Disclaimer: La mayoría de los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, sólo aquellos fuera de la Saga y la trama son de mi completa autoría.


CHAPTER 18

Dos días después del accidente a Jane le daban el alta, no fue sorpresa para nadie que Giovanni decidiera quedarse en la cuidad a cuidar de su convaleciente novia, la cual dicho sea de paso estaba feliz más que encantada con eso; dejando por completo el manejo del viñedo en manos de sus trabajadores de más confianza. Después de hablar con Charlie, y éste me asegurara una y otra vez que James estaba bien vigilado y seguía en Oklahoma, me quedé más tranquila y llegué a la conclusión de que el chico involucrado en el accidente no tenía nada que ver con James, que todo había sido una gran coincidencia y nada más.

Edward y yo comenzamos a preparar todo para la llegada de nuestra hija, aún faltaban algunos meses pero no le dimos importancia al tiempo, era mejor tener todo en orden a hacerlo de carrera y a ultimo momento.

Así pues pasamos un par de semanas pintando la habitación de nuestra hija, ni él ni yo queríamos el típico color rosa en las paredes y decidimos simplemente jugar con los colores y formas creando coloridos murales; al final teníamos una pared pintada de color azul cielo, con un hermoso castillo flotante en tonos de lila entre esponjosas nubes blancas y una manada de pegasos de distintos colores y tamaños. La siguiente pared estaba pintada en colores blanco y verde simulando un campo de pasto, unos cuantos árboles de manzanas con algunas ardillas, un par de conejos, mariposas y flores de varios tipos, así como un lindo sol; le daban color y vida a la escena. La tercera pared era una jungla en distintos tonos de verdes, con altos árboles, algunas jirafas, elefantes y monos, estos últimos colgando de las ramas de los árboles. La ultima pared era un ventanal con vista al jardín, donde colocaríamos cortinas blancas con rosas purpuras estampadas.

—La mecedora por allá, justo cerca del ventanal —asentí cuando el mueble quedó justo donde lo quería. Los muebles para la habitación habían llegado esta mañana, y por la noche, al fin el lugar estaba listo.

—Y bien, ¿qué te parece? —di un último recorrido a la habitación con la mirada y sonreí.

—Quedó simple y sencillamente hermosa —murmuré emocionada. Edward se arrodilló frente a mí y posó ambas manos sobre mi enorme vientre, de ya veinticinco semanas.

—¿Escuchaste lo que dijo tu madre, cariño? Tu habitación quedó hermosa —una patadita fue la respuesta de nuestra pequeña a las palabras de su padre—. Creo que eso fue un: sí papi, lo escuché y estoy impaciente por verla.

—Y nosotros estamos impacientes por verte a ti —dije acariciando mi vientre con suavidad y ambos reímos, cuando una nueva patadita se dejó sentir.

—Amo sentir sus movimientos, no sé... sentirla moverse es algo maravilloso que le da realismo a la situación. Hay momentos en los que aún me parece increíble, que estemos a unos meses de ser padres —sabía perfectamente a qué se refería, pues con frecuencia a mí me pasaba igual.

—¿Tienes miedo a fracasar como padre? Porque la verdad yo estoy aterrada —confesé con voz baja, apenas lo suficiente audible como para que me escuchara; se puso en pie y con delicadeza acuñó mi rostro entre sus manos.

—Sí, tengo más miedo de lo que puedo llegar a admitir. Pero estamos juntos es esto, y juntos lo haremos genial —asentí y me moví hasta que mis labios alcanzaron los suyos, uniéndose en un beso pausado y lleno de ternura—. ¿Te he dicho ya cuánto es que te amo?

—Sí, lo has hecho. Pero justo ahora no quiero precisamente escucharlo, lo que quiero, es que me demuestres cuánto me amas —musité con voz baja al tiempo que pasaba mis manos por su pecho con suavidad, en una insinuante caricia—. ¡Bájame Edward, no quiero que me vayas a tirar! —chillé cuando sin previo aviso, me cargó en brazos y comenzó a caminar fuera de la habitación.

—¿Sabes? Tu desconfianza me hiere, cariño —no era que desconfiara... ¡Oh está bien! Sí que desconfiaba, pero es que con el embarazo había ganado varios kilos de más.

