Disclaimer: Bleach pertenece a Tite Kubo. Historia adaptada a partir de una obra de Jacques Offenbach


2. Kaienoi

El suave oleaje rompía con suavidad en la arena de una de las tantas playas de la isla de Okinawa. Era mediodía, y la luz del sol bañaba tanto las cristalinas aguas como la blanca arena y el verde césped que crecía a las orillas de ésta. Unos pocos metros más, tierra adentro, había cerca de cincuenta casas tradicionales pequeñas, hechas de madera, y que rodeaban a cuatro altos muros de piedra que protegían a una casa más grande que las demás. Algo bastante común de ver en los pueblos japoneses, aún en pleno año de 1939.

Esta casa pertenecía a la familia líder, los Shiba, quienes fabricaban fuegos artificiales. Su vivienda se conformaba de varias habitaciones, salones, grandes jardines, una amplia cocina, un taller donde guardaban cuidadosamente su mercancía y un dojo, sitio en el cual los líderes enseñaban artes marciales a todo aquel que estuviera dispuesto a aprenderlas.

En el interior del dojo, de piso de duela y paredes de papel, una joven, como de unos veintitantos, de ojos azul claro, gruesas pestañas, y pelo negro, brillante y algo desarreglado practicaba con una espada de madera algunos movimientos. Traía un uniforme totalmente negro y su ceño estaba fruncido, como señal de que estaba concentrada. Sus pasos eran seguros y sus ataques eran ligeros y fluidos. A primera vista, lucía como toda una maestra en el arte de la espada.

Pero repentinamente dejó caer su arma, se arrodilló y respiró agitadamente, con la mano derecha justo sobre el corazón. Unos escalofríos la atacaron, sus labios temblaban, y un fino hilo de saliva salió de ellos.

Minutos después del percance de la chica, un hombre alto, de cabello negro y largo atado en una pañoleta, entró al dojo. Portaba una yukata roja y un hakama blanco, y sus azules ojos, detrás de unas gruesas pestañas, reflejaban bastante enojo.

— ¿Estabas practicando con la espada, verdad? —cuestionó el hombre, sin ocultar su enfado.

— Estaba algo aburrida, Kakku —respondió la chica, limpiándose la saliva.

— Kaienoi, ya te dije que no debes seguir entrenando de una manera tan exagerada—le reprendió Kakku—. Recuerda que heredaste la misma condición de nuestra madre, y ese hueco que tienes en el corazón puede matarte en cualquier instante. Además, sabes que la espada empeora tu situación.

— Nuestra familia tiene que defender la aldea, hermano —insistió Kaienoi, al mismo tiempo que se incorporaba. Su respiración aún era agitada—. Debo ser buena guerrera, debo dar la cara por la familia y por todos.

— Ya lo sé, ya lo sé —replicó Kakku, agitando el brazo izquierdo, el único que tenía—. Pero a la vez tenemos que cuidarnos entre nosotros. Recuerda que somos los últimos Shiba y si ambos desparecemos de este mundo, no quiero imaginar que harán con la aldea, en especial si él descubre la cantidad de pólvora que tenemos para hacer fuegos artificiales.

Kaienoi y Kakku se quedaron un momento en silencio, razonando las palabras del último. Ambos tenían miedo de que su trabajo fuera usado para lastimar y no para entretener.

— Bueno, deja ver si el almuerzo está listo —habló el hombre después de unos segundos, y se encaminó hacia la puerta pero se detuvo—. Jinari y Uru vendrán a cuidarte, y pobre de ti que practiques, ¿entendido? —inquirió.

Kaienoi sólo asintió con la cabeza, mientras se tumbaba en el piso nuevamente y se reponía de su ataque. Su hermano salió del dojo, pero unos segundos después entraron dos personas. Dos jóvenes de alrededor de unos quince años, vestidos con una yukata y un hakama pardos. Uno era una chica de rebelde y largo cabello rojo y una mirada que denotaba un ligero enfado, y el otro era un joven de cabello liso y negro cuyos grandes ojos azul oscuro parecían reflejar tristeza. Ambos se sentaron y observaron a la mujer, quien los imitó y se cruzó de brazos. Así el silencio reinó por un breve tiempo.

Tres campanadas sonaron luego de algunos minutos, indicando que había alguien en la puerta principal. Uru fue a atenderla, salió del dojo, pasando por un magnífico jardín y llegó a su destino. Abrió la puerta y se encontró con dos hombres, enfundados en trajes marrones occidentales. Uno alto de cabello naranja y mirada alegre; y otro de más baja estatura, de cabello negro y serio semblante.

