Déjame devolverte algo de lo mucho que me das. Así, de poco a poquito, hasta mi deuda saldar.
...
No. No es real, es superficial. Pero es todo lo que puedo hacer por ti
Movía el contenido de la copa con su mano de manera lenta, mientras se hundía más en el sofá. Su mirada estaba clavada en el sobre que estaba frente a él, en la mesita de centro. Estuvo tentado a romper ese sobre en mil pedazos, quiso encender la chimenea y arrojarlo ahí, quiso...
Suspiró audiblemente.
Colocó la copa en la mesa y masajeó sus cienes. Sólo había dos soluciones, una era, entregar ese sobre a las personas correspondientes y, la última, que siguiera en el anonimato.
¿Qué haría?
Debía pensar bien las cosas antes de elegir una. En esos momentos deseó que de manera milagrosa, un ser iluminado le indicará lo que debía hacer.
Volvió a suspirar.
Se levantó del sofá y se dirigió al mini bar de la estancia, llenó de nuevo la copa, hasta el tope. Desde ahí, volvió a contemplar el sobre de la mesita, entrecerró los ojos como si retara al objeto inanimado; más estúpido no se podía sentir.
Bebió de un golpe el contenido de su copa, la protesta de su garganta no se hizo esperar, pero la ignoró. De inmediato, caminó a zancadas hasta llegar y arrebatar el sobre de la mesa y se dirigió hacia la puerta con pasos decididos.
Se los entregaría. Ya había tomado su decisión. Estiró su mano para tomar el pomo de la puerta y...
"¿Los huérfanos... los huérfanos son malos?"
Aquella inocente vocesita detuvo sus pasos abruptamente.
Dejó caer la mano a un costado, apretó los puños con fuerza, estrujando el sobre de su mano derecha. Aquel recuerdo le vino como un cubetazo de agua helada, si ese era el caso, él...
No lo haría.
No podía.
Lo había prometido, él protegería su felicidad. Entonces, una pregunta llegó a su mente como rayo, ¿se veía feliz? Sin duda, la respuesta era sencilla: No, no era feliz, aunque se esforzara por aparentar lo contrario.
Se giró de lado contrario a la puerta.
Esta noche acabaría, sin duda, con todo el vino del mini bar.
/ / / /
Miró su reloj de pulsera por cuarta vez, puso una mano para hacer sombra a sus ojos y ver más allá de la hilera de automóviles.
Nada.
Frunció el ceño, ¿se habían olvidado de ella? Tenía 15 minutos esperando al chófer y al auto que siempre venían puntual a buscarla al trabajo, no podía creer que la hicieran esperar tanto. Sacó el móvil de su bolso, le hablaría a Tatsumi dispuesta a exigirle una explicación ante la demora del chófer.
El sonido de un claxón interrumpió en su tarea.
¡Por fin, ahí estaba el auto! Se apresuró a llegar a el, cuando estuvo lo suficientemente cerca, la puerta del conductor se abrió, dejando ver a su nuevo "chófer".
Un fresco Saga, atabiado en una camisa manga larga negra con los primeros botones abiertos y pantalones azul marino, comenzó a rodear el auto para acercarse a ella; sin perder ni un segundo la sonrisa de autosuficiencia que le caracterizaba.
Saori no podía dejar de observabarlo. Después de la escena incómoda entre Seiya y él en la sala de la mansión, no le había visto, y ahora aparecía frente a ella, así sin más. Y hoy, había algo en sus ojos que no terminaba de comprender.
–Hola–saludó, deteniéndose frente a ella, sin despegar sus esmeraldas de los azules de ella. –¿Tienes tiempo ahora?–preguntó, directo como siempre.
La Kido se mordió el labio y desvío la mirada, insegura de que responder. Había muchas cosas que quería preguntarle a Saga, y esa sería una excelente oportunidad, pero por alguna extraña razón, le daba miedo conocer las respuestas.
Volvió a mirarlo.
–Si, tengo tiempo–respondió. Acto seguido, él le abrió la puerta para que subiera al auto, cosa que ella obedeció.
El trayecto lo estaban haciendo en completo silencio, cada uno enfocado en otra cosa que no fuera prestarse atención. Saga mantenía la vista fija en la carretera, mientras Saori observaba por la ventanilla.
En el pasado, a ellos jamás les costó entablar conversaciones, siempre había algo de qué hablar, y en cada una, él procuraba hacerla reír. ¿Por qué ahora costaba tanto hablar? Desde el día en que Saga volvió de Grecia, las cosas habían estado bien, él parecía más apegado a ella, pero todo estaba bien. Pero hoy..., hoy sentía una incomodidad bajo los ojos verdes de su acompañante.
