Shouto estaba bebiendo tranquilamente una tasa de té mientras leía un libro en su salón privado. El suave golpeteo de las gotas de lluvia impactándose en su castillo, era el perfecto acompañante para su lectura.

—¿Shouto? —la tímida voz de Fuyumi anunció su aparición—. ¿Preparaste a las tropas para ir a buscar a Momo? —terminó confundida al ver cómo su hermano negaba con la cabeza—. ¿Por qué?

—Lo olvidé —se encogió de hombros—. El libro de ayer estaba muy interesante, y el tiempo, bueno, se esfumó.

—¿Y lo harás hoy?

—Tal vez luego de leer este libro —volteó a ver con tranquilidad a la ventana empañada—, o cuando la lluvia se halla ido.

Capítulo 04- La eterna espera.

Cuando Momo despertó, percibió un dolor producto de los gritos de la noche anterior instalarse en su cabeza. Pero lo que realmente la hizo sufrir, fue el despertar en aquella maldita torre. Con unas fuertes punzadas atacando su corazón, se llevó las manos a sus cabellos y los estrujó con fuerza sintiendo unas lágrimas escurrirse por su rostro mientras apretaba los dientes.

Estar encerrada le hacía mal, y cada vez que alguna tropa se disponía a tratar de vencer a Kirishima y rescatarla, le destrozaba el corazón. No entendía la razón por la que Todoroki no iba a rescatarla, ¿Por qué tardaba tanto? Ella quería salir, quería viajar, quería bailar y jugar pero no entendía porqué de repente todo aquello no le era permitido.

Estaba tan cansada de estar ahí, como una prisionera. Atrapada con un cúmulo de tortuosos recuerdos y deseos que se extraviaban en la nada. Porque nada llegaban a ser. Si Shouto realmente no iba a ir por ella, preferiría que simplemente se lo dijera y le permitiera salir de aquella eterna espera. Su ausencia la golpeaba y por las noches le arrancaba lágrimas hasta que finalmente caía dormida con sus ojos exhaustos y el alma herida.

Por tantas noches deseó despertar y que todo hubiera sido un simple sueño, una pesadilla, un cuento. Pero aquella agonía era tan real, que se sentía como si tuviera ensartadas mil flechas en el cuerpo.

Día tras día y luna tras luna, el mundo lamentaba la melancolía de la princesa. Cada noche que ella se iba a la cama con un pesar en el corazón, los lobos aullaban por su dolor. Cada vez que ella sollozaba añorando su libertad, el cielo lloraba con ella creando lluvias descontroladas. Todas las veces que sufrió por la ausencia de quién creyó que la amaba, los días se nublaban.

Pero quién más sufrió por la princesa, fue el mismo dragón que la resguardaba en la torre.

Aquel que se encargaba de negarle su libertad.

Aquel que ahuyentaba a todo el que quisiera salvarla.

Aquel que soportaba verla deprimida por las comidas y la escuchaba llorar por las noches.

Aquel que se veía a él mismo tan incapacaz de hacer algo por ella cuando se estaba derrumbando justo frente a sus ojos.

Sentía pena de él mismo, se odiaba por ser tan impotente y no ser lo suficientemente hombre para limpiar sus lágrimas y abrazarla. Por no poder brindarle calor ni palabras de aliento. Por no hacer nada.

Transcurrieron cincuenta y cinco días, cada día la princesa estaba más melancólica que el anterior. Cada vez su sonrisa era un recuerdo que se alejaba lenta y estruendosamente de él. Cada vez, era ella misma quien dejaba de ser ella.

¿Qué necesitaba para volver a ser la misma?

Libertad. Claro que era eso. Pero de todas las personas en el mundo, tenía que ser él la menos indicada para ayudarla. A no ser que existiera otra forma...

«Idiota, ¡Claro que la hay!» se reclamó a sí mismo golpeando su frente. Era arriesgado, ella estaba tan sedienta de libertad que podría traicionarlo. Aunque si se permitía ser franco, si era ella quien lo traicionaba, sentía que estaría bien que así fuera.

De repente, en su cabeza comenzaron a generarse unas imágenes de tiempo atrás, de aquella noche en la que mirando de manera embobada a la fogata su rostro fue dibujado con indiferencia y a su vez, con deseo.