En cuanto entramos a la habitación y mis pies tocaron de nuevo el suelo, con manos ansiosas comencé a quitar su ropa al igual que él quitaba la mía, los últimos dos meses habían sido un tanto... descontrolados; los cambios hormonales en mi cuerpo habían provocado un incremento bárbaro en mi apetito sexual, llevándome a saltar sobre Edward a la menor oportunidad que se me presentaba.

¡Por todo lo sagrado! En los últimos dos meses Edward y yo habíamos hecho el amor en más ocasiones, que a lo largo de nuestros casi tres años de matrimonio; lo cual era ya mucho decir teniendo en cuenta que nuestra vida sexual era muy activa.

—Benditas sean tus alocadas hormonas —casi una hora después, ambos estábamos recostados en la cama el uno frente al otro.

—Eres de los afortunados que sus embarazadas esposas, no los tienen en sequía durante todo el embarazo —murmuré con voz divertida y soltó una carcajada—. He estado leyendo sobre embarazos y hay mujeres a las que no les apetece tener relaciones con sus parejas.

—Pobres desgraciados —estiró la mano y quitó un mechón de cabello que caía por mi frente—, no saben lo que es que tu hormonal esposa te asalte en la ducha, la sala, la cocina, o llegué y te asalte en tu oficina. Créeme que no volveré a ver igual mi escritorio —mis mejillas comenzaron a sentirse calientes al recordar aquel día, Edward había tenido que ir a su oficina por un par de horas y yo pues... Bueno, el caso es que el escritorio había sido testigo de un caliente y apasionado encuentro con mi marido.

—Ni me lo recuerdes, no podré ver a Amber de nuevo a la cara sin morirme de vergüenza —y es que no habíamos sido discretos precisamente, al salir de la oficina y ver la enrojecida cara de Amber supe que nos había escuchado—. Tengo sed, ¿podrías traerme jugo de la nevera? —me apresuré a cambiar el tema.

—Claro, ahora vuelvo —besó la punta de mi nariz para después salir de la cama, buscar sus bóxer en el piso y ponérselos.

—¡Que sea de manzana! —le dije antes de que saliera de la habitación.

Con movimientos torpes me puse en pie, escaneé la habitación en busca de mis bragas pero no las encontré, y aunque las hubiese encontrado no habría sido capaz de agacharme a tomarlas; así que saqué unas del cajón de mi ropa interior y busqué un cómodo camisón en el armario, me vestí y volví a meterme a la cama. Solté un bostezo y luché por mantener los ojos abiertos pues realmente tenía sed, pero cuando un par de minutos pasaron y Edward no regresó, cerré los ojos y me quedé profundamente dormida.

Una sensación de vacío en el estomago me despertó, quise ignorarla pero el gruñido que resonó después no me permitió hacerlo, encendí la lampara de noche y mordí mi labio inferior indecisa entre que hacer al ver que eran las 3:00 de la mañana. Solté un pesado suspiro y removí un poco a Edward para despertarlo, lo intenté un par de veces más pero sólo obtuve como respuesta un par de palabras que no logré entender y más de sus ruidosos ronquidos.

—Por lo visto despertar a tu padre es una misión imposible —le dije a mi bebé, salí de la cama y del armario tomé un pantalón de chándal, una playera y un sudadera.

Me cambié y recogí mi cabello en una coleta desordenada, me calcé unas zapatillas deportivas y tomé algo de dinero de mi bolso; antes de salir de la habitación traté de despertar una vez más a Edward pero de nuevo no tuve éxito. Así que con calma y encendiendo luces a mi paso, bajé las escaleras y salí de la casa, abrí la puerta del coche y estaba por entrar, cuando la voz de un molesto y adormilado Edward me detuvo.

—¿A dónde vas Isabella? —rodeé los ojos y di media vuelta quedando frente a él.

—Tu hija tiene hambre y no pude despertarte, así que iba a buscar yo misma la pizza de anchoas con piña y pimiento rojo que quiere —respondí cruzando los brazos y haciendo un infantil puchero.

—Pizza de anchoas con piña y pimiento rojo, ¿es en serio Bella? —le di una mirada asesina y negó divertido alzando las manos—. Okay, ya voy a buscarla.

