Disclaimer: La mayoría de los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, sólo aquellos fuera de la Saga y la trama son de mi completa autoría.
EPÍLOGO
Me estiré sobre la cama desperezándome, abrí los ojos parpadeando unas cuantas veces para acostumbrarme a la luz y fruncí el ceño extrañada, al notar que Edward no estaba a mi lado como esperaba. Recorrí la habitación con la mirada buscándole, las cortinas moviéndose con suavidad llamaron mi atención y noté que la puerta de cristal para salir al balcón estaba abierta; tomé mi teléfono móvil que estaba en la mesita de noche para ver la hora, aún no eran ni las ocho pero se me había espantado el sueño, así que salí de la cama llevándome la sábana conmigo y la enrollé en mi cuerpo, cubriendo con ella mi desnudez.
Al salir al balcón mordí mi labio inferior para ahogar un suspiro. Mi marido, que sólo llevaba puestos los pantalones del pijama, estaba apoyado en la barandilla viendo con fijeza el paisaje frente a él, los rayos del sol bañaban su pálida piel dándole un sutil efecto como si brillara y en pocas palabras, se veía como un jodido Dios bajado del mismísimo Olimpo. Diez años después de casarnos, al fin teníamos nuestra muy tardía luna de miel y nos encontrábamos en Aruba, donde habíamos pasado quince días maravillosos.
—Un centavo por tus pensamientos. —Murmuré haciéndole notar mi presencia.
—Mejor que sea un beso —sonreí, me acerqué a él y poniéndome de puntillas rocé sus labios con los míos. Justo cuando estaba por apartarme, una de sus manos me sujetó con gentileza por la nuca evitando que me alejara, su lengua acarició mis labios y con un suspiro los entreabrí permitiendo que profundizara el beso.
—He pagado, así que ahora habla —dije con voz jadeante cuando nos separamos.
—Pensaba en ti —sus brazos rodearon mi cintura y besó la punta de mi nariz—, en lo afortunado que soy por tenerte a mi lado, en lo feliz que soy y en cuánto es que te amo.
—Sí, sin duda eres muy afortunado. Tanto, que yo también te amo. —Me dio una mirada llena de diversión que sólo podía significar que algo tramaba, hice el intento a dar media vuelta y regresar a la habitación, pero no me dio tiempo a hacerlo.
Chillé y reí cuando sin previo aviso me cargó sobre su hombro, con pasos presurosos nos llevó hasta la habitación y apenas mi espalda tocó el colchón, sus labios tomaron posesión de los míos besándome con desenfrenada pasión, robándome el aliento y anulando casi por completo mi capacidad de pensar con raciocinio.
—Ed-Edward —jadeé con voz ahogada cuando sus labios liberaron los míos bajando a mi cuello, dejando pequeños y húmedos besos en el, y un escalofrío subió por mi columna vertebral al sentir su erección presionar contra mi vientre—, tenemos... un...
—Cariño, el vuelo sale a medio día —me interrumpió con voz enronquecida—. Además no importa si lo perdemos, siempre podemos tomar otro —musito moviéndose lo justo como para deshacerse de la sábana que cubría mi cuerpo, la cual lanzó al suelo.
Cerré los ojos y serpenteé sobre el colchón, cuando sus manos comenzaron a moverse por mi cuerpo repartiendo suaves caricias, haciendo que mi piel se sintiera arder ante el ligero pero experto toque. No pude acallar el gemido que brotó desde lo más profundo de mi pecho al sentir su lengua, suave y húmeda, delinear el contorno de mi ombligo un par de veces, causando que todos y cada uno de mis bellos se erizaran y la naciente humedad en mi entrepierna aumentara; él sabía bastante bien lo que eso provocada en mí y toda posible objeción que pudiese tener, perdería por completo su validez.
