardó en hablar, pues se había quedado totalmente tiesa y la voz trabada. Se vio a sí misma jugar nerviosamente con el asa de su mochila, y la ansiedad subió más al creer en lo que él estaría pensando en esos momentos por su silencio.
—¡No seas tonta! ¡Díselo ya…!—Se regañó a sí misma.
—¿Ryuu-
—¡Ryoma-kun! —Aquella exclamación hizo dar un rebote a Ryoma—. ¡E-esto…!
Y entonces aparecieron Momo y Eiji de la nada entre risas, que cuando vieron a Ryoma cantaron victoria al poder atraparlo para llevárselo a comer hamburguesas. Al parecer, en cuanto terminaron los entrenamientos, decidieron esperar a Ryoma para ir a comer. Sin embargo, cuando la vieron a ella, se quedaron cortados y los miraron de hito en hito. Se disculparon pensando que habían interrumpido algo, pero Sakuno lo negó todo con amabilidad. También tuvo que rechazar la invitación de ir con ellos. Creía que no soportaría tanta presión y nerviosismo a la vez que comía. Estaba segura que acabaría vomitando.
Así es como, quedándose en la entrada, veía cómo los senpais se llevaban a Ryoma a rastras. Otro intento fallido.
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—¿¡Pero a qué esperas, Sakuno!?
Encogió los ojos a la vez que se llevaba las manos a las orejas ante su grito. La verdad, no se lo reprochaba a su amiga.
Le había contado lo sucedido y se indignó ante su inseguridad. Sakuno lo sabía, mejor que nadie, e intentaba remediarlo, pero le estaba costando muchísimo. Sobre todo cuando…
—¿Pero estáis saliendo, no es así? —reprochó Tomoka, que atrapaba a uno de sus hermanos de la camiseta y lo volvía a sentar en sus piernas. Cuando lo escuchó toser, le acarició el pelo y le volvió a acercar la cuchara con jarabe que hasta ese momento había logrado evitar tomar—. Ay, cuando uno resfría, se lo pega al otro…
Sakuno observó cómo los trataba, y ante la pregunta de ella, le asintió lentamente. O eso pensaba. Todo ocurrió muy extraño. No hubo siquiera declaración, pero… se notaba que algo había cambiado. Al menos al principio. De eso hará un mes… y ahora no conseguía coincidir con él. Quería ir a casa juntos, pero siempre tenía algo que hacer. O como ese día, que algún senpai se lo quitaba de las manos.
—Es… complicado, Tomo-chan. No es un chico que te diga a la cara que te quiere.
—Eso lo veía venir, sería muy raro en él. Se ve de alguien que lo demuestra con actos, ¡pero esta vez ni una cosa ni la otra! —comentó indignada—. ¡Sois la pareja más rara y complicada del universo!
—¡Tomo-chan!
—Bueno, vale, del universo no, pero sí la que conozco —Suspiró, dejando a su pequeño hermano sobre la alfombra para que jugara con el otro—. A ver, ¿habéis tenido al menos alguna cita?
El silencio inundó la habitación y Sakuno disimuló o intentó evadir esa pregunta jugando con los pequeños. Tomoka se quedó perpleja.
—Retomo mi palabra. ¡La más rara del universo! —Cuando vio la cara de su amiga, se ablandó—. Vale, vale… lo siento. Pero entre que tú eres muy tímida e insegura y Ryoma-sama es bien lento… no vais a llegar a ninguna parte. ¿Tienes al menos su teléfono o e-mail, verdad? Uf, menos mal. Vale, puedes mandarle un mensaje pidiéndoselo. «Ryoma-kun, tengamos una cita».
Sakuno puso morritos cuando escuchó el tonito último de Tomoka cuando intentó imitarla.
—No me gusta decir esas cosas por escrito…
—Bueno, un mensaje de voz —dijo, estirándose cuan larga era para llegar a uno de sus hermanos que intentaba comerse una hoja de papel, cuando se lo quitó, pudo ver que se trataba de un panfleto anunciando la cercanía del día de San Valentín. Ofertas de moldes para chocolate, etc. —. ¡Sakuno, mira! ¡Lo había olvidado! Ahora tienes más excusa para invitarle.