Lo miró por el rabillo del ojo.
Estaba concentrado mientras conducía.
Retornó la vista a la ventanilla y pudo notar las pocas casas que se veían al lado de la carretera. Cada vez menos casas y más árboles, se asustó. ¡Estaban saliendo de la ciudad!
–Saga–llamó, y él no la miró, y tampoco respondió. Apretó las manos sobre su falda, nerviosa. –Saga, ¿a dónde vamos?–intentó una vez más.
Él seguía manejando sin dar señales de haberla oído. Su mirada siempre hacía el frente. Por su parte, Saori comenzó a hurgar en su bolso para encontrar su celular, le llamaría a Tatsumi y le diría que el peliazul la estaba secuestrando. Lo encontró y empezó a buscar entre sus contactos, halló el numero del mayordomo y lo oprimió, empezó a marcar...
En un rápido movimiento la mano de Saga le arrebató el móvil, cortando la llamada al instante. Ella lo miró con los ojos bien abiertos, en ellos se podía leer claramente "tengo miedo".
–Lo siento, estoy un poco nervioso–habló él, con su voz aterciopelada, que en ningún momento tranquilizó a Saori. –Nos dirigimos a Komae–.
–Komae...–susurró quedo. –¿Qué haremos allá?–preguntó preocupada y extrañada.
Saga volteó a verla, por primera vez en todo el trayecto, y le sonrió misteriosamente. –Es una sorpresa–la vio tensarse aún más, –Confía en mí–agregó, dando por finalizada la conversación, regresando la vista a la carretera.
/ / / /
Estacionó su auto frente al pórtico de la residencia, bajando de el. Subió las escaleras del pórtico y al entrar al recibidor se topó con el calvo mayordomo.
–Bienvenido sea, joven Seiya–saludó e hizo una reverencia al chico que arqueó una ceja ante tal recibimiento.
–No seas tan formal, viejo–se quejó burlón el castaño. –Señor, ¿a qué debemos su visita?–dijo Tatsumi, ignorando el anterior comentario.
Seiya resopló, nunca le gustaron las formalidades de ese tipo, le hacían sentir viejo.
–Necesito hablar con Saori–respondió directo.
–La señorita no se encuentra aquí y no creo que vuelva pronto–informó el calvo.
–¿A dónde fue?–soltó repentinamente, golpeandose mentalmente por hablar sin pensar.
Tatsumi lo miró con cierta sorpresa, nunca pensó que Seiya mostrara interés en su señora, siempre había dejado claro que la detestaba, aún desde niños. Tal parece que pasar tiempo con ella le estaba haciendo cambiar de opinión.
–Ella está con el señor Saga ahora mismo–explicó mirando atentamente la reacción del chico.
El castaño torció los labios en un gesto de desagrado. Ahí estaba, otra vez, el mismo malestar de la mañana. Sentía un escozor en la boca del estómago, como si algo se incendiara dentro de él.
¿Por qué?
Desde esta mañana en la oficina de Saori donde fue visitada por un chico que claramente estaba interesado en ella, se irritó. Pero lo peor de todo era que ni siquiera sabía por qué.
Eso lo irritaba aún más.
–Tengo que irme–fue lo único que atinó a decir, subiendo de nuevo al auto y llendo hasta la salida de la mansión.
/ / / /
Subieron las escaleras de piedra adornadas a los costados de cada lado con hermosas flores de crisantemo en color púrpura, que ascendían a lo largo de las escaleras. Cuando llegaron al último escalón, los recibieron unas enormes puertas de madera qué al cruzarlas, daban la bienvenida a un camino serpenteado de gravilla que contrastaba con el verde pasto del lugar. Caminaron sobre el hasta llegar a un puente ondeado de madera rojo, muy al estilo japonés.
Saori se detuvo a mitad del puente, poniendo sus manos sobre la barandilla y asomando su rostro al pequeño lago que había debajo de este.
–¡Es hermoso!–exclamó con alegría. –Ven Saga, tienes que verlo–invitó a su compañero.
El peliazul imitó la acción de la chica, recargando sus codos en la barandilla, alternando la mirada entre el rostro maravillado de ella y en los peces de colores que le señalaba. Justo en ese instante, sintió que la Saori de antaño estaba ahí.
Sonrió satisfecho.
–Continuemos–sugirió el mayor.
Cruzaron el resto del puente, caminaron solo unos metros más y llegaron a la entrada de la casa de madera qué habían visto a lo lejos. Ahí los esperaba una mujer de edad media, vestida con un kimono verde oscuro.