— Buenas tardes, ¿se encuentra Kakku Shiba? —saludó el hombre de pelo naranja.

— ¿Quién lo busca? —inquirió el joven sirviente.

— Rukio Kuchiki —respondió el hombre más bajo.

— Y Ran Matsumoto —agregó el más alto.

— ¿Y para que quieren ver al señor? —preguntó Uru.

— Hemos venido aquí para hablar de sus fuegos artificiales —respondió Rukio—. Escuchamos que esta familia fabrica los mejores en toda Okinawa. Así que queremos saber un poco acerca de ellos.

Uru tamborileó un poco los dedos. Los Shiba eran muy celosos en lo que se refería al arte de la cohetería, y más si se refería a extraños. Aunque, por otra parte, pesó que las visitas podrían mejorar un poco el humor de su patrón.

— Los pasaré al dojo —concedió el sirviente, y dejó pasar a ambos —. Por aquí, por favor —y comenzó a caminar.

Los dos hombres siguieron a Uru en su camino al dojo, sin dejar de contemplar el jardín que lucía las curiosas plantas que se daban en la región. Hasta que se toparon con una amplia puerta de madera. El sirviente la deslizó hacia la derecha para poder acceder y ambos le dieron un vistazo antes de pasar.

El interior era de duela y paredes de papel. Además había dos mujeres, una chica de no más de quince años, pelirroja y de mirada hostil y una veinteañera, de pelo negro y ropas más elegantes que la más joven.

— Quítense los zapatos por favor —pidió el joven de mirada triste. Ambos hombres procedieron a retirarse el calzado—. Y permítanme presentarme, soy Uru —se inclinó un poco—. Ella es Jinari —señaló a la chica pelirroja—, y ella es la hermana del señor, Kaienoi Shiba —señaló a la mujer pelinegra.

Rukio miró atentamente a Kaienoi y ella le devolvió la mirada con la misma intensidad. El joven pelinegro pudo notar en la mirada azulada de la mujer que algo ocultaba, y al parecer ésta se dio cuenta pues apartó sus orbes de los ojos violetas del hombrecito.

— ¿Quiénes son ellos? —preguntó Jinari, de manera agresiva y apuntándolos con su índice derecho.

— Son hombres que buscan al señor —respondió Uru.

— ¿Y para qué? —inquirió la pelirroja, sin dejar de señalarlos.

— ¡Por Dios, sólo hemos venido a ver a los Shiba! —exclamó Ran, algo exasperado por la actitud de Jinari—. Te haría bien conseguirte un novio, niña. Así no tendrías esa cara ni te enfadarías a la más mínima provocación.

La mujer pelinegra echó a reír, Rukio alzó ambas cejas con expresión divertida y Uru sonrió tímidamente. Jinari enrojeció de rabia, y comenzó a gritar varias groserías hacia el hombre de pelo naranja, quien parecía muy contento a medida que la chica se enfurecía más y más.

— Hay que avisar al señor que tiene visitas —habló Uru muy suavemente, tomando por el hombro izquierdo a la pelirroja—. Va a alarmarse si sigues haciendo escándalo.

Jinari bufó: — Muy bien, muy bien iré a… —dijo, pero tres repiques de la campana de la entrada la interrumpieron—. ¡Maldita sea, más visitas! ¡¿Qué acaso hoy es el día de molestar a los Shiba?! —gritó.

— Yo abro, no te enojes —comentó el chico de mirada triste—. Tú ve a avisar al señor.

Los dos sirvientes dejaron el dojo, tomando caminos diferentes y dejando a la mujer con los dos hombres. Rukio iba a abrir la boca, pero su amigo dio un par de pasos hacia Kaienoi.

— Por cierto, no nos hemos presentado —habló el más alto y se inclinó un poco—Ran Matsumoto.

— Y yo Rukio Kuchiki —se presentó el más bajo, haciendo una pequeña reverencia

La mujer se puso de pie: — Bueno, soy Kaienoi Shiba —dijo, e hizo una leve venia—, y, junto con mi hermano, fabricamos los mejores fuegos artificiales de Okinawa.

— ¿Algo más? —inquirió Rukio, alzando a ceja izquierda.

— ¿A qué te refieres? —cuestionó la mujer, frunciendo ligeramente el ceño.

Rukio inhaló: — Por el sable de madera a sus pies parece que practica esgrima —respondió—. Aunque tu mirada me dice que estás ocultado algo.

Ran se mostró sorprendido por las habilidades intuitivas de su amigo. Kaienioi iba a abrir la boca pero se vio interrumpida por la puerta deslizándose.