Sakuno tomó el papel y miró, sorprendiéndose e iluminándosele el rostro. Estaban a últimos de enero y en pocas semanas estarían por esas fechas de San Valentín. Lo había olvidado por completo. En años anteriores recordaba que conseguía hacer un chocolate para él pero terminaba por no dárselo nunca y, o se lo comía ella, o se lo daba a los hermanitos de Tomoka. Claro está que su amiga siempre le daba un sermón de una hora o más por su cobardía.
—¿Qué tal si en vez del típico chocolate le haces algún otro regalo? —Sugirió Tomoka—. Ya no eres una simple fan. ¡Eres su novia!
—Ca-calla, Tomo-chan —pidió avergonzada, aún no estaba acostumbrada—. Para mí el chocolate es algo tradicional del San Valentín, pero veré qué puedo hacer…
El pensar en darle un regalo que no sea chocolate o comida, la emocionaba, pero no sabía qué podría gustarle a Ryoma. Si era necesario, tendría que intentar tener más conversaciones con él y averiguar algo que necesite o desease tener.
Aunque eso iba a ser algo complicado para ella.
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Por las mañanas era imposible dar con Ryoma, pues se le pegaban las sábanas, y no le importaba esperarlo, pero siempre pensaba que la vería algo pesada. Pensó en hablar con él en alguna asignatura compartida, pero también era imposible. El profesor llegaba a la vez que los alumnos que compartían asignatura con los de su clase y no era posible hablar, añadiendo que Ryoma siempre se sentaba al final del aula.
La siguiente alternativa era la hora del almuerzo, donde era raro no encontrarlo en la azotea intentando dormir. Pero cuando la veía a ella con una caja de almuerzo dispuesta a compartir con él, Ryoma no se molestaba. Comida gratis, es comida gratis.
Mientras comían, sin algo que decir o contar, Sakuno lo miraba alternadamente de reojo, de su comida a él. Ryoma comía gustosamente de su almuerzo y al parecer ese momento era sagrado para el príncipe.
Sakuno se preparó una vez más, bueno, la primera vez en esa mañana, y decidió no ser en un principio tan directa. Si se ponía a pensar en la pregunta «¿Quieres tener una cita conmigo?»o «¿Celebrarás San Valentín conmigo?» era demasiado embarazoso.
—R-Ryoma-kun.
—Hmn —Él masticaba pero dio a entender que la escuchaba, sin embargo, no la miraba.
—V-verás… ¿v-volvemos a casa juntos?
Tras decir eso, sintió como si hubiera estado un buen rato sin respirar. Se regañaba a sí misma por ser tan ridícula por temer hacer incluso esa simple pregunta.
Ryoma detuvo el destino de aquella salchicha en forma de pulpo y la miró con un deje de sorpresa.
—¿Por qué?
—¿Eh…? ¿C-cómo que por qué…? —Lo miró desconcertada—. Y-ya sabes…
—¿El qué?
La cara de Sakuno se convirtió en un tomate maduro. Las palabras volvieron a estancarse en su garganta. ¿Qué tan difícil era decirle «Quiero caminar contigo como una pareja»? En serio.
Bajó la mirada rápidamente hacia su caja de almuerzo y movió los palillos nerviosamente por entre la comida que aún no se había comido. Sus labios se abrieron y se movían con intenciones de dejar emitir algún sonido.
—Q-quiero… —comenzó—. Yo quiero…
De nuevo. Sakuno apretó los ojos con fuerza y se odió a sí misma por ser tan cobarde. Pero de repente, unas palabras de Tomoka vinieron a su mente comentando que Ryoma era un chico que demostraba «afecto» con actos. ¿Por qué? Porque Ryoma debe ser tímido en realidad. O a eso llegó a la conclusión ella. Puede serle más fácil expresarse con sus acciones que con palabras.
