Disclaimer: La mayoría de los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, sólo aquellos fuera de la Saga y la trama son de mi completa autoría.
OUTTAKE: FELIZ NAVIDAD
EDWARD POV.
Mi pequeña Sophia cayó dormida antes de que llegara a la mitad del cuento que me pidió le leyera, por lo general costaba hacerla dormir pero suponía estaba exhausta después de tanto correr de un lado a otro y jugar con los demás niños; cuidando de no despertarla me levanté de la cama y la arropé, dejé un suave beso en su frente y salí de la habitación cerrando la puerta detrás de mí.
Antes de ir a mi habitación pase a ver si los otros niños ya dormían, negué con diversión al ver que Andrei dormía con una pierna colgando hasta casi rozar el suelo, un habito que adquirió desde que tenía casi tres años y hasta la fecha seguía haciéndolo. Sabía que sería inútil de mi parte acomodar su pierna sobre la cama pero aún así lo hice; apenas di un par de pasos alejándome de la cama cuando mi hijo se removió hasta que su pierna de nuevo quedó en la misma posición.
Ariadne dormía plácidamente, a su lado se encontraba su cuaderno de dibujo y lo tomé para dejarlo sobre la mesita de noche, mi princesa amaba dibujar y desde que pudo sostener un lápiz entre sus dedos, apenas si lo soltaba para dormir. La abrigué con las mantas que estaban hechas una maraña a los pies de la cama, besé el tope de su castaña cabeza y no pude evitar sonreír al escucharla murmurar en sueños, hasta en eso era idéntica a su madre.
Me sorprendió ver la luz encendida al abrir la puerta de la habitación de Keily, mi princesa mayor no notó mi presencia pues estaba absorta observando una fotografía, al llegar a su lado pude ver que se trataba de una fotografía familiar que habíamos tomado unos meses atrás, el día de su onceavo cumpleaños.
—¿Por qué aún estás despierta? Santa no dejara regalos esta noche si no duermes —me senté en el borde de la cama y Keily se sobresaltó, evitó verme a la cara pero aún así pode notar sus cristalinos ojos—. ¿Keily, ocurre algo?
—No, no ocurre nada. Ya voy a dormir, buenas noches —murmuró, dejó la fotografía en su mesita de noche y se acostó dándome la espalda.
—De acuerdo, descansa cariño —quise dejar un beso en el tope de su cabeza pero no me lo permitió, se cubrió con las mantas hasta la cabeza y no tuve más remedio que salir de la habitación.
Hacía semanas que Keily estaba distante conmigo e incluso con Bella, no jugaba con sus hermanos cuando hasta hace un par de semanas atrás pasaba horas con ellos. Ahora en lugar de juegos comenzaba discusiones que siempre terminaban con alguno de ellos llorando.
Claro que eso sucedía cuando Keily no estaba encerrada en su habitación, lugar que parecía haberse convertido en su favorito de la casa. Además su rendimiento en la escuela estaba bajando, su maestra nos llamó para ponernos al tanto de la situación, Keily no prestaba atención en clases y se pasaba las horas creando patrones sin sentido alguno en sus cuadernos. Habíamos tratado de hablar con ella y así poder averiguar qué la estaba haciendo comportar así, pero lo único que habíamos conseguido hasta el momento eran gritos y lágrimas.
—¿En qué piensas? —me preguntó Bella en cuanto entré a nuestra habitación—. Tienes el ceño fruncido, justo como cuando algo te preocupa mucho.
—Keily. Quisiera poder leer su mente y saber qué la tiene así —me senté en el borde de la cama y Bella se acercó a mí, apoyé la frente en su abdomen y comenzó a jugar con mi cabello.
—Tal vez sea que está acercándose a la adolescencia, ya sabes como es eso y lo irritables que pueden llegar a ser los adolescentes.
—Ni lo digas, Keily aún es una bebé, mi bebé —Bella rió por lo bajo y me aparté de ella—. No veo qué sea tan gracioso.
—Edward, tu bebé ya tiene once años. Debes hacerte a la idea de que en algunos años más querrá comenzar a salir con chicos, tendrá su primer novio y...
—¡No sigas! —medio grité, respiré profundo y agregué—: Ya entendí —me dio una mirada divertida y tomó una bolsa que estaba sobre la cama.
—Sabes dónde estás escondidos los regalos, ponte esto y déjalos bajo el árbol —tomé la bolsa y resoplé con fastidio al ver su contenido.
—No lo haré, no voy a disfrazarme de Santa Claus. Este año podrías hacerlo tú.
—Lo has hecho por los últimos ocho años, ya es una tradición familiar, una tradición que terminara cuando los niños sean mayores y no crean más en el hombre del traje rojo; cuando eso pase lo extrañaras, créeme. Además, cariño, yo estoy muerta, tuve que levantar el desastre que quedó después de que nuestros invitados se marcharan y lo único que quiero, es tirarme sobre la cama y dormir —nuestros amigos y familia habían venido a pasar Noche Buena y el desastre que quedó, era casi como decir que un huracán categoría cinco había pasado por nuestra casa.