Los tres dirigieron su mirada a la entrada del dojo y contemplaron a Uru acompañado de un hombre que traía un maletín negro. Éste lucía como de treinta años, alto, delgado, de cabello castaño echado hacia atrás y una mirada intimidante y soberbia. Su vestimenta era un hakama negro, yukata rojo y un haori blanco. Y al combinarse sus características físicas con sus ropas, no había duda que el resultado era un aire ligeramente imponente y aterrador.

— Él es el doctor Sosuke Aizen —anunció Uru.

— Mucho gusto caballeros —habló Aizen. Su voz era algo grave, pero suave y enigmática.

— Igualmente. Soy Rukio Kuchiki —se presentó el hombrecito, haciendo una ligera reverencia

— Y Ran Matsumoto —dijo el más alto, con la mano derecha en el pecho

Sosuke sonrió: — Sus nombres son japoneses, pero por la vestimenta pensé que eran occidentales —declaró.

— Pues hemos viajado un poco —admitió Ran, y pasó la mano izquierda por la solapa de su saco.

— Para conocer las artes de todo el mundo —habló Rukio.

— Y en esos viajes nos compramos estos trajes —secundó el hombre de pelo naranja—. Son tan elegantes como un kimono, aunque mucho más ligeros.

El doctor siguió sonriendo y les dedicó una analítica y perturbadora mirada, la cual prendió en ambos amigos una sensación de alerta. Y antes de que alguien hiciera un movimiento, Jinari llegó con Kakku. Éste, al ver a Aizen, frunció marcadamente el ceño.

— ¿Qué hace usted aquí? —preguntó con enfado el hombre de una mano.

— Vengo a atender a tu hermana —respondió Sosuke con calma—. Hoy le toca su revisión semanal.

Kakku apartó la mirada del doctor, para enfocarse en los dos amigos, quienes hicieron leves reverencias al sentir la mirada del hombre de gruesas pestañas.

— ¿Y ellos quiénes son? —preguntó el hombre Shiba, sin dejar de lado el enojo.

Uru se tensó e inmediatamente dio algunos pasos apresurados hacia los dos invitados.

— Señor Shiba, ellos son Rukio Kuchiki y Ran Matsumoto —presentó el sirviente, señalando con la mano extendida al hombrecito y a su amigo respectivamente—. Caballeros, él es Kakku Shiba, líder de la familia.

— ¿Y se puede saber a qué han venido? —inquirió Kakku, sin dejar de lado el enojo.

— Venimos a aprender de sus fuegos artificiales —respondió Rukio, sin intimidarse—. Hemos escuchado que son los mejores de Okinawa.

La mirada del líder de los Shiba se relajó: — Bueno, eso es cierto —reafirmó—. La familia Shiba hace los mejores fuegos artificiales de toda Okinawa —agregó, con cierto orgullo—. Aunque, ¿no estarán aquí para robarme mis recetas, verdad? —cuestionó, con una mezcla de broma y sospecha.

— Por supuesto que no, señor Shiba —intervino Ran—. Eso lo puede mantener en secreto. Lo que venimos a preguntarle es acerca de…

— Disculpen caballeros, pero creo que están interrumpiendo mi trabajo —puntualizó Sosuke, dejando su maletín en el suelo—. Tengo que revisar a la señorita.

Los tres hombres y los sirvientes se miraron entre sí. Después de algunos segundos, Kakku les indicó la salida y Uru y Jinari salieron primero, seguidos de Ran. El hombrecito estaba a punto de salir, pero el líder de los Shiba lo tomó del brazo derecho y lo acercó hacia sí.

— ¿Qué le ocurre? —inquirió Rukio, en voz baja y algo molesto.

— Yo no confío en Aizen —respondió Kakku en un susurro—. Tú y tu amigo son desconocidos para mí, pero se ven más de fiar que el doctor. Así que te pido un favor.

— ¿Cuál sería? —cuestionó el de ojos violeta.

— Quédate aquí y ve todos los movimientos del doctor —pidió el líder de los Shiba—. Ese hombre es el único médico de la isla, pero también pretende hacernos daño, pues su familia y la mía son acérrimos rivales desde hace tiempo y, lamentablemente, quieren el secreto de mis fuegos artificiales para lastimar.

— Muy bien, me quedaré aquí. No se preocupe —dijo Rukio.