Sus labios emprendieron un recorrido ascendente por mi abdomen, succionando, besando y rastrillando con sus dientes la piel a su disposición hasta llegar al nacimiento de mis pechos. Mi respiración se tornó errática, al grado de que con pequeños y constantes jadeos buscaba forzar un poco de oxigeno a mis pulmones; me aferré con fuerza a la sábana que cubría el colchón y mi espalda se arqueó cuando atrapó entre sus dientes mi pezón izquierdo, tirando de el con suavidad, al tiempo que una de sus manos bajaba con lentitud a mi intimidad. Para ese momento mis niveles de excitación se encontraban por las nubes, lo que Edward estada haciendo con mi cuerpo, sumado a mis muy descontroladas hormonas, me tenían prácticamente en el borde.
¡Y oh maldición! Necesitaba más, mucho más que sólo su boca jugando sensualmente con mis pechos, o sus dedos acariciando mi hinchado clítoris de esa manera tan placentera y tortuosa a la vez, que me hacía sentir como una jodida adolescente.
—Edward... necesito... que... —murmuré pero no pude agregar más, mi boca perdía la capacidad de formular más de tres palabras coherentes, cuando este hombre me tenía desnuda bajo su cuerpo, rendida ante sus caricias como si fuera yo una maldita marioneta que podía manejar a su antojo y voluntad.
Mis suspiros, jadeos y palabras entrecortadas inundaban la habitación, una fina capa de sudor cubría mi cuerpo que a gritos pedía por alcanzar su liberación, pero al parecer Edward tenía planeado alargar el momento lo más que le fuera posible. Abrí la boca con toda la intensión de recriminarle el que se apartara de mí, pero tan pronto como se deshizo del pantalón del pijama, su cuerpo volvió a cubrir el mío y su boca arremetió con fuerza contra la mía, en un beso tan pasional, como salvaje y desesperado; su lengua explorando a consciencia como si quisiera grabar en su memoria hasta el último y más pequeño lugar, instando a mi propia lengua a enredarse con la suya en una pasional batalla sin tregua.
Solté un gemido que murió ahogado en su boca, al sentir su miembro deslizarse con facilidad entre mis húmedos pliegues, rozando de vez en vez mi clítoris, mandando cientos de descargas malditamente placenteras por todo mi cuerpo. El beso poco a poco fue bajando de intensidad y, antes de romper el contacto por completo, sus dientes atraparon mi labio inferior tirando de el con suavidad. Sus ojos brillantes y oscurecidos por la pasión se clavaron en los míos, pero no fui capaz de sostenerle la mirada, pues en el mismo momento en que de una certera y profunda embestida se enterraba por completo en mí, me vi en la necesidad de cerrar los ojos y apretar con fuerza los dientes para no gritar enloquecida de placer.
Las sensaciones que me embargaban con cada una de sus embestidas, con cada beso y caricia, se sentían tan nuevas como familiares a la vez; era algo que no se podía explicar con simples palabras, pero cada que Edward me hacía el amor se sentía como si fuera la primera vez, y al mismo tiempo, mi cuerpo reaccionaba al suyo como si estuviera acostumbrado a él de toda la vida.
Enredé mis piernas en torno a sus caderas sintiéndole llegar más profundo en cada embestida. Mis manos se deslizaron por su espalda, arañando con mis uñas la pálida piel hasta llegar a su trasero dándole un suave pero firme apretón, acción que provocó soltara un ronco gruñido que me catapultó a la sima; mi cuerpo se tensó por un momento para después convertirse en una masa temblorosa cuando el clímax me azotó con brutal intensidad.
Edward nos hizo girar dejándome sobre él y escondí el rostro en el hueco de su cuello, esperando a que mi respiración y ritmo cardíaco volvieran a la normalidad. Con las puntas de sus dedos comenzó a trazar patrones al azar en mi desnuda espalda, estaba por caer dormida bajo las suaves caricias cuando recordé que tenía algo muy importante que contarle; tomé un par de respiraciones para darme valor antes de soltarle la noticia.
—Estoy embarazada. —En cuanto esas dos palabras abandonaron mi boca, sentí como el cuerpo de Edward se tensaba y las caricias en mi espalda cesaron de golpe.
—¿Embarazada? —preguntó con voz tan baja que apenas si fui capaz de escucharle.
