Notas: Los escritos en letra cursiva pertenecen al punto de vista y pensamientos de cada personaje, además de la representación escrita de sonidos. Los escritos en letra cursiva y negrita son cartas, periódicos, etc.


LAS VUELTAS DE LA VIDA


VIII

Revoco memoriam

Se reprimió mentalmente, esperaba que él no estuviera riéndose de ella, después de todo, ya podría haber tenido la decencia de esperarla. Miró para ambos lados y la puerta se abrió. Ginny se sobresaltó, en un primer momento no vio entrar a nadie, pero prestó más atención y observó como entraba Elia, la pequeña elfina. Llevaba la misma ropa que la primera vez, pero ahora su cabeza estaba adornada con un gracioso gorro a conjunto con su ropa y parecía más feliz.

-Hola, Elia -saludó a la elfina.

-Hola, señorita, Elia se alegra de que haya vuelto. El señor Malfoy la espera en el salón, pase señorita.

Ginny se debatió consigo misma en darle una larga charla a la elfina para decirle que no había vuelto para quedarse. Pero la elfina la guió hasta la puerta del comedor y se apartó para que ella pasara. Hizo una reverencia y desapareció. Ella entró en el habitáculo y se sorprendió. Todo estaba espectacular. La cubertería era de plata. Los vasos, las copas y los platos eran de cristal. Todo era lujoso y muy fino. El mantel era de color crema y parecía de seda. La mesa estaba decorada con velas rojas y blancas. Malfoy estaba despaldas y de pie junto a la mesa. Se giró cuando escuchó la puerta cerrarse y la miró. Parecía satisfecho.

-Ya pensaba que no vendrías, Weasley -le dijo con una pequeña inclinación de cabeza.

-No creas que no he estado tentada a hacerlo -le contestó ella intentando ser todo lo arrogante y distante que podía.

-Me encantaría empezar a discutir contigo, pero Elia ha trabajado mucho en la cena y no me gustaría hacerla esperar. -Espetó.

Ginny puso cara de circunstancias. No lo creía realmente, ¿él preocupándose por la elfina…? Pensó. De todas maneras se sentó. Él hizo lo mismo y casi al instante apareció la elfina con los primeros guisos, dejándolos en la mesa.

-¿Señorita, quiere vino? -Le preguntó Elia.

-Sí, por favor -contestó ella extendiendo su copa. Le sirvió el vino y miró a Malfoy.

-¿Y usted, señor? -Le preguntó. Ginny se sorprendió de que la elfina no sintiera tanto temor al dirigirse a él como antes lo hacía.

-Yo tomaré Coñac, gracias -le contestó y Elia le sirvió. Con una cara de sorpresa por parte de Ginny ante la amabilidad de Malfoy, los dos empezaron a comer.

-Bueno, Weasley, entonces... ¿por qué te has decidido a venir? -Le preguntó.

-Es sencillo, Malfoy, hasta para ti debería ser fácil entenderlo. Quiero seguir con mi vida. Y no puedo hacerlo si no me dejas en paz. -Contestó ella tajante.

-Entiendo...

Comieron en silencio. Para ella la situación empezaba a ponerse irritante.

-¿Me has hecho venir para nada, Malfoy? -Le dijo después de unos minutos en silencio.

-Claro que no, Weasley, pero cada cosa tiene que ser a su debido tiempo. -Contestó él simplemente.

-Pues creo que ya es el tiempo. He venido aquí para que me des una explicación y si no la tienes pues, simplemente me iré. -Dijo ella con el cejo fruncido.

-Lo siento, pero no la tengo.

Ella pareció sorprendida por unos segundos.

-¿Me has hecho venir para nada? –Preguntó indignada.

-No, simplemente no tengo ninguna explicación para justificar que soy un imbécil -contestó él.

Ginny una vez más pareció sorprendida, pero logró disimularlo.

-Vaya, Malfoy, al menos en algo estamos de acuerdo -Le dijo conteniendo una sonrisa.

Siguieron comiendo. Ella quería hablar del tema, pero no veía por dónde empezar y además era él el que tenía que hablar. Al final, el tiempo pasó y acabaron de cenar. La elfina pasó con una bandeja de dulces y licores.

-Tomaremos eso en la sala, Elia -dijo Malfoy. Se levantó y camino a la sala contigua. Al ver que ella no lo seguía se giró.