Los sirvientes, Kaienoi, Aizen y Ran estaban mirando con mucha atención a Kakku y a Rukio. Éstos se dieron cuenta, y el hombre de ojos azules soltó el brazo del otro y se encaminó hacia el exterior, con sus criados y el hombre de pelo naranja detrás de él.

Finalmente, Rukio, Aizen y Kaienoi se quedaron solos en el dojo. Las suaves respiraciones de los tres era lo único que se escuchaba.

— Creo haberles pedido que me dejaran hacer mi trabajo, así que… —comentó el doctor.

— Me gustaría aprender acerca de sus métodos, doctor Aizen —interrumpió Rukio, con astucia—. Kakku Shiba me comentó que usted es un buen médico, así que, qué mejor de enseñarse del mejor, ¿no lo cree?

Sosuke sonrió: — Bueno, es cierto que soy muy bueno —dijo, con orgullo—. Así que puede quedarse a observar, Rukio —se volteó hacia Kaienoi—. Señorita, descúbrase su parte superior para examinarla.

— Pero… —habló la mujer, aunque Aizen le paró levantando la mano derecha.

— El caballero aquí presente tiene interés en mis métodos, y yo le daré una demostración —razonó el doctor—. Su interés es puramente académico, sin motivo de morbo —volteó a ver al hombrecito—, ¿no es así?

— Así es señor —repuso Rukio.

Kaienoi soltó un suspiro: — Si no hay más remedio… —dijo.

Rukio tomó asiento y sacó una pequeña libreta y un bolígrafo, mientras Kaienoi se retiraba la parte superior de su uniforme, dejando ver su escultural cuerpo y sus senos, cubiertos por apretadas vendas. El hombre de ojos violetas se sonrojó un poco ante tal visión y empezó a garabatear algo. Kaienoi, al verlo tan concentrado en su libreta, sonrió, ya que no se esperaba que Rukio fuera tan pudoroso.

El doctor comenzó con su revisión. Sacó su estetoscopio y se dirigió a la espalda de Kaienoi para escuchar su respiración, pidiéndole que inhalara o exhalara. Después cambió de lugar, situándose por arriba de los pechos de la chica, justo por donde está el corazón. Al escucharlo, Aizen sonrió de forma muy perversa, aunque Rukio ni Kaienoi pudieron notarla, ya que él se encontraba escribiendo fervientemente en su libreta y ella volteando hacia el otro lado. Finalmente posó el estetoscopio sobre el abdomen de la mujer, para escuchar los ruidos peristálticos. Al terminar, la mujer se acomodó sus ropas.

Luego guardó el estetoscopio y sacó una lámpara pequeña y un baja lenguas de metal. Le pidió a Kaienoi que abriera la boca. Ella obedeció y el doctor revisó su garganta y boca, en lo cual duró unos minutos. Después guardó sus instrumentos y sacó una libreta grande y un bolígrafo. Rukio anotaba todo lo que observaba, intentando no perder ningún detalle.

— ¿Ha hecho alguna actividad física, señorita Shiba? —preguntó Aizen, anotando en su libreta.

— Practicar con el sable —respondió Kaienoi—. Aunque mi hermano dice que sólo voy a empeorar con eso.

Sosuke soltó una risa: — Sin ánimos de ofender, pero no creo que los conocimientos de su hermano sean como los míos —comentó, con cierta burla—. Cómo médico le puedo decir que el ejercicio es bastante bueno para la salud, ¿o es que acaso no quiere mejorar? —cuestionó, imprimiéndole algo de malicia.

— Por supuesto que sí —respondió Kaienoi, con decisión.

— Entonces siga practicando —dijo Aizen—. Estoy seguro de que el caballero aquí presente —miró a Rukio—, le ayudará en mejorar su entrenamiento para poder sanar, ¿no es así?

— Eh… por supuesto —comentó Rukio, con cierta duda.

— Muy bien. Los dejo solos por un momento —declaró el doctor—. Necesito un vaso con agua.

Aizen se retiró del dojo, dejando sus cosas. Rukio se acercó un poco a Kaienoi, y ella le hizo una seña de que tomara asiento a su lado, lo cual hizo.

— ¿No crees que es algo…inapropiado…que tome asiento junto a usted? —cuestionó—. Sobre todo si apenas le conozco.

Kaienoi hizo un ademán con la mano derecha: — Por favor, eres mi invitado —respondió—. Además, creo que ya tomaste la suficiente confianza como para estar presente en mi revisión médica. Y háblame de tú, que me haces sentir vieja.

— De acuerdo, pero ¿así son todas tus revisiones? —preguntó el hombrecito, denotando algo de escepticismo.

