Disclaimer: Boku No Hero Academia/My Hero Academia y sus personajes pertenecen a Horikoshi Kohei, el uso de ellos es sin ánimo de lucro y con fines de entretenimiento. Lo único que me pertenece son mis OCs y la idea para la trama de este fic.
Capítulo 16
El villano definitivo: ¡entra Mathman!
—¿Otro robo más?
Tsukauchi se inclinó sobre el cubículo de Sansa, ojeando los documentos y reportes diseminados por su pequeño escritorio; en el ordenador tenía abierto el archivo de denuncias de la policía.
—Sí, el quinto en este mes—suspiró el agente de rasgos felinos—. Estamos ante un tipo bien organizado, aunque no sé si es un pervertido siguiendo un patrón o pura casualidad.
Inclinando la cabeza, el detective le instó a explicarse.
Sansa mostró en forma de abanico cinco fotografías, los denunciantes; un hombre cercano a los cincuenta, ya calvo, y cuatro mujeres jóvenes, de cabello rubio o castaño claro.
—Hmm, ya veo a lo que te refieres. El único que destaca es el señor Fujimoto, mientras que las demás víctimas se parecen bastante entre sí.
—Todos tuvieron la sensación de ser observados los días previos al atraco; fueron asaltados en sitios donde el criminal pudiese huir fácilmente y perderse entre la multitud. Por no hablar de los problemas matemáticos…—hizo un gesto de negación con la cabeza, sin terminar de encajar la última parte.
—Cada vez surgen villanos más excéntricos, desde luego. Aunque prefiero a tipejos soltando galimatías y llevándose unos cuantos yenes sin hacer daño a nadie antes que a otro Shigaraki Tomura.
El ambiente se ensombreció con la mención del supuesto líder de la Liga de Villanos, la investigación que Naomasa llevaba en curso. Al ver las fotografías, recordó que aun tenía pendiente pedirle a Asylum que diese su opinión como profesional sobre Tomura y Kurogiri, quizás así pudiesen reducir los daños en caso de otro ataque…
Aun así, sabía que era demasiado optimista, creyendo ser capaces de trazar un plan de contención…
—Echo de menos la época de los malos vestidos de mallas y con nombres ridículos.
Las últimas campanadas indicando el final del día llegaron como un regalo del cielo. Los estudiantes se agolpaban en la entrada principal, charlando animadamente sobre lo que harían el fin de semana, mientras que los estudiantes de primer año compartían entre ellos sus recién adquiridos nombres de héroe.
Rezagado, un joven de cabellos morados les observaba, ocultando la envidia y la frustración tras su expresión desinteresada y el cansancio en sus ojos. Aunque había compañeros riendo y haciendo planes a su alrededor, Shinsou se mantenía en su burbuja, sin seguir el hilo de ninguna conversación, respondiendo con monosílabos cuando se dirigían a él.
Y por supuesto, sin percatarse de la figura oscura que le observaba desde el interior del edificio.
—Es bueno verte recuperado, compañero.
Eraserhead mantuvo su postura, cruzado de brazos y apoyado en los ventanales de la sala de profesores. Miró por encima del hombro a All Might apenas unos segundos, para regresar su atención inmediatamente a la masa de gente saliendo del recinto.
All Might le contempló con detenimiento, incómodo, sin saber cómo continuar después de tan cortante reacción. En el cristal se reflejaba la tez pálida del héroe, manchada por pequeñas marcas que pronto desaparecerían y una cicatriz considerable bajo su ojo derecho, una que siempre le acompañaría.
Sus labios se separaron, queriendo decir algo más, algo que salvase esa distancia; sin embargo, solo pudo desearle una buena tarde antes de marcharse cabizbajo.
Aizawa entendía cómo era recluirse en sí mismo y poner un muro invisible entre él y los demás, al igual que Shinsou Hitoshi, ya que se había vuelto una costumbre con el paso de los años.
¿Ahora? Le dio una punzada de culpabilidad al seguir dándole la espalda al hombre que le había salvado no solo a él, que era lo que menos le importaba, sino a sus alumnos.
