Disclaimer : Saint Seiya ni sus personajes me pertenecen, desgraciadamente mi nombre no es Masami Kurumada. Sólo me pertenece la idea de esta historia.

Tengo que volver a subir esto. Bien, había otras notas y demás pero Fanfiction es malote y me las borró. Sólo recuerdo que decía que, no cambié los diálogos ni remasterizé por respeto que le tengo l otro foro.

Se los dejo para que lo lean.


Capítulo 4. Tened cuidado con tu salud.


-No –fue la cortante respuesta que dio a la orden del mayor.

Saga, cansado de aquello se posicionó tras él y le empujó hacía el frente, con el menor negándose a avanzar y llevando rocas con sus pies.

-Vendrás conmigo al chequeo de zona, quieras o no –ordenó aventándole, y por física el otro tuvo que trastabillar para no caerse, o de lo contrario se vería presa de varios raspones y además de eso tendría tierra por todo el cuerpo.

-Pero eso es algo que a mí no me interesa –siseó. Molesto y haciendo puchero. El general bufó, en verdad que no sabía qué hacer con el menor.

-No puedes poner peros cuando te ordeno algo –farfulló Saga. Mu no tenía planeado mover ni un solo dedo de su lugar y el mayor, contrariamente a las intenciones del extranjero intentaba hacer que este le obedeciera. Aunque, sus métodos de convencimiento no eran los mejores que se pueden apreciar en aquellos días.

-Bueno, simplemente no me interesa –replicó. Observó al mayor con todo el veneno que había esculpido hacia él. Todo para él solito, –¿ve? No puse ningún pero. Ahora, en cuanto a sus órdenes poco me llaman la atención.

Saga llamaba a toda la paciencia que había almacenado a lo largo de su cuerpo para soportar a aquel sujeto. Ni siquiera sabía el por qué seguía intentando lograr alguna clase de resultado con él. Si lo único que necesitaba era que el prisionero se recuperaba, bien podría haber dejado a Aioros solo con él y estaba seguro de que el arquero solo se habría encargado en menos tiempo del que llevaban varados en las montañas del Agapeón. Una prueba fehaciente de aquello era la tranquilidad que este parecía emanar en la noche anterior.

¿Por qué no intentar ser como Aioros en ese caso? Simple. Él no era Aioros, él y el arquero tenían muchas diferencias de actitudes, las cuales hacían que convivieran a la perfección, por muy extraño que parezca. Aioros, contrario a Saga siempre se encontraba sonriendo; y Saga. Bueno, el sonreía para sí mismo cuando en verdad es que podía. O para Kanon en muy contadas ocasiones.

A pesar de todo aquello, trataba con toda la amabilidad de la que era capaz a aquel muchacho, una que pocas veces que había realizado pruebas de paciencia con extraños y eso solo lo conocían personas de su total y absoluta confianza, como lo eran su amigo del signo de sagitario y su hermano menor.

Exhaló derrotado.

-Bien –respondió de forma neutra –haz lo que a ti te plazca. Tengo muchas cosas que hacer y no soy una niñera como para tener que soportar las jugarretas de un crío que no sabe obedecer órdenes de un superior. Ya estoy bastante harto de todos los berrinches que me has hecho y no tengo tiempo para seguir perdiéndolo contigo. Si quieres ve con Aioros, hoy no tiene ninguna tarea asignada y por lo tanto te puede cumplir todos y cada uno de tus caprichos que tanto has deseado.

Se tomó una pequeña pausa, necesitaba soltar toda la furia que el otro le hacía sentir y no pudo ver un mejor momento para sacarla. Llevaba menos de tres días de convivencia "pacifica" con él y ya le había cabreado… menudo record.