—¡Gracias, eres el mejor! —le di las llaves del coche y comencé a caminar de regreso a la casa, pero entonces caí en cuenta de algo y me detuve—. Amor, no tienes idea de lo sexy que te vez y lo mucho que me gusta verte usando solamente esos ajustados bóxer, pero debes ponerte algo más encima antes de irte.

Edward frunció el ceño y bajó la mirada, al notar que lo que le decía era verdad, sus mejillas se tiñeron de un suave tono rosado y corrió dentro de la casa.

Fui directo a la cocina y saqué de la nevera el envase de jugo de manzana, busqué el jarabe de chocolate y tomé un vaso de la alacena; llevé todo a la sala y me senté a esperar que Edward volviera con la pizza. Sobre la mesita de centro se encontraba el libro de nombres que Edward y yo habíamos estado revisando desde hacía días, lo tomé y comencé a pasar las hojas encontrándome con varios nombres marcados, todos elegidos por mi marido, pues él sería quien eligiera el primer nombre de nuestra hija y yo el segundo. Yo ya tenía elegido el nombre y esperaba que a Edward le gustara, aunque sospechaba que al principio iba a negarse y me costaría convencerlo.

—Es una suerte que la pizzería estuviera abierta —dejé el libro de nuevo sobre la mesita al escuchar a Edward llegar.

—Totalmente de acuerdo contigo, cariño —se sentó a mi lado y abrió la caja, me apresuré a tomar un trozo, le tiré un poco del jarabe de chocolate por encima y le di un buen mordisco—. Está buenísima, ¿quieres?

—No, yo no... no tengo hambre —me encogí de hombros al ver la mueca de desagrado en su rostro y seguí comiendo—. ¿Vas a decirme el nombre que elegiste?

—Nop, por sino lo recuerdas tenemos un trato: ninguno de los dos sabrá el nombre que el otro eligió, hasta que nuestra hija nazca.

—Lo recuerdo, pero quiero saber tu elección para poder hacer la mía —negué y suspiró con pesadez—. Bien, como quieras. Pero después no me culpes si los nombres de nuestra hija no combinan.

—Sí lo harán, ya verás —sonreí y tomé un buen sorbo de jugo.

—Deberíamos regresar a dormir, en unas horas más tengo que ir a la oficina —eso fue suficiente para que se me fuera de golpe el apetito, Edward iba de vez en cuando un par de horas a su oficina y no me alegraba mucho tener que quedarme sola.

—¿Es necesario que vayas? Carlisle dijo que te ayudaría con los pendientes.

—Lo siento amor, te juro que si mi presencia no fuera realmente necesaria, no iría. Además, recuerda que mis padres están de vacaciones —dejé lo que me quedaba del trozo de pizza en la caja y parpadeé en un intento por alejar las lágrimas que llenaron mis ojos, pero no pude retenerlas y comenzaron a rodar por mis mejillas. ¡Malditas hormonas!—. Oh no llores cariño.

—Es que no... me gusta quedarme... sola —murmuré entre hipos y sollozos, me abrazó y escondí el rostro en el hueco de su cuello.

—No estarás sola, recuerda que los chicos vendrán a hacerse cargo de los preparativos para la parrillada —ah cierto, la dichosa parrillada.

Jane, Alice, Jasper, Rosalie, Emmett y los niños vendrían a comer a la casa; Giovanni había tenido que ir unos días a Napa pero prometió llegar a tiempo para comer con nosotros. Mis padres no vendrían, estaban en medio de un crucero por el Caribe junto con mis suegros.

—Sólo espero que Emmett y Jasper no terminen incendiando la casa —dije y ambos reímos. Limpié el rastro de las lágrimas en mis mejillas y me puse en pie—. Bien, pues vamos a dormir.

Por la mañana Edward me despertó antes de irse y se despidió de mí con un casto beso en los labios, se inclinó lo suficiente como para que sus labios casi rozaran mi vientre y murmuró un: cuida de tu mami mientras yo no estoy, ¿de acuerdo princesa? Como ya era costumbre, el movimiento de nuestra hija ante la voz de su padre no se hizo esperar; antes de salir de la habitación, me dijo que si quería podía ir con él a su oficina donde podríamos repetir la experiencia de hacer el amor sobre su escritorio. Molesta y avergonzada a partes iguales, le lancé una almohada que por desgracia esquivó con facilidad.

