Hay tristeza en sus ojos hablando, callando y bailando conmigo. Una pena lejana que llega a mi alma y se hace cariño. (Jeanette, el muchacho de los ojos tristes)

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Aventó su maletín sobre el escritorio, causando que algunos papeles cayeran al suelo por el brusco movimiento. Se sentó "delicadamente" sobre su silla, golpeando sus palmas contra el escritorio.

Estaba molesto.

¿La razón? Bueno, iba llegando tranquilamente al edificio de la Fundación y se topó con una peculiar escena. Justo frente al edificio, Saga ayudaba a bajar a Saori del auto, para después, plantarle un beso en la mejilla. ¡Y ella no hizo nada! Y no sólo estaba enojado por eso, claro que no, también estaba molesto porque no sabía qué rayos le pasaba para ponerse así.

Y en ese momento, la vio pasar a toda prisa por su oficina, con la cabeza gacha.

Se puso de pie inmediatamente, cerrando de un golpe la puerta para no verla más en todo el día. Se volvió a acomodar en su silla, encendiendo su computadora para empezar a trabajar. Sin embargo...

Alguien tocó a su puerta y él le hizo pasar.

–¡Buenos días, señor Seiya!–saludó una alegre Miho, entrando a la oficina y parandose frente al escritorio del castaño. –¿Cómo se escuentra hoy?–preguntó en el mismo tono.

–Miho, ya habíamos hablado sobre las formalidades–le recriminó. –Ya te dije que solo me llames Seiya, ¿de acuerdo?–.

Se lo había dejado claro el día que salieron a pasear por la cuidad, el primer día de Seiya en el trabajo.

–Cla-claro, es solo qué no me acostumbro, perdona–respondió apenada por su falta.

–Descuida–dijo restandole importancia. –Por cierto, si Saori necesita algo el día de hoy, hazte cargo tú–comentó con semblante serio, mientras hurgaba en su portafolio.

Miho se quedó perpleja por la orden. Tan sólo unos días atrás, Seiya dijo que atendería personalmente cualquier asunto respecto a la señorita Saori, y ahora le venía con esto. Además, Saori le había dado la misma orden hacía tan sólo unos minutos, "no atenderé asuntos con nadie hoy", había dicho. La azabache le miró con detenimiento, intentando encontrar algo que le indicara la actitud de su jefe, pero lo único que vio en sus ojos fue molestia.

–De hecho, señor...quiero decir, Seiya, es por la señorita Saori por lo que estoy aquí...– se aventuró a hablar la chica nerviosa, temiendo qué en cualquier momento él la echara de su oficina.

Entonces los orbes chocolates se fijaron en los negros de ella.

–¿De qué hablas? ¿Sucedió algo malo?–interrogó sin ser consciente de que su voz sonó preocupada.

Saori siempre estaba triste, aunque ante los demás, ella intentaba sonreír, como si todo estuviera bien. Pero cuando la vio pasar frente a su puerta, ella iba cabizbaja, rompiendo su habitual farsa de andar tranquilo. ¿Y sí recibió una mala noticia? ¿Y sí alguien quería hacerle daño?

Inmediatamente se puso de pie, sobresaltando a Miho, atravesando a zancadas la habitación.

La azabache tardó unos segundos en reaccionar, cuando por fin su cerebro preoceso todo, fue intentar darle alcance a su jefe.

–¡Espera!

A sólo unas puertas...

La joven heredera Kido estaba de pie, mirando por el gran ventanal de su oficina que tenía vista hacia la ciudad de Tokio.

¿En qué momento? Llevaba haciendose esa pregunta una y otra vez. ¿En qué momento Saga se enamoró de ella? Y por más que lo pensaba, no encontraba la respuesta. Nunca pensó encontrarse en una situación tan comprometida. ¡Ni siquiera cuando el descarado de Julián le pidió matrimonio a los dieciséis años! Es qué era de Saga de quién estaba hablando, del amigo con quien compartió toda su infancia y parte de su adolescencia. Ella no podía verlo como a un hombre, no en el término que él quería. Se sentía tan asustada, pero al mismo tiempo tan endeudada con él, qué no podía hacer otra cosa más que intentar corresponder.

De pronto, un jaleo en el pasillo detrás de su puerta captó toda su atención. Se encaminó a abrir, cuando alguien se le adelantó y la abrió con violencia.