-Por lo que, apúrate. Para deshacerme de una carga como lo es el estar contigo, y no desperdiciar mi tiempo ni el tuyo. Ya te lo había advertido, es muy difícil hacerme enojar y por lo tanto no tienes idea de toda la maldita paciencia que te he guardado hasta ahora. Algo que no soporto en las otras personas es la indisciplina y es algo que a ti te rige muy mal. Solo no he utilizado castigos severos porque me he prometido no utilizar cosas en contra de los prisioneros.

Mu se quedó callado, probablemente meditado las palabras del mayor, probablemente fastidiado de tanto parloteo de su parte y el uso de palabras tan duras.

-¿Entonces por qué sigue aguantándome si tanto le saco de casillas y le molesto como nadie en toda su vida lo ha hecho? –No pudo evitar aquella pregunta que le carcomía desde hace varios minutos pero por cuestiones de que el otro no le iba a escuchar no la había realizado hasta que terminó de hablar.

-Durante varias ocasiones pensé en castigarte, la bofetada del otro día fue un desenfreno mío y una buena prueba de ello –el menor por inercia se llevó una mano a la zona en la que había impactado el manotazo el día anterior (el cual por cierto seguía hinchado) y no pudo rechazar el realizar una mueca de desagrado al recordar la sensación de desequilibrio y mareo después del impacto. La náusea que le había dado por aparecer en aquel momento al recordar no ayudó demasiado a hacerle sentir mejor.

¿Náusea? Si, una muy peligrosa, abundante y asquerosa náusea que ascendía por su esófago y que salía fuera convertida en un extraño líquido color olivo; de apariencia jocosa y que le hizo tener que impulsarse hacia delante para no mancharse sus ropas de aquel extraño moco que después de darle un par de miradas petrificadas se dio cuenta, era bilis.

¿Acaso estaba vomitando? ¿Y qué con su cabeza que ahora le palpitaba? Cerró los ojos con fuerza y se tapó la boca para evitar que aquello que ahora yacía en el suelo frente a él y su estómago siguiera saliendo fuera y terminara llenando el piso de color verde.

-¿Te encuentras bien? –escuchó en la lejanía. Sus oídos se encontraban tapados por una fuerza extraña que no lo dejaba estar como le gustaría. No reconoció la voz de su propietario, pero no había nadie en las cercanías más que el comandante que tanto detestaba.

-Estoy bien, no necesito ayuda –informó haciendo que el ofrecimiento no fuera necesario inclusive antes de ser soltado por Saga. El mundo bajo sus pies comenzaba a dar vueltas, no entendía. Hace solo un par de minutos estaba enojando muy plácidamente al hombre frente a él y ahora no podía ni abrir los ojos por una estúpida náusea que ni siquiera sabía su origen ni razón de ser.

Abrió sus ojos e intentó caminar con naturalidad, más un par de manos le detuvieron en el acto. Cuando volvió a abrir los ojos (pues los había cerrado) notó que aquellas manos cálidas y culpables de que tuviera una mejilla más grande que la otra le habían ahorrado un viaje directo al suelo.

-No te encuentras bien –aseguró Saga –ya no importa el chequeo de zona. Necesitas que te revise la curandera.

-Yo no necesito nada, me encuentro más que bien; es solo un pequeño mareo –se repitió, más para él que para Saga que era el que le insistía que se tomara la molestia –Además–

No pudo terminar de hablar, nuevamente las manos de Saga le habían salvado de visitar el suelo antes de hacerle caer en un fondo negro y sin salida. Cuando notó que había caído en la inconsciencia ya llevaba al menos diez minutos desmayado.

Un prado fantástico de belladonas se encontraba en la lejanía. Una hermosa mujer se encontraba postrada, sentada y alegre. Observando algo en el horizonte con melancolía. Se le notaba contenta pero no feliz. Y había un largo trecho de diferencia entre ambos términos, al menos desde aquel punto de vista.

Cuando la dama vuelve su vista hacia aquí, corre con sus pequeñas, regordetas y débiles piernas, tropezando y cayendo un par de veces en el trayecto, hasta llegar a ella que inmediatamente lo carga en volandas.

