Disclaimer: La mayoría de los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, sólo aquellos fuera de la Saga y la trama son de mi completa autoría.
CHAPTER 19
EDWARD POV.
Estacioné el coche frente a la casa y me apresuré a bajar, la reunión a la que había tenido que asistir se alargó más de lo planeado y no me gustaba tener que dejar a Bella tanto tiempo sola en casa, sobre todo ahora que su embarazo estaba en una etapa tan avanzada. Un trozo de papel pegado en la puerta llamó mi atención, lo tomé y fruncí el ceño mientras lo leía.
Hey Sr. Celoso, aquí el gran Giovanni reportándose. Tratamos de comunicarnos contigo pero nunca respondiste tu teléfono móvil, no encontré otra forma más que esta para poder avisarte que tu bella esposa se ha puesto de parto y estamos en el hospital. Y si no quieres que tu mujer te castre por perderte el nacimiento de tu primer hija, (algo que yo por mi parte no trataría de evitar, claro está) lo mejor es que nos alcances allá tan pronto como leas esto. Así que... seh, supongo que te veré en un rato.
Atentamente: el guapo y sexy Gio.
Furioso rechiné los dientes cuando terminé de leer la jodida nota, la rompí en tantos pedazos como pude y los tiré deseando tener frente a mí al imbécil de Giovanni para poder romperle la cara de un bune puñetazo; sin duda esta era una broma de muy mal gusto por parte del amiguito de mi esposa y no me causaba la más mínima gracias. Entré a la casa llamando a Bella pero no obtuve respuesta, la busqué en la sala, la cocina, el jardín y después subí a nuestra habitación solamente para encontrarme con que ella no estaba ahí, corriendo me acerqué al armario y sentí que la sangre se congelaba en mis venas al ver que la maleta, que teníamos preparada para cuando Bella diera a luz, no estaba.
Solté una risita un tanto histérica. No, Bella no podía estar de parto pues aún le faltaban cinco semanas más, de seguro movió la maleta a otro lugar y por eso no estaba en el armario. Sí, eso tenía que ser y ahora lo que debía hacer era averiguar dónde se había metido mi mujer. Y la nota... la nota no era más que una broma, el imbécil de Giovanni no podía estar con Bella en el hospital, en el hipotético caso de que fuera verdad y mi hija estuviera por nacer, cuando era yo quien tenía que estar con ella. Las manos me temblaban cuando saqué mi teléfono móvil del bolsillo de mis pantalones, maldije por lo bajo al ver que estaba muerto pues había olvidado cargarlo el día anterior, lo conecté al cargador y lo encendí; casi lo dejo caer cuando comenzó a sonar y me asustó.
—¡Con un demonio, Edward! ¿Dónde diablos estás? —fue lo primero que escuché al atender la llamada de mi padre.
—En mi casa, ¿sabes si Bella...?
—Bella está en el hospital a punto de dar a luz —dijo interrumpiéndome y como un idiota me dejé caer sobre la cama, ¡oh santa mierda! Mi hija estaba por nacer y yo aquí en lugar de estar con Bella—. ¡Edward! ¿Escuchaste lo que te he dicho?
—Hum... yo... eh... sí, te escuché.
—Entonces apúrate Edward, Bella no... —no me esperé a escuchar más, me puse en pie de un salto y corrí fuera de la habitación.
Cualquier persona que me vio conducir por las transitadas calles de Nueva York rumbo al hospital, podría haber afirmado que estaba loco y trataba de suicidarme, pero para mí, fue como si hubiese ido montado en un maldito carrusel de feria que por más tiempo que avanzara, me dejaba en el mismo jodido lugar.
Sin prestar atención a cómo y dónde dejé aparcado el coche, entré al hospital corriendo tanto como mis temblorosas piernas me permitieron, exigiendo a los gritos me dijeran dónde estaba mi mujer. Una enfermera de manera amable me recordó que estaba en un jodido hospital y no debía armar tal escándalo, pero yo no tenía tiempo como para perder escuchando su maldito sermón y justo cuando estaba por mandarla directo y sin escalas al infierno, apareció un sonriente Giovanni. ¡Lo que me faltaba!