–Los estábamos esperando–hizo una reverencia e hizo una señal para que la siguieran.
Estando dentro de la casa, la Kido pudo darse cuenta de que en realidad era un exclusivo restaurante por las mesas que había esparcidas al rededor. Pasaron de largo el comedor, la mujer los guió hacia un pasillo con cuatro puertas fusuma1. Se detuvieron en la última.
–Pasen, por favor–indicó la mujer, deslizando las puertas.
Ellos obedecieron, y la mujer se retiró.
La habitación era amplia, contaba con escasos muebles. Las paredes de la estancia estaban tapizadas en tonos crema que hacian un bonito toque con los dibujos de flores de cerezos en tonos rosas pintados en las puertas de papel. Justo en medio, había una mesa baja de madera tallada y a sus costados estaban unos largos y elegantes zabuton2.
–¿Te gusta?
–¡Me encanta!
–Esto no es todo–caminó hasta la puerta shōji3 deslizandola. –Ven–invitó.
Ella se acercó y detrás de esa puerta descubrió una terraza que daba hacía un amplio jardín. Plantas y flores de diversos tamaños, formas y colores se extendían por todo en derredor. Y en medio del jardín se alzaba orgulloso, lo que no podía faltar en un hogar japonés, un árbol de sakura.
Los pétalos dispersados en el suelo daban un aire de nieve color rosa.
–Esto es...–murmuraba pérdida en la vista que tenía frente a sí. Saori había viajado por todo el mundo, visitó infinitos lugares con paisajes dignos de ser llamados paraíso. Incluso, su casa contaba con exquisitos jardines, pero nada se comparaba a esto. –...es hermoso–susurró impresionada.
–Me complace mucho oír eso–le respondió el peliazul con una sonrisa de medio lado.
Un sonido desde el interior los hizo voltear, la mujer del kimono verde deslizó la puerta, entrando con una bandeja de comida. Acomodó todo en la mesa y se retiró con el mismo silencio en el que entró.
Ambos se dispusieron a entrar y a tomar su lugar en la mesa. Ninguno de los dos jóvenes tenían arraigadas las costumbres del país, a pesar de que habían vivido ahí casi todo el tiempo. Así que solo atinaron a consumir sus alimentos sin decir la típica expresión de Japón al comer.
Estando así, los dos reunidos, a Saori le supo a nostalgia. Compartir momentos con Saga era lo que ella más apreciaba, pues, desde que él partió a Grecia hace 5 años fue privada de esos momentos. Estando con Saga casi se sentía feliz.
–Saori, ¿sabes por qué te he traído aquí?–preguntó repentinamente.
Ella negó con la cabeza.
–Verás, hay algo de lo qué he querido hablarte desde hace un tiempo...–y dicho esto, dejó de probar sus alimentos.
Saori dejó sus palillos aún lado.
–Te escucho–accedió ella, prestandole toda su atención.
Saga irguió más su espalda y entrelazó ambas manos sobre la mesa.
–Quizás te preguntes el por qué estoy de regreso repentinamente, ¿no es así?–la vio asentir. Entonces decidió continuar:–Existe una razón, no..., existe una persona por la cuál he vuelto al continente...–posó su mirada en su servilleta, –...una persona por la cuál he decidido instalarme aquí...–ahora su mirada estaba en el florero de la mesa. –Estoy aquí...por ti–y la miró directo a los ojos.
Saori permaneció con el rostro serio, sin apartar la vista de él. Qué Saga dijera qué había vuelto por ella la hacia sentir contenta, porque ella también le extrañaba.
–Y a mí me alegra poder tenerte de regreso–comentó, abriendo paso a una sonrisa.
–Parece que no me has comprendido...–lanzó un pequeño suspiro. –¿Recuerdas los mitos griegos que nos enseñó el profesor Aioros? –preguntó serio.
Ella lo miró extrañada, pero igualmente asintió.
–He de suponer que también recuerdas la historia de Orpheo y Eurídice, ¿no es así?–preguntó el peliazul, conociendo de antemano la respuesta.
–Claro, una trágica historia de amor. Una de mis favoritas, por supuesto–respondió, confundida por no saber a que quería llegar su amigo.
–Orpheo bajó al inframundo para recuperar a su amada ninfa–relató él. –Aún sabiendo que corría el riesgo de no lograrlo.
–Pero para convencer al Señor del Inframundo de devolverle el alma de su esposa, tocó una de sus hermosas y tristes melodías, conmoviendo el corazón del Rey del infierno...–continuó ella el relato, con una mirada ilusionada.