Saori se sobresaltó por la repentina acción. Y se tapó la boca con ambas manos ahogando un gritillo de horror cuando vio a Miho apresada fuertemente de la cintura de Seiya, y éste intentando entrar a la oficina con dificultad por el peso adicional.

–¡Sueltame!–exclamaba irritado el castaño. Intentando despegar las manos de la azabache de su cintura.

–¡No! La señorita...la señorita Saori dijo que...que no quería ver a nadi-e hoy...–decía con dificultad Miho, aferrándose más al moreno y empujando a ambos hacia atrás.

–¡Sólo a mí debes obedecerme! ¡Así qué te ordeno soltarme!–regañaba Seiya a la chica. Mientras aferraba ambas manos en el marco de la puerta, evitando que la mujer lo arrastrara con ella.

–¡No puedo hacer eso! Si tú vas ahí, seguro harás un alboroto y ella se moles...–la asistente calló de repente al ver, precisamente a Saori, observando toda la escena. De inmediato, soltó a Seiya, cayendo ella estrepitosamente de bruces al suelo.

Y Seiya no corrió con mejor suerte, pues, sin el peso de Miho, se balanceo hacia adelante, trastabillando unos pasos hasta que su cuerpo se estrelló con algo -o alguien-. Y no sólo era eso, si no que su boca también había sido impactada contra algo.

Ahora fue el turno de Miho taparse la boca con ambas manos, pues la escena de enfrente era muy escandalosa. La boca de su jefe estaba pegada totalmente en la frente de la señorita Saori. Si no fuera por la diferencia de alturas, los resultados hubieran sido peores, para Miho, claro.

Ninguno de los dos se movió, ambos tenían los ojos abiertos totalmente por la impresión. Fue hasta que los murmullos de los demás empleados los hizo reaccionar. El de ojos chocolate tomó a la Kido por los hombros y la alejó de su espacio personal, Saori se dejó hacer, pues aun no salía de su asombro.

–¡Lo lamento tanto, señorita Saori!–se apresuró a hablar la asistente. –¡Intenté detenerlo, pero es muy necio!–se excusó.

–N-no... N-no hay problema, tran-tranquila–dijo una sonrojada Saori, que agitaba efusivamente su mano derecha en un vago intento de restarle importancia.

La azabache la miró detenidamente, luego pasó su vista al castaño que seguía sin moverse, dándole la espalda. Y lo supo, no había necesidad de palabras. Entre su jefe y la de cabellos lilas había un tipo de atracción. Y no solo lo dedujo por la reacción nerviosa de ambos en este bochornoso instante, lo sospechó cuando un día Seiya le contó que había ido a visitar a Saori porque estaba enferma; y los días siguientes, en todos los temas de conversación que mantenía con él, estaba la heredera Kido. Y a Miho se le contrajo el estómago, pues ella se sentía atraída por el castaño desde que lo vio cruzar por primera vez las puertas del edificio, y la tarde que pasaron juntos ese mismo día solo sirvió para darse cuenta de que se había enamorado a primera vista. Sin embargo, ella no era competencia para la hermosa Saori Kido, eso lo tenía bien claro.

–¡De verdad, lo lamento!–insistió la azabache, haciendo un sinfín de reverencias a modo de disculpa. Pero se detuvo, arqueando una ceja al notar que ninguno le prestaba atención, así que prefirió retirarse en silencio.

La tensión en la habitación podía ser cortada con un cuchillo. Sentían que las paredes se habían estrechado y ellos quedaron atrapados, justo en medio. ¿Qué se supone que se dice en una situación así?

–¡Perdón!–hablaron al mismo tiempo, aún dandose la espalda.

Entonces, ambos se giraron al compás. Y Saori soltó una pequeña risa al tener de frente a un sonrojado Seiya.

–¿Tengo monos en la cara?–gruño el castaño.

La chica se tapó la boca intentando contener su risa.

–Lo siento, no es nada–dijo por fin calmandose, pero aún se podía ver rastros de diversión en sus ojos.

Y Seiya se sorprendió por quedar atrapado en los mares de sus ojos. Porque por primera vez, el rostro de ella se reflejaba algún tipo de sentimiento, y no era tristeza.

Y al notar la mirada persistente en ella, la Kido se sonrojo más.