Un par de horas después me levanté, me di una ducha y bajé a comer algo. Justo a medio día los chicos llegaron, Jasper y Emmett salieron directo al jardín para comenzar con los preparativos para la parrillada, pero antes de que salieran les pedí que tuvieran cuidado y no fueran a incendiar algo, provocando las risas de sus esposas y Jane. Las chicas y yo nos sentamos en la sala, nos sumergimos en una amena y trivial charla, que de pronto tomó un rumbo por demás distinto.

—Y dime, Bella, ¿mi futura ahijada te da muchos problemas? —preguntó Alice sin quitarle el ojo de encima a Danton que jugaba sentado en la alfombra.

—¿Tu futura ahijada? —replicó Jane sin darme tiempo a responder—. Lo siento mucho Alice, pero los padrinos de esa nena seremos Gio y yo.

—Ah no, aquí los padrinos seremos Emmett y yo —Rosalie sonrió con petulancia y agregó—: Edward tiene mejor relación con mi marido, que con Gio.

—Edward se lleva mejor con Jasper —aportó Alice y las tres comenzaron a discutir.

—Chicas basta —dije pero pasaron de mí totalmente—. ¡Con un demonio, paren ya! —grité y las tres pararon de hablar, Carolie que jugaba con un par de muñecas sentada en el regazo de su madre se asustó por mi grito y comenzó a llorar—. Ven lo que han provocado.

—Ya cariño, no llores más cielo —el timbre comenzó a sonar y Alice fue a abrir, después de unos minutos Rosalie pudo calmar a Carolie, que no dejaba de verme con desconfianza.

—Es increíble que comenzaran a discutir por quiénes serán los padrinos de mi hija...

—Eso no está a discusión, los padrinos seremos yo y Kate. ¿Cierto gatita? —chillé y me puse en pie, claro que no sin dificultad, cuando vi a Garrett entrar a la sala con Kate y Alice.

—¿Dónde han estado metidos ustedes dos? —pregunté abrazándolo tanto mi vientre me permitió.

—Aquí y allá, ahora justo recién llegamos de Tokio —respondió Kate saludándome con un beso en cada mejilla.

—¿Cuánto tiempo se quedarán en la cuidad? —me senté de nuevo en el sofá y los recién llegados me imitaron.

—Bueno Bella, hemos decidido dejar nuestra vida como nómadas y asentarnos aquí, en Nueva York —la respuesta de Garrett me hizo sonreír—. Nuestra futura ahijada no puede tener unos padrinos que la vean un par de veces al año.

—Me alegra escuchar que se quedarán, pero no estés tan seguro que ustedes serán los padrinos.

—Jane, quienes tiene menor probabilidad de ser los padrinos son tu novio y tú —dijo con cansancio Alice, sonreí y negué divertida, si ella supiera.

—¿La pequeña Jane tiene novio? —mi rubia amiga fulminó con la mirada a Garrett que soltó una sonora carcajada al ver el sonrojo en sus mejillas.

—No te hagas el que no sabe Garrett, Jane es novia de tu cuñado desde hace más de un año —Kate frunció el ceño confundida, oh-oh al parecer en verdad ellos no sabían nada.

—¿Por qué demonios Gio no me lo dijo? —Jane se removió incomoda en su lugar, rehuyendo a la mirada de Kate—. ¡Dios santo! Pasamos horas hablando sobre Bella y la bebé, pero no pudo encontrar la oportunidad de decirme que tiene novia.

Un tenso silencio nos envolvió, silencio que era roto de vez en cuando por los ruidos que hacían Danton y Carolie con sus juguetes; unos minutos Alice y Rosalie se disculparon diciendo que irían a ayudar a sus maridos con lo de la parrillada, y salieron al jardín llevándose con ellas a los niños. Garrett se puso en pie diciendo que también él iría a ayudar, mientras Kate se ofreció a abrir la puerta cuando el timbre comenzó a sonar.

—Jane, no le...

—No Bella, no digas nada —soltó un pesado suspiro y sonrió con ironía—. Creí que podría llegar a ganarme su cariño, pero por lo visto no será posible.