—Sí, tengo poco más de ocho semanas —alcé la cabeza lo suficiente para verlo a la cara, tenía el ceño fruncido y la mirada perdida en algún punto del techo—. ¿No vas a decir nada? —pregunté exasperada por el mutismo en el que se había sumido.
—¿Qué quieres que diga, Bella? Ser padres a los cuarenta no es algo que tuviera contemplado.
—Treinta y ocho, Edward, treinta y ocho —me senté en el borde de la cama dándole la espalda—. Y no es algo que yo hubiese planeado, ¿sabes? Simplemente sucedió.
—Amor, lo que trato de decir es que...
—Voy a ducharme —le interrumpí con brusquedad y cierta decepción—, ya es tarde y no quiero perder el vuelo.
Unas horas después me encontraba viendo por la ventanilla del avión, Edward y yo no habíamos vuelto a cruzar palabra alguna después de lo ocurrido y el ambiente a nuestro alrededor era demasiado incomodo; me removí buscando una posición más cómoda y cerré los ojos esperando poder dormir un par de horas. Lo escuché soltar un sonoro suspiro pero no abrí los ojos y, aunque probablemente él sabía que no estaba dormida, fingí hacerlo.
—Tengo miedo —dijo bajito pasados unos minutos, bufé y abrí los ojos de golpe.
—No es la primera vez que te subes a un avión.
—No al avión —gruñó y pasó una de sus manos por entre sus cabellos con nerviosismo antes de agregar—: A tu embarazo. No soy idiota y sé que un embarazo a tu edad puede ser riesgoso, tanto para ti como para el bebé.
—¿Me estás diciendo vieja? —pregunté con incredulidad, mis ojos se llenaron de lágrimas y al final no pude contener un sollozo.
—¡No! Claro que no amor —se apresuró a negar—. Lo que pasa es que... ya no somos tan jóvenes como hace un par de años y...
—¡Oh por todo lo sagrado! Cállate de una buena y jodida vez, Edward Cullen —lo interrumpí alzando la voz, al notar que las personas a nuestro alrededor centraban su atención en mí, maldije por lo bajo y sentí como mis mejillas se calentaban—. En lugar de arreglar el desastre, lo estás empeorando todo.
—Lo siento —murmuró, y pude escuchar perfectamente como mascullaba por lo bajo algo que sonó como: malditas hormonas.
Podía entender que estuviera asustado, yo misma estuve por demás aterrada cuando un par de semanas atrás Heidi me había dicho que estaba embarazada de nuevo, y no entrando a la menopausia a una edad temprana como yo pensaba; pero me obligué a controlar mis nervios y tranquilizarme, después de todo nuestra cuota de desgracias por vivir estaba bien cubierta al menos, por las próximas tres vidas. O al menos es lo que yo quería creer.
—Estuve hablando con Heidi. Sí, puede ser que haya riesgos pero no quiere decir que necesariamente se presenten. Me explicó que teniendo los cuidados necesarios, mi embarazo puede ser tan normal como el de una mujer de veinticinco.
—No quiero experimentar el miedo a poder perderte de nuevo —tomó mi mano entrelazando nuestros dedos.
—Y no lo harás, amor. Todo estará bien, lo presiento —apoyé la cabeza en su hombro y tras soltar un sonoro suspiro, besó mi frente.
—Espero que sea un niño —dijo un par de minutos después—. Andrei y yo, necesitaremos toda la ayuda posible para espantar a los buitres que se quieran acercar a mis princesas —me reí de buena gana, no podía esperar a ver su cara al saber que seriamos padres de otra hermosa princesa, algo dentro de mí me decía que sería una niña.
El vuelo de regreso a Nueva York duró apenas poco más de cuatro horas, nada más bajar del avión, fuimos a buscar nuestras maletas y prácticamente arrastré a Edward fuera del aeropuerto para poder conseguir un taxi que nos llevara a casa de mis padres; había sido magnifico tener un tiempo solamente para nosotros dos, pero había echado muchísimo de menos a nuestros hijos y estaba impaciente por verlos.