–¿Qué suce...

–¿Por qué no querías verme?–arremetió el castaño sin pelos en la lengua. Fue un cambio drástico de tema, pero no pudo ignorar lo que Miho dijo.

Y la pelilila se incomodó por esto. No quería ver a Seiya después de lo que había ocurrido con Saga la tarde anterior. Sentía como si le estuviera traicionando, y por ese ridículo pensar, era que no podía admitirlo en voz alta.

Si le decía lo que había ocurrido con el peliazul, ¿la trataría diferente? ¡Je! Se burló mentalmente por su inocencia. A Seiya no le interesa nada que tuviera que ver con ella. El hecho de que ahora la tolerara un poco, no significaba que era importante para él.

–¡No es nada personal, si eso piensas! –se apresuró a hablar. –Solo que...no me sentido bien hoy...–dijo en un murmullo, casi para sí misma. Y no mentía. Con todo el asunto de Saga en su cabeza, distaba mucho de sentirse bien. Entonces lo vio caminar en su dirección, y sintió que el corazón se le detuvo en ese instante.

Seiya se acercó a ella, e instintivamente, su mano se posó en su frente, para después, palpar sus mejillas. Si la chica a penas y se había repuesto de su anterior sonrojo, ahora hasta sus cabellos cambiaron de color.

–No tienes fiebre–y apartó su mano de ella. –Aún así, deberías cuidarte más–dijo preocupado.

"Que bueno que visite a la Señorita. Ella trabaja demasiado, por eso enferma seguido. Que usted esté aquí, le hace mucho bien. La Señorita se ve contenta"

Las palabras de una de las mucamas de la mansión Kido, resonaron en su mente. Y no las olvidó, estuvieron repitiéndose en su mente durante todos esos días. Era cierto, desde que se habían visto de nuevo, ella no paraba de trabajar, incluso enferma.

Miró a Saori fijamente, escudriñandola. Su piel era de una tonalidad pálida, como si jamás se expusiera al sol. Sus enormes ojos azules se caracterizaban por estar siempre opacados por la pena. Ella era demasiado joven para estar en el mundo de los negocios. A su edad debería andar disfrutando de la vida con sus seres amados. Pero a juzgar por su actitud, ella no parecía el tipo de persona socialista, de hecho, no le conocía ningún amigo.

Bueno, llegó el momento de hacer otra de sus buenas obras.

–¿Te gustaría salir hoy?–propuso el chico casual.

Y ella lo miró perpleja. ¡¿La estaba invitando a salir?! Oh, dios, esto tenía que ser un sueño. ¡Seiya la estaba invitando a salir! Por primera vez, algo bueno le estaba ocurriendo, claro que iba a decirle que s...

"Estoy aquí... por ti"

No.

Claro que le diría que no. Saga seguramente se molestaría por aceptar citas de otro hombre. Aunque no fuera cualquiera...

–Estoy ocupada el día de hoy, perdona–rechazó con tristeza muy bien camuflajeada.

Y el pelicastaño se sorprendió por el rechazo. Él jamás había sido rechazado, pero eso no es lo que le molestaba. Le molestaba saber que la causa de que ella lo rechazara tuviera nombre.

–Tu novio Saga se molestará, ¿cierto?–preguntó burlón, pero mas que a burla sonó a reproche.

–¡Saga no es mi novio!–se apresuró a corregir.

–Como si lo fuera, ¿no?–replicó, ahora sí, con evidente reproche.

Ella frunció el ceño molesta.

–¡No lo es!–exclamó exasperada.

¿Qué le pasaba? ¿Por qué de repente se ponía a la defensiva?

–¡Pues si no lo es, no veo el problema para salir juntos!–le atacó el moreno.

–¡Esta bien, saldré contigo!–respondió la chica iracunda, creyéndose vencedora de esta discusión. –¡!–entonces cayó en cuenta de su error. –Es-espera u-un seg-gundo...

Seiya no hizo más que sonreír ladinamente.

–Pasaré por ti a las 7 en punto–la interrumpió. –Usa algo lindo y casual–dijo con una sonrisa triunfal mientras salía de la oficina.

Saori se apresuró a darle alcance, pero cuando estuvo a punto de cruzar el marco de la puerta, notó las miradas sobre ella de todo el personal de ese piso. ¡Claro, ellos habían visto todo su espectáculo con Seiya! Y de nuevo, su rostro volvió a tornarse carmín. Así que, rápidamente retrocedió y cerro la puerta, apoyando su espalda contra esta.