Sus hermosos cabellos dorados lucen como una cortina que cubre toda su espalda y que giran rítmicamente con ella cuando ella lo hace. Su risa, a pesar de lo sufrido hace poco logra que se anime y suelte una de las mejores risas que hasta aquel momento le notaba.

Cuando deja de reír la dama, lo abraza contra su pecho y comienza a cantar una vieja canción folklórica. Las notas en su voz suenan hermosas y perfectas; la forma en la que sus cuerdas vocales podían tensarse para formar hermosas y alucinantes notas altas. Toda su voz era conformada por notas hermosas.

Ella cree que por ser un crío no entiende lo que acaba de suceder, él entiende que su padre no volverá jamás a él. Que no volverá a arroparlo, y no volverá a cargarlo en volandas justo como ella lo hace ahora. Él sabe que su padre se ha ido muy lejos y jamás regresará. Al menos es como a su edad logra entenderlo.

Pero no le importa, ella se encuentra con él y es feliz con eso si es lo que ella quiere.

Su ropa blanca, a pesar de ser sencilla, siempre le sentaba bien desde su punto de vista. Ella siempre se veía hermosa con lo que se ponía, es lo que se aseguraba a sí mismo.

Ella siempre se vio hermosa con todo lo que se ponía. Una madre siempre luce hermosa a los ojos de un hijo…

Abrió sus ojos con un poco de pesar al pestañear, emitió quejidos por el mero hecho del esfuerzo de abrir los ojos. Una mano tomaba su izquierda y la curiosidad de saber el poseedor de aquel cálido y reconfortante contacto le dio fuerza suficiente como para voltear un par de grados su cabeza y abrir los ojos con demasiada timidez.

-¿Mu? –Escuchó como una delicada hebra de su ser reconocía a la voz y al idioma en el que era recitada. Era chino, por supuesto que debería hablarlo.

-Afrodita –asintió. Se sintió aliviado de que fuera él quien se encontrara con él en aquel preciso momento. El de cabellos color cielo lució una sonrisa radiante.

-Me alegra que hayas despertado –responde, sabiendo lo que el otro le iba a preguntar se adelanta –No has durado más de trece horas dormido si no tengo mal entendido.

Mu abre los ojos sorprendido ¿Trece horas? ¿Afrodita no le jugaba una broma? ¿Cómo pudo dormir tanto?

-¿Y qué es lo que me pasa? –Preguntó, intentando no darle importancia al asunto y todo aquello intentando cambiar de tema lo más pronto posible.

-Has tenido un ataque de insolación. En estos lugares no hace un clima tropical que digamos y no has querido comer mucho estos últimos días. Tu cuerpo se ha resentido con eso y has terminado desmayándote frente al comandante de la cuadrilla.

Más malas noticias no le podía brindar su mejor amigo. Una tras otra, cada palabra le había caído como balde de agua fría y lo peor de todo es que el otro no había parado, si bien no había dicho demasiado había sido lo suficiente para poder volver a enviarlo al mundo de la inconsciencia si se daba plena cuenta del peso de sus palabras. A pesar de que en parte el otro no había tenido la intención de arruinarle la repentina alegría que no sabía de dónde le había llegado.

-Él fue el que te trajo aquí. No tengo demasiadas noticias de los detalles pero es todo lo que me han dejado informarme –acotó antes de que el otro siquiera preguntara –estuve preocupado por ti.

Genial. Ahora las cosas no podrían estar peor ¡Que le partiera un rayo sería muy gentil de parte de los dioses! Pues hablábamos de deberle un favor al hombre que tanto detestaba. Al humano que le había logrado capturar preso. Lo que más quería en aquel momento era que se lo tragara la tierra, o algo parecido. Cualquier cosa sería benefactora si es que el final de esta él desaparecía o se encontraba incapaz de volver a abrir uno solo de sus párpados, o mover un solo músculo por voluntad propia y sin alguna clase de hechicería y alquimia o lo que sea.