—No veo el caso de disfrazarme de Santa si los niños no me ven y... —mi replica murió cuando cometí el error de verla a la cara, mi esposa sabía muy bien que me tenía atrapado en su puño y que cuando me veía de esa forma, no había nada en el mundo que yo pudiera negarle.
Quince minutos después me encontraba dejando regalos bajo el árbol, había tenido que arrastrar la gran bolsa roja en que Bella metió los paquetes todo el trayecto hasta el recibidor y, al ver la cantidad de regalos, me pregunte si es que nos habíamos quedado en la ruina. Aunque bien pudimos ahorrar un poco omitiendo un par de regalos, el de Giovanni y su pequeño engendro, ellos habían sido unos niños malos que no merecían más que un trozo de carbón. El primero disfrutaba de hacerme rabiar con sus estúpidos comentarios sobre Ariadne y Gian Lucca, y el segundo, consciente o inconscientemente me torturaba al estar pegado a mi niña como si fuera una jodida garrapata.
Dejé el último paquete y por un momento pensé en la posibilidad de desaparecer los regalos con los nombres de Giovanni y Gian Lucca, la chimenea me llamaba a gritos para que la encendiera y lanzara al fuego ambos paquetes, pero estaba seguro de que si lo hacía Bella era capaz de castrarme; un escalofrío recorrió mi cuerpo al imaginar a una furiosa Bella corriendo tras de mí con un cuchillo en las manos amenazando con cortarme las bolas. No, por más tentadora que fuera la idea, lo mejor para mí era ignorarla e ir a dormir.
Justo en el momento en que estaba por quitarme la barba falsa, que por cierto me picaba como el infierno, escuché un tropel de pasos acercarse y antes de que pudiera reaccionar y esconderme, cuatro pares de ojos me veían con curiosidad, emoción y perspicacia.
—¡Lo sabía, lo sabía! ¡Es real, es Santa! —chilló mi pequeña Sophia aplaudiendo y saltando de lo más emocionada, acción que me recordó a Alice. Definitivamente mi niña pasaba mucho tiempo con la pequeña duende hiperactiva.
—¿Qué hacen...? —me golpeé mentalmente, se suponía que era Santa y debía hablar como el viejo barrigón. Me aclaré la garganta e hice mi mejor imitación del hombre del traje rojo—. Deberían estar dormidos, los niños no pueden ver a Santa.
—¿Recibiste nuestra carta? —preguntó Ari retorciendo sus manitas con nerviosismo.
—Claro que sí, recibo las cartas de todos los niños del mundo —respondí agradeciendo en esa ocasión no haber olvidado que me encontraba en medio de una actuación.
—Mi hermana se refiere a la última carta que escribimos —dijo Keily rodando los ojos con fastidio.
—Sí, en la que cancelamos todos nuestros regalos y te pedimos que siguiéramos siendo una familia —de qué diablos estaba hablando Andrei, ¿por qué no seriamos una familia?
—Nuestros papás se van a divorciar —murmuró Ariadne, como si hubiese leído mi mente, y casi me caigo de la impresión. ¿De dónde diablos mis hijos habían sacado esa tontería?
—¿Qué es divorciar? —preguntó Sophia frunciendo el ceño.
—Es cuando los padres ya no viven juntos. Papá se irá de la casa, nosotros nos quedaremos aquí con mamá y veremos a papá los fines de semana. Al menos hasta que él se vuelva a casar, tenga otros hijos y se olvide de nosotros para siempre —respondió con frialdad Keily y los hojitos de Sophia se llenaron de lágrimas.
—¿Quién les dijo que sus padres van a divorciarse? —con esfuerzos me senté en el suelo, pues el maldito traje tenía que ser tan real que hasta relleno tenía.
—Nadie, pero los hemos escuchado pelear y los padres se separan cuando pelean. Los papás de uno de mis amigos se divorciaron porque peleaban, él me dijo que pasaría cuando eso ocurriera y no queremos dejar de ser una familia, queremos vivir con mamá y papá —respondió Andrei y mi corazón se apretó dolorosamente dentro de mi pecho, tragué con fuerza para alejar el nudo en mi garganta y los cuatro se sentaron en el suelo.
—Y lo harán, nosotros seguiremos... digo, ustedes seguirán siendo una familia. El que sus padres discutan no quiere decir que vayan a divorciarse, los padres no siempre están de acuerdo y por eso discuten. Las parejas que se separan lo hacen porque ya no se quieren, pero su padre ama a su mamá, ella y ustedes cuatro son su mundo entero y ni siquiera se imagina una vida donde no estén con él.
—¿Lo dices en serio? —preguntó Keily con voz ahogada y entonces lo supe, la razón por la cual mi princesa se había estado comportando así los últimos días era por el supuesto divorcio. Cuánto debieron pasar mis pequeños al pensar que su familia se rompería.