¿Qué rayos acababa de hacer?

/ / / /

Se probó el sexto vestuario de la tarde. Insatisfecha, se lo comenzó a quitar a tirones y lo arrojó a la cama junto a sus otras prendas que no pasaron la prueba. Se dirigió a la mesita de noche y tomó su celular.

5:15 pm.

Y aún no tenía que ponerse. Toda su ropa era muy formal, y él había dicho casual. ¿Qué haría? No podía ir a mandar a comprar ropa a esa hora, además le daba pena que supieran para que la quería. Hizo un mohín con sus labios.

Todo era tan difícil. Nunca había estado en un dilema tan banal. Se sentía tan extraña y al mismo tiempo divertida con la situación. Se sentía como una chica normal...

–Señorita Saori, ¿se encuentra bien?–se oyó una voz del otro lado de la puerta, acompañado de unos suaves toquidos.

La Kido arqueó una ceja extrañada. ¿Qué si estaba bien? Las mucamas nunca venían a su habitación solo para preguntar si estaba bien.

–Por supuesto

–¿Está segura?–insistió la mujer del otro lado.

Y a Saori le pareció más extraño todo eso. Se colocó una bata sobre su cuerpo, y se encaminó a abrir la puerta.

–¿Qué sucede, Helen?–interrogó sin rodeos a la peliroja mucama.

–Oh, Señorita, no es nada malo–contestó risueña, –Solo me pareció extraño que estuviera en su habitación y no en su despacho como es costumbre. Pensé que le había ocurrido algo malo–confesó.

Helen era una joven que no pasaba de los veinte años. Una chica de estatura baja y delgada, con unos ojos verdes tan expresivos y perspicaces.

–Estoy bien–dijo fingiendo seguridad.

–Lamento haberla molestado entonces– y cuando estuvo dispuesta a dar media vuelta, sus verdes ojos se colaron por la habitación de su ama, topándose con la avalancha de ropa sobre la cama. –¿Necesita ayuda?–inquirió de pronto.

La ojiazul siguió la dirección de la mirada de Helen, e inmediatamente se sonrojó.

–N-no... N-no es n-necesario, gracias–dijo avergonzada.

–Por favor, déjeme ayudarla–pidió, batiendo incontables veces sus largas pestañas.

Saori dudó unos segundos en responder.

–Esta bien–respondió, dejando salir un suspiro de sus labios.

–¡Muchas gracias! Ya verá que no se arrepentirá–dijo con alegría.

A la de cabellos lavanda le pareció de lo mas extraño la actitud de la peliroja. Desde que contrató a Helen para unirse al personal de la mansión, la chica siempre era efusiva con ella, tratándola con un poco de familiaridad, sin rayar en lo irreverente, claro. Pero estos últimos días, Helen había estado más atenta que de costumbre.

–¿A dónde piensa salir, Señorita?–la voz de la chica la sacó de sus pensamientos. Y cuando volvió a prestarle atención, vio que Helen ya estaba dentro de la habitación hurgando en su closet.

–Eh... Bueno..., aún no lo se, pero... supongo que debo usar algo... algo casual–explicó la ojiazul con nerviosismo.

La peliroja mucama dió una mirada de desaprobación a toda la ropa que inspeccionaba. Ninguna le parecía apropiada para lo que su ama solicitaba. Se puso una mano en el mentón en gesto de meditación y dió vueltas en círculos al rededor de Saori, que la miraba con evidente nerviosismo. La ojiverde se detuvo abruptamente, y miró a la Kido con una sonrisa. Saori le miró expectante.

–¡Ya se! ¡Puedo prestarle mi ropa! ¡Seguro que le queda!–exclamaba feliz la chica por su brillante idea.

La joven heredera se sorprendió mucho por la propuesta, pues ni a ella se le hubiese ocurrido eso. Además, era la primera vez que alguien hacía algo así por ella. Se conmovió por eso.

–¿No te molestará?–preguntó preocupada.

–¡Bah! Claro que no. Me molestaría si no aceptara–tomó a Saori de la mano y la comenzó a dirigir a la puerta. –¡Vamos! Necesitamos apresurarnos o llegará tarde a su cita–comentó emocionada.

