11:35 y recien despierto... Wou, estoy comenzando a madrugar... (?

¡HOOOOLA, CRIATURAS HIJAS DE LAS PROFUNDIDADES DE NARNIA!... Hoy, queridos, estoy feliz... (((¿Rose esta feliz?... ¡Si, lo esta!)))... Ay, ya callate tu, que vives amargada...

¡Cada vez menos para Kung Fu Panda 3!... ¡aaaaaayyyyy! Empezare a chillar de la emocion... Es tan... Tan... ¡oh, yeah, al fin!

Hoy las pallasadas no acuden a mi mente. Es de esos dias en que la felicidad no es solo risas, sino un momento de paz y tranquilidad... Estoy tranquila, siento paz, pero carezco de humor...

Ahora, sin mucho por decir al respecto... ¡A leer!


Marcas de una épica batalla.

¿Quién se fija en la muñeca de otra persona?

¿Quién se toma el tiempo de prestar atención en esa porción de piel?

Nadie.

Nadie, porque no esperas hallar algo interesante allí: solo es piel, solo es una parte más del cuerpo, usualmente oculta contra el costado de tu torso. Allí no existe nada más que eso: piel.

Nunca nadie se preguntó cómo Tigresa se había herido el brazo, ni por qué llevaba vendada la muñeca. Ni siquiera se les pasó por la mente que pudiera haber un motivo en especial, algo que contar. Así como tampoco preguntaron por qué se vendaba los nudillos, ni por qué aparecía a veces con estos lastimados. No es que no les interesara, sino que estaban acostumbrados a la personalidad de ella. Preguntarle sería perder el tiempo, porque no se los diría. Solo les mandaría a callar.

Tigresa se encontraba sola esa noche, sentada en el tejado del Palacio de Jade.

Le gustaba ese lugar, era tranquilo y el viento de la noche, fresco contra su rostro, le daba una especie de paz. Su vista estaba fija en la nada y las garras de su mano izquierda se deslizaban distraídamente sobre su muñeca derecha, como si solo acariciase la piel, como si solo tuviera un poco de comezón en aquella zona.

El ardor en la piel se volvía nada. Un hormigueo, un cosquilleo fácil de ignorar.

Existían muchas cosas fáciles de ignorar. El dolor, por ejemplo, o los sentimientos. Ella era experta en ello. Su entrenamiento no había sido solo físico, sino también mental. Si se concentraba, ni siquiera sentía el dolor. Ni siquiera podía sentir el calor subiendo sobre la piel irritada.

—Ya, deja de hacer eso.

Cerró los ojos, ignorando la voz de Grulla. Respiró, hondo, y lentamente apartó la mano.

—Lo siento —murmuró.

Realmente lo sentía.

No era consciente de en qué momento comenzaba, ni cuando lo decidía. Simplemente lo hacía.

Volvió a abrir los ojos: Grulla se encontraba suspendido en el aire y batía perezosamente las alas para mantener la altura. Tigresa no sonrió, nunca le sonreía a sus compañeros, pero sus ojos cobraron vida.

—Mira.

Y acto seguido, alzó las muñecas hacia el ave.

Grulla arqueó una ceja, con cierto escepticismo. ¿Le estaba enseñando las heridas? Heridas que él mismo había curado, vendado y ayudado a ocultar durante años. Heridas cuya cantidad conocía a la perfección. Por un momento, creyó que si… pero no. Ella no le estaba enseñando heridas, sino la ausencia de ellas.

Su piel lucía mucho más sana de lo que había lucido en años. Los rasguños apenas si se notaban entre el pelaje y los raspones anteriores ni siquiera habían dejado cicatriz. Eso era… bueno. En parte era bueno, y en parte no tanto, porque aún podía ver piel enrojecida. Igualmente, sonrió.

—Wou. Eso es… — ¿qué se dice en esas situaciones?

—Un mes —la voz de Tigresa nunca perdía su firmeza, pero Grulla estaba seguro de haberla oído más… suave—. Ocho, de hecho… si no fuera por los arañazos.

¿Ocho meses?... Ese era el tiempo que Po llevaba en el Palacio de Jade.

¿Un mes?... El tiempo que había transcurrido desde la derrota de Lord Shen.

Grulla omitió aquel pequeño detalle y ocultó la sonrisa que amenazaba con aparecer. Tigresa llevaba ocho meses sin herirse, sin usar sus propias garras en ella misma. Los rasguños no los contaba, no porque fueran menos importantes, sino porque supuso que eran un reflejo en situaciones de ansiedad y no podía pretender que un hábito de toda la vida se extinguiese de un momento a otro.

Ocho meses sin que él tuviera que vendarle los brazos y colocarle ungüento en heridas que luego quedarían ocultas entre el pelaje.

Él llevaba años intentando persuadirla, aguantando insultos y golpes de ella por "entrometerse", hablándole, intentando hacerle entender que al lastimarse de esa forma no arreglaba nada. ¡Solo estas arruinándote! Le había dicho incontables veces e incluso, una noche, luego de que por poco no tuviera que llevarla con algún médico, la había abofeteado en un arranque de histeria.

Pero nada había funcionado. Tigresa no entendía. Su propia vida le importaba demasiado poco como para tomar en cuenta las palabras de Grulla, que para ella no suponía más que un compañero de equipo.

Po llevaba allí ocho meses… solo ocho meses después de haber derrotado a Tai Lung.

¿Y había logrado aquello?

Finalmente, no pudo contenerse de sonreír.