—Él te quiere, lo conozco bien y se que en verdad lo hace.

—Si me quisiera, no le habría ocultado nuestra relación a su hermana —una solitaria lágrima resbaló por su mejilla y se apresuró a secarla.

—Hola —Jane se tensó al escuchar la voz de Giovanni, me puse en pie y lo saludé con un beso en la mejilla.

—Los dejo para que hablen, ¿vamos al jardín Kate? —la rubia asintió y juntas salimos a reunirnos con los demás.

Casi media hora después llegó Edward, dejó un cariñoso beso en mis labios para después saludar a nuestros invitados y sentarse en la silla a mi lado.

—Jane y Giovanni están discutiendo a los gritos en la sala, ¿ocurrió algo?

Garrett le contó a Edward lo ocurrido, y para sorpresa de todos, mi marido abogó por Giovanni y sonreí; era evidente que la rencilla que tenía contra él estaba quedando atrás.

Estábamos por comenzar a comer cuando Giovanni y Jane se reunieron con nosotros, venían tomados de la mano y evidentemente habían solucionado su problema; mi amigo presentó a Jane con su hermana formalmente y se sentaron en las dos sillas que quedaban libres. Olvidado el incidente, comimos envueltos en una agradable charla, en la cual por fortuna no se volvió a tocar el tema sobre los futuros padrinos de mi hija, lo último que necesitábamos era que una nueva discusión diera inicio.

Los días comenzaron a pasar con una rapidez abrumadora, si antes quería que el tiempo pasara volando, ahora quería que se detuviera por completo. Acababa de entrar en mi semana treinta y cinco de gestación, mi bebé estaba a pocas semanas de nacer y el pánico estaba comenzando a hacer estragos en mí, llenándome de preguntas a las cuales no podía responder.

Pero sobre todo, me moría de miedo al pensar que algo pudiera salir mal durante el parto, eso aunado a que pronto tendría que cumplir con mi promesa y contarle a Edward sobre quién me secuestró, no me ayudaba a poder conciliar el sueño y me pasaba noches enteras en vela pensando. Giovanni chasqueó los dedos frente a mí sacándome de mis pensamientos, le di una sonrisa de disculpa y suspiró.

—Cada día está más cerca la fecha en que tu hija nazca —ya no se refería a mi niña como su ahijada, no después de que un mes atrás escuchara a Garrett decir que el padrino sería él—. Y por consecuente, también el día en que le digas a Edward la identidad de la persona que te secuestró.

—Lo sé, he pensado mucho en ello —me removí en el sofá buscando una posición más cómoda, los últimos días no encontraba como estar—. No será una charla fácil.

—Si quieres que esté contigo cuando se lo digas, solamente tienes que decirlo.

—Bueno, no es como si fuera a tener esa charla con él al día siguiente del parto —frunció el ceño y resoplé con frustración, y es que casi podía adivinar lo que diría a continuación.

—No puedes seguir dándole vueltas a lo mismo, tarde o temprano se lo tendrás que decir y no entiendo por qué no lo has hecho —me tensé y tomé una profunda respiración cuando sentí un tirón en mi bajo vientre, y no era el primero que tenía durante la mañana. Me puse en pie y masajeando mi vientre comencé a caminar.

—Gio, no quiero... ¡Oh por Dios! —chillé al sentir un liquido caliente escurrir por entre mis piernas—. Creo... creo que se me acaba de romper la fuente —jadeé con voz ahogada.

—¿Qué has dicho?

—¡Que se me acaba de romper la fuente, idiota! —grité y apreté los dientes cuando una punzada de agudo dolor atravesó mi cuerpo. Unos segundos después Giovanni estaba a mi lado, me ayudó a llegar al sofá y sentarme de nuevo.

—¿Qué debo hacer, Bella? —la contracción pasó y respiré un par de veces.

—Llama a Edward, necesito que él venga, lo necesito a mi lado —asintió y tomó el teléfono, le dicté el número y recé para que la junta de Edward hubiese terminado ya.

—Me contesta el buzón —cerré los ojos reteniendo las lágrimas, aún no era tiempo para que mi niña naciera, ¡maldición si todavía faltaban cinco semanas!

