Cap. 2 Ocho años en una valija.
Ingresé al Colegio San Pablo.
Estudié Comercio Exterior.
Aunque es un internado, la tía Elroy prefirió que yo fuera alumna externa y puso un chofer a mi disposición.
Mis períodos vacacionales eran eso, vacaciones, conocí gran parte de Europa y Asia. Mis fines de semana era involucrarme en la parte de negocios que le correspondía a Elroy, que ahora, por derecho testamentario me corresponde a mí… su única heredera.
Tres años atrás le diagnosticaron metástasis –Le diste luz a mi vida, hija
Aún lloro ante su recuerdo.
Me quedé los siguientes tres años después de su muerte para culminar la licenciatura y honrar la memoria de mi tía, la casa me parecía enorme y fría sin ella, así que esos tres últimos años los pasé en el internado del San Pablo.
El día de su funeral sus dos socios vinieron a darme su más sentido pésame, yo no podía controlar mis emociones –Lo siento mucho, señorita Andry, Elroy era una persona amada por nosotros
-Gracias
-No sé si se acuerde de mí, soy Richard Grandchester, sé que no es el mejor momento pero quiero que sepa que con gusto le asesoraré en todo lo que tiene que ver con la transnacional
-Le agradezco de todo corazón, sé que me hará falta tener a mi lado a alguien como usted.
-Contará con todo mi apoyo
-Le reitero mi gratitud.
Mi mirada se empañaba constantemente de las lágrimas que no cesaban de salir a causa del dolor por la partida de Elroy, aunque la fijaba en la luz bailante de los cirios para que no vieran el futuro sin ella era imposible concentrarme. –Hija
-Papá –Lo abracé
Los siguientes días mi duelo fue mayor, me negué a regresar con mi familia a Nueva York, mis hermanas también me acompañaron, ya no éramos las chiquillas que podíamos resolver las cosas a gritos, risas o peleas, éramos jóvenes adultos a punto de involucrarnos en los negocios familiares. Mis padres aceptaron que me quedara pero me aseguraron visitarme lo más seguido posible.
El Señor Grandchester me asesoró un par de meses y delegó la responsabilidad en el Señor Leagan porque él tenía asuntos qué tratar y atender en América –Recuerda, Candy, cualquier duda que tengas, llámame
-Muchas gracias, Señor Grandchester
-¿Aún no me gano tu confianza para que me llames Richard?
-Sí, tiene toda mi confianza, no sé lo que hubiera hecho sin usted
-Entonces, te ruego que me llames por mi nombre, además somos socios y delante de los demás no soy más que tú, tú eres mayoritaria en esto.
-Está bien, Richard.
Tuve que aprender a alternar estudios con trabajo, la teoría con la práctica.
-Papá, llegaré mañana al medio día
-Por fin, hija. Espero que desees quedarte muchos días
-Sí, al menos una larga temporada, el Señor Leagan se hará cargo de la transnacional, muero de ganas por verlos, abrazarlos, hacer cosas de familia.
-Mañana llegará el hijo de un socio y tendremos una reunión en la casa, me dará mucho gusto que puedas estar.
-Papá, no he cambiado en gran manera, como esperaba, sigo siendo la misma –Dije en todo de broma
-No importa si comes sin cubiertos, o si subes los pies a la silla, si cuentas algo gracioso a la hora de la comida, si revisas el móvil… te quiero a mi mesa, hija.
-Gracias, papá. Te aviso en cuanto aborde para decirte que no hay inconveniente alguno
-Sí, princesa, tu madre te manda saludos y besos…
Hice una pequeña valija en la cual intenté que cupieran ocho años de hermosos recuerdos. No podía llevar, aunque lo deseaba, muchas cosas. Llegaría a casa de mis padres y viviría ahí al menos el año que pensaba pasar con ellos. A demás la gran mayoría de recuerdos los llevaba en el corazón y en la memoria. -Le echaremos de menos, señorita
-Y yo a ustedes, sé que cuidarán la casa, así que me voy sin preocupaciones
-Sí, es usted tan amable de permitirnos vivir aquí.