La chica alzó la ceja derecha: — Así es —respondió—. Él es el que me ha atendido desde que era una niña —lo miró a los ojos—. Tengo una enfermedad del corazón, y con sus consejos he intentado controlarla.

— ¿Y te alienta a practicar con la espada? —inquirió el joven, sin dejar de lado su escepticismo.

Kaienoi negó: — Parece que compartes la misma opinión de mi hermano —contestó—. Él piensa que hacer esgrima me hace mal. Y el doctor está planeando matarme, ya que es de una familia rival, con cierta fama de maniacos. Pero yo digo que sólo son intuiciones de Kakku, he mejorado mucho.

Rukio se levantó del piso: — Sabes, creo que hay otras maneras de activarte físicamente sin tener que recurrir a una actividad tan rigorosa como lo es la esgrima —comentó.

— ¿Y cuáles serían? —preguntó la chica, alzando la ceja derecha.

El hombrecito sonrió: — Puedes intentar bailar —sugirió—. Yo podría ser tu maestro, he aprendido mucho de mis viajes.

Kaienoi soltó una divertida carcajada, a la cual le siguió otra y otra, hasta convertirse en una risa descontrolada que tumbó a la chica al suelo, con las manos aferradas a su estómago y algunas lagrimillas saliendo de sus ojos. Rukio, sin embargo, se mantuvo serio ante el desplante, aunque tenía el ceño bastante fruncido.

— ¿Ya terminaste? —inquirió el joven, un poco enfadado.

Kaienoi se limpió las lágrimas: — Disculpa, pero nunca había escuchado que un hombre supiera bailar —dijo.

— Bueno, aquí tienes uno —habló Rukio, algo sonrojado por la vergüenza—. Y, ¿qué me dices tú? ¿Sabes bailar? —preguntó.

Ella enrojeció: — Bueno…yo…n…o…s…é —tartamudeó—. N…o sé b…ail…a…r

— Seré tu maestro —comentó el hombrecito—. Verás que no tienes que arriesgar tu corazón para hacer actividad física, y así cumples la palabra del doctor.

Kaienoi se acercó a Rukio. Éste de inmediato se sonrojó más, pues, además de la diferencia de altura, notó los ojos azules y las gruesas pestañas que los protegían. Sumado a lo que vio hace un rato, el chico estaba sin palabra alguna por su proximidad.

— Bueno, pues aquí me tienes —dijo ella, y sonrió ligeramente—, ahora enséñame.

— ¿Qué?... Ah, si… este —balbuceó Rukio—… primero…debo poner… mi mano derecha…en tu… cintura.

— ¿No estaríamos profanando la moral con esto? —cuestionó Kaienoi, con algo de burla.

Rukio negó con la cabeza: — Por supuesto que no —respondió, con más seguridad—. Lo único que haremos es bailar. No es nada indecente, te doy mi palabra de hombre y de Kuchiki que no intentaré nada contigo. Así que pon tu mano izquierda, sostén con tu mano derecha mi mano izquierda, mi derecha en tu cintura. Luego vas a seguir mis pies, ¿de acuerdo?

Kaienoi asintió, algo sorprendida por tantas instrucciones. Pero las acató todas y, una vez puestas las manos en los lugares correctos, Rukio comenzó a moverse, al mismo tiempo que tarareaba una canción, con un ritmo bien marcado. Un paso largo hacia atrás, uno corto hacia la derecha, uno corto a la izquierda, uno largo hacia adelante, uno corto a la izquierda…

Y mientras Rukio, quien tenía la vista hacia el rostro de Kaienoi, se movía con sutileza por la duela, ésta tenía la mirada en el piso, pues intentaba seguir los pies del chico. En todos sus años de vida jamás había hecho algo parecido, pues jamás le llamó la atención el baile porque lo consideraba demasiado complejo. Pero el joven de ojos violetas le estaba mostrando una faceta más sencilla y grácil de mover su cuerpo, además de que sentía su corazón palpitar, pero no a un ritmo rápido como cuando practicaba esgrima, sino a uno más lento y agradable.

— ¿Qué canción tarareas? —cuestionó la chica algunos minutos después, a la par que no dejaba de seguir con la vista los pies de él.

Sangre Vienesa de Johann Strauss hijo —respondió el joven—. Un vals que escuché hace tres años, cuando fui con Ran a Austria.

— Parece una persona muy culta, señor Kuchiki —comentó Kaienoi—. No me extrañaría que no haya sacado provecho en ese viaje.

Rukio iba a comentar algo, pero la puerta de dojo se abrió y dejó ver a Ran, quien traía una pequeña copa de sake. La pareja se separó.