—¡Pues intenta de nuevo! —grité desesperada, él tenía que estar conmigo cuando nuestra hija naciera.

Después de no sé cuántos intentos sin respuesta, le pedí a Giovanni que subiera a la habitación por la maleta con mis cosas y las de mi niña, tenía que ir al hospital y pronto. Mientras él iba por la maleta, en medio de una nueva contracción y un llanto desconsolado llamé a mis padres y a mis suegros para avisarles lo que ocurría, Carlisle me aseguró que tratarían de localizar a Edward para decirle que la bebé estaba por nacer y que nos verían en el hospital.

Haciendo malabares y sin soltar la maleta Giovanni me ayudó a salir de la casa, metió la maleta en el asiento trasero de su camioneta y me ayudó a entrar en el lado del copiloto; fruncí el ceño al verlo correr hasta la puerta donde dejó algo, corrió de regreso a la camioneta, se subió y con una traviesa sonrisa en el rostro la puso en marcha.

Una hora después debido al tráfico llegamos al hospital, las contracciones no era muy seguidas pero dolían como el maldito infierno. Para mi sorpresa Heidi junto con una enfermera y una silla de ruedas nos estaban esperando en la entrada, me dijo que mi madre le había avisado y no pude estar más agradecida con ella por haberlo hecho, pues a mí se me había olvidado por completo. Fui llevada directo a una habitación mientras Giovanni se quedó llenando los documentos de ingreso, la enfermera me ayudó a cambiar mi ropa por una bata de hospital y a acostarme en la cama.

—Heidi, aún faltaban cinco semanas más para que naciera —murmuré y le dio una sonrisa tranquilizadora.

—No te alteres Bella, tu pequeña está más que lista para venir al mundo y no quiere esperar más —se puso unos guantes de látex y me hizo doblar las piernas para poder revisarme—. Tienes dos centímetros de dilatación, aún falta camino por recorrer. En un rato volveré para ver cómo estás evolucionando, ¿de acuerdo?

Salió de la habitación y unos minutos después la puerta se abrió dejándome ver a mi madre y Esme que lucían verdaderamente emocionadas, ansiosa pregunté por Edward pero mi suegra me dijo que no habían podido localizarlo aún, pero que Carlisle seguía intentando.

Dos horas después tenía casi cinco centímetros de dilatación, Heidi dijo que de seguir así estaría lista para empezar a pujar más pronto de lo que esperaba al ser primeriza. Me negué a hacer uso de la epidural, había tenido tiempo de sobra para averiguar los pros y los contras de usarla y tomé la decisión de que no la usaría; sí, las contracciones eran jodidamente dolorosas pero podría soportalas. No pude seguir acostada en la cama y le pedí a mi madre y Esme que me ayudarán a poner en pie, con pasos lentos y pequeños comencé a caminar por la habitación apoyándome en ambas mujeres.

Cada pocos minutos preguntaba si ya habían podido localizar a Edward, y con cada respuesta negativa que recibía, estaba un poco más segura de que no estaría conmigo en el momento de que nuestra hija naciera. Una nueva contracción me hizo apretar los dientes con fuerza, me aferré a la mano de mi madre sin dejar de pensar una y otra vez: Edward, por favor ven pronto amor, tu hija y yo te necesitamos a nuestro lado.

Continuará...


¡Hola! Aquí les dejo mi regalo de Navidad y espero que les haya gustado. Ustedes que creen, ¿será que Edward llega a tiempo antes de que nazca su hija? Les recuerdo que tengo grupo en Facebook, ahí estaré publicando imágenes relacionadas a la historia como también adelantos de la misma, les invito a unirsenos y si les interesa encontrarán el Link en mi perfil.

Muchísimas gracias a quienes agregaron la historia a sus alertas y favoritos, así como también un enorme gracias a quienes se toman un momentito de su tiempo para dejarme sus lindos review's y alegrarme el día, no los respondo por falta de tiempo, pero sepan que los leo todos y cada uno de ellos.

¿Algún review? =)

¡Hasta el próximo capítulo!

Ah, por cierto, publiqué un OS navideño (que tiene posibilidades de convertirse en un long-fic) y si no lo han leído, les invito a pasarse.