El taxi aparcó frente a casa de mis padres y con prisas salí del coche, dejando a Edward que se hiciera cargo de pagar al taxista y de llevar dentro el equipaje, busqué la llave de repuesto que mi madre insistía con dejar bajo el tapete de la entrada y abrí la puerta. La casa se encontraba en total silencio, algo que no era de esperar teniendo en cuenta que mis hijos se encontraban allí, así que supuse les encontraría en el jardín y sin perder más tiempo me dirigí hacía allá.
Sonreí al ver que todos, y me refería a todos mis amigos, mis suegros, mis padres y los niños se encontraban en el lugar; unos brillantes ojitos azules se posaron en mí y segundos después su dueño corría a mi encuentro.
—¡Mami volviste! —gritó y una vez estuvo a mi lado, alcé en brazos a mi pequeño y lo besé sonoramente en ambas mejillas haciéndole reír—. Te extrañé mucho, mucho, mucho —Andrei había sido el único que había notado mi presencia, los adultos seguían enfrascados en sus charlas y los demás niños en sus juegos.
—Y yo a ti mi vida.
—¿Más que a Key y a Ari? —preguntó haciendo un adorable puchero, pero antes de que pudiera darle una respuesta, Edward estaba a mi lado y tomaba a nuestro hijo en sus brazos.
—No deberías hacer esfuerzos en tu estado —me riñó y rodeé los ojos—. Hola campeón, ¿hiciste lo que te pedí?
—Sí papi, ya soy un niño grande y cuidé de mis hermanas —respondió hinchando el pecho con orgullo—. Lucca me ayudó.
Solté una sonora carcajada al ver la cara de disgusto que puso Edward, al escuchar el nombre del hijo mayor de Giovanni y Jane, el cual tenía cuatro años al igual que los mellizos.
Keily y Ariadne chillaron al vernos y corrieron acercándose a nosotros, me arrodillé en el césped quedando a su altura y gustosa recibí los efusivos abrazos de mis hijas, que después abrazaron a su padre. Por varios minutos Edward y yo estuvimos escuchando a nuestros hijos, hablar alegremente sobre cómo se habían divertidos los días que pasaron con los abuelos; después saludamos a los demás y nos unimos a la charla de los adultos mientras los niños volvían a sus juegos.
Fruncí el ceño al escuchar el nada discreto gruñido de Edward a mi lado, tenía la mirada clavada en algo y ahogué una carcajada al ver que no era un algo lo que mi marido veía con tanto interés, si no alguien.
—Tal parece que al final, terminaremos siendo familia legalmente ¿uh? —más de uno rió al escuchar las palabras de Giovanni, palabras que a Edward no le causaron la más mínima gracia.
—Ya que Gio no pudo conseguir enamorar a Bella en su momento, el mini Gio tendrá su oportunidad con la mini Bella —Emmett hizo una mueca de dolor, cortesía de la colleja que su rubia esposa le soltó—. ¿Por qué me golpeas, Rosie?
—Para que aprendas a no abrir la boca cuando no debes hacerlo—siseó una molesta Rosalie.
Gian Lucca Lowell, una copia a calca de su padre pero con el carácter de la madre, desde bebé había mostrado tener cierta... fascinación por mi pequeña Ariadne, la cual era mi clon en miniatura. Fascinación que era totalmente correspondida por mi hija, lo cual crispaba sobremanera los nervios de su celosos padre, que en más de una ocasión había considerado la idea de encerrar a nuestras dos hijas en un convento hasta que cumplieran cuarenta, mínimo.
—Vamos cariño —posé mi mano en su antebrazo y le sonreí—, son apenas unos niños, no hagas caso a lo que Emmett y Gio dicen.
—¿Qué no haga caso? ¡Por amor de Dios! Mi hija besa el suelo por donde ese pequeño demonio camina.
—Cuida tus palabras Cullen, mi hijo no es ningún demonio —Jane sonrió con malicia y agregó—: ¿Se imaginan lo guapos que serán los nietos que esos dos nos den?