— Oh, vaya —dijo Ran, sonriendo algo burlón—, no pierdes el tiempo, ¿verdad, amigo?

— Yo sólo la estaba enseñando a bailar —refutó el hombrecito—. No es mi culpa que pienses otras cosas.

El hombre de pelo naranja vació la copa de golpe, avanzó hacia la pareja y le puso la copa a Rukio en la mano izquierda.

— Entonces señorita, ¿me permite la siguiente pieza? —cuestionó Ran, de manera galante, tendiéndole la mano derecha.

— Pero caballero, mi acompañante podría molestarse —respondió Kaienoi, siguiéndole el juego.

Rukio sonrió levemente: — No te preocupes, Ran se mueve mejor que yo —dijo—. Él aprendió más rápido que yo a bailar.

Kaienoi negó con la cabeza, sonriente, y tomó la mano de Ran. Éste, ni lerdo ni perezoso, se acomodó para el baile, cosa que dejó a la chica algo sorprendida. Una vez tomados sus lugares, Rukio siguió tarareando el vals y la nueva pareja comenzó a moverse.

Sólo bastaron unos cuantos pasos para que la chica pelinegra admitiera que Rukio tenía razón. Ran se movía con algo más de gracia y fluidez, y le costaba seguirle los pasos. Pero ella siguió adelante, como la excelente guerrera que era, y pronto consiguió ponerse al ritmo del hombre de pelo naranja. Éste sonrió, y continuó con el vals.

Cuando Rukio acabó de tararear la canción, Kaienoi y Ran se detuvieron, se separaron y él hizo una pequeña inclinación ante ella. Ambos estaban algo agitados, y ella llevó su mano derecha a su pecho para escuchar su corazón. Latía rápido, pero no con la violencia característica que dejaba la esgrima.

— Vaya ya tenía tiempo que no bailaba así —dijo Ran, acomodándose su saco—. Necesito otro trago, enseguida vuelvo —agregó, mientras le quitaba la copa a su amigo.

Y salió del dojo, dejando de nuevo a Kaienoi y a Rukio solos. Éste se acercó con pasos lentos a ella y las manos a la espalda.

— Pareces sorprendida —comentó el chico.

— Debo admitir que tenías razón en cuanto al baile —dijo ella, aún con la mano en el pecho—. Hace que mi corazón se mueva, pero sin el peligro de destrozarlo.

— Un problema siempre tiene múltiples soluciones. Sólo es cuestión de darle el enfoque adecuado —recitó Rukio—. Ahora vuelvo, Ran es capaz de acabarse el licor de tu familia en menos de un parpadeo.

Ahora el hombrecito salió del dojo, algo apurado. Y entonces Kaienoi, ya sin la compañía de nadie, se puso a practicar los pasos que le habían enseñado Rukio y Ran. Tarareando lo que recordaba de la música, se paseaba por la duela, sumiéndose en su mundo. Hasta que la puerta se abrió de nuevo, dejando ver a Aizen. Kaienoi se detuvo inmediatamente.

— Señorita Shiba, ¿qué está haciendo? —cuestionó el doctor, algo sorprendido.

— Practico unos pasos de baile —respondió la chica—. Acabo de aprenderlos, y me gustaron.

— ¿Quiénes? ¿Los invitados de su hermano? —inquirió Sosuke, incrédulo. Ella asintió—. Pero usted debería estar practicando esgrima, no tonteando con pasos de baile.

— Ellos me enseñaron que el baile es mejor para mi corazón —comentó Kaienoi, algo molesta—. Y lo comprobé, y pues no terminé babeando en el piso como cada vez que practico con la espada.

El doctor sonrió: — ¿Y cree que las palabras de dos jóvenes sin nociones de medicina son mejores que las mías? —cuestionó. La chica no respondió—. Bien, entonces tendré que darle una lección, joven Shiba.

Aizen, con un semblante muy serio, metió ambas manos dentro del haori y sacó dos katanas de verdad. Le arrojó una a la chica, quien la atrapó al aire con una cara de sorpresa.

— Le mostraré que con mis palabras no se duda, señorita Shiba —dijo el doctor—. Así que prepare su espada —y desenvainó su arma.

— Yo no pelearé contra usted —reclamó Kaienoi—. Usted es médico, no un guerrero.

— Entonces tomaré sus palabras como cobardía —comentó Sosuke—. Además, puedo contarle al pueblo que usted bailó con un perfecto desconocido. Pensarán de usted que es una simple mujerzuela, ¿no lo cree? —y sonrió de manera perversa.