-¿Piensas quedarte ahí? -Le preguntó.

-Emm... No, ya voy. -Le contestó. Se levantó y lo siguió.

Se llevó una sorpresa al ver la sala. Ya no había sillones y frías paredes con cuadros como hace algunos días, ahora había una mesa muy baja en el centro, con cojines para sentarse esparcidos por el suelo. La moqueta color plata estaba impecable. La chimenea encendida con un intenso fuego y un ambiente muy acogedor. Había velas flotando, dando una luz muy tenue. El techo reflejaba el cielo nocturno, como en el gran comedor de Hogwarts.

-Vaya -alargando las vocales, esa única palabra salió a modo de suspiro-. Ejem ejem... Veo que has cambiado la decoración -dijo recuperando la compostura.

-Sí, espero que sea de tu agrado -contestó. Y acto seguido se sentó en un cojín mientras la elfina dejaba los pasteles y bebidas sobre la mesa.

-Gracias, Elia, está todo bien, puedes irte a descansar. -Le dijo y la elfina se retiró-. ¿Quieres licor, Weasley? -Preguntó con una sonrisa.

-Sí… Emm de melocotón -contestó cohibida y apartando la vista. Él se lo sirvió y se echó otro. Ella no se cortó y cogió un dulce, después de todo, había que aprovechar la situación-. Mira Malfoy todo esto está muy bien, pero yo he venido aquí por una explicación y si no me la das tendré que marcharme. -Le dijo ya algo molesta.

-Bueno... -suspiró- veo que no podré distraerte… Está bien, pregunta lo que quieras -indicó abriendo sus manos hacia ella.

-¿Por qué te pusiste así la otra noche? Aunque siempre fueras un engreído, pensé que eras lo suficientemente caballero como para no hacer ese tipo de numeritos en público -dijo ella frunciendo el entrecejo.

-Sí que soy un caballero -contestó él tranquilamente.

-Si… -dijo con cierta ironía en la voz, alargando la vocal exageradamente-. Un caballero que empuja a las mujeres, permíteme que me ría. ¿Por qué te pusiste así?

-Porque no soporto al señor Lamper -dijo entre dientes-. Además estaba babeándote, deberías agradecerme que te lo quitara de encima.

-¡¿Cómo que me lo quitaras de encima?! ¡Si lo único que hiciste fue empujarme sobre él! -Le gritó.

-Sí, el te babeaba y tú le seguías el juego… una patética escena, si me permites añadir -dijo con un aspaviento.

-Simplemente era amable conmigo -se defendió.

-Sí claro, Weasley. A ver... llevabas un par de días prácticamente sin hablarme a mí, pero para él sí tenias ganas ¿no es así? -Preguntó con enfado.

Realmente Malfoy tenía razón en eso, hacía un par de días que estaba incómoda y muy confundida, por eso no le hablaba casi, pero no le daré el gusto de llevar la razón, pensó ella.

-Eso no es excusa para ponerte así, Malfoy. Esa situación fue humillante. -Contestó.

-Sí claro, Weasley -contestó sarcástico mirando hacia otro lado.

-¿No piensas reconocer que te pasaste? -Preguntó ya completamente ofendida.

-No, claro que no, ya te he pedido perdón varias veces, yo ya me he humillado bastante -le dijo arrogante. Para ella, eso fue la gota que colmó el vaso, se puso roja de la ira.

-Ajam, ya veo. No sé para qué diablos querías que viniera, pero está visto que no vamos a llegar a ninguna parte, Malfoy. Me voy.

Acto seguido se levantó del cojín y se fue en dirección hacia la puerta. La abrió y salió por ella.

-Condenado idiota, hacerme venir para esto, no sé porqué accedí a venir -iba murmurando ella mientras salía de la Mansión. Caminó por el césped sin un rumbo fijo, debería de haber una puerta de salida por algún lado, pero ella sólo veía césped y más césped. Siguió su camino bordeando el terreno por los lados de la piscina y de pronto cayó en cuenta de su estupidez-. ¡Diablos, soy una bruja! -Chilló. Se aparecería en la Madriguera, así que cerró los ojos fuertemente visualizándola y… Ploff.

¿Humillarte bastante? ¿En serio? ¡Demonios! Pensé. ¿Cómo pude decirle eso? No me extraña que se enfadara así conmigo. Tengo que buscarla y rectificarme.