—Mira que eres mal educado, Edward —negó divertido con la cabeza al tiempo que chasqueaba la lengua, para después dirigirse a la molesta enfermera—. Le pido disculpas por el nada adecuado comportamiento de mi amigo...
—No soy tu amigo —gruñí entre dientes pero me ignoró.
—Pero su esposa está por dar a luz y a perdido los nervios —la mujer me dio una mirada de enfado y le sonrió a Giovanni diciéndole que no había problema, antes de dar media vuelta y marcharse—. De nada. Y ahora corre que Bella te espera, ¿o acaso estás esperando una invitación?
—Correría... ¡si tan solamente supiera a dónde mierda es que debo ir!
—Tienes razón, sígueme.
Nunca antes un condenado pasillo se me había echo más largo en toda mi vida, mi corazón latía a prisa y los latidos parecían aumentar mientras me acercaba a la puerta de la habitación, que Giovanni me señalaba. Mis oídos zumbaban cuando tomé el pomo de la puerta y con lentitud lo giré, dentro de la habitación estaban mi madre, Esme y Heidi con una agitada Bella.
—¡No, no y no! No voy a... ningún lado hasta... que Edward llegue —me quedé congelado en el umbral de la puerta al escuchar el grito de dolor que soltó, tras decir esas palabras. Una capa de sudor frío cubrió mi espalda y... ¡Maldición, estaba a punto de vomitar!
—Bella, entiende que...
—¡Edward! —exclamó con alivio mi madre interrumpiendo a Heidi, cuando me vio—. ¿Estás bien hijo? Tienes un color verdoso para nada saludable, pareciera que vas a...
—Estoy bien —murmuré con voz temblorosa parando su verborrea, si escuchaba una sola palabras más entonces sí que vomitaría. Respiré profundo y conté hasta diez esperando que la sensación de nauseas me abandonara, para después tambaleándome de un lado a otro entrar y acercarme a la cama donde estaba Bella.
—Llegaste... llegaste... —repetía una y otra vez, tomé su mano y la llevé a mis labios para besarla.
—Sí, ya estoy aquí amor —volteó a ver a Heidi y asintió, Heidi suspiró y murmuró un: ahora envío por ti.
—Tengo miedo —apreté con suavidad su mano, la cual no había soltado aún, y besé su frente.
—No lo tengas —le dije aunque yo mismo estaba aterrado—, tú y nuestra hija estarán bien —Dios, tienen que estar bien, no soportaría si algo le ocurriera a alguna de las dos; agregué para mis adentros.
Unos minutos después, y sin ser realmente consciente del cómo, estaba con Bella en la sala de partos. Ella apretaba con fuerza mi mano cada que una nueva contracción llegaba, pero yo estaba lo bastante nervioso y asustado como para sentir dolor alguno por eso. Bella se dejó caer de nuevo sobre la camilla, agotada y jadeando en busca de aire, sus rostro estaba cubierto de sudor y un torrente de lágrimas roban por su mejillas.
Una nueva contracción llegó y Heidi la alentó a comenzar a pujar, mientras yo no podía hacer más que murmurar palabras tranquilizantes cerca de su oído, palabras que podía apostar ella no estaba escuchando pero no podía hacer más para mostrarle mi apoyo. Una hora después de entrar a la sala de partos, una hora que sin temor a equivocarme podía jurar había sido la más eterna de toda mi vida, el llanto de un bebé llenó la sala, el llanto de nuestra bebé.
Sonreí y dejé un casto beso en los labios de Bella, murmurando una y otra vez: gracias por este hermoso regalo, amor; mis ojos se llenaron de lágrimas al ver a Heidi acercase a nosotros con un pequeño bultito envuelto en una manta rosa, bultito que con sumo cuidado depositó en los brazos de mi mujer.