La ojiazul se ruborizó completamente por el comentario de Helen, ocasionando que ésta riera escandalosamente.

/ / / /

Tomó las llaves de su auto que estaban sobre la mesa de centro. Se dirigió al interruptor de la sala y apagó la luz, para después, dirigirse a la salida de su departamento. Parado ahí afuera, el aroma del mar le llegó a su nariz, y Seiya aspiró hondo. Se colocó aún lado de la baranda, mirando hacia el imponente mar que se extendía ante él. Vio como el sol se iba ocultando, como si las aguas saladas lo sumergieran. Disfrutando de vistas como esta, se repetía que había hecho una excelente elección al comprar ese departamento. Cuando vio el anuncio en el periódico de que se vendía departamento cerca de la playa, no dudó en llamar. De hecho, al día siguiente fue a echarle un vistazo a la zona, y le agradó bastante, así que decidió comprarlo. Y el departamento quedaba a diez minutos del trabajo, eso era aún mejor.

Miró el reloj de su muñeca, 6:20 pm. Tenía que darse prisa, la residencia Kido quedaba del otro lado de la ciudad. No, incluso la mansión quedaba a fueras de la ciudad. Si no se apuraba, llegaría tarde a buscar a Saori.

Condujo a toda velocidad para llegar a tiempo. Solo disminuía cuando veía a un agente de tránsito, como buen ciudadano. Y después de conducir un poco más, por fin pudo ver la silueta de la mansión Kido. Aceleró para llegar con rapidez. El guardia de seguridad de la entrada lo reconoció enseguida, dándole acceso a la residencia. Llegó hasta el pórtico y detuvo el auto ahí. Bajó del vehículo lentamente, como si quisiera retrasar el momento. Y justo ahí, fue donde se dio cuenta del efecto de sus actos.

¿Por qué estaba haciendo esto? ¿Por qué la había invitado a salir? ¿Era solo por las palabras que había oído de la mucama? Claro que las palabras de la chica peliroja le afectaron. Él en ningún momento había visto a Saori actuar como una chica de su edad, era demasiado madura. Eso removió un poco la aspereza que se había formado en su interior cuando se trataba de ella. Pero, ¿realmente era por lástima qué estaba aquí? Sin embargo, no pudo encontrar respuestas para sus preguntas porque, de pronto, apareció aquella misma mucama peliroja de aquella vez. La vio acercarse a él, moviendo su melena rizada a cada paso, hasta llegar a una distancia prudente y hacer una reverencia.

–Bienvenido, Señor–pronunció seria. Con una mano le indicó que la siguiera, llevándolo hasta la sala de la mansión. –Le informaré a la Señorita que ya ha llegado–finalizó, con semblante inescrutable, saliendo de la estancia.

Seiya asintió torpemente, extrañandole la escueta actitud de la chica. Hasta donde había podido conocerla, era muy amable. Pero ahora parecía molesta. Decidió no darle importancia al asunto, así que prefirió volver a contemplar la pintura de Saori en la pared. Recorrió todo su rostro con la mirada, deteniéndose en esos ojos azules que lo atrapaban. Si tuviera que decidir que le agradaba de ella, definitivamente diría que sus ojos. Porque con ellos podía expresar lo que sus labios no podían. Como esta mañana, cuando ella comenzó a reir sin razón aparente al verlo, sus ojos parecían divertidos aunque su boca y su rostro retornaran a su inexpresividad.

–¿Es bella, no?–inquirió una voz.

–Si...–murmuró embelesado.

–Entonces deberías reconsiderar tus intenciones con ella. No puedes acercarte a ella solo porque te parece hermosa–espetó con desdén la misma voz.

Al escuchar eso, el pelicastaño se giró bruscamente para encarar al dueño de tales palabras. Sorpresivamente, se encontró con unos ojos verdes que lo miraban acusadoramente.

–¿Qué significa lo que dices?–cuestionó retador el moreno.

Saga le miró mordaz. Desde que vio a Seiya por primera vez, jamás le agradó. Cuando Saori era pequeña y Mitsumasa le llevaba al orfanato a interactuar con los huérfanos, ella le hablaba acerca de un niño que no la obedecía, aún sin conocerlo, lo destesto. Lo detesto porque ella no contaba sus historias con rencor, lo hacía con una sonrisa, como si fuera lo más interesante del mundo.