Salí de la sala y me dirigí hacia la otra por donde ella había venido, pero al llegar me di cuenta que la chimenea no había sido utilizada.

-Si, entonces si no se ha ido... ¿dónde está? -Pregunté a la nada.

De pronto lo comprendí todo y salí corriendo lo más rápido que pude hacia la salida. Fui directo hacia la piscina y allí estaba, boca abajo, inmóvil. Rápidamente me tiré al agua y la saqué de allí. Como pude la llevé hasta dentro de la Mansión.

Abrí los ojos lentamente. Parpadeé. Veía algo borroso. No tenía ni la menor idea de dónde estaba. Me froté los ojos con las manos y me incorporé levemente. Estaba tumbada sobre un sillón lejano en la sala donde había estado con Malfoy. Él estaba junto a mí, se había dormido y tenía la cabeza un poco húmeda, apoyada sobre el brazo del sillón. Le di un toquecito en el hombro.

-¿Malfoy? -Hable en un susurro. El abrió los ojos, se levantó y se puso de pie rápidamente-. ¿Qué hago aquí? -Pregunté.

-Intentaste aparecerte… pero nadie puede aparecerse ni desaparecerse en la Mansión Malfoy, excepto yo y mi elfina. Te encontré en la piscina... ya es la segunda vez. Llevas desmayada un par de horas. -Me dijo con suavidad y medio reprendiéndome a la vez.

-Ahhh... vaya no lo sabía, solo intentaba llegar a mi casa... Mmm, gracias. -Le dije.

Me miré mientras me incorporaba y vi que no tenía mi ropa puesta. Llevaba una camisa de seda de manga larga y era de hombre. De él.

-¡Malfoy! ¿Dónde está mi ropa? ¿¡NO ME DIGAS QUE TÚ ME HAS DESNUDADO!? -Chillé.

-Tra… tranquila, Weasley. No te quité la ropa interior. Estabas empapada... ¿qué querías que hiciera? Si no estás helada es gracias a mí. -Me dijo completamente ofendido.

-Podrías haberme despertado o ponerme cerca de la chimenea, yo que se… -le dije, pero hasta yo misma notaba que se me agotaban las excusas. De repente me llegó algo a la cabeza que había pasado por alto-. ¿Cómo que la segunda vez? Yo solo recuerdo haberme caído hoy a la piscina, Malfoy. Deberías dejar de beber -le dije.

-Tú lo has dicho, que tú recuerdes. Pero te metiste también la primera vez que fuimos a casa de Lamper. -dijo tranquilamente. Yo sin embargo, me quedé perpleja.

-Espero oír una buena explicación sobre muchas cosas, Malfoy -le dije.

-¿Cómo cuales? -Me preguntó sentándose en uno de los cojines.

-Bueno… En primer lugar, ¿por qué me desperté con tu camisa aquella noche? ¿Por qué tenía los pies verdes? ¿Qué hacía mi varita en la piscina y por qué no te desangraste si no te había puesto la pomada? -Pregunté rápidamente. Hasta me sorprendí a mí misma de la cantidad de cosas que quería que me explicara.

-Bueno, es una larga historia. Todo eso se resume en una explicación… Te borré la memoria.

-¿Me borraste la memoria? -Le dije levantando una ceja, impactada por lo que me acababa de oír.

-Sí, y es una historia larga… Creo que será mejor devolverte tus recuerdos, no me creerías si te lo dijera… -dijo lentamente.

-Yo… Bueno, sí, me gustaría saber lo que pasó. -Contesté ya intrigada. Acto seguido, me apuntó con su varita a la cabeza.

-Revoco memoriam.

Cuando el hechizo impactó en mí, me quedé totalmente inmóvil, como si estuviera bajo el hechizo petrificus tutalus. Pero mi cabeza dio vueltas y una serie de imágenes pasó ante mí. Yo caminando, riendo y tambaleándome por el pasillo... Bañándome en la piscina... Malfoy corriendo hacia mí pensando que me había ahogado... Cerca de la chimenea, poniéndole el bálsamo... Un abrazo... Salimos fuera... Un jardín precioso... Un beso... Su camisa sobre mis hombros... Toda la noche juntos... Todo paró tan súbitamente cómo había empezado, pero lo recordaba todo a la perfección.

