Muy bien, no debería de subir esto hoy. De hecho, debería subirlo el sábado… pero ocurrieron cosas y ese día simplemente no podré.

Amo escribir puras payasadas en las notas de autor, inventarme cualquier locura o simplemente poner lo primero que sacude mi mente por esos momentos. Pero hoy no. Hoy hablaré en serio (((¡Imposible!)))… Ok, mi lado bullyinero no podía faltar. Para empezar, porque sin él —sí, es un chico. Mi "otro yo" es un chico, ¡No se rían!— simplemente no sería una nota de autor mía.

Primero; este es el último capítulo de este pequeño relato. Más largo imposible, más corto aún más imposible.

Segundo; gracias por leer. Sinceramente, no estaba segura de que tan bien sería tomado el tema y por ende, no he profundizado demasiado en él. Apenas si hice un relato superficial, como la historia de un recuerdo.

Tercero: esto es personal.

La tristeza, la ridícula idea de soledad, es algo que abruma la mente y la nubla. Se instala para quedarse. Puedes tener todos los amigos del mundo, una madre amorosa, una hermana adorable, puedes tener a todos los que quieras a tu alrededor… pero una aún se siente sola, se siente alejada. No sabe si se siente feliz o no, no tiene idea porque simplemente no sabe cómo diferenciarlo. Y es feo. Deprime. Frustra. Hiere. Y lo peor, es que una no lo controla. Solo está. Solo aparece y solo decide quedarse hasta que un día, sin motivo alguno, se va… pero sabes que volverá.

Hubo un tiempo en el que todo lo que tenía era un cuaderno y un lápiz. Para mí, escribir lo era todo. Mal o bien, mucho no me importaba. Con o sin errores, realmente no lo tomaba en cuenta. Solo escribía. Visualizaba y describía lo que mi mente me mostraba… y así avanzaba.

Escribir se convirtió en mi forma de expresarme.

Escribí esta historia —bueno, de hecho, en ese entonces era un borrador— en una de las peores de mis noches. Escribí este y luego una continuación, con mis propios personajes, cuyos nombres basé en lo que me preocupaba. Luego, un día decidí escribirlo con estos personajes para subirlo aquí.

No es la mejor historia.

No es la más exacta.

No es la más detallada.

Pero espero que haya sido buena y que haya gustado, que haya sido suficiente para el lector. ¿Y la continuación?... No creo que la suba, ya sería explotar demasiado el problema de una noche.

Y como creo que ya estoy aburriendo… ¡A leer!


La historia que Po jamás conocerá.

Tigresa jamás consideró el suicidio como una posibilidad y Grulla lo sabe.

La muerte no es una salida para ella, solo un atajo, una muestra de debilidad que jamás estuvo dispuesta siquiera a considerar. Vivamos ahora, o en otro momento, sufriremos lo mismo, le había dicho una vez ella, en una de las tantas noches que la encontró en el tejado del Palacio de Jade. Y el alivio de Grulla es tan frágil y fugaz como lo puede ser un último suspiro de vida, pero sigue siendo un alivio.

Tigresa no está perdida. No está condenada a nada. Simplemente jamás aprendió a enfrentar el dolor, estuvo muy sola por demasiado tiempo. Por un momento, cuando la ve sonreír a Po, Grulla cree que la chica tiene una salida. La ve como el hermano mayor que guía a su hermanita perdida, deseando solo lo mejor para ella, anhelando que sea feliz. Porque Tigresa no es mala, jamás lo fue, y nadie más que Grulla sabe lo mucho que ella se merece la felicidad por la que está pasando.

Sin embargo, al mismo tiempo, también teme. ¿Y si esa sonrisa es falsa? No quiere que Tigresa aprenda a sonreír para otros, quiere que aprenda a sonreír para sí misma. Sus sonrisas pueden ser para otros, pero no por otros. Ella tiene que ser feliz, con o sin Po, enamorada o no, tiene que ser feliz por sí misma.

La puerta de la cocina se abre y Grulla sonríe. Ella está ahí, vistiendo ropas de dormir, y aunque no sonríe —nunca sonríe si no es para Po— sus ojos brillan con nueva vida.

