Bueno, aquí traigo al fin el final de esta historia que, en el fondo no es mi estilo.

Ran_Luna: ¡Ay! Eres la provocadora de esto así que no te quejes Luna ¬¬ Además, al final, aunque no la haya finalizado bien, tampoco lo he hecho mal. Para que veas que no soy tan cruel.

RanKudoi: Bueno, aquí la tienes aunque sea con un poquito de retraso. No está desde la perspectiva de Shin, pero se aclara todo. Y aunque no creo que te guste, tampoco creo que la odies como la primera parte.

Sin más, declaro al fin este proyecto acabado...Espero.

Dislaimer: Los personajes de DC no me pertencen, yo solo he jugado con un escenario trágico y dramático en esta ocasión.


Marioneta

Había pasado ya un año desde el nacimiento del pequeño Shiro, hijo de Ran Araide y Tomoaki Araide.

Después de aquel día ya Tomoaki no prestó más atención a su esposa, sino que aprovechaba cualquier momento para tomar a su hijo y comprobar si ya era acto para superar las pruebas de la organización.

Poco a poco fue siendo menos cuidadoso, hasta que por fin un día Ran pudo ver detrás de aquella máscara de bondad que tanto se había forjado para tenerla. Fue en ese momento cuando finalmente el mundo de Ran se acabó de romper.

Trece años…Trece malditos años había vivido sin saber que esa persona que intentó ayudarla a salir del abismo era la que poco a poco había conseguido que la oscuridad se la tragara.

Sabía que no había marcha atrás, y un día fingiendo irse a pasear se fue de allí, sabiendo que no iba a volver.

Tomoaki montó en cólera al saberse engañado por aquella chica de ojos violáceos, y la buscó, a ella y a su heredero, pero no los encontró…al menos no al niño.

Lo que nadie llegó a saber fue lo que ocurrió con la joven madre y con su hijo…Nadie menos una persona. Un ojiazul que ahora, después de treinta años recordaba aquel día, en que, sin él esperarlo la verdadera dueña de su corazón apareció frente a él con un solo propósito.

Era un día lluvioso. Un mal día para salir de casa según su mujer. Pero él, siempre rebelde ignoró a Sera y salió a dar una vuelta para que le diera un poco el aire.

Cada día la casa se le caía más encima. Ya fuera por las personas que la habitaban o por la pena que le producía recordar momentos que vivió en ella, con otra mujer. Una mujer que hacía un par de años al fin había sido madre.

Bajó la cabeza apesumbrado. No podía quejarse, eso era lo que sin quererlo había provocado. Que ella se casara y tuviera un hijo con su peor enemigo. Con Anokata.

Sus pasos le guiaron hacia la antigua agencia de detectives — ahora desierta — donde tantos momentos pasó como Conan con ella. Con Ran. Hacía tres años desde que no la veía, cuando su vista por unos instantes la vio corriendo lejos de allí. Lejos de él.

Un chapoteo a sus espaldas hizo que volviera la vista, encontrándose a una mujer de larga cabellera castaña — con algunas canas — cubriéndole el rostro, mientras esta portaba un bebé en las manos que no paraba de llorar.

Señora, ¿se encuentra bien? — preguntó amablemente.

No, no estoy bien…Shinichi — manifestó alzando su rostro, mostrándole al detective quien era.

Ran…— pronunció sin creerlo. Aquella mujer…Aquella mujer no podía ser Ran. Su aspecto…Era increíble su deplorable estado. ¿Acaso tanto daño le hizo aquel hombre.

Sí Shinichi. Aunque no lo creas soy yo — afirmó bajando la cabeza — Sé que…No querrás ni verme pero…Necesito que como…Amigos que fuimos me hagas un favor.

Tú dirás.

Cuida de mi hijo — pidió de pronto conectando sus miradas.

¿C-Cómo? — interrogó sin creer lo que oía.

Sé quien es Araide. Sé lo que quiere hacer con mi hijo, y no puedo permitirlo — explicó tendiéndole ese pequeño bulto que no dejaba de llorar — Por ello no puedo tenerlo yo. Si no él lo encontrará. Además, sé que contigo y con Sera estaría mejor que conmigo.

Ran…— murmuró tomando al niño, viendo como este era totalmente idéntico a la mujer que tenía en frente — Sabes que odio a ese hombre. ¿Por qué cuidaría de su hijo?

Porque no es su hijo — reveló haciendo que el castaño abriera los ojos de sobremanera.

¿Una aventura? — cuestionó bajando la cabeza.

No — negó con la cabeza — Solo te diré que no es suyo ni fruto de ninguna aventura exactamente. Por eso…Por favor — suplicó por última vez.

Está bien — aceptó al fin.

Gracias — agradeció para después darse la vuelta.