«¿Algún día el dragón y la princesa saldrán a pasear?» recordó con exactitud el tono que empleó al pronunciar aquellas palabras. También recordó la sensación que despertó dentro de él al escucharlas.

Eijirou suspiró y se dedicó a mirar al cielo nocturno. No le importaba ser traicionado por ella, incluso si antes de eso, lograba hacer que su sonrisa regresara, sería realmente lo único que habría hecho bien en su vida. Así que, apenas los rayos del primer sol se asomaban, se dispuso a llegar a la habitación de Yaoyorozu usando sus trémulas piernas. Tocó dos veces la puerta y la abrió, encontrándose con la dama que yacía acostada en su cama con su nostalgia impregnada en el rostro. Kirishima se acercó a ella y se arrodilló a su lado.

—Hola, princesa —saludó con una sonrisa mientras acariciaba con cuidado su mejilla—, el día de hoy es muy lindo. ¿Sabe una cosa? —añadió emoción a sus palabras tomando su mano—, las hojas del té se están agotando. ¿Quiere que vayamos juntos a buscar más?

El rostro de la chica terminó perplejo ante tales palabras. Se sentó en el colchón y le dedicó una mirada inquisitiva.

—Le gusta esa idea, ¿Verdad? —continuó Eijirou—. ¿Entonces me acompañará?

No habían palabras para describir la gratitud de la chica, ni siquiera podía podía expresarse con claridad usando acciones. Aquel tifón de tristeza que habitaba en su ser, de repente se había apaciguado. Sin más, como respuesta mostró una de esas sonrisas que tenía tiempo sin lucir: una sonrisa oriunda de su gratitud.

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Con un disfraz que habían creado de improviso, ambos recorrieron un mercado callejero. Puesto que era el área de comercio más cercano a la torre, sus opciones para surtir sus necesidades no eran tan amplias como desearían. Momo caminaba con un rostro angelical y tranquilo que resultaba cómico si se dedicaba a mirar que se aferraba a la bolsa de compras con unas uñas aguileñas incrustadas en ella. Seguía al pie de la letra las indicaciones de Kirishima, en las cuales le pidió no alejarse de él y aferrarse a sus cosas puesto que en cualquier momento podrían desaparecer.

Kirishima agradeció al hombre que acababa de atenderlo y miró con una expresión un tanto burlesca a Yaoyorozu. Estaba tentado a decirle que no era necesario ser tan literalmente precavido, pero ella se veía tan feliz con una sonrisa y las mejillas rosadas que no quería arriesgarse a dejar de verla así.

—¡Acercadse a mí! —escucharon cómo un muchacho rubio les llamaba desde su puesto—. Ustedes, forasteros, no han de ser muy buenos compradores —comentó al tenerlos cerca—, puesto que no obtendrán ningún producto de calidad si no es aquí, en mi brillante negocio.

—¿Qué es lo que vendes? —preguntó Eijirou.

—¡Admiren! —exclamó elevando dos finos y relucientes collares de oro que lucían unas redondas piedras blancas en el centro—. Esta invaluable pieza de joyería les revelará lo que su corazón siente en realidad.

—¿En verdad? —preguntó Momo con asombro.

—No le crea, señorita —le habló Kirishima al oído—, está claro que es un ladrón.

—¿Quieren probarlos? —ofreció el muchacho con una sonrisa en "v" sacando brillitos del rostro.

Yaoyorozu miró suplicante a Kirishima, y éste terminó por aceptar. El joven rubio les colocó los collares a ambos iniciando por la dama y luego por el chico. Eijirou miró con escepticismo la piedra blanca y la tomó con la mano.

—¿Cómo se supone que funciona?

—La piedra cambia de color cuando piensas o estás con una persona que influye en tu estado anímico. Colores débiles muestran tristeza, colores más fuertes y claros demuestran alegría y colores oscuros son odio.

—Uhm, qué raro —comentó con ironía rodando los ojos.

—Sin embargo —continuó añadiendo drama a sus palabras cambiando su tono de voz—, si la piedra luce la mezcla de dos colores pueden significar sentimientos puros y genuinos, sentimientos como el amor.

Amor...