—Muéstrame —pide él.

Hace algunos años, había descubierto que Tigresa se levantaba en medio de la noche solo para lastimarse.

Solía esperarla en ese mismo lugar y cuando la veía, siempre le ordenaba que le mostrase las muñecas. Tigresa solía gruñir e insultarle, con la mirada cristalina de lágrimas que se negaba a soltar, pero obedecía. A Grulla le tocaba ver heridas frescas, recientes, algunas incluso sangrantes aún.

Sin embargo, ahora, cuando Grulla menciona esa palabra tan gastada ya en su pico, Tigresa baja la mirada y en silencio, le deja verle los brazos: limpios. No hay marcas recientes, ni siquiera por curar. No hay nada.

—No más —murmura ella.

Y Grulla sabe que no se lo dice a él, sino a sí misma.

—Ven, siéntate —invita él—. Hablemos.

Tigresa asiente, en silencio.

Toma lugar en una de las sillas y Grulla se levanta para servirle una taza de té caliente. El mismo té que él había estado tomando hasta hacia unos minutos.

Por un momento, a Grulla se le hace imposible no pensar en Tigresa como una especie de hija. Se llevan una cantidad de años considerables, lo suficiente para que él pueda ser su padre. Ella solo era una chiquilla cuando él la descubrió. Una chiquilla sola y perdida. Desde entonces, hizo lo que pudo sin llegar a exponerla ante nadie.

Deja la taza de té delante de ella y sonríe, volviendo a su silla. Por unos segundos, el silencio es suficiente y las miradas lo dicen todo. Nunca fueron amigos, no llegaron a llamarse como tal, pero sí fueron más. Hermanos, tal vez. Nunca lo admitirían, no delante de alguien, y mucho menos daría a conocer esa parte de sus vidas. Pero estaba. En sus pechos, como un sentimiento ajeno a cualquier otro, algo especial.

—¿Estás feliz? —pregunta Grulla.

Tigresa acuna la taza entre sus manos.

—Si.

—¿Estás segura de lo que harás?

Silencio.

En solo horas, será la boda. Se casará con Po y dejará su título de Maestra. Se marchará para comenzar una nueva etapa en su vida. ¿Está segura de que eso es lo que quiere?

—No —responde. Toma un sorbo de té—. No, pero quiero intentarlo.

—Tigresa…

—Gracias —ella lo interrumpe. Por un momento, Grulla no sabe de qué le habla—. Fuiste… importante, Grulla. Cuidaste de mí y por eso, te agradezco. Gracias, por intentar… curarme. Pero debo buscar yo misma mi vida.

Curarla.

No, ella no está curada. Jamás lo estará.

Lo que es, lo que sufre, lo que ha pasado y lo que le toca pasar aún siempre formarán parte de su ser. No está curada porque nunca fue una enfermedad, solo fue ella misma, su modo de aprender a enfrentar la vida.

—Estoy orgulloso de ti, Tigresa —y Grulla sonríe—. Mucho.

/

Grulla confía en ella. Confía en su felicidad, confía en que es dueña de su vida, confía en su juicio.

Confía en ella, pero ¡joder! Es Tigresa.

Y porque es Tigresa, Grulla no puede evitar ir y hablar con Po.

Entra en la habitación y por un momento, solo observa a su amigo arreglarse delante del espejo. Se ve nervioso, ansioso, más inquieto de lo normal. ¿Eso es bueno o malo? Mono y Mantis no están a su alrededor y Grulla agradece eso, de lo contrario, no podría hacer lo que fue a hacer.

—Po —llama.

Po le mira a través del reflejo y sonríe.

—¡Grulla!.. Esto… ¿Me ayudas?

El ave niega con la cabeza, divertido, y se acerca para ayudarle con el kimono. No es difícil, pero los dedos del oso, por naturaleza torpes, parecen verse afectados por los nervios de aquel día especial.