—¡Por supuesto que sí! Recuerden que soy Santa y lo sé todo, además de que no les mentiría sobre algo tan delicado —los cuatro sonrieron y antes de que me diera cuenta, había sido aplastado por cuatro pequeños cuerpos que me hicieron caer de espaldas.
—¡Genial! Entonces si recibiremos nuestros regalos, ¿verdad? —asentí y chillaron emocionados.
—Pero tienen que ir a dormir, y no pueden decirle a nadie que me han visto ¿de acuerdo? —asintieron y se levantaron, Ariadne y Andrei salieron corriendo hablando emocionados sobre los regalos que recibirían, Keily tomó de la mano a Sophia y antes de marcharse me dio una tímida sonrisa.
—Debes comer las galletas y tomar la leche —señaló la mesita donde reposaban un plato con galletas y un vaso con leche.
—Lo haré —le guiñé el ojo y ambas se marcharon.
Esperé hasta que todo estuviera silencioso antes de regresar a la habitación, me puse el pijama y guardé el disfraz de Santa en el fondo del armario, no quería que por error los niños lo fueran a ver. Bella ya estaba dormida pero yo no tenía sueño, así que decidí ver si los niños habían vuelto a dormir.
Andrei, Ariadne y Sophia dormían profundamente, pero en la habitación de Keily la luz estaba encendida, me debatí por un momento entre irme o entrar, pero al final me decidí a entrar y no me sorprendió ver a mi hija aún despierta.
—Lo lamento papi —murmuró bajando la mirada.
—¿Por qué lo lamentas, cariño? —me senté en el borde de la cama, se lanzó sobre mí abrazándome con fuerza y comenzó a llorar.
—Por lo mal que me he comportando con todos... pero yo creí que... que tú y mamá iban a...
—Tranquila cariño, todo está bien —froté con suavidad su espalda hasta que se tranquilizo y dejo de llorar.
—Es bueno saber que mamá y nosotros somos tu mundo entero —se apartó de mí rompiendo el abrazó y con mis pulgares limpié el rastro de sus lágrimas.
—Nunca dudes de eso, ustedes son lo más importante y lo mejor que me ha pasado —me dio una pequeña sonrisa—. Ahora sí jovencita, a dormir.
—Buenas noches Santa —sonrió y se acostó—. Descuida, tu secreto está a salvo conmigo.
—¿Cómo supiste que...? —dejé la pregunta inconclusa y se encogió de hombros.
—Papá, sé que Santa no existe desde que tenía ocho. Una niña de la escuela lo dijo, así que para demostrarle lo contrario, me escondí esperando a que Santa llegara por la noche y entonces te vi a ti, esa Navidad engañaste a mama y no usaste el disfraz. Si se entera estarás en grandes problemas.
—Pero tú no le dirás, ¿cierto? —asintió extendiendo su dedo meñique, sonreí enganchando mi meñique con el suyo cerrando el pacto.
La arropé y murmuré un "descansa princesa" antes de apagar la luz y salir de la habitación.
Por la mañana estábamos todos sentados alrededor del árbol, papeles y moños de color esparcidos por el piso, risas y chillidos emocionados inundaban el ambiente y no podía ser más feliz de poder compartir un momento como ese con mi familia.
Tomé un sorbo de mi taza de café, Bella apoyó la cabeza en mi hombro y dejé la taza a mi lado en el suelo para poder abrazarla. De pronto Ariadne frunció el ceño y clavó la mirada en nosotros, Bella rió por lo bajo y murmuró un "aquí viene".
—Amor, ¿acaso sabes algo que yo no sé? —levantó un poco el rostro y besó mi mejilla.
—Sí, pero ahora te enterarás —se apartó rompiendo el abrazo y tomé de nuevo mi taza de café.
—Papi, ¿Santa además de traer regalos, también cumple deseos? —preguntó Ari y Bella ahogó una carcajada.
—Claro que sí Ari, o acaso ¿ya te olvidaste de la noche pasada? —dijo Andrei viendo a su hermana como si fuera un bicho raro.
—¡Oh, es cierto! —negué con diversión y tomé un sorbo de café—. Entonces le voy a pedir que cuando sea grande, pueda casarme con Gian Lucca.
Escupí el café al escuchar ese "pueda casarme con Gian Lucca" salir de los labios de mi bebé y Bella comenzó a reír, risas que fueron secundadas por las de nuestros hijos. Era definitivo, tenía que comenzar a asimilar que un futuro, el cual esperaba fuera muy pero muy lejano, Gian Lucca Lowell pasaría a formar parte de mi familia.
¡Hola! Paso a dejarles este Outtake navideño que aunque un poco fuera de tiempo, no quise dejar de compartirlo con ustedes; espero que les gustara y... ¡Feliz Navidad! (algo atrasada) y ¡Feliz Año Nuevo! (un poquito adelantado)