Una nueva ronda de risas se escuchó, risas que fueron calladas cuando una llorosa Keily se acercó a mí y se subió a mi regazo, apoyó la cabeza en mi hombro y murmuró que Carolie le había tirado del cabello. Mi rubia ahijada había comenzado a mostrar una profunda antipatía por mi hija un año atrás, la razón de esa antipatía tenía nombre y apellido: Danton Whitlock, un pelinegro de ojos azules, hijo único de Alice y Jasper.
—Realmente espero que esto cambie, no me gustaría que nuestras hijas crecieran llevándose mal —asentí a las palabras de Rosalie, a mí tampoco me gustaría, no cuando Rosalie y yo habíamos sido amigas desde niñas—. ¿Por qué no se pueden llevar tan bien como Andrei y Mark?
—Tal vez porque no hay un tercero en discordia —dijo Alice buscando con la mirada a su hijo.
—Realmente espero que el que viene sea niño —masculló Edward por lo bajo, pero no tan bajo como para que no le escucharan. Keily se bajó de mi regazo y fue a jugar con sus hermanos, Mark y Lucca, evitando volver a reunirse con Carolie y Danton.
—¿Quieres decir que...? —Renée dejó la pregunta inconclusa y suspiré.
—Sí mamá, vamos a tener otro hijo. —Me encogí al escuchar el emocionado grito colectivo de las mujeres, que fue seguido por una efusiva lluvia de felicitaciones.
—Apuesto cincuenta a que será niña —dijo Giovanni sin dejar de sonreír, dándole una mirada divertida a Edward.
—Gio —Edward sonrió y negó un par de veces—, recuerda que en un futuro no muy lejano Ivy va a crecer —la sonrisa en el rostro de mi amigo desapareció y clavó la mirada en la niña de casi un año que jugaba en brazos de su madre.
—¿Dónde están Garrett y Kate? —pregunté, evitando que la discusión de esos dos llegara a más. No me apetecía escucharles tener una acalorada discusión de padres celosos.
—En Orlando, les habían prometido a los trillizos que los llevarían a Disney World, y los muy pillos se han cobrado la promesa —respondió Jasper y sonreí, la que debían estar pasando esos dos con sus diablillos.
Los trillizos tenían tres años, dos niños y una niña que todo el tiempo tenían de cabeza a sus padres con sus múltiples travesuras; para Garrett y Kate la paternidad había llegado por partida triple, y dos semanas después de que nacieron, de mutuo acuerdo decidieron no tener más hijos.
El resto del día pasó tranquilo, aunque mi suegra confabulada con mi madre y mis amigas me habían secuestrado por un par de horas, en las cuales me hicieron contarles a detalle los días que pasamos en Aruba. Ya era de noche cuando llegamos a casa, Edward me dijo que él se encargaría de acostar a los niños y no rebatí a eso, estaba tan agotada que apenas me puse el pijama me metí a la cama y en cuanto mi cabeza tocó la almohada, me quedé profundamente dormida.
Por la mañana cuando desperté Edward seguía dormido, aún era temprano pero no me apetecía seguir acostada, así que cuidando de no despertarlo salí de la cama y caminé de puntillas por la habitación, del armario tomé un grueso álbum de fotografías y tras comprobar que los niños seguían dormidos, me senté en los escalones del porche trasero. Solté un suspiró de nostalgia al abrir el álbum y ver la primera fotografía, Edward, Keily y yo en el primer cumpleaños de nuestra hija cortando el pastel; un primer cumpleaños que pude haberme perdido gracias a Sulpicia.
Me juré no volver a pensar en lo pasado con James, Gianna y Sulpicia, aunque no podía cumplir con ese juramento tan bien como quisiera y de vez en cuando me encontraba pensado en ello.
Por fortuna eran sólo algunos recuerdos que como llegaban se iban, las pesadillas habían desaparecido y podía estar segura de que no volverían, ahora sí podía asegurar que el pasado estaba donde pertenecía y nada opacaría mi presente, y mucho menos mi futuro. Lo último que supimos sobre James fue que después del juicio de su madre, regresó a Oklahoma y en más de cinco años no hemos sabido más de él, lo cual era un verdadero alivio. Y Sulpicia, ella estaba en prisión y pasaría en ese lugar los días que le quedarán de vida; ya no sería una amenaza ni para mí, ni mucho menos para mi familia.