Nunca seré capaz de describir con palabras lo que sentí al ver por primera vez a mi hija en brazos de su madre, la felicidad que amenazaba con hacer estallar mi pecho en cualquier momento, la emoción que hacía temblar mi cuerpo entero al ver a mis dos amores al fin juntas, y es que no había nada más hermoso y perfecto que la imagen frente a mis ojos. Imagen que se quedaría grabada en mi memoria por el resto de mis días.
Vacilante acerqué mi mano hasta rozar con la punta de mis dedos la pequeña manita que permanecía cerrada en un apretado puño, un par de lágrimas se desbordaron de mis ojos al sentir la suave y cálida piel; demasiado pronto Heidi nos dijo que tenían que llevarse a la bebé para revisarla, y a mí me hizo salir de la sala de partos.
—¿Qué pasó? ¿Ya nació? ¿Están bien? ¿Cuándo podremos verla? ¿Contaste que tuviera diez dedos en las manos y diez en los pies? —nada más entrar a la habitación fui bombardeado con preguntas, tanto por parte de mis padres, como de mis suegros y Giovanni.
—Sí, ya nació. No sé cuándo podrán verla. Ambas están bien, o al menos es lo que yo creo, y... ¡Dios, no le conté los dedos! —Giovanni, que fue quien había hecho la pregunta, soltó una sonora carcajada y lo fulminé con la mirada—. Idiota.
—¡Oh vamos! Fue sólo una pequeña broma para aligerar la tensión —dijo encogiéndose de hombros.
—¿Que quisiste decir con: es lo que yo creo? —preguntó mi madre frunciendo el ceño.
—Bueno... es que en realidad no sé, se llevaron a la bebé para revisarla. Pero yo la vi estupendamente bien. Es tan hermosa, tan... perfecta —murmuré con una boba y gran sonrisa en el rostro.
—Esa pequeña ya te tiene bien sujeto a su dedo meñique —no rebatí a las palabras de Giovanni, pues era verdad. Mi hija haría conmigo lo que le viniera en gana.
—Nosotros nos vamos pero regresaremos mañana temprano, no creo que podamos ver a nuestra nieta hoy de todos modos —asentí a las palabras de Renée, las cinco personas se despidieron y después se marcharon.
Poco más de dos horas después Bella había sido traslada de nuevo a la habitación y dormía profundamente, quité un mechón de cabello que caía por su frente y besé la punta de su nariz, se removió un poco pero no se despertó. Minutos después la puerta de la habitación se abrió y una sonriente Heidi entró, me hizo una señal para que me acercara a ella y así lo hice.
—A pesar de que tu hija ha nacido cinco semanas antes de tiempo, está en perfectas condiciones. Sus pulmones funcionan estupendamente bien, pesa dos kilos novecientos gramos, y mide cuarenta y ocho centímetros —una sensación de alivio me llenó al saber eso—. No será necesario tenerla en incubadora, y en un par de días a lo mucho, podrán irse a casa.
—Eso suena estupendo. Gracias Heidi, por todo —movió su mano restando importancia a mis palabras.
—No hay nada que agradecer. Me voy a descansar, es tarde y he tenido un día largo, volveré por la mañana —salió y regresé al lado de Bella, me senté en la silla junto a la cama y con suavidad acaricié su mejilla.
—¿Escuchaste amor? Nuestra hija está perfectamente sana —murmuré y sonreí, cuando sus labios se estiraron en una pequeña e inconsciente sonrisa.
…
BELLA POV.
Abrí los ojos y parpadeé un par de veces para acostumbrarme a la luz que se colaba por las ventanas. Edward dormía al lado de la cama, sentado en una nada cómoda silla, con la cabeza apoyada en el borde de la cama y una de sus manos sujetando la mía; me removí buscando una posición más cómoda cuidando no despertarlo, pero no logré ser lo bastante sigilosa y lo desperté. Se incorporó con un brusco movimiento, soltando mi mano en el proceso.
—¿Estás bien? —me preguntó con voz somnolienta y ansiosa.
—Sí, lamento haberte despertado —se estiró desperezándose y estirando sus muy, probablemente, entumecidos músculos.
