Disclaimer: Saint Seiya ni sus personajes me pertenecen, desgraciadamente mi nombre no es Masami Kurumada. Sólo me pertenece el mundo y la creación de parejas Crack, créditos a las posibilidades infinitas y no-sé-qué-más decir.
Capítulo 6, disfrutad.
6. Empezar con... ¿El pie derecho?[Parte 2]
Cuando estuvieron fuera de la tienda, Mu se detuvo en seco. Su inconsciente le decía que no quería entrar, pues recordaría el evento de hace dos días (aunque su mejilla era un vivo ejemplo que se lo recordaba a cada segundo.)
Saga se giró por un par de minutos para ver si es que el menor le seguía. Y en el remoto caso de que no lo hiciera, siempre podía mandar a llamar a Aioros y hacer que el otro se lo pidiese por las buenas. Ya que, comenzaban de nuevo con "el pie correcto." A pesar de que a él le gustaría decir "el idioma correcto."
Al observar la reticencia del otro para entrar le observó con extrañeza. Se detuvo y le preguntó.
— ¿Todo bien? —El menor le observo, confundido y sorprendido. Asintió de forma leve con la cabeza —. Si es así, entra.
Mu, soltando un exhalo de resignación caminó con lentitud, como si detrás de su espalda trajera el destino del mundo.
Saga miró como el otro entraba en la tienda con una ceja arqueada. Cuando por fin estuvo dentro se encogió de hombros y corrió la cortina tras de él.
Caminó hacía su "escritorio" como supuso se le decía y se sentó en la silla. Mu, no sabiendo que hacer se quedó parado frente a la mesa que se conjuntaba con la silla del mayor.
Detrás de sus hebras lilas, un muy leve sudor comenzaba a acomodarse. De forma casi imperceptible por supuesto. Observaba a todos lados incómodo, buscando evadir las verdes esmeraldas del comandante.
Saga estuvo a punto de integrar una conversación, antes de que Aioros abriera la cortina de abrupto.
— ¡Traje el desayuno! —anunció su entrada el del signo sagitario con bandeja en mano. Saga se levantó de su asiento cuando tuvo la certeza de que no era nadie más para ayudarle con su porción y la del troyano.
En la bandeja, tenía tres platos con sopa (lo que más odiaba Mu, era desabrida y asquerosa) un poco de jalea de moras y donas. Cosa última que el menor no reconoció por jamás haberlas consumido.
El de cabellos lila, los observó ausente. Observó el tercer plato que Aioros había traído, como si fuese servido para alguien invisible a su mirar pero que ellos conocían perfectamente.
Saga acomodó las tres porciones en la mesa y observó con un poco de enojo a Mu, tal vez porque este no se acercaba.
—Acércate —ordenó. Mu soltó un gruñido inaudible para el mayor (para su buena suerte) y caminó un paso. No se movió hasta que el otro insistió —No seas terco. Acércate a comer.
¿Qué siempre le obligarían a comer? ¿Qué si el problema yacía en que no le daba hambre? Sabía a la perfección que si no comía bien tendría otro ataque de insolación (cómo lo representaron en términos técnicos) y lo mismo con descansar. Pero había descansado lo suficiente para no tener que dormir durante lo que fueran tres días (todo el día anterior, literalmente) y en cuanto a la comida… Temía volver a verla de color verde.
A pesar de eso, se sentó con mucha reticencia frente a lo que sospechó, era su plato. Lo olfateó un poco y acto seguido lo observó con disgusto. No olía del todo mal pero no iba a comer nada, en aquel estado todo lo que su lengua tocara, el dudaba si no le fuese a dar náusea.
—Come —dijo Saga sin despegar la vista de su plato. Mu bufó pero con el dedo tomó un par de gotas a la sopa. Observó cómo Aioros se comía la dona remojándola en la jalea. Justo como le vio hacer a su padre una vez con el arroz, después de eso su madre le había reprendido por tener semejantes modales frente al crío.
¿Cómo recordaba eso? No lo sabía. Pero seguramente tenía menos de tres años cuando guardó aquella memoria, pues su padre había fallecido por sus cuatro abriles.