—¿Viste a Tigresa? —Pregunta Po— ¿Cómo está? ¿Está nerviosa? ¿Está feliz? ¿Esta angustiada? ¿Duda? ¿Tienes aspecto de ir a escapar…?

—¡Panda! —Ríe Grulla—. No he ido a verla, Víbora está con ella.

—Estoy nervioso, Grulla.

—Se nota. —Chasquea la lengua y una vez ha terminado con el kimono, se aparta—. Escucha, Po, quiero hablarte de algo… necesito que sepas algo.

Po le mira, sin comprender al principio, pero asiente.

—Claro.

Y de repente, Grulla no sabe qué decirle. Porque… ¿Cómo se describe a alguien como Tigresa sin ponerla en evidencia? Ella, tan temperamental e impredecible, es imposible de describir.

¿Qué digo?

Por favor, jamás le faltes. Por favor, ella no puede estar sola… ¿Por qué no puede estar sola? Preguntaría Po y Grulla tendría que darle una explicación más convincente. No, no puede. Una noche, cuando Tigresa le contó que tenía algo con Po, le hizo prometer que el oso jamás se enteraría de lo que ella había hecho una vez. Grulla se lo prometió. Esa sería la historia de ella que Po jamás conocería.

—¿Amas a Tigresa? —preguntó finalmente.

Po le miró, escéptico, como si tal pregunta fuera ridícula.

—Claro que le amo, de lo contrario no me casaría con ella —dice, con la jovialidad tan propia de él—. Grulla, ¿a qué viene esto?

—Oh, a nada…

—Grulla… —los ojos de Po se abren con sorpresa, grandes como los de un niño—, ¿estás enamorado de Tigresa?

¡¿Qué?!

La expresión en el rostro de Grulla es épica.

¡No, joder!... Él estaba felizmente casado con Víbora. Tenían una familia. Planeaban adoptar a un pequeño. ¡No, por todos los dioses! Era lo mismo que si le preguntasen si estaba enamorado de su hermana. ¡No! La idea de llegar a enamorarse de Tigresa es simplemente inconcebible.

—¡No, panda! —grazna—. Escucha, Po, solo necesito que me asegures que jamás, jamás, la lastimarás —pide, angustiado—. Por favor, Po, solo prométeme que nunca la dejarás sola. Ella odia estar sola.

Es claro por la mirada que Po no entiende de qué le habla su amigo. Jamás vio a Grulla como alguien cercano a Tigresa, ni que le profesase algún sentimiento aparte del de camarería. Pero es serio cuando se lo pide. Puede ver genuina preocupación en sus ojos mientras, con voz pequeña y casi susurrante, como si le estuviese compartiendo algún secreto, le pide que cuide de ella.

—Lo prometo.

/

Esa tarde, cuando el sol se pone y los novios están en el altar, Grulla no puede apartar la mirada de Tigresa.

Hermosa, con su kimono rojo y la flor de cerezo tras su oreja derecha. Hermosa y sobre todo, feliz. Radiante. Sonriente. La sonrisa más grande que jamás ha visto en ella.

Por un momento —un segundo pequeño y traicionero— los ojos de Grulla se posan sobre la manga del kimono, larga y holgada, como si pudiera ver a través de esta. El recuerdo de la niña de quince años con blusas de manga similar vuelve a su mente; los ojos de la chiquilla envuelto en lágrimas, sus manos temblorosas, el dolor en su mirada. Tigresa, con quince años, vuelve a su mente.

La ha visto llorar. La ha visto reír. La ha visto herirse.

Él mismo curó esas heridas… él mismo procuró que ella jamás volviera a estar sola. Grulla no era un experto en esas cosas, no era experto en consolar personas ni entender sentimientos, pero se aseguró de hacer lo mejor posible —a su manera— para que esa niña sintiera que tenía a alguien al lado.

La ceremonia concluye.

Todos celebran.

Tigresa sonríe como nunca en su vida… y entonces, cuando Grulla encuentra la mirada de ella, sabe que esté o no esté él, jamás volverá a estar sola. Sabe que Tigresa encontrará su camino, su felicidad, y que lo hará por si sola.