Aquella palabra había llevado a Yaoyorozu directo a su mente. Sintió entonces como la sangre se le subía a las mejillas cuando se dió cuenta de ello.

—Kirishima... ¿Cómo me veo? —la cálida voz de Momo lo alcanzó, y con cierto asombro miró que el collar se le veía hermoso—. Este... La piedra se ha vuelto de color rosa —le dijo al vendedor.

—Ya veo, así que —hizo una pausa y posó su mentón en las palmas de sus manos—, este muchacho es muy importante para tí. ¿Verdad?

—Así es —afirmó con la cabeza—, él y yo tenemos una historia juntos.

—¿Te gusta? —interrumpió Kirishima apuntando al collar de Momo, él ya se había guardado el suyo en el pantalón.

Momo volvió a asentir, y el joven se dispuso a pagar los accesorios.

—¡Si necesitan algo más, regresen al brillante puesto de Aoyama Yuuga! —se despidió el muchacho—. Recuerden: ¡Nadie puede brillar más que yo!

Durante el camino de regreso, Kirishima se mantenía callado, acariciando el collar dentro del bolsillo de su pantalón recordando lo feliz que le había hecho ver a Momo sonreír, ya extrañaba verla de esa manera y escuchar su vocecilla tan aguda y alegre. Sin embargo, no podía ignorar que cada vez que pensaba en ella, algo le hacía cosquillas en el pecho. Quizás sería porque Momo había confirmado que él era importante para ella, incluso dijo que tenían una historia.

«Sentimientos como el amor» recordó y maldijo las palabras de aquel sujeto, seguramente era un gitano.

—Kirishima —la voz de Yaoyorozu logró sacarlo de sus pensamientos.

—¿Qué sucede, su alteza?

Ella con alegría apuntó hacia un bosque que no distaba más de unos metros de ellos. Con sólo mirarle de esa manera bastó para transmitirle al joven el mensaje. Eijirou sujetó las bolsas de las compras y ambos corrieron a toda velocidad hacia el lugar atestado de árboles y arbustos. Era momento de buscar la cena.

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Entre tanto y tanto, ambos jugaron más de lo que cazaron. Llegando a escalar árboles y midiendo sus habilidades para recolectar objetos extraños. Ambos estaban tan exhaustos que decidieron descansar bajo la sombra de uno de los árboles. Y sin darse cuenta, Eijirou cayó en el profundo sueño sin poder medir el tiempo. Cuando despertó, Momo no estaba a su lado, tampoco su espada.

El miedo no se hizo esperar y se instaló en su mecanismo de defensa. Se puso de pie de inmediato y la llamó claramente, sin embargo, la respuesta no llegó.

Sin importar que las compras quedaran descuidadas, se echó a correr hacia donde su instinto le dictara, sin dejar de llamarla ni una vez y ni una vez una respuesta le fue devuelta.

Lo sabía, sabía que la chica se iría y lo abandonaría. Sin embargo, no entendía porqué le dolía tanto su ausencia. En verdad esperaba que luego de haber compartido semejantes experiencias querría quedarse con él, pero a final de cuentas, ella era una princesa y él un corriente dragón.

—¿Kirishima? —finalmente logró escuchar su voz. Al girarse pudo verla parada detrás de él con las compras que había dejado en las manos—. Perdóname —le dijo—, sólo me separé de tí para ir a buscar unas frutillas y cuando regresé, ya no estabas. No era mi intención preocuparte tanto...

Poco a poco ella se sentía más avergonzada, pero Kirishima dejó de prestar atención a sus palabras, su mente había comenzado a divagar hacia otro sitio, solo no dejaba de pensar en lo aliviado que se sentía de saber que realmente no se había ido. El alivio de ver que seguía ahí, de escuchar su voz, de saber que ella había elegido permanecer junto a su lado, era un sentimiento indescriptible y desconocido que desconectó el control de su cuerpo y se lo había entregado a ella, que con sólo dedicarle una mirada, lograba hacer que callera de rodillas ante su presencia.

Aquella noche, cuando ella estaba dormida, Eijirou miró sobre el tejado de la torre que la piedra de su collar se había coloreado de un matiz rubio que tiraba al rojo. Un rubicundo y apasionado matiz.