-Woow -me limité a decir después de unos minutos. Pensaba algo más ingenioso que decirle, o algo que echarle en cara, pero estaba demasiado sorprendida para reaccionar. Todo encajaba. Y vaya si encajaba.

-¿Por qué me borraste la memoria? -Le pregunté.

-Porqué sí -respondió.

-Vamos, Malfoy, sé sincero -le rogué.

-Está bien... Te borré la memoria porque no quería que estuvieras conmigo sólo porque hubieras bebido. -Respondió-. Hacerlo así no tiene mérito.

-¿Qué te crees que soy? ¿Un trofeo? Por Merlín. -Le dije algo irritada.

-Sí, algo así -contestó con media sonrisa.

-Pero bueno, Malfoy, ¿tú que te crees? ¿Qué puedes jugar así con la gente? ¡Yo no soy un trofeo que te puedas ganar!

-Para mí, sí lo eres -dijo- nunca había estado con una persona cómo tú…

-¿Debo tomármelo como un insulto o como una alabanza? -Le pregunté.

-Puedes tomártelo como quieras, Ginevra, pero tú sabes que no te lo digo de manera despectiva. -Me dijo sereno.

Respiré hondo. Pensándolo mejor eso era como un alago por parte de él, siempre fue muy frío y algo reticente a la hora de hablar por lo menos de sentimientos. Pero aquella noche en la fiesta se abrió completamente a ellos y sé que fue sincero, por Merlín lo pude notar en sus ojos, en su forma de ser para conmigo, me sentí especial y segura en sus brazos. Sin embargo, lo que aconteció en la última fiesta... cuando me trató así… pudieron ser celos, pero a mi me hizo sentir tremendamente mal.

-Está bien -contesté después de tanto pensar. Nos callamos un momento, me moría de ganas de preguntarle mil cosas pero no sabía por dónde empezar. Y además de eso, empezaba a tener frío.

-¿Te importa si nos acercamos al fuego? -Pregunté- me muero de frío.

-Vamos -contestó. Nos acercamos al fuego, pero antes, dijo- accio cojines -y algunos cojines pasaron volando y quedaron junto al fuego. Nos sentamos y aunque aún tenía frío, el fuego fue de gran ayuda. Él simplemente me miraba. Por unos segundos me incomodé y desvié la mirada hacia las llamas de la chimenea.

-Y… ¿qué pasó en Hogwarts? Digo, lo de la enfermería, la foto y todo eso. –Le pregunté.

-Para eso no tengo explicación. Tú simplemente eras una más de los Weasley, con un espíritu un tanto rebelde, mucho carácter... y a pesar de tener tantos hermanos, siempre te defendías tu sola. Pero en aquella ocasión te veías tan frágil entre mis brazos que… No sé, simplemente no tengo una explicación para lo que me ocurrió. Era diferente, pero no iba a perder mi orgullo para estar contigo... yo siempre me metía con todos vosotros. Simplemente me sentí un poco atraído y te besé. -Dijo él mirándola atentamente.

-¿Y ahora? -Dije mirándolo de soslayo.

-Ahora las cosas son diferentes, ambos hemos madurado y todo ha cambiado. -Contestó desviando su mirada hacia el fuego.

-Sí, las cosas cambian, eso es normal, pero como tú dices, no dejarás de ser un Malfoy y yo una Weasley -dije con aparente calma, pero algo en mi voz denotó preocupación por su respuesta.

-Que equivocada estás. Te empeñas en recordar Hogwarts y la rivalidad entre nuestras familias... me parece que ya te he dado suficientes razones para que dejes eso a un lado, Weasley -dijo él sorprendiéndome.

-Es difícil asimilarlo cuando ni siquiera me llamas por mi nombre -contesté con una sonrisa en mi rostro, ya mirándolo por fin a la cara.

-Por Salazar, Weasley, es la costumbre -me dijo pasando una mano por su nuca.

-Has vuelto a hacerlo -reí.

-Está bien... Ginevra.

-Aún puedes mejorar…

-De acuerdo Gi… Ginny -articuló un poco serio.

-Mucho mejor -le contesté sonriente- ¿Puedo llamarte Draco?

-Sí, claro. -Dijo él y algo cambió en su rostro, en sus ojos.

-¿Y… huroncito? -Pregunté sonriente.