-Ustedes son las mejores personas que he conocido, estaremos en constante comunicación.
Documenté mi equipaje y tomé mi bolso de mano, la terminal aérea estaba llena debido a las fechas vacacionales de fin de año.
Ingresé a la sala de espera para abordar y comencé a desesperar por el tiempo para ingresar al avión… Pensé en comer algo pero todo estaba lleno de gente… a excepción de una mesa en donde estaba una persona sentada, le observé para cerciorarme que no estuviera acompañado y me puse en marcha. –Una doble con queso, papas y refresco de cola, por favor
-Son $15.20
-Aquí tiene, gracias y felices fiestas. –Tomé mi charolita y me dirigí hacia el lugar vacío- Perdona, ¿puedo tomar asiento?
Apartó la vista de su móvil, frunció las cejas y me indicó con un movimiento de muñeca que podía
-Gracias… está helando ¿Te apetece un café?
Me miró nuevamente pero con las cejas casi unidas.
Dios volvería a preguntar cualquier cosa con tal de perderme en esos hermosos ojos azules.
Permanecí en silencio, saqué mi móvil, revisé mis actualizaciones, di un mordisco a mi hamburguesa, tomé mi soda… no me había pasado el bocado cuando me metí una gran patata frita llena de cátsup –Están deliciosas ¿Apeteces una?
-Movió negativamente la cabeza y me miró con fastidio
Nuevamente silencio.
Mi impertinencia de nuevo. –Pruébalas –Dije estirando mi mano con una patata bañada en salsa acercándola a su boca, se retiró hacia atrás de manera instintiva lo que provocó que la salsa cayera en su blanca y fina manga que sobresalía de su abrigo.
Se limpió con una servilleta, me miró con enojo, tomó sus cosas… lo seguí con la mirada hasta que depositó los restos de sus alimentos en el contenedor de desperdicios y me miró por última vez, encogí los hombros, ladeé la cabeza y le sonreí.
Caminé para matar el tiempo, pensaba en comprar algunas cosas para llevarle a mi familia pero no estaba en Inglaterra por viaje de placer sino porque ya residía aquí así que entre tanta indecisión opté por no comprar nada.
Al tomar mi lugar en la fila, ya había abordado primera clase, de la cual yo tenía mi billete, así que me formé en la segunda clase –Su pase de abordar, por favor
-Aquí está.
-Señorita, los de primera clase ya abordaron, permítanos un momento en lo que los demás pasajeros aborden y le acompañará una azafata
-Sí, muchas gracias…
Ahora tenía que esperar y ser custodiada como niña pequeña por mi descuido… bien.
Podía sentir las miradas de algunos pasajeros al pasar junto a ellos, pero no importaba – Este es su lugar, tome asiento y siga las indicaciones, por favor –Dijo sonriente la azafata.
-Gracias, colocaré esto por aquí y tomaré asiento – Señalé el portaequipajes superior y le guiñé un ojo
Saludé cortésmente al hombre mayor y regordete que ocupaba el asiento que daba al pasillo quien me sonrió y se puso sobre sus pies para permitirme el paso, el segundo pasajero mantenía los ojos cerrados y tenía los auriculares puestos –Disculpa –Llamé tres veces al no obtener respuesta le toqué el hombro, inmediatamente se quitó los audífonos y miró en mi dirección, su rostro inexpresivo no duró mucho dando paso a la sorpresa aunque su gesto cambió al reconocerme –En verdad lo siento tanto, pero ese – señalé el asiento vacío junto a la venta – es mi lugar.
Se puso sobre sus pies y gentilmente como todo caballero, me cedió el paso. Los dos caballeros esperaron a que tomara mi lugar para tomar los suyos.