—Descuida... —no tuvo oportunidad de agregar más, pues en ese momento la puerta se abrió dando paso a una enfermera que llevaba a nuestra hija en brazos.
—Miren quien viene a ver a sus padres —con cuidado tomé a mi niña en mis brazos y sonreí cuando se acurrucó contra mí, buscando mi calor—. La traigo para que pueda alimentarla, señora Cullen.
—¿Y cómo lo hago? —pregunté viendo con nerviosismo la pequeña figura entre mis brazos, y la mujer me dio una sonrisa tranquilizadora.
—Sólo debe acercar su pecho a su boca y ella se encargará de lo demás, ya lo verá —asentí y cuidando de no soltarla, bajé mi bata lo suficiente como para dejar mi pecho expuesto.
Hice lo que la enfermera me dijo y efectivamente, ella sola supo lo que debía hacer y comenzó a succionar con ímpetu. A lo largo de mi embarazo en más de una ocasión había escuchado a Alice y Rosalie decirme que amamantar para una primeriza podía llegar a ser doloroso, pero para mí no lo era; sí, sentía una rara molestia cada que ella succionaba pero no era algo que me doliera horrores, tal y como ellas lo habían insinuado en su momento.
Con la punta de mi dedo índice delineé su carita, sus ojos se posaron en mí y sonreí sin poder evitarlo, sus ojos ahora eran de un color azul grisáceo y, aunque sabía que con los meses cambiarían de color antes de definirse por completo, apostaría a que serían tan verdes como los de su padre; la escasa pelucita que cubría su cabeza era de un tono rubio claro. Clavé la mirada en Edward que con una tierna sonrisa nos observaba desde los pies de la cama, le ofrecí mi mano en una muda invitación a acercarse y la tomó, se sentó en el borde de la cama y apoyé la cabeza en su hombro mientras ambos veíamos a nuestra hija alimentarse.
Cuando terminó de alimentarse la enfermera me mostró como sacarle los gases, me ayudó a acomodarla sobre mi pecho de modo que su barbilla quedara apoyada en mi hombro y me enseñó cómo es que debía frotar su espaldita, con suaves movimiento circulares.
—La dejaré un momento con ustedes, con permiso.
—¿Quieres cargarla? —le pregunté a Edward, una vez nos quedamos solos con la niña y se removió con nerviosismo.
—Sí, quiero hacerlo pero tengo miedo, es tan pequeña que temo romperla —solté una suave risa y negué con la cabeza.
—No la romperás, anda ven —respiró profundo antes de armarse de valor, con cuidado y movimientos un tanto torpes la tomó en sus brazos.
—Ella es tan hermosa —murmuró viéndola totalmente embelesado.
—Sí, lo es. —Estuve de acuerdo con él, era mucho más que sólo hermosa—. ¿Cuál será su nombre? No podemos llamarla ella, bebé o princesa toda la vida.
—Se llamara Keily, espero que vaya bien con el nombre que tú escogiste —sonreí y asentí pues sí que quedaban bien juntos ambos nombres, el problema sería cuando se lo dijera.
—Keily Giovanna, suena genial ¿no lo crees? —tres, dos, uno... y aquí viene.
—Espero que sea una mala broma, Bella, de ningún maldito modo permitiré que mi hija lleve ese nombre —gruñó en voz baja para no asustar a nuestra hija, ya que era más que evidente que hubiese querido gritarlo.
—No, no es broma. Y no vuelvas a maldecir frente a ella, ¿queda claro? —me dio una mirada enfadada y antes de que pudiera decir algo agregué—: Tú y yo tenemos una charla pendiente, cuando hablemos sobre ello entenderás el por qué de mi decisión.
—Si así lo quieres, que así sea. Pero que quede muy claro, no estoy de acuerdo y sigo pensando que hay nombres mucho mejores para ella —la puerta se abrió con un estruendo, me apresuré a callar a las personas que entraban pero pasaron de mí.
—¡Oh dejame cargar a esta preciosidad! —chilló mi madre quitándole a Keily de los brazos a Edward.