De igual forma, imitó al castaño y remojó la dona en la jalea como si fuese su padre. Y lo introdujo en su boca.
La dona sabía salada, casi insípida. En cambio el sabor de la jalea explotaba en su paladar y por la sal que contenía la dona hacía que el sabor de las moras fuese más intenso. Esta vez, no podía alegar sobre el mal sabor de la comida ni podría realizar gestos creíbles, alegando que sabe horrible y que no volvería a tocarlo.
— ¿Y bien? —Le sorprendió Saga, observándolo con una sonrisa. ¿Desde cuándo sonreía? Tampoco supo el momento en el que su propia boca se había curvado de placer pero, por lo visto el comandante lo había atrapado y ahora le daba risa su reacción.
Las mejillas de Mu se tornaron de un adorable color escarlata y se mordió un labio. Comenzó a mover las manos entres sus piernas de forma infantil y bajo la mirada. Con un bufido Saga supo que le había sacado de quicio. Aioros no evitó lo que Saga si hizo, una sonora y clara risa.
Ahora las mejillas de Mu fácilmente podían hacerle competencia a un tomate, y hasta era probable que ganaran aquella ronda. Puesto que pasaron de ser escarlata a ser color carmín. Un tono de rojo mucho más profundo e intenso que el primero. El labio interior de Mu temblaba, no de rabia precisamente. Pero si sentía una especie de traición de parte del arquero.
—No es gracioso —se defendió de la risa del mayor.
—Lo sé —acotó Aioros dejando de reír —pero tu rostro si lo es.
Veinte minutos después, Aioros y Saga se encontraban preparándose para comenzar con el chequeo de zona, para ver si no había salientes peligrosas en las rocas del Agapeón y, sólo para asegurarse. Si no había partes del ejército troyano.
Pero en cierta parte de su ajuste Aioros observó cómo Mu se quedaba estático. Observándolos como si fuese una estatua.
— ¿Por qué no te preparas? —Preguntó acercándose al menor. Mu se le quedó viendo como si le hubiesen crecido dos cabezas.
— ¿Prepararme? —Repitió incrédulo. Saga soltó un suspiro de rendición y se acercó a un baúl adyacente en la habitación. De este sacó un peto.
—Toma este. Es de cuando entrenaba en Esparta. Puedes tomarlo prestado si así quieres —observando la cara incrédula de Mu, y la duda de este al tomarlo, regresó al mismo baúl y de este sacó un escudo —. Pero si no te convence mucho puedes tomar este. Es de Kanon, pero no se enojará si lo tomar durante un par de horas. Además, por el incidente de esta mañana dudo mucho que te reclame algo —agregó. Mirando significativamente a Aioros, quien comenzaba a mostrar atisbos de evadir el soltar una risa. Más inútiles fueron sus esfuerzos, pues estalló en risas como si fuese un cañón.
Mu, en cambio, no le encontraba en lo absoluto ninguna gracia. Se había enfadado mucho cuando encontró un cuerpo al lado del suyo, estuvo a punto de asestarle un golpe en la nariz pero se había asustado por la cercanía que había terminado cayendo de la cama. Pero se había muerto de la ira cuando pensó que era Saga. Aunque, si lo pensaba un poco, el comandante no parecía alguien pervertido.
—Antes de que se me pase Saga —interrumpió su risa Aioros — ¿A quién le toca la guardia esta noche?
—Si no mal escuché a Shura le toca a Kanon —Para mí buena suerte, agregó para sus adentros.
El menor tomo de sus manos el escudo. Era ligero, y aerodinámico. Supuso que debiera ser el favorito del gemelo menor y no dudaba de su criterio. Era perfecto.
Saga sonrió al ver como al troyano le encantaba el escudo. Se volvió a Aioros y le dijo.
—Adelántate. Diles a los demás que se reunan. Supongo que ya están preparados por lo que sólo tendré que llegar para dirigirlos.
El castaño asintió. Corriendo la cortina salió de la estancia. Dejando a un Mu con la diversión de un niño de cinco años y a Saga, ideando en su mente la ruta a seguir.