Sakuno abrió los ojos y se colocó recta de repente, haciendo que Ryoma diera un respingo, pues se había inclinado extrañado pensando que le pasaba algo al estar encorvada.
—¿Ryuu…?—
—¡Ryoma-kun!
Había algo que quería averiguar.
Se acercó bastante sin querer y le había colocado una mano en la pierna, cosa que Ryoma no pasó desapercibido. Miró la mano dos veces, confuso, muy confuso. Y acto seguido, la vio acercándose mucho a su rostro, sin embargo, un rugido la detuvo. Su cara se volvió aún más roja de lo que ya estaba, y Ryoma decidió ponerle aquel pulpito de salchicha en la boca.
La puerta de la azotea se abrió de golpe.
—¡Echizen! —Era Horio, el inoportuno—. Te busca el tutor…
El chico de una ceja se quedó callado al verles en esa situación, incluso se sonrojó. Ryoma, tan natural, suspiró, se llevó lo último que le quedaba a la boca y le entregó la caja vacía a Sakuno. Luego, se levantó y salió con Horio y otro alumno, escuchándose demasiadas preguntas por parte de ambos sobre lo que había estado haciendo.
Sakuno permaneció ahí, quieta, aunque masticando lentamente el pulpito y pensando lo inoportuno que era su estómago. No sonó por hambre, cosa que pensó Ryoma, sino por simple capricho, o así le decía ella cada vez que le sonaba sin motivo alguno.
Deseó que la tierra se la tragara por tal vergüenza y que encima no hayan salido bien sus intentos de quedar con él. Tenía pensado sonsacarle algo en su marcha a casa.
Por ello, trató de esperarlo a la salida de clases pero, sorprendentemente, ya se había ido.
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Los siguientes días tampoco tuvo demasiado éxito. Su plan era volver a comer con él el almuerzo, pero los senpais volvían a hacer de las suyas y se llevaban a Ryoma antes que ella pudiera encontrarle primero.
Todo estaba resultando muy difícil.
—¿Se ha vuelto a ir a casa primero? —preguntó Tomoka muy sorprendida—. Vaya, sí que tiene prisas por llegar a casa. Sé que todos nos morimos de que llegue la hora de salir, pero sabemos que él se lo toma con mucha calma todo…
—A este paso no llegaré a ninguna parte…
—Hmn… lo que yo pienso es que deberías de improvisar y regalarle algo, lo que sea que tú le des, creo que bastará. Es la intención lo que cuenta. Seguramente es mejor así.
Sakuno también lo pensó así. Si seguía intentando averiguar los gustos del príncipe, llegaría el día de San Valentín y ella no habrá conseguido ningún regalo para él. Aunque, también había algo que la tenía inquieta. Miró a Tomoka, que estaba revisando sus apuntes de inglés. Si le contaba aquella inquietud que tenía, tendría toda la razón si volvía a afirmar que ellos eran la pareja más extraña que haya existido.
Pero por ahora, se dijo ella, se limitaría en pensar algo para Ryoma en San Valentín. Y ya tenía algo pensado.
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En cuanto consiguió lo que quería, se dedicó los siguientes días a quedarse hasta muy tarde debido al regalo para Ryoma. Por las mañanas incluso se despertaba sentada junto a su escritorio, a veces con la ropa puesta, o el uniforme, pues tras terminar las clases se daba prisa en recoger sus cosas y se iba rápidamente a casa, sin despedirse de nadie. Las únicas veces que tenía que prescindir de irse pronto son los días de entrenamiento. Incluso usaba la hora del almuerzo para adelantar, por lo que no se veía con el príncipe en ningún momento.
—Hmm… ¿qué es eso que las tienen tan chismosas? —Se preguntó Tomoka, sentada a su lado.
Sakuno alzó la mirada un momento de su trabajo y observó lo que Tomoka miraba. Algunas chicas de su clase estaban reunidas en un rincón y miraban algo muy entusiasmadas, se sonrojaban y a veces se les escapaba un gritito eufórico. La verdad, no se había dado cuenta de eso, tampoco es que le interesara. Pero Tomoka parecía fruncir el ceño y golpeteaba el suelo con el pie, cruzada de brazos. Picada.