Esas palabras hicieron que la sangre de la pelinegra hirviera. Rápidamente perparó el arma, arrojando la funda a su derecha. El doctor se puso en guardia.

— Le doy oportunidad de dar el primer golpe señorita —habló Aizen.

— Yo no tendría esa confianza doctor —dijo Kaienoi, a la par que daba un par de pasos y alzaba con ambas manos su espada para descargarla contra él.

Sosuke la detuvo con mucha facilidad, y esto sorprendió a la chica. El doctor aprovechó y deshizo el cruce para mandarla hacia atrás, provocando que cayera de espalda. Kaienoi se levantó rápidamente y, dando una carrera, dio una cuchillada hacia el abdomen de Aizen, pero éste giró sobre sí mismo y bloqueó el ataque. Así pasaron varios minutos en donde ella atacaba con furia y él la interceptaba con mucha maestría y calma. Después de varios choques, a Kaienoi le quedó claro que el doctor ocultaba un secreto muy particular.

— Vamos, peleé más —insistió Sosuke, en una pausa—. Sabe que puede hacerlo mejor, así que empéñese más, señorita.

Kaienoi avanzó hacia Aizen, pero esta vez con menos velocidad. El corazón de la chica se aceleraba con cada movimiento y su respiración era más agitada. Pero esto hacía que sus movimientos fueran más lentos y menos fuertes. Y el doctor vio en esos detalles su oportunidad de oro.

— Si quiere vivir tiene que moverse, señorita —dijo Aizen—. Así que ahora tendrá que defenderse.

Kaienoi podía sentir como su corazón se aceleraba más y más, con ese ritmo violento muy conocido para ella. Los pulmones le oprimían, tenía los ojos muy abiertos y la cabeza comenzaba a punzarle de una manera horrible. Aflojó un poco el agarre de su katana, pero volvió a reforzarlo debido a que el doctor se acercaba con pasos muy decididos.

Y ahora los papeles se invirtieron. Aizen atacaba con una ferocidad inusual, mientras que Kaienoi hacía todo lo posible por defenderse, pero su corazón se estaba acelerando demasiado, la respiración se le iba por momentos y sus movimientos eran torpes y débiles. Luego de detener a Aizen dos veces, la chica sintió que su corazón dejó de latir y sus pulmones no tenían aire. Esto provocó que Kaienoi se derrumbara y soltara su espada en medio de un violento ataque de tos. Aizen se acercó a ella y le alzó la barbilla con la punta de su katana.

— Llego la hora de su final —dijo el doctor—. Morirá ahora y sólo tengo que deshacerme de su hermano para acabar con su familia.

La chica miraba con mucha ira al hombre, pero sus temblores y la saliva sanguinolenta que le escurría por la boca no le daban un aire muy intimidante.

Empuñando su espada con la mano derecha, Aizen preparó una cuchillada, directa a la garganta de la chica. Pero la puerta del dojo se abrió, dejando ver a Rukio, Ran y los criados de los Shiba, y detuvo el golpe.

— ¿¡Pero qué está pasando aquí!? —gritó Rukio, mirando la escena. Sus ojos pasaron de Aizen a Kaienoi, quien no paraba de toser saliva con sangre, y el enojo comenzó a trepar poco a poco en él.

— Sólo le enseñaba a la señorita Shiba a no dudar de mi palabra —respondió tranquilamente el doctor.

— ¡Usted es médico! —exclamó Ran— ¿No se supone que debería ayudar a las personas?

— Señor Matsumoto, encontré a la señorita Shiba bailando —respondió el doctor—. Y que contradigan mis consejos es una grave falta de respeto hacia mí.

Rukio dio un par de pasos hacia él: — Alguien que habla así es porque su orgullo fue lastimado y no acepta opiniones de nadie —dijo.

— Esa es una buena deducción —comentó Sosuke—. Pero ustedes no tenían que haberle mostrado otra alternativa, así que déjeme mostrarle el único camino para solucionar esto.

Azien recogió la espada que le había dado a Kaienoi y se la arrojó a Rukio. Éste la atrapó al aire y enseguida se puso en guardia. El hombre de pelo castaño esbozó una desagradable sonrisa.

— Le doy la oportunidad de dar el primer golpe —dijo el doctor.

— Jamás le dé esa oportunidad a un enemigo —habló Rukio, dando tres pasos y con la katana preparada.