-No abuses de mi confianza, Ginevra -contestó secamente, yo estallé en carcajadas.

-Está bien, lo siento, sólo bromeaba -dije después de un rato-. Bueno, pues supongo que ya está todo aclarado... Encantada de mantener una conversación civilizada contigo. Me alegra saber que no tenemos porqué acabar echándonos hechizos o maldiciendo -me levanté, le dirigí una última sonrisa y le dije- mañana vendré a darte algunos frascos más de poción. Buenas noches… Draco.

-A... adiós, Ginny. -Dijo algo confuso.

Cogí mi ropa, mi bolso y mis zapatos, y me dirigí al salón dónde estaba la chimenea por la que había llegado. Sólo una palabra volaba en mi mente… Cobarde. No, no soy cobarde, ya habíamos aclarado las cosas, habíamos cenado y yo me marchaba, y además era tarde... ¿Era tarde? Vaya excusa tan tonta. Estás huyendo, otra vez esa vocecita en mi cabeza. No estoy huyendo… casi que me decía a mí misma. Mierda, sí, realmente sí lo hacía. Pero era normal, estaba confundida, toda esa información no se digiere en unos minutos, necesitaba tiempo... ¿Tiempo para qué? Es claro que tengo sentimientos encontrados y que aunque el rompecabezas quedó armado con todas las piezas, mi corazón latía agitado. Una vez me pregunte si me gustaba Draco y es claro que sí, pero... ¿hay algo más? ¿Puede haber algo más? De nuevo, recordé el día de la fiesta del señor Lamper y cómo me trató cuando me vio cerca de él. Sí, definitivamente fueron celos.

Pufff... Estaba demasiado confusa. Respiré hondo. Me senté sobre el sofá y me quité su camisa. Era cierto, aún llevaba mi ropa interior. Dejé su camisa sobre el sofá y me puse los vaqueros. Estaban mojados y costaba subirlos. Me los puse, solo quedaba abotonarlos, pero me distrajo una lechuza gris de ojos azules que se paró frente a mí y me extendió una pata. La reconocí enseguida, era la de Draco. Tenía un pequeño pergamino atado, se lo quité con cuidado y lo abrí. Con una letra apresurada pero bonita y clara decía:

Por Merlín, ¿no has entendido que lo que trataba de decirte es… que te quiero?

D.M.

Un escalofrío subió desde la parte más baja de mi espalda hasta el cuello y un nudo se formó en mi estómago. Me sentí eufórica, contenta y feliz. Me quería, no pudo decirlo con palabras, pero Merlín, me quería. Había que tomar una decisión y había que tomarla ya. Estaba decidida. Salí corriendo hasta la habitación de los cojines. No estaba allí.

-Mierda -dije- ¿dónde...? ¡Claro! ¡El jardín!

Salí corriendo hacia la puerta de la casa. La abrí. Fui por el césped hasta el lado por donde estaba el jardín y lo vi de lejos caminando sobre la hierba. Me entró miedo. Pero no era momento de echarse atrás, ya había llegado hasta aquí y no tenía nada que perder. Corrí todo lo fuerte que mis piernas y mis vaqueros mojados y ajustados me permitieron, y cuando lo tenía a unos pasos, se dio la vuelta, algo asustado. Yo literalmente me abalancé sobre él y rodeé su cuello con mis brazos, abrazándolo. Perdió el equilibrio y cayó de espaldas, quedando yo encima de él, aún rodeándolo con los brazos.

-Lo siento -le dije algo alterada con mis mejillas encendidas.

-No te preocupes, ha sido el golpe más dulce que he recibido en toda mi vida. -Me contestó.

Yo sonreí y noté como sus brazos rodeaban mi cintura, pegándome más a su cuerpo. Apoyé mi cabeza sobre su pecho y nos abrazamos con fuerza respirando entrecortadamente. Yo por la carrera, y él por el susto, supongo. Se incorporó y yo me hice a un lado, sentándonos uno al lado del otro, mirándonos. Sobre mi barriga caían algunas gotas de mi sujetador mojado. Él se echó hacia atrás, quedando yo sentada de espaldas a él. Me acarició los brazos con suavidad. Estuvo unos instantes sin hacer nada y entonces noté cómo sus manos recorrían mi espalda, apartando el pelo de mi coleta alta y desabrochando mi sostén. Me sentí un poco incómoda cuando me lo quitó, pero cuando aún no había tenido tiempo de pensarlo, puso su camisa sobre mis hombros. Agradecí el gesto mirando hacia atrás por encima de mi hombro, otorgándole una sonrisa que me devolvió. Miré hacia delante, me quité el sostén mojado y me abotoné algunos de los botones de la camisa. Deshice la coleta dejando caer mi largo cabello húmedo. Después, se levantó y me extendió una mano para que me levantara.