¿Te volveré a ver por aquí? — preguntó antes de perderla de vista.

No. Me voy a un sitio del que no volveré Shinichi. Por eso…Cuida de mi Shiro — pidió volviendo a dar una vista al niño — Cuida de tu hijo — musitó sin que él la escuchara, para después irse.

Dos días después de aquel acontecimiento recibió una llamada urgente del Inspector Megure que le pedía que fuera con rapidez al instituto Teitan.

Lo que no imaginó fue que, al llegar se encontraría a aquella mujer que vio días atrás en el suelo con una sonrisa en el rostro y con marcas de cuerda en el cuello.

Asesinato.

No hubo dudas. Después de aquello él mismo encontró las pistas suficientes para llevar al jefe de aquella maldita organización a la cárcel. Aunque lo que perdió a cambió fue un precio demasiado alto.

Aquella tarde un ángel se fue para no volver jamás.

Después de aquello Sera y él se separaron. Poniendo fin a aquel teatro creado para acabar con la organización. Ella volvió con su verdadera pareja, con aquel rubio que en tiempos pasados atendió en la cafetería Poirot. Así como también los hijos de ambos se fueron con ellos.

Él se quedó solo después de aquello, exceptuando a Shiro que poco a poco siguió creciendo a su lado, y fue ahí cuando se dio cuenta del parecido de ese niño con Ran y…con él mismo.

Y es que, aunque su cabeza lo hubiera olvidado, su corazón no olvidaba aquella tarde, en la que después de encontrar a Ran ambos volvieron a estar juntos como en antaño. Una tarde que el alcohol borró de su memoria, pero no de la de Ran, que con aquello quedó embarazada. Algo que ni el mismo Tomoaki, teniéndola todos los días había logrado.

Después de todo, Ran no solo fue un maniquí. Sino también una marioneta. La más bonita que existía, y que después de tanto dolor fue rota por el hombre provocador del mismo. La persona que los separó, y que hizo que Ran acabara siendo un ángel caído, la marioneta del mismísimo demonio.

— Papá — lo llamó una voz desde la entrada de la casa.

— Hola Shiro — lo saludó el anciano viendo como dos pequeños saltaban a sus brazos.

— Abuelo, abuelo — dijeron ambos a coro, dándole cada uno un beso en cada mejilla.

— Vamos niños no lo agobiéis — pidió el padre frotando su nuca.

— ¡Sí papá! — afirmaron ambos saltando al suelo, para después dirigirse a el cuarto que su abuelo habilitó para que ellos jugaran.

— ¿Ocurre algo hijo? — cuestionó Shinichi preocupado ante el rostro de su hijo.

— Encontré esto en el interior del peluche que dijiste que mamá me compró — anunció tendiéndole una carta.

Shinichi rápidamente la abrió y la comenzó a leer:

Querido Shinichi,

No sé cuantos años hayas tardado en encontrar esto, pero…Sentí que no debía irme de este mundo sin decirte una verdad que seguramente ya hayas olvidado.

Aquella tarde de febrero, aquel veintinueve de febrero, tú y yo nos encontramos y de algún modo volvimos ha hacer el amor después de tantos años. Volviste a decirme que me amabas y que deseabas un futuro conmigo. Solo había un problema, que estabas borracho. Yo aún así no te paré, porque en el fondo deseaba volver a tenerte conmigo a pesar de saber que nada iba a cambiar. Después de acabar, yo misma me fui sin esperar a saber tu reacción.

De aquel encuentro nació Shiro, ese niño que te di junto con este peluche del que descosí una parte para guardar esto.

Quiero que sepas que yo al menos no me arrepiento de eso, y que sí, cuando leas esto ya no estoy en este mundo sepas al menos la verdad de todo. Que yo no quería quedarme embarazada de ese hombre, ya que desde el primer momento tomé píldoras para eso. Pero en mis planes no estaba que esa tarde fuera a llegar.

Yo jamás quise a Araide. Pero la muerte de mis padres, tu abandono y el de todo el que me rodeaba hizo que finalmente aceptara casarme con él.

No es tu culpa, pero al menos quería que supieras mi historia.

Ran.

Las lágrimas ya se deslizaban por las mejillas del ahora canoso hombre, mientras su hijo lo miraba inmutable.

— ¿Tú lo sabías? — preguntó al joven frente a él.

— No…— negó triste — Jamás quisiste contarme de madre. ¿Por qué debería saber algo?

— Tienes razón…Lo siento — se disculpó siendo abrazado por su hijo, que junto a él comenzó a derramar lágrimas.

Aquella tarde todo se aclaró. Padre e hijo lloraron al fin lo que hace treinta años no lloraron. La muerte de la mujer que de algún modo les había dado vida a ambos.