–¿Por qué estamos hablando de esto?–cuestionó Saori.
–Eres impaciente, sin duda–soltó una pequeña risa. –Orpheo hizo casi todo lo que estuvo a su alcance por tener de vuelta a Eurídice. Yo quiero hacer lo mismo contigo–y la miró cauteloso.
Saori lo miró sin comprender. ¿Qué se supone que intentaba decirle? ¿Era una especie de código que ella tenía que descifrar?
–¿Iré al infierno y tú irás por mí?–preguntó con mofa.
–¡Vaya! Parece que no has perdido tu humor negro ¿eh?–dijo volviendo a reir. –Pero lo haría si hiciera falta, claro–su risa se apagó, y su rostro volvió a mostrar ese toque de seriedad y altivez.
–¡Pero que cosas dices, Saga!–reclamó por tal disparate.
Él negó con la cabeza por ese comentario.
–Saori..., quiero que vuelvas a ser feliz. Necesito ver tu auténtica sonrisa, no esas fingidas y ensayadas que das–espetó el hombre. –Quiero ser yo él que traiga de regreso tu felicidad..., te quiero a ti de vuelta..., conmigo–susurró en una súplica.
La heredera ensanchó los ojos ante tal declaración. ¿Él... él estaba diciendo lo creía?
–No te alarmes, no estoy proponiendote nada–volvió a hablar con tono neutro. –Solo estoy pidiendo una oportunidad para poder abrirme paso hacia ti–.
–¿Estas pidiendo mi permiso para cortejarme?–preguntó, sólo por si había entendido mal las cosas.
Saga asintió.
Y Saori sintió que la habitación se hacía más grande.
Jamás pensó que el peliazul tuviera sentimientos por ella, Saga siempre la trató de manera protectora, siempre actuó como su hermano mayor. Incluso después de la muerte de su abuelo, él se convirtió en un refugio para su dolor.
Entonces Saori recordó todo lo que Saga había hecho por ella.
En los tormentosos días donde la pérdida estaba latente, los cálidos brazos de Saga la envolvían como un muro protector, limpiando los caudales de agua salada que caían de sus ojos. Recordó los incontables paseos a caballo que solían dar, aunque él lo odiara. O las veces en las que él tuvo que hacer de alcahuete para que Tatsumi no la regañara.
Y de pronto, la imagen de la sonrisa de Seiya le vino a la mente. En esos últimos días, se había dado cuenta de que tenía sentimientos especiales hacía él. Se dió cuenta de estos cuándo, en una tarde que recibió una de sus visitas, él le dijo que si no se aburría del permanente silencio de la mansión. Ella respondió que no, que ya estaba acostumbrada. A lo que él replicó que entonces vendría todos los días a hacer escándalo para que ella no se sintiera sola. Lógicamente, Saori se sonrojo, y él rió más fuerte. Y Seiya le pareció tremendamente gentil.
Pero entonces miró a Saga, clavando sus penetrantes esmeraldas en ella. Aguardando su respuesta.
Tal vez, era momento de retribuirle un poco...
–De acuerdo–murmuró en un hilo de voz.
Y la imagen mental de Seiya frunció el ceño y le dio la espalda.
–Me siento honrado por esto–dijo con autosuficiencia.
Saga sonrió de medio lado, orgulloso de su cometido. Se levantó y le extendió su mano para ayudarla a levantarse, cosa que ella tardó unos segundos en reaccionar. Cuando ambos estuvieron de pie, la condujo de nuevo a la terraza. La pelilila se detuvo a unos pasos de las escaleras que servían para bajar al jardín, él se posicionó detrás de ella.
Ambos tenían la vista fija en el horizonte, más allá del árbol de cerezos, contemplando el cielo naranjoso indicado que entraría la noche.
–Julián fue a verme hoy–soltó repentinamente, sin dejar de mirar hacia el frente.
El mayor endureció el rostro y apretó la mandíbula por el comentario de la chica.
Recordaba al heredero de la familia Solo, lo había conocido cuándo sus padres ofrecieron una fiesta de cumpleaños número dieciséis; Saori y él asistieron. También recordaba que desde que llegaron, el muchacho no apartaba los ojos de ella, y en la primera oportunidad que tuvo, la arrancó de su lado para llevarla a un lugar privado, lugar dónde le pidió matrimonio. Por supuesto, Saori lo rechazó. Días después, la mansión estaba llena de ostentosos obsequios, cortesía del Solo. Y él tuvo que hacer de guardaespaldas de la Kido porqué el chiquillo la asediada. Sin duda, el niño se había encaprichado con ella.