-No es que no me guste cuidarte, pero no quiero que cojas frío -me dijo- vamos dentro.

Con las manos aún entrelazadas, entramos a la casa y volvimos a la calidez de la habitación de los cojines. Nos acercamos lo más posible al fuego y nos sentamos. Pero los pantalones me molestaban y seguían mojados, así que me levanté y me los quité, quedando solo con las braguitas y su camisa, que me llegaba por los muslos.

-Estás preciosa -me dijo con una media sonrisa.

Yo me arrodillé junto a él y nos miramos a los ojos. Ya no había dudas, se habían esfumado totalmente. Se acercó a mí y juntamos nuestros labios. Fue un beso suave y corto, perfecto; se separó y me dijo:

-Cada vez me gusta más robarte besos.

-Aunque no lo creas, ya te los he cobrado -le dije sonrojada.

Él me miró sonriente.

-Sí, ¿qué pasa? Darte un beso mientras duermes… ¿Es pecado? -Le pregunté divertida.

-No. Pero cuando lo deseas tanto como yo lo deseo, no es un beso robado, es regalado. Además... sé que aquella noche que pasaste cuidando de mí, en mi habitación, me besaste. -Me contestó con una sonrisa. Yo me sorprendí por sus palabras.

-¿Cómo lo...?

-¿Sé? Bueno... no suelo despertarme con marcas de carmín rosa en mis labios por las mañanas.

-Pillada -dije y los dos reímos.

Sentí unas ganas tremendas de darle un abrazo y lo hice, me lancé contra él y lo apreté fuerte mientras él rodeaba con sus brazos mi cintura. Poco a poco, empezó a darme cortos besos en el cuello y pequeños suspiros escapaban irremediablemente de mi boca. Acarició mi oreja con su mejilla y se entretuvo hasta llegar a mis labios. Los humedeció y me besó muy tiernamente, finalmente, el beso creció al igual que la pasión. Yo pasaba mis manos por su espalda, su pecho, su pelo, todo un territorio nuevo para mí y que me encantaba conocer en él. No dejamos de besarnos ni un solo momento. Después de un rato, sus suaves manos se colaron por debajo de la camisa, recorriendo mi espalda desnuda con delicadeza. Yo se las cogí y las dirigí hasta el último botón de la misma, y aunque se sorprendió un poco con mi gesto, unos instantes después, empezó a quitarme los botones con una media sonrisa que para mí fue adorable. Cuando ya no quedaron botones que quitar, se limitó a mirar mi pecho desnudo y, después de unos segundos, puso de nuevo sus manos sobre mi espalda y me atrajo hacia él plantándome un impresionante beso.

Pasó un largo rato y ambos acabamos en ropa interior. Cuando íbamos a llegar a más, él me cogió en brazos y se dirigió hasta la puerta, salimos al corredor y subió las escaleras todavía conmigo en sus brazos, dándome besos por el camino. Y finalmente llegamos a su habitación. Ambos sonreíamos como dos adolescentes. Me dejó sobre la cama y, besándome, fue acomodándose encima de mí. Con suavidad me quitó la única prenda interior que me quedaba y yo hice lo mismo con él. Me sonrojé hasta las orejas cuando vi su virilidad en todo su esplendor. Empecé a ponerme un poco nerviosa y tuve miedo. Pero él se lo tomó con calma, cubriendo mi cuerpo de pequeños y suaves besos, caricias... Cuando noté su miembro en mi abdomen, no pude evitarlo, me removí un poco incomoda.

-Draco, yo no…

-Lo sé -dijo él en un susurro, con una media sonrisa de lado. Me miraba con pasión y con los ojos dilatados por el deseo, mientras me acariciaba una y otra vez-. Te quiero, Ginny -me susurró al oído.