—¿Recuerdas ese día? —la voz de Edward me sacó de mis pensamientos, no me había dado cuenta en qué momento se sentó a mi lado.
—Claro que lo recuerdo —respondí con una sonrisa viendo la fotografía que con su dedo señalaba, fue tomada el día que Andrei y Ariadne nacieron—. Creí que te iba a dar un ataque de nervios cuando te dije que los mellizos iban a nacer, al menos no te fuiste al hospital y me dejaste olvidada en casa.
—No puedes culparme, fue distinto a cuando Keily nació. Tuve que hacerme cargo de la situación, y aunque estuve tratando de mentalizarme para estar preparado cuando el momento llegara, no pude evitar perder los nervios —apoyé la cabeza en su hombro y solté un suspiro.
—Sí, lo sé. Aunque, si mal no recuerdo, también estuviste a punto de perderte el nacimiento de Keily. —Soltó una divertida risita y ninguno de los dos dijo nada más.
Hay veces en que me pongo a pensar en el tiempo pasado y me parece increíble lo rápido que han pasado los años, me parece que fue ayer cuando mis padres me daban la noticia de que tenía que casarme con Edward; más sin embargo aquí estaba hoy, casada con él. Teniendo tres hermosos hijos juntos, Keily de seis años, Ariadne y Andrei de cuatro, y uno más en camino.
Tuvimos que pasar por mucho para poder estar juntos y alcanzar la felicidad, había momento en los que deseaba no haber sido tan cobarde y haberle dicho que lo amaba desde la primera vez que lo vi, que me enamoré de aquella tímida y dulce sonrisa que vi nada más traspasar la puerta del aula de clases aquella mañana. Pero la cobardía y el miedo a su rechazo pudieron más que mi amor por él, llevándome a lastimarle y crear una brecha que parecía insalvable entre nosotros.
Ahora me doy cuenta de que, por más que lo hubiese deseado, en preparatoria no era nuestro momento para estar juntos; el destino nos puso el uno frente al otro en el momento que debía ser.
—Tengo un antojo —dije después de un rato, separándome de Edward y poniéndome en pie.
—Siempre y cuando no sea pizza de anchoas, piña y pimiento rojo —murmuró y le di una mirada asesina, siempre que tenía oportunidad me recordada ese... raro antojo que tuve cuando estaba embarazada de Keily.
—No, no es pizza. Quiero pay de manzana con canela, y no vuelvas hasta que lo consigas, tu hija y yo realmente queremos comerlo —se puso en pie de un salto y frunció el ceño.
—Amor, es temprano aún y no creo que esté abierto ningún lugar... Un momento, ¿mi hija?
—Sí, tu hija. Una hermosa niña a la que tal vez llamaremos Lily, es un lindo nombre ¿no crees? Aunque también me gusta Zoe —comencé a caminar de regreso a la casa con Edward detrás de mí.
—Estás equivocada, cariño, será un niño —rebatió y solté una sonora carcajada.
—No discutas conmigo, y mejor ve a buscarme ese pay. ¡Ah! Y también quiero helado de vainilla con salsa de frutos rojos —besé su mejilla y me dirigí a la cocina para preparar el desayuno.
…
Meses después...
No podía dejar de ver a la pequeña bebé que dormía en mis brazos, Edward había estado a punto de sufrir un infarto cuando Heidi nos confirmó que seriamos padres de otra niña, y nada más dejar la consulta, mi marido había comenzado a pensar en que clase de arma era la adecuada para comprar, pues necesitaría de una para espantar a todo aquel que pusiera los ojos en sus princesas. De camino a casa, no había apartado la mirada de la carretera en ningún momento y en más de una ocasión, lo escuché gruñir palabras que sonaron como: tanque de guerra y cinturones de castidad.
—¿Dónde está la pequeña Casiopea Deífila? —Edward, que estaba sentado a mi lado en la cama de hospital, soltó un bajo gruñido al escuchar la pregunta de Giovanni.
—Tú, imbécil, ¿cómo es que llamaste a mi hija? —preguntó con un tono de voz bajo y amenazante.