Y de nuevo estaba ahí, causando problemas, pensó hastiado.
–Tranquila, no dejaré que se acerque de nuevo–prometió, posando sus manos en los hombros de la fémina.
Ella se tensó, pero no se apartó.
Estaba nerviosa, tenía miedo. Nunca pasó por su cabeza que Saga pudiera quererla..., o al menos, no como a una mujer. Ella jamás había pensado en él como un hombre, con todas la letras de la palabra. Para ella, simplemente era Saga, un miembro de su familia; uno muy querido, por cierto.
Vio las flores de sakura desprenderse de su rama, cayendo lentamente hacía el suelo. Así se sentía ella, una flor desprendida de una rama, una que era ondeada por el viento y tirada al suelo por el mismo. Una con voluntad tan frágil y emífera, como la vida de esas bellas flores.
–Saga...–llamó en un murmullo. –Es tarde, volvamos a casa–pidió en el mismo tono, apartandose del mayor y caminando de vuelta al interior.
El peliazul se quedó unos minutos más, viendo como los colores del cielo se perdían para dar paso a la oscuridad. Él sabía que la chica no estaba feliz con esto, lo sabía porque su aire melancólico había crecido en los últimos minutos. Sabía que no estaba haciendo esto por ella, ni por su felicidad, lo hacía por él. Y eso lo hacía sentir como como un canalla, un patán, una vil y maldita escoria.
Y no pudo olvidar la razón...
Flash Back
Saga relató a Hades palabra por palabra de lo que le había contado el mayordomo de los Kido. Pensó que al terminar de hablar, el hombre se le echaría encima para golpearle y después ordenarle que quitara al "obstáculo" del camino, pero en lugar de eso...
Los labios del hombre se curvearon en una sonrisa nada inocente, para después borrarla.
–No veo el inconveniente, sigue con lo que te pedí hacer–espetó sin emoción, con evidente serenidad.
–Pero señor, usted no ha...
–He dicho que continúes con el plan. Sólo ve mas rápido, ¿quieres?–demandó con firmeza sin llegar a gritar.
Saga solo atinó a asentir.
–Entonces no necesitas estar aquí más tiempo. ¡Vete!–ordenó el azabache.
El peliazul se levantó de su silla en silencio, dándole una última mirada a Hades. Y pudo jurar que por un momento pudo ver que los ojos turquesa del hombre brillaron con malicia. Pero decidió ignorarlo, lo que más quería hacer en ese momento, era salir de ese lugar que parecía el mismísimo infierno.
Fin del Flash Back
Se detestaba a si mismo por hacerle esto a Saori, pero no tenía opción. Para conseguir algo, uno tiene que sacrificar otras cosas igual de importantes. Y lo que él más quería obtener ahora mismo, era más importante que el amor de una mujer.
Dirigió sus pasos hacia el interior de la habitación, Saori lo esperaba de pie a unos metros de la puerta de salida hacia el pasillo. Contempló sus ojos azules nublados por la tristeza, contrastando con la pequeña sonrisa de sus finos labios.
«Aquí todos somos peones del mejor jugador», pensó Saga con pesar.
つづく (continuará)
¡Hey! He tardado en actualizar por falta de internet, lo lamento. Pero aquí tienen el quinto capítulo. ¿Qué tal eh?
Bueno, mi lectora núm. 1 sslove, tiene razón. Estoy escribiendo esto para ustedes, y desde luego, como es para ustedes me gustaría saber si realmente vale la pena continuar con este trabajo. Es qué al ver qué tiene muy poca respuesta de parte de ustedes me desanima un buen, pero siento que es muy pronto para tirar la toalla, así que sigo escribiendo y esperando su respuesta, queridos lectores.
Pff, dejándo de lado temas tristes. Sslove, claro que va a aparecer Kanon, pero eso lo tengo preparado más adelante. Comparto la opinión acerca de las flores, pero normalmente cuando un hombre pretende a una chica, siempre llevan flores. Espero que en este capítulo también pueda contar contigo. Saludos!
ACLARACIONES:
Puerta Fusuma: es una puerta corrediza de madera y papel que divide las habitaciones de las casas tradicionales de Japón.
Zabuton: son cojines largos que los japoneses ocupan de asiento a la hora de comer.
Shōji: es otra puerta hecha de un material más fino que el de las fusuma. Estas estan colocadas siempre hacía la terraza de las casas.
Sin más que decir...
¡Hasta el siguiente capítulo!