Por la siguiente casi media hora mi niña estuvo de brazos en brazos, pasando primero por sus abuelas, en seguida sus abuelos, Alice, Jasper, Emmett, Rosalie y por último Giovanni y Jane.
—Y dígannos ¿cómo la llamaran? —preguntó Jane haciéndole mimos a Keily que estaba en sus brazos.
—Keily —respondió con simpleza mi marido.
—Edward, diles el nombre completo —bufó y se cruzó de brazos enfurruñado.
—Keily... Giovanna —mis suegros fruncieron el ceño al escuchar el segundo nombre, para los demás no fue sorpresa pues sabían el por qué había elegido precisamente ese nombre para mi hija. Giovanni me sonrió y articulo un: gracias.
—¿Por qué diablos nadie me avisó que mi ahijada ya había nacido? —rodeé los ojos al ver entrar a Garrett seguido de Kate.
—Yo que tú, no estaría tan seguro de que serás el padrino —Giovanni me guiñó un ojo y sonreí—. Creo que lo más adecuado es que salgamos, somos muchas las personas dentro de la habitación —todos, a excepción de Kate y Garrett claro está, salieron.
—Es realmente linda —dijo Garrett viendo a Keily que inquieta se removía en sus brazos, tal vez la postura rígida de mi amigo la hacía sentir incomoda.
—Y por lo visto tú no le agradas —Kate soltó una risita cuando su marido le dio una mala mirada—. Relájate cariño, la pobre debe sentir como si estuviera siendo abrazada por una roca.
—Oh disculpa si es que no tengo experiencia, pero recuerda que es la primera vez que cargo a un bebé.
—Ya la tendrás, cuando tengamos nuestros propios hijos te dejaré cargarlos todo el tiempo —no pude acallar una sonora carcajada al ver la cara de espanto que puso Garrett.
Dos días después dejamos el hospital y la verdadera experiencia de lo que es tener un bebé en casa comenzó. Llegaron los cambios de pañales, dormir unas cuantas horas pues debía alimentarla cada dos o tres horas, los nervios de no saber qué hacer la primera vez que tuvo un cólico y lloraba sin parar, su primer baño y el miedo a que el agua estuviera muy caliente o fuera a ahogarse. Por fortuna Edward había estado a cada momento conmigo, al menos las primeras seis semanas, pues después tuvo que regresar a su trabajo; algo que hizo totalmente en contra de su voluntad.
Yo por mi parte había dejado por completo el trabajo en manos de Jane, sabía que ella era capaz de encargarse de todo sin mi ayuda por un tiempo, además de que tenía a los chicos del equipo para apoyarla en lo que llegara a necesitar. De momento mi mayor preocupación era Keily y disfrutar al máximo el tiempo con ella, tiempo que se iba como agua entre los dedos, pues me parecía que habían pasado un par de horas desde que la tuve por primera vez en mis brazos, y no seis meses.
Abrí la puerta trasera de la camioneta y saqué a Keily de su sillita, en cuanto vi el coche de Edward comenzó a balbucear contenta y sonreí.
—Sí, papi ya está en casa —y debe estar molesto por no habernos encontrado, agregué para mí.
Entré a la casa y fruncí el ceño al escuchar la voz de Edward y alguien más provenir del recibidor, a cada paso que daba acercándome al lugar, la voz del otro hombre me parecía más y más conocida pero mi cerebro no lograba hacer la conexión de a quién pertenecía. En cuanto Edward me vio aparecer se puso en pie y vino a mi encuentro, dejó un casto beso en mis labios para después tomar a Keily en sus brazos y besar sus regordetas mejillas. El hombre que había permanecido sentado y de espaldas a mí, se puso en pie y se giró; abrí los ojos llena de pánico al reconocerlo y ahogué un jadeo.
—Cariño, me encontré con James al salir de la oficina y lo he invitado a comer con nosotros —sus azules ojos permanecían clavados en mí causándome escalofríos—James, conoces a mi esposa, Isabella. ¿Cierto?