Enseguida se me fue el miedo. Oír esas palabras dirigidas a mí, siendo tan sincero, me reconfortaron y le dieron más alegría a mi corazón. Sonreí y le besé. Tomó una de mis manos y enlazó sus dedos con los míos. Aún con nuestros dedos entrelazados, fue bajando poco a poco por mi cuerpo, dejando un rastro de húmedos besos por mis pechos, mi abdomen, mi ombligo… y finalmente llegó hasta mi sexo. En este punto de la situación, decir que me encontraba más roja que mi propio pelo, era quedarme corta…

-Relájate, Ginny…

Y vaya que me relajé. En cuanto su lengua entró en contacto con mi sexo, dejé de respirar. Mi mano libre, agarró las sábanas de la cama y la otra apretó fuertemente su mano. Era increíble. Sentía tantas corrientes eléctricas por todo mi cuerpo que pensé que me desmayaría. Nunca había sentido nada parecido.

-Ahhhh…

Su lengua era muy habilidosa y, en conjunto con su boca, era perfecta en todos los sentidos. Mordía suavemente, chupaba, mordía y volvía a chupar, lamía, absorbía... Hacía tantas combinaciones que me estaba volviendo loca del placer. Yo simplemente me retorcía y me arqueaba. Alejé la mano de las sábanas y no pude evitar agarrar su pelo, revolviéndoselo, acercándolo a mí, no quería que se apartara de ahí.

-Ahhhh… Ahhhh…

Poco a poco, empecé a sentir que algo iba a estallar dentro de mí. Una gran corriente eléctrica se formó mucho más abajo de mi ombligo, enviando espasmos repentinos a todo mi ser. Apreté más su cabeza contra mi sexo, no quería que se separara de mí. Draco solo gruñó, sumido en el momento tanto como yo. Cuando aquellos espasmos acabaron, me relajé tanto que pensé que me iba a derretir allí mismo. Después, él fue subiendo lentamente, sin soltar mi mano ni un segundo, dejando más besos húmedos repartidos por mi cuerpo, y así, poco a poco se acomodó entre mis piernas y entró en mí con suavidad, aferrándose a mi cuerpo.

Después de tal éxtasis minutos antes, sentí dolor. Ahogué un grito apretando mis labios y una pequeña lágrima cayó de uno de mis ojos hasta perderse por entre mi pelo. Él besó el recorrido por donde había caído la lágrima y una vez más me sorprendí de lo tierno que podía llegar a ser. Sonreí y busqué sus labios. Nos besamos y él, con movimientos lentos y apasionados, se movió sobre de mí. El leve ardor dio paso a una sensación extraordinaria con el paso de los minutos. Me hacía sentir plena e increíble. Nos miramos nuevamente a los ojos, los dos con una sonrisa y muy ruborizados, aunque algo me decía que yo estaba más roja que él. Llevé la mano que tenia libre a su cuello y lo acerqué, dándole cortos besos mientras él, con su otra mano libre, me acariciaba el pelo, mirándome embelesado por unos instantes y dándome un beso en la frente.

Tras unos minutos más, sentí la misma sensación en mi cuerpo, más abajo de mi ombligo, enviando corrientes eléctricas a todo mi ser, nuevamente... esa sensación se hacía más y más grande, pidiendo a mi cuerpo más y más. Rodeé con mis piernas sus caderas y los dos dimos una gran exhalación. Con este movimiento, noté cómo la unión se profundizó aún más. No pude evitar gemir y él hizo lo mismo. Se movió más rápido, mientras gimoteábamos de placer. Ambos estábamos llegando al punto máximo de excitación, hasta que exploté de nuevo. Él, con un gran resoplido acompañado de otras sacudidas, explotó también, ya que dio unos movimientos erráticos y cayó sobre mi cuerpo. Enterró la cabeza en mi cuello y yo cerré los ojos, respirando entrecortadamente. Con mi mano libre lo apreté contra mí con las fuerzas que me quedaban, abrazándolo. Nos quedamos así, juntos y unidos hasta que nuestras respiraciones se hubieron calmado.

Un rato después, él salió de mí lentamente y se recostó a mi lado, atrayéndome hacia sí y envolviéndome en un abrazo posesivo. Dándome un beso en la frente, bajando por mi nariz hasta llegar a mis labios. No hubo más palabras, sólo nos mirábamos sonrientes. Con pequeños besos, nos dormimos abrazados, con nuestros cuerpos totalmente desnudos entre las sábanas.