—Seguramente hablan de algún programa o serie de moda… —comentó Sakuno, no dándole importancia.
—No sé yo… hmm…
Acto seguido vio a Tomoka acercarse a ellas con decisión de ver qué miraban tanto, pues tenían una fotografía en las manos de la que no paraban de babear, al parecer.
Sakuno siguió con lo suyo rápidamente al darse cuenta que se había distraído, y ya quedaba muy poco para San Valentín. Si Tomoka había conseguido enterarse de qué hablaban aquellas chicas, no se lo dijo, o tal vez ella no la escuchó.
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—¿Ryuuzaki?
Dijo un alumno que ya guardaba sus cosas para irse, miró dentro del aula y luego volvió a mirarlo.
—Al parecer no. Se habrá ido en cuanto sonó la campana. La verdad, no la culpo.
El joven que buscaba a Sakuno se extrañó, se miró la mano y volvió a meterla dentro del bolsillo, marchándose.
Por una vez que tenía el día libre, resulta que no estaba por ninguna parte.
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Hubo momentos en que tuvo que rehacer el regalo de Ryoma, se frustraba, y casi se rendía. Pero volvía a intentarlo de todos modos. Debido a esto, cercano a la fecha crucial del mes, se veía desvelándose muchísimo más que antes, tanto, que sólo dormitaba un poco antes que sonara su despertador.
En las clases, como es normal, casi no podía prestar atención sin morirse de sueño. Más de una vez Tomoka le daba con el codo para despertarla cuando casi caía presa de Morfeo.
Para colmo, descuidaba su salud. Estaban casi a mediados de Febrero, por lo que era invierno y el frío estaba aún patente. Tomoka la regañaba, pues se enteró por parte de su abuela que últimamente encontraba a Sakuno en su escritorio, no en la cama durmiendo. Tampoco tapada, a riesgo de pescar un resfriado.
Sakuno únicamente dijo que, si a esas alturas no había enfermado, no lo llegaría a hacer.
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No podía estar más equivocada.
Terminó el regalo la misma noche antes de San Valentín, y cayó rendida en donde estaba, su escritorio, como había estado haciendo últimamente. Por la mañana, despertó con destemplanza, no es que fuera una fiebre notable, pero sí un posible comienzo de resfriado. Sumire, su abuela, no se reprimió en regañarla, había sido advertida demasiadas veces y no había hecho caso.
Sin embargo, como el termómetro no marcaba realmente lo que podía llamarse «fiebre», Sakuno se salió con la suya y se preparó rápidamente para ir al colegio.
Aunque con las prisas olvidó los guantes y demás. Sumire no sabía qué haría con ella.
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Las clases le resultaron especialmente eternas ese día. Sentía su cabeza abombada, todo sonido, por pequeño que fuera, le era bastante molesto. Le dolía la cabeza. Su cara ardía, pero pasaba incluso cuando no tenía fiebre, simplemente eran efectos de comienzos de resfriado. Aún así no dejaba de ser molesto.
La medicina para el resfriado que le dio su abuela debía de tener unos efectos secundarios que le causaban sueño, peor que cuando no dormía nada, pues aunque sacudiera la cabeza o intentara hablar entre los cambios de clase con Tomoka para espabilarse, no lo conseguía. Ni siquiera el hecho de echarse agua en la cara.
—Tienes los ojos rojos, Sakuno, ¿estás bien? —Tomoka se acercó más a ella y le tocó la frente—. Te dije que te cuidaras…
—Lo siento, Tomo-chan, aunque estoy bien.
Tomoka no se lo creyó mucho, luego se giró al escuchar algo de barullo en la clase y en los pasillos. Probablemente también aprovechaban los cambios de clase para entregar chocolates o lo que fuera a los chicos. Vio a Horio incluso algo esperanzado cuando una chica le preguntó por alguien, entonces se desilusionaba y la mandaba a freír espárragos cuando no era para él, luego la chica se enfadaba y le golpeaba, dejándole marcado la mejilla con una mano roja.