Se sentó en su lugar, lo cual tensó a Afrodita, porque seguramente pensó que su cuerpo en aquel estado de ¿deterioro? No lo soportaría por el esfuerzo realizado. Para su suerte (por no escuchar a Afrodita pegar un grito. No por el hecho de que probablemente no lo hubiera logrado) se sentó sin ninguna clase de complicación. Haciendo al otro soltar un gesto de alivio.

-Si no te molesta, saldré un par de minutos –anunció Afrodita. Mu ya le había causado demasiados sustos por aquel día, suficientes para exigir un pequeño respiro de él.

-De acuerdo –accedió el menor. Cuando Afrodita hubo salido de la tienda otra sombra entró. Una que Mu no quería ver en aquel momento. Ahora pensaba que el silencio le respaldaba más que en las otras ocasiones.

-Hola –saludó Saga. En su voz se notaba seriedad, sin embargo si se indagaba bien se podría decir que tenía preocupación por saber el estado del otro.

Mu iba a fingir que seguía dormido, más la salida de Afrodita y el hecho de que estaba sentado en la cama lo delataba como alguien que no se encontraba inconsciente. Se resignó a bajar la vista.

Saga frunció una de sus cejas.

-¿Hoy tampoco vas a hablar? –preguntó. Mu no respondió en absoluto, solo dejó que el otro le observara –como quieras. Sólo he venido para notificarte lo que me dijeron de recomendaciones. Según me especificaron necesitas descansar más tiempo y comer mejor, me dijo el otro chico que no comes mucho que digamos –el de cabellos largos y lilas seguía sin responderle, se encontraba avergonzado, humillado y deshonrado.

Muchas personas confunden aquellos tres sentimientos, sin embargo, son muy diferentes entre ellos. Y Mu no sabía cuál de aquellos le sentaba peor en aquel momento, solo podía contar con que para su buena suerte no tenía nada en el estómago y hubiera descansado unas merecidas trece horas; o de lo contrario hubiera repetido la peor experiencia que había sufrido en toda su existencia.

-Bueno, como te lo he repetido hasta el cansancio, tengo muchos deberes por hacer y no puedo quedarme aquí sin realizar ninguna acción –mencionó dando la vuelta en su eje.

-Espera –susurró Mu. El mayor, inseguro de que aquella petición haya provenido de la boca del troyano se giró en su eje para prestarle atención. Cuando el menor hubo reunido la suficiente valentía para decirlo murmuró algo que por poco y el mayor no escucha: –Gracias.

Saga se sorprendió de que tan sencilla pero encantadora palabra hubiese salido de los labios del troyano. Y menos pensó escucharla dirigida hacia su persona.

-¿Por qué agradeces? –preguntó. Ahora él era el que no podía soltar ni una palabra.

-Por haberme traído cuando colapse –su voz parecía ahogarse por lo inaudible que se encontraba, –de no haber sido por eso, hubiera pasado a peores.

Saga sonrió. Se giró un poco para abrir la cortina de la tienda y antes de irse le respondió.

-Espero poder volver a iniciar contigo, con el idioma correcto ¿Te parece?

Mu soltó un resoplido que intentaba imitar a una risita, pero en su actual estado le era algo casi imposible.

Cuando estuvo completamente solo, observó la tienda a su alrededor. No parecía ser una en específico para los heridos pues tenía solo dos camas gemelas y apenas había espacio para estas y la pasarela de las personas por la cantidad de mapas, armas y cuerdas que había alrededor. Iba a intentar averiguar a quien le pertenecía aquella tienda, sin embargo el sueño le invadió más rápido de lo que pudo formar su primera teoría.

En la noche, se ve a una silueta observar al de cabellos lilas dormir plácidamente. Probablemente se encuentre enojado. Sus cabellos turquesa observan el subir y bajar del pecho del otro. Resignado, se dirige a su cama. Al día siguiente le reclamaría, solo él puede tomar sin permiso la cama de su hermano.