–Seré claro–se interrumpió así mismo. Dando unos pasos hacia delante, más cerca del castaño. –¡Aléjate de ella!–escupió, enmarcando cada sílaba.

El día que volvió a Japón después de cinco años de ausencia, su primera parada fue la mansión. Y ahí fue donde lo vio por primera vez, no necesitaba que se lo presentaran, con la cara de satisfacción que Saori mal disimuló, Saga lo supo de inmediato. Lo odiaba. Odiaba a Seiya con cada fibra de su ser. Lo odiaba porque Saori ahora estaba confundida, porque ella ella en el pasado le hubiera correspondido sin ningún problema.

–Hablas de Saori como si fuera una propiedad–habló en tono neutro el castaño. –¡Ella no es un objeto!–exclamó molesto.

–¡Por supuesto que no lo es! ¡No confundas mis palabras, niño!–replicó Saga. –Estoy haciendo esto por qué no quiero que la dañes–dijo en tono más relajado.

–¿Dañarla?–cuestionó más para sí mismo. –¡Jamás haría eso! ¡Jamás podría dañar a alguien a quién quie...–calló abruptamente. Se sintió sorprendido consigo mismo por lo que casi estuvo a punto de decir. ¿Será que realmente él se estuviera enamorando de ella? No, no podía ser posible. Tenía que ser una broma, una muy cruel.

Saga le miró perplejo. Estaba seguro que la frase de Seiya terminaba en "a quién quiero". Si bien, ya se había calmado un poco, la furia regresó de golpe ante esas palabras. Iba a responder, cuando la delgada figura de Saori apareció en la sala, con Helen tras ella.

La Kido vestía unos jeans negros ajustados, una blusa de licra blanca con puntos negros y unos bonitos zapatos sin tacón en color negro. Llevaba su largo cabello en una trenza de espiga de lado, cayendo esta por su hombro izquierdo.

Seiya la miró boquiabierto. Nunca había visto a Saori vestida así. Pero no le quedaba nada mal. Y Saga no estaba muy lejos de los pensamientos del castaño. Él tampoco había visto a Saori usar pantalones ni blusas ajustadas, ella siempre utilizaba faldas y vestidos amplios. Y odio a Seiya aún más, porque la chica jamás se había vestido así para salir con él.

–E-e...es hora d-de irnos–habló Seiya con dificultad, sin salir de su impresión.

Helen sonrió para sus adentros. Había logrado su cometido: dejar a Seiya boquiabierto. Ella lo sabía, que su ama y el castaño se gustaban, solo que los muy idiotas no se daban cuenta. Eran tan obvios cuando estaban juntos. Saori siempre se ponía nerviosa cuando el chico estaba cerca. Y Seiya siempre usaba su estupidez como defensa cuando decía un comentario que lo hiciera ver sospechoso. Esos dos solo necesitaban un empujón. Y ella gustosa se los daría, pensó con picardía.

Solo había un problema...

–Muy bien, iremos en mi vehículo–dijo Saga, sacando las llaves del bolsillo de su pantalón.

...Saga...

Seiya inmediatamente interrogó con la mirada a Saori, quien bajó la mirada apenada.

–¿A ti quién te invito?–cuestionó molesto el moreno.

–No confío en ti– fue la respuesta del peliazul, que abandonó la sala y se encaminaba hacía el pórtico de la mansión.

Y Seiya supo que ésta sería una mala noche.

つづく (continuará)


¡Hola! Estoy muy contenta de que alguien más se animara a dejar un review. De verdad, me hace sentir feliz :-D. ¡Muchas gracias Maribalza! Espero poder seguir complaciendote con este fic y que me sigas leyendo. ¡Un abrazo!

Sslove, otra vez me acompañas en un nuevo capítulo. Es gracias a ti que no he dejado de publicar, porque se que me lees, gracias. Sobre la primera escena, mostraré al sospechoso más adelante, quiero crear un poco de intriga. Esperemos que a Seiya no le de gastritis severa, si no, no podrá seguir actuando en este fic jajaja.

Ahora si se va a poner buena la cosa. Saga no le va a dejar las cosas fáciles a mi querido Pegaso, aunque dudo que el castaño se deje de él.

¡Hasta el siguiente capítulo!