Sakuno llevó inconscientemente la mano hacia su bolsa colgada en un lateral de su pupitre, para asegurarse que seguía ahí. Se puso nerviosa al instante al pensar el momento que tendría que dárselo, pero no se echaría atrás.
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Cuando terminaron por fin las clases y estaba recogiendo rápidamente para darle el encuentro al príncipe, alguien la llamó. Miró a su profesor, inquieta, pero acudió a su llamado. La charla que siempre temió debido a que últimamente pasaba adormecida las clases. Que su rendimiento había bajado. Por más que trataba de explicarse, aquel hombre la cortaba y le daba una larga charla sobre el futuro, así que no tuvo otra que callarse y escucharle hasta que se hartara y la dejase ir por fin.
Y así fue como el «bendito» profesor la retuvo por más de treinta minutos, y ya por eso Sakuno temió haber perdido la oportunidad de ver a Ryoma.
Cuando salió del aula, cabizbaja, se topó con chicas que aún intentaban dar chocolate a los chicos. Y entonces vio a Tomoka salir de los baños con una expresión como si acabara de haber hecho un trato ilegal de drogas.
—¿Tomo-chan?
Tomoka dio un brinco y se giró, pálida al verla.
—¡S-Sakuno!
Eso fue extraño, se dijo Sakuno. Tomoka no tartamudeaba nunca.
—Pensé que te habías ido a casa, ¿ocurre algo?
—Ah, no, no, ¿qué dices? —Intentó evadir Tomoka, meneando una mano.
Pero entonces notó que su otra mano estaba escondida tras su espalda, como si escondiera algo. Intentó asomarse pero Tomoka volvió a girarse, emitiendo una risita nerviosa. La chica de trenzas la observó con curiosidad, parpadeando, y al parecer, Tomoka, incapaz de ignorar aquella mirada inocente de su amiga, finalmente cedió. Le cogió la mano a Sakuno y le colocó algo, pero al revés, y seguidamente la miró a los ojos.
—Es difícil para mí dártelo, pero también sería cruel porque no me pertenece… —dijo, dramatizando—. Así que espero que la cuides bien, y no se la enseñes al… bueno, ya lo verás. Pero advierto, mírala cuando hayas salido de aquí, y sola.
No entendía nada, pero asintió de todos modos. Vio a su amiga bajar corriendo las escaleras y ella misma la imitó, más despacio. Total, seguramente Ryoma ya se habría ido a casa.
Ya en el taquillero, habiéndose cambiado los zapatos, sacó lo que le dio Tomoka, resultando ser una fotografía. Lo reconoció al instante, sorprendiéndose. Observó su atuendo como mesero, cómo sostenía una bandeja con bebidas, y que a pesar de ser un trabajo, llevaba aquellos cabellos revueltos que tanto le gustaban. Casi pegaba un grito de la impresión, pero logró contenerse. ¿¡Qué hacía Ryoma como mesero!? ¿Será eso lo que lo tenía tan ocupado…? ¿Por eso era el primero en irse a «casa»?
De repente, escuchó la voz fuerte de Momoshiro, que se había quedado hasta tarde por no haber entregado una tarea, y al parecer se despedía de alguien. Pero en cuanto escuchó «¡Ey, Echizen, ¿no vas a casa todavía?!» Sakuno entró en modo alerta. Se asomó un poco, y al verificar lo que había escuchado, se emocionó. ¡Tenía una oportunidad!
Rápidamente, se guardó la foto, no estaba segura si a Ryoma le haría gracia que ella tuviera una foto suya. Aunque, de pronto, le vino una duda. ¿Sería a ella a quien estuviera esperando? Porque estaba en la entrada parado, estaba segura que esperaba a alguien. Y visto que Momo se marchó, no era a él.