—Oh Eddie, muévete a un lado y dejame conocer a mi sobrina —Giovanni sonrió al ver a la bebé y acarició su regordeta mejilla con suavidad—. Ella es realmente linda, por suerte no se parece a su padre.
—Gio, amor, deja de fastidiar a Edward —dijo Jane al escuchar en nuevo gruñido de mi marido.
—Yo no tengo la culpa de que con la edad, se esté convirtiendo en un viejo gruñón. No quiero ni imaginar cómo se pondrá cuando Lucca y Ariadne nos digan que seremos abuelos —Edward se puso en pie con toda la intensión de golpear a mi amigo, pero alcancé a tomar su mano evitando que lo hiciera.
—Por favor, no hagas un escándalo —resopló con fastidió pero volvió a sentarse—. Y tú, te agradecería que al menos por hoy dejes de hacer ese tipo de comentarios.
—¡Vamos Bells! Me quitas toda la diversión.
—¿Y cómo la llamarán? —preguntó Jane cambiando el tema.
—Sophia, su nombre es Sophia —respondió Edward sonriendo con ternura sin apartar la mirada de nuestra hija.
Unos minutos después Keily, Ariadne y Andrei entraron corriendo a la habitación, estaban en verdad emocionados por conocer a su hermanita; aunque en un principio no habían estado muy felices con la noticia. Los celos por la llegada de un nuevo miembro a la familia, fue algo totalmente nuevo con lo que Edward y yo tuvimos que lidiar, pues cuando los mellizos nacieron, Keily aún era muy pequeña como para mostrarse celosa.
Edward los ayudó a subir a la cama y los tres comenzaron a hacerle mimos a Sophia, la cual se había despertado para conocer a sus hermanos. Viendo a mis hijos y a Edward supe que ahora todo estaba correcto, había tenido que recorrer un largo y espinoso camino para llegar a este momento; pero sin duda había valido la pena cada paso recorrido y lágrima derramada, ¡joder que sí! Sabía que aún me quedaban cosas por vivir, habría algunas tristezas y disgustos en mi futuro, pero todo perdía importancia ante las alegrías que sabía vendrían y esperaba fueran muchas.
―Noventa días ―dijo Edward de repente y fruncí el ceño confundida, las visitas se habían marchado hacía ya un buen rato y sólo estábamos él y yo en la habitación―. Me acabo de dar cuenta que me bastaron tan solo noventa días para enamorarme de ti.
―Tal vez sonará demasiado cliché, pero a mí me bastaron apenas unos segundos para caer, total e irrevocablemente, enamorada de ti ―sonrió y se recostó a mi lado en la angosta cama, apoyé la cabeza en su pecho y rodeé con mi brazo su cintura.
Un te amo fue susurrado por él como si fuera un valioso secreto que compartía conmigo, y de cierta manera para mí lo era; había deseado tantas veces, entre amargas lágrimas en la oscura soledad de mi habitación, poder escuchar esas dos palabras salir de sus labios siendo dirigidas a mí, que podrían pasar mil años y mi corazón aún seguiría latiendo desbocado cada vez que las escuchaba. Me acurruqué contra su cálido cuerpo tanto como me fue posible, sin dejar de sonreír como una colegiala enamorada y sintiéndome la mujer más feliz sobre la tierra, cerré los ojos dejando que el cansancio me venciera.
¡Hola! Primero que nada lamento mucho haber tardado tanto con el epilogo, y espero que comprendan que tengo una vida fuera de FF que en ocasiones me absorbe por completo, impidiéndome poner a escribir tanto como quisiera. Pues ahora sí, con esto doy por terminada esta historia y espero que haya sido de su agrado. No me queda más que agradecerles enormemente por el apoyo recibido, cada uno de sus favoritos, alertas y maravillosos review's, fueron mi mayor aliciente para escribir cada una de las palabras que conforman esta historia; ¡de corazón, muchas gracias!
Les recuerdo que tengo grupo en Facebook, les invito a unirsenos y si les interesa encontrarán el Link en mi perfil.