Aizen hizo un movimiento circular con su arma y las espadas chocaron, y se separaron al instante, momento en el cual Rukio aprovechó para otro ataque, siendo bloqueado una vez más. Uru y Jinari salieron de allí, buscando a su patrón, y Ran avanzó hacia Kaienoi para ayudarle a levantarse.

Rukio y Aizen habían intercambiado cerca de once golpes. Al doceavo, hicieron una pausa, con las espadas perfectamente trabadas.

— No está nada mal, joven Kuchiki —comentó Sosuke—. Es usted un espadachín muy competente.

— Lo mismo puedo decir de usted, doctor —dijo Rukio.

— Aunque tiene que cuidar sus movimientos, ¿no lo cree? —sugirió el doctor.

Rukio le imprimió más fuerza a su ataque, y Aizen notó eso. Giró sobre sí mismo y, aprovechando el movimiento, hizo hacia la derecha la espada de Rukio tan rápido que no le dio tiempo de reaccionar y terminó incrustándola en el costado derecho de Kaienoi, justo entra las costillas.

A Ran y a Rukio se les fue la respiración. El hombre de pelo naranja dejó a la chica en el suelo y dio algunos pasos hacia atrás, sumamente asustado. El hombrecito pelinegro soltó la katana y se dirigió al frente de ella. Y Aizen veía la escena sumamente complacido, con la espada en mano.

— ¿Kaienoi? ¿¡Kaienoi!? —gritó Rukio, tomándola por los hombros.

— No sabes lo tranquila que me siento en este momento —dijo la moribunda mujer, sonriéndole—. Por lo menos, me es muy grato que tú… —su voz se apretó— me…hayas…matado. Alguien… ajeno a todos… mis problemas.

— No, ya… verás que…te recuperarás —balbuceó Rukio.

— Adiós, hombrecito —habló Kaienoi, y lo abrazó—. Haz…que…el mundo…aprenda a…mover…los pies… y no… una espada —y tosió muy fuerte, a tal grado que escupió una masa espesa y sanguinolenta, y se derrumbó en el piso con un suspiro final.

Ran se acercó hacia ellos. Los ojos de la mujer quedaron fijos en el techo y una sonrisa quedó fija para siempre en sus labios. A Rukio le temblaba el labio inferior y el pecho le subía y bajaba de manera marcada. Parecía que estaba a punto de sufrir un ataque de histeria.

Y justo en ese instante, Kakku llegó acompañado de sus criados. Su mirada recorrió primero a Aizen, después a Ran y a Rukio, y finalmente se posó en el inerte cuerpo de su hermana.

— ¡¿Pero qué demonios pasó aquí?! —exclamó el líder de los Shiba

— Ella estaba practicando movimientos de esgrima…. —empezó Rukio.

— ¿Les estabas enseñando movimientos de esgrima? —preguntó Kakku, con mucho enojo.

— Bueno ella estaba tendida en el suelo y el doctor y yo… —relató el joven de ojos violetas, pero la conmoción le cortó las palabras.

Kakku avanzó rápidamente hacia él y lo tomó por las solapas de su traje. El hombrecito pudo ver en sus azules ojos una ira pura que reclamaba venganza.

— Tú mataste a mi hermana —susurró el líder, con mucha cólera.

— Disculpen por interrumpirlos pero ese crédito de la muerte de su hermana es mío —habló Aizen, con total cinismo.

El líder de los Shiba, al escuchar estas palabras, arrojó con fuerza a Rukio al piso. Ahora su cerúlea mirada se enfocó en el doctor, quien le sonreía leve y burlonamente.

— Sabía que usted tramaba algo desde el día que revisó por primera vez a mi hermana —dijo Kakku, con los dientes muy apretados.

— La pólvora que usted guarda pude utilizarse para algo más que la cohetería —comentó Sosuke con calma—. Y yo tengo grandes planes para ella.

— Sobre mi cadáver —masculló el pelinegro.

— Y así será —concedió el hombre de pelo castaño.

Kakku sacó la katana del cuerpo de Kaienoi y atacó a Aizen, quien lo interceptó con facilidad. Ran sacó a Rukio del dojo, quien aún no reaccionaba, lo más rápido que pudo, dejando que el doctor y el líder de los Shiba comenzaran un duelo a muerte, donde estaba en juego el honor y la paz de ese pueblo de Okinawa. Mientras que los dos amigos salían a toda prisa de la casa, con un Rukio muy trastornado por presenciar la muerte de la mujer más carismática que haya conocido hasta ese día.


Notas del autor:

*Hola, aquí vengo a traerles otro capítulo de esta historia

*Sus comentarios y sugerencias siempre son bienvenidos

Gracias por leer