Cerró, nuevamente, los ojos y cruzó los brazos a la altura del pecho. –Damas y caballeros, lamentamos los inconvenientes pero debido a una densa nube de niebla el vuelo será demorará unos momentos para despegar, les rogamos que no se aparten de sus asientos y conserven la calma…
-Sí, papá, llegaré pronto… es debido a un banco de niebla… también te amo. – Demoramos dos horas en salir, la mayoría de las personas informaban a sus familiares o a quienes les estuvieran esperando, todos decíamos lo mismo.
La ventaja de haber adquirido un billete para las primeras horas de la mañana, considerando las diferencia de horarios me daban la tranquilidad de llegar a una buena hora a casa de mis padres aunque eso no evitaba pasar las siguientes, casi, siete horas sentada casi sin poder moverme.
La demora, la soda que me tomé y el café que me tomé antes de abordar más el juguito en el avión provocaban ansias para ir al servicio de damas, pero no quería causar molestias, el señor regordete de la orilla dormitaba con las manos juntas en el pecho y la cabeza sujeta por una dona de viaje; mi compañero de alado no había abierto los ojos desde que mandó un mensaje notificando la demora de su viaje. Me movía tantito intentando que la ansiedad por ir al servicio, movía los pies, me removía en mi lugar, respiraba profundo… ¡Ya no pude más! Gracias a Dios ocurrió un milagro, el señor regordete, que después de una breve charla supe que se llama Gabriel, se levantó y se dirigió hacia una azafata y mi compañero de los ojos azules se levantó, me imagino que a estirar un poco las piernas, ahí fue a donde aproveché para ir al servicio; caminé como una tijera, apretando lo más fuerte al centro y estirando las extremidades lo más posible para evitar una tragedia… -Arggggg… uffff, no sé cómo una soda, un café y un juguito pueden causar tanto líquido….
Salí lo más pronto para no interrumpir nuevamente… dirigí mi mirada hacia nuestros lugares y permanecían vacíos, eso quería decir que si caminaba rápido no tendría que molestar de nuevo. En cuanto me senté, ojitos azules ocupó su lugar, ni siquiera me fijé de donde venía, acto seguido se sentó el señor Gabriel.
Me prometí no dar más molestias, bueno, mentalmente se los prometí a mis compañeros de vuelo. Pegué mi cabeza al cristal de la ventana y me quedé quietecita por un laaaaaaaaaaaaaaargo tiempo, bueno, más o menos cinco minutos.
Comenzaba a aburrirme y me quedé observando el piso algodonado bajo las alas del avión.
Aburrimiento de nuevo.
Saqué el móvil y quise jugar con alguna aplicación pero me imaginé que a causa de usarlo podría provocar que nos desplomáramos así que lo guardé, aunque ya estaba permitido el uso por la estabilidad de la nave, preferí no poner a prueba al destino.
Pasaron otros diez o quince minutos.
Cerré mis ojos e intenté dormir…. No pude.
Me removí nuevamente en mi asiento para obtener una posición más cómoda… metí mis manos en los bolsillos del suéter… me encontré un caramelo, le quité la envoltura estando dentro de mi bolsillo y discretamente me lo metí a la boca; nuevamente recargué la frente al frío vidrio de la ventana… el caramelo en mi boca pasaba de una mejía a otra, cuando de pronto el servicio de té comenzó a pasar –¿Le sirvo algo, señor?
-Un coñac, por favor- Respondió el señor Gabriel, yo no quería caer en la tentación de solicitar agua, jugo… ningún líquido, así que ni siquiera miré a la azafata.
-¿Señor?
-Un wisky- Por Dios Santo! Ojitos azules tiene la voz tan hermosa como sus facciones… miré en su dirección y sus ojos se centraron en mi abultada mejía que escondía mi caramelo… la sangre se me subió, se me bajó… y viré inmediatamente de nuevo a la ventana.
Muchas gracias por leer.
Hermoso día