Po, indirectamente, había sido el motivo por el cual Tigresa se había hecho aquel corte. Grande, profundo y notorio entre el pelaje, que luego se convertiría en el motivo por el cual Grulla, desesperado por la inconsciencia de aquella chiquilla, perdiera la paciencia hasta el punto de abofeteaba. Resultaba prácticamente increíble que, ahora, el panda también fuera el motivo por el cual dejara de hacérselos.

—¿Qué es tan gracioso? —inquirió Tigresa.

Grulla negó con la cabeza, apartándose unos centímetros en el aire. Por si se le ocurría golpearle.

—Solo me acordaba de la imitación que Po hizo del maestro Shifu, la del fideo como bigote.

Y allí estaba, en el rostro de ella: una sonrisa sincera, la primera que Grulla veía en ella.

/

Se encontraban en la cena cuando, por una vez en toda la historia del mundo, a alguien se le ocurrió fijarse en las muñecas de otra persona… y ese alguien —claro, ¿Cómo no?— tenía que ser Po.

Po, con su inocencia de niño pequeño y aquella facilidad para asombrarse, había mirado los brazos de Tigresa por accidente. Solo había sido un mal cálculo por parte de ella, que con intenciones de estirarse para tomar una servilleta había dejado a la vista aquella pequeña parte vulnerable de ella.

—¡Wooou! —Había exclamado él— ¡Cicatrices de batalla!... ¿Cómo ocurrieron?... ¡Cuentame, Tigresa! No seas mala, cuéntame.

Estaba eufórico. En la mente del panda seguramente ya había toda una escena épica de cómo Tigres —su ídolo— podría haberse causado aquellas cicatrices tan… llamativas.

Sin embargo, nadie más dijo nada. El origen de aquellas heridas era un misterio para todos… o no tan misterio. A esas alturas, se conocían lo suficiente. Juntos habían pasado muchas cosas, muchas peleas, muchas situaciones. La experiencia crea sospechas y a esa edad, ya todos tenían la suficiente como para sospechar de aquello que pudo haber marcado la piel de su compañera.

Aunque, claro, nadie diría nada al respecto.

Grulla miró de reojo a Tigresa: tensa, con la mirada fija en el plato frente a ella, tamborileaba los dedos de la mano derecha sobre el borde de la mesa. No pasó desapercibido para él que la zarpa izquierda la tenía fuertemente sujeta a su propia pierna, sobre el muslo, presionando —tal vez— demasiado duro.

—Cállate, panda.

Y eso fue todo. Po no comprendió qué molestó tanto a Tigresa y nadie comprendió por qué, de repente, el silencio lo llenaba todo. Pesado, tenso. Angustiante.

La cena terminó en silencio y la primera en irse fue Tigresa.

Grulla esperó algunos minutos, para no crear ninguna sospecha entre sus compañeros, antes de despedirse con un "buenas noches" e irse también. No perdió mucho tiempo, solo el necesario para salir de las barracas y poder alzar vuelo. Sabía exactamente a donde iba Tigresa cuando se sentía abrumada: a los tejados. Allí nadie la encontraría —nadie que no supiera la verdad—, allí podría tener la soledad que necesitaba, allí... no siguió pensando. Tigresa venía demasiado bien en esos últimos meses.

Sí, últimamente ella estaba bien… pero Grulla, con el tiempo, había aprendido a que eso no es garantía de nada.

Los estados de ánimo de Tigresa eran tan variados como impredecibles. La había visto tranquila, con su semblante sereno, al mismo tiempo que se sujetaba la muñeca por detrás de la espalda, lastimándose lentamente. La había visto gritar, enojarse e incluso llorar, solo para verla minutos más tarde retomar su actitud de siempre.

No, Grulla no se fiaba de "un periodo de tranquilidad". Para él era indispensable que Tigresa estuviera siempre con alguien presente, que no se la dejara sola por ningún motivo.

Cuando llegó hasta el punto donde sabía que la encontraría —y la encontró— ella estaba llorando.

Muchos creían que Tigresa no lloraba, que era dura como una roca, pero Grulla mejor que nadie sabía que eso era mentira.

Tigresa era, tal vez, tan vulnerable como una niña de cinco años. Estaba tan lastimada por dentro… que su exterior, siempre sereno y apacible, era tan débil como como una muñeca de porcelana.

—Tigresa —llamó, con voz suave, aún en el aire—. ¿Te encuentras bien?

—¡No!... ¡No estoy bien! ¡Nada en mi esta bien!

Ella no alzó la mirada.

De repente, el llanto se volvió rugido. Un rugido grave, imponente.

Grulla retrocedió, intimidado. ¿Ella…? Pero no, no lo golpeó, ni siquiera fue capaz de dirigir la mirada hacia él. Solo alzó las muñecas en el aire, tal como lo había hecho hacia unos meses atrás.

—¡Mira! —Gruñó ella— ¡¿Cómo le digo a Po que soy una maldita loca?! ¡¿Eh, Grulla?!... ¡¿Cómo?!

Grulla supo desde el principio que Po le había afectado a Tigresa de manera especial, como ninguna otra persona lo había hecho alguna vez —ni siquiera él—. Pero fue esa noche, observándola llorar, que supo hasta que punto.

Aterrizó de pie junto a ella. No se acercó, no intentó abrazarla, ni siquiera le puso el ala en el hombro. Con Tigresa no servían esos consuelos. Sabía que, lo mejor, era dejarla llorar. Llorar, gritar y desahogarse como quisiera… pero siempre a su lado, siempre mirando cada acción, siempre controlando que no se lastimase.

Siempre acompañándole. Nunca permitiéndole quedar sola. No otra vez.