Media hora después, se encontraban trotando a los pies de las montañas del Agapeón. Evitando las grandes rocas y buscando las arboledas. Lugares que a su parecer eran seguros.
Por cuestiones del destino, Mu se encontraba justo detrás del comandante. A su lado estaba Aioros, procurando que este no pisara nada que pudiera hacerlo tropezar o caer.
Todos en el campamento habían ido, con excepción de Shaka, Afrodita, Kanon y DeathMask. También Marin, la curandera había decidido acompañarlos por cuestiones de seguridad.
En un punto del camino, Saga se paró en seco y le dijo al grupo que se separasen, que se adelantaran e inspeccionaran el sitio.
Mu se quedó detrás de él, así como lo hizo también Aioros. El mayor con el arco tensado por si ocurría la necesidad de utilizarlo, y el menor con el escudo a la altura de su pecho, como había visto a varios hacerlo. En aquel instante comenzó la pesadilla.
Los ojos de Mu brillaron con terror. Aioros observó el mismo punto que el menor un par de segundos antes de este volviera su mirada al arquero, viendo como subía el arco y disparaba detrás de Saga.
— ¡No! —Vociferó. Demasiado tarde, puesto que la flecha ya tenía una trayectoria predestinada y no sería otra sino el pecho del enemigo.
Cabellos celestes, ojos color índigo. Observó la dirección de la flecha, como si fuese en cámara lenta y él fuera un mero expectador.
Observó como esta se clavaba en su pecho y la sangre salía de su boca. Observó como el comandante viraba para saber lo que había ocurrido a sus espaldas.
Un ataque sorpresa. Menuda táctica. El de cabellos lilas observaba con la cólera viva en los ojos. Aioros no escuchó su grito y el comandante tampoco lo hizo. El sonido del pecho atravesado del enemigo fue suficiente para satisfacer a sus oídos.
Aioros caminó para acercarse a Saga, decirle algo al oído y que este asintiera con la cabeza. Ambos continuaron con su marcha en dirección al resto del equipo.
Mu, caminó hacía el cuerpo. Quien lo reconoció y lo miró con sorpresa y lágrimas. Más de las segundas que de la primera. Su labio interior y toda su barbilla se encontraban cubiertos de sangre, pero a mu no le importó y abrazó a su cuerpo. Presionó sobre la herida en su pecho, con la pequeña esperanza de que haciendo esto la sangre dejaría de salir de aquella herida.
Albafica, sabiendo desde el principio que aquel gesto era inútil, intentó alejar las manos del menor de su pecho. Mu, a pesar de tener sus ojos anegados en lágrimas observaba todos y cada uno de sus movimientos.
—Bùyào sî! Wô… Wô ài nî… *—Logró decir entre sollozos. Recargó su rostro en el pecho del mayor y dejó que sus lágrimas se conjuntaran con la sangre que salía de la herida.
—…Wômen zhïdào **—respondió de forma tortuosa. Tosió un par de veces e intentó sonreír, más su boca se retorció de tal forma que le fue imposible.
Mu, sintiéndose morir, despegó su rostro de la herida del mayor, le miró a los ojos y dejó en los labios de este un pequeño beso casto. Sabiendo que lo no sobreviviría a aquel encuentro no encontró otra oportunidad de hacerlo.
—Mu —susurró el otro, hablando en el idioma greco —te he dicho que no te acerques a la sangre seca… te puedes enfermar.
— ¡No me interesa! —Respondió negando con la cabeza. No quería dejarlo ir.
—No. Tienes razón. Te, lo he, repetido- cof… inumerables- veces —replicó sonriendo. Cerró sus ojos y esperó a que Thanatos lo recogiese.
Saga y Aioros lo observaron con las hebras lilas como filtro de la despedida de Mu. A distancia y con un terrible arrepentimiento embargando su alma.
El menor, inundado por la sensación de pérdida, se levantó. Sin siquiera importarle si se encontraba llenó de sangre o no… corrió.
— ¡MU! —Exclamó Saga. Reaccionando segundos después.
*¡No mueras! Yo... te amo...
**Lo... sé...
Tomatazos son bien recibidos.