Sakuno sacudió la cabeza y se regañó a sí misma. Se dio valor en tener un poco de picardía y se encaminó hacia él. Cuando se iba acercando más, se iba fijando mejor. Ryoma estaba apoyado en el muro lateral, en la puerta, de brazos cruzados, y sin haberse dado cuenta, estaba medio corriendo a su encuentro, lo que la hizo toser un poco al parar.
Ryoma la miró al escucharla, despegándose de la pared.
—Ahm… Ryoma-kun —Sakuno tragó saliva—. E-esto… de-después de que termines lo que tengas que hacer… ¿vamos a casa juntos…?
La cara de Sakuno era un tomate, y temblaba, y no solo por el frío. A cada segundo que pasaba, pensaba que le iría a dar un paro en cualquier momento.
—No.
Lo miró con sorpresa y desilusión por un momento. ¿Había dicho…?
—Es broma —Suspiró Ryoma—. ¿Qué crees que hago aquí?
Le sacó la lengua y, tras meterse las manos en los bolsillos, se giró.
—Vamos.
Sakuno emitió un quejido infantil. Le había tomado el pelo.
Sin embargo, no tardó en alcanzarlo.
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Llevaban, desde que salieron del colegio, caminando sin hablar ninguno de los dos. Ahí Sakuno sí sintió un poco incómodo aquel silencio. Sus nervios estaban a flor de piel y no paraba de mirarlo de reojo, intentando buscar alguna señal de que a él le pasara lo mismo. Pero o lo escondía muy bien, o simplemente no le importaba.
Bueno, se dijo, si él no estaba dispuesto a hablar, lo haría ella. Tenía que acabar con eso si quería no quedarse sin darle el regalo, y además, empezaba a sentirse fatigada. Sus ojos picaban al igual que su garganta. Debido a esto último, tosía de vez en cuando.
Echó una mirada a la mano que sujetaba la bolsa con el regalo y la apretó más, aspirando profundamente. Y cuando tenía la intención de ponerle la bolsa delante de él, Ryoma se detuvo. Sakuno parpadeó.
—¿Ryoma…-kun?
Ryoma, por un momento, pareció tener la mirada perdida en un punto en concreto del suelo, pero luego se sorprendió por su comportamiento algo… ¿inquieto? Lo vio suspirar, pasarse la mano por el cuello y pelo para terminar de volver a meterla en el bolsillo del abrigo. Sakuno tuvo intenciones de volver a preguntar, nerviosa, pero Ryoma la calló con la mirada. Seguidamente, se volvió a sorprender al verlo acercarse a ella, y cuando lo tenía bastante cerca, Sakuno no pudo evitar enrojecer y cerrar los ojos con fuerza, pensando lo que creía que iba a suceder. Lo que la tenía inquieta e insegura.
Sin embargo, solo sintió su calor y sus manos frías en su nuca.
Permaneció quieta durante el rato en el que sentía las manos del príncipe hacer lo que estuviera haciendo. Solo con su contacto la estremecía, y no solo por sus manos heladas. Cuando dejó de sentir su calor y sus manos, a espera de algo que no sucedió, empezó a abrir lentamente los ojos.
Pestañeó, confusa. Ryoma se había alejado de ella y le daba casi la espalda, dándose calor en las manos. Sin decir nada.
Se llevó una mano al cuello donde había sentido sus manos y parpadeó, mirándose. Ella no tenía ese collar antes. Lo tomó entre sus dedos y se fascinó al ver su nombre decorado con pétalos de flor de cerezo. Le emocionó recibir ese regalo de su parte, pero no entendía la razón.
—Happy Birthday.
Alzó la mirada hacia él, con sorpresa. Ryoma la miraba de reojo, fijamente.
—¿C-cómo? —preguntó insegura.
—…Cumpleaños —murmuró Ryoma— Es hoy.
Sakuno permaneció callada un buen rato, mirando su collar y pensando en lo que había dicho Ryoma. La sonrisa no tardó en asomarse en sus labios. Estaba feliz. Sin embargo…
—Ahm... p-pero mi cumpleaños es el catorce de enero, no de febrero…
La expresión de Ryoma fue un tanto curiosa. Y como se le ensombreció por segundos, comprendió que la culpa puede haber sido de los senpais o por que escuchó mal la fecha. Pero se inclinaba por lo primero, porque les parecería gracioso y tierno que Ryoma regalase algo el día de San Valentín.