—Sí, ya tengo el placer de conocerla —respondió sin apartar la mirada de mí, al escuchar su voz los furiosos latidos de mi corazón aumentaron y mis piernas temblaron—. ¿Cómo estás Isabella? —me obligué a murmurar un: bien, con voz firme y clara al tiempo que buscaba un excusa para salir de ahí.
—Ella es mi princesa, Keily —James acercó su mano a mi hija, que sonriendo se aferró a su dedo con fuerza; cerré las manos en apretados puños para controlarme y no gritarle que se apartara de ella—. Le agradas, ¿quieres cargarla?
—¡No! —chillé sin poder contenerme, Edward me dio una mirada interrogante ante mi arrebato y James alejó su mano de ella—. Es hora de su siesta, voy a llevarla arriba.
—Bella, ella no tiene sueño... —sin darle tiempo a terminar la oración, tomé a Keily en mis brazos y me apresuré a salir del lugar.
Subí a la habitación y la recosté en su cuna, saqué mi teléfono móvil del bolsillo de mis jeans y vi que tenía al menos una docena de llamadas perdidas de mi madre y un mensaje de texto, lo había dejado en modo silencio y no los había escuchado. En su mensaje me decía que James estaba en la ciudad, que la persona que habían contratado para vigilarlo no se separaría de él y evitaría a todo costo que él se acercara a mí; al parecer esa persona no estaba haciendo del todo bien su trabajo, ya que James estaba en mi casa, específicamente en mi recibidor y hablando con mi marido.
—James se acaba de ir —salté sobresaltada la escuchar la voz de Edward junto a la puerta—. Pude notar tu incomodidad y él...
—¿Qué esperabas, Edward? —pregunté interrumpiéndolo—. Le hice la vida imposible a su hermana.
Tras comprobar que Keily dormía, salí de la habitación con Edward detrás de mí. Entramos a nuestra habitación, solté un sonoro suspiro y me senté en el borde de la cama.
—Tenemos que hablar —el momento había llegado, ver a James en mi casa y saber que podía acercarse con tanta facilidad a mi familia, sobre todo a mi hija, me dio el valor suficiente como para al fin contarle.
—Hoy no Bella, tengo planes para esta noche y no quiero que se arruinen.
—Edward, no podemos dejar... —se arrodilló frente a mí y me besó.
—Hablaremos mañana, ¿de acuerdo? Esperar un día más no hará mayor diferencia —asentí y volvió a besarme—. Nuestros padres se quedarán con Keily, nos iremos a las siete.
—¿A dónde iremos? —pregunté pero no obtuve una respuesta, solamente sonrió y se puso en pie—. No creo que sea buena idea que... ¡Edward!
Salió de la habitación dejándome hablando sola, resoplé con frustración y me dejé caer de espaldas en la cama. Ahora que yo quería por fin terminar de contarle toda la verdad, él se niega diciendo que saldríamos por la noche y no quería arruinar sus planes, como si estuviera de humor como salir después de ver a James.
Continuará...
¡Hola! Aquí está el nuevo capítulo y espero que les gustara. Lamento no haber publicado el capítulo ayer como correspondía pero no tuve oportunidad para hacerlo, en fin, aunque un poco tarde... ¡Feliz Año Nuevo! De corazón espero que este 2016 les esté lleno de triunfos y bendiciones.
James aparece de nuevo, ¿qué pasará? ¿Hará algo contra Bella? Ya lo sabremos en el próximo capítulo... ¡por cierto! Estamos entrando en la recta final, ya sólo nos faltan dos o tres capítulos más y el epílogo :( Les recuerdo que tengo grupo en Facebook, ahí estaré publicando imágenes relacionadas a la historia como también adelantos de la misma, les invito a unirsenos y si les interesa encontrarán el Link en mi perfil.
Muchísimas gracias a quienes agregaron la historia a sus alertas y favoritos, así como también un enorme gracias a quienes se toman un momentito de su tiempo para dejarme sus lindos review's y alegrarme el día, no los respondo por falta de tiempo, pero sepan que los leo todos y cada uno de ellos.
¿Algún review? =)
¡Hasta el próximo capítulo!