—Ah, pero… es precioso —Intentó rectificar, no quería que se sintiera idiota—. Me ha cogido por sorpresa y… me ha hecho feliz que hayas pensado en mí —Sonrió.
Ryoma emitió un gruñido, y ella supo que lo aceptaba, pero que de igual manera se estaría sintiendo estúpido.
De repente, una idea se le cruzó por la mente. Era demasiado obvio. Miró a Ryoma con un brillito en los ojos que lo hizo retroceder. Él tragó saliva y miró a otro lado, seguramente echando de menos su gorra.
No le diría que tenía en su poder una prueba de que él trabajó para pagar aquel collar, porque en primer lugar le quitaría la fotografía, y puede que luego estuviera todo el tiempo de mal humor. No quería echarlo a perder, pero sí pensaba decírselo cuando hayan pasado algunos días.
Después de todo eso, Sakuno se sintió con más valentía, y le alzó la bolsa a Ryoma, sorprendiéndole. No le dijo nada, y él cogió la bolsa y la abrió, sacando un paquetito en forma de corazón.
—F-feliz San Valentín, Ryoma-kun. Hay… algo más en la bolsa, ese es el chocolate.
Ryoma metió la mano y tanteó, mirándola.
—¿Una manta?
—¿Eh? No…
El príncipe sacó lo que él pensaba que era una manta, pues cuanto más tiraba, más tenía que alzar los brazos para sacarlo.
—Una manta —dijo Ryoma, convencido.
—E-es una…b-bufanda.
—Ah.
La chica de trenzas volvió a enrojecer y a sentirse mucho más avergonzada. Cuando tuvo que deshacer la bufanda hace algunos días, pensaba que no llegaría a tiempo, entonces tejió lo más rápido que pudo y ni siquiera midió. Pensó que Ryoma había crecido bastante y que así de larga le iría bien, pero ahora, viéndolo con ella en las manos, pensaba que se había pasado un poco… demasiado.
Suspiró desanimada y clavó la mirada en el suelo.
—B-bueno, puedes… usarla de manta… —Y estornudó, frotándose la nariz.
Ryoma la observó un momento, luego miró la supuesta bufanda y acto seguido la sorprendió envolviéndola con él en ella. Sakuno casi pensó que desfallecería al tenerlo tan cerca de su cara, pero su calor era muy agradable.
—¡A-ah, espera…! ¿R-Ryoma-kun?
—Calla.
—¡P-pero… pero…. t-t-tu cara está…!
No pudo terminar, pues unos labios la callaron al instante, y aunque no duró apenas el contacto, a Sakuno le temblaban mucho las piernas. En ese momento, aquella prueba le era más que suficiente para sentirse tranquila y sin dudas de lo que era ella para él.
Ryoma se acurrucó más y colocó mejor la bufanda.
—Vamos rápido, que hace frío —Sakuno le asintió con la cabeza, demasiado cortada para articular sonido.
Cuando iban a seguir caminando, Ryoma parpadeó al ver algo en el suelo, y no tuvo que agacharse a cogerlo porque lo reconoció en seguida. Ante su semblante, Sakuno también miró y ella empalideció. ¡La foto!
—E-esto, Ryoma-kun…
Ryoma no dijo nada.
—¿Ryoma-kun…?
Sakuno tragó saliva al no recibir respuesta, ¿se había enfadado?
—¿Quién más lo ha visto?
—¿Eh? Ahm… no lo sé. Esta me la dio Tomo-chan…
—Ajá.
Ryoma no dijo nada más.
La chica era totalmente ajena a los pensamientos oscuros que tendría el príncipe hacia su amiga Tomoka. Lo que no sabía era que esa foto era una copia que tenían las demás chicas, por ende, le había visto casi todo el instituto.
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¡Espero que lo hayáis disfrutado!
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¡Mañana más!