Dio un paso atrás, perdiendo de vista al joven y preguntándose si Mic y Midnight estarían disponibles para tomar un trago.
Akira entrecerró los ojos, acercándose el teléfono hasta que la luz del mismo se volvió una molestia. Por si no le bastaba la miopía, así acabaría por quedarse bizca también, y las lentillas no eran la mejor opción para leer la diminuta letra del periódico digital. El traqueteo del vagón solo ayudaba a desorientarla aun más y frustrar su lectura hasta un punto irrisorio.
Hayato le había enviado un enlace de una noticia reciente, acompañado de un mensaje repleto de emoticonos que rezaba: "¿Ha vuelto a las andadas?".
Mentiría si dijese que se hacía una idea de qué hablaba. Los viernes por la tarde sucedía algún tipo de proceso mágico gracias al cual su mente iba desconectado hasta el punto en que casi se quedaba idiotizada. Llegaba entonces el temido lunes y regresaba a sus funciones normales, no de la forma más agradable y gradual, pasando así de zombi al mal humor camuflado como tan buenamente podía.
Por lo tanto, la combinación de mensajes vagos, pantalla de teléfono y metro, precisamente en ese día, no fue la mejor.
Nada más poner un pie en el andén, su tobillo se dobló en un doloroso ángulo que por poco le tiró al suelo; con el sobresalto, hizo aspavientos con los brazos para mantener el equilibrio, sintiendo que se le había olvidado la dignidad en casa.
—¡Tacones de mierda! —maldijo entre dientes, en voz lo suficiente alta como para atraer la atención del grupo a su alrededor. Tuvo que apretar los puños y morderse el labio inferior, resignada, para no dejar salir un torrente de palabrotas.
Su móvil había salido despedido en medio del intento por no caerse, a escasos metros de ella. El peligro de ser pisoteado por la multitud aumentaba con cada segundo, y no es como si pudiese permitirse el lujo de comprarse otro, además de perder todos sus contactos y la información relacionada con trabajo que había ahí.
Avanzó pidiéndole disculpas a quienes tenía que apartar, disimulando como mejor podía el dolor en el tobillo. Cuando al fin lo alcanzó, dispuesta a agacharse para recogerlo, una figura oscura se interpuso entre ambos.
Akira se quedó inclinada, mirando cómo el extraño cogía el teléfono y se giraba hacia ella.
—¿Es suyo? —le preguntó él.
Al notar el pormenorizado escrutinio que le dedicaba, Akira se enderezó lentamente, frunciendo el ceño con desconfianza.
—Sí, lo es. Gracias—contestó. Abrió la palma de la mano y clavó sus pupilas en las de él, enmarcadas tras unas gafas de pasta empañadas.
Era un hombre de mediana edad, muy corriente, vestido de traje envejecido y una chillona pajarita amarilla. Hayato siempre le decía que no se fiase de las apariencias, así que no se relajó ante su aspecto humilde ni su aire afable.
Regresó el objeto a su dueña sonriendo con cortesía, sin dejar de mirarla fijamente hasta que un atisbo de malestar comenzó a invadirla. Él se inclinó para despedirse y giró sobre sus talones, caminando a paso apretado hasta el andén.
—Eso ha sido raro—se dijo Akira, siguiendo su propio camino hacia el exterior mientras resistía la tentación de echar la vista atrás.
Cuando las puertas del vagón se abrieron, comenzó a silbar las notas de una cancioncilla infantil.
Tomó asiento, y al verse a sí mismo reflejado en el cristal frente a él, las comisuras de sus labios se alzaron y torcieron hasta transformar la sonrisa en una mueca siniestra.
Abriendo el maletín de cuero, continuó entonando la melodía, ahora más oscura. Rebuscó hasta encontrar los folios, repletos de fotografías y datos personales que no debería poseer, e identificó al final de ellos a la mujer que había estado siguiendo los últimos tres días, la única de la que no tenía un retrato.
—Ya te tengo, pequeña entrometida—cogió un rotulador rojo, marcando un grueso círculo en torno al nombre de Asylum.
Los primeros tonos del teléfono llegaron cuales trompetas infernales, obligándole a desenterrar la nariz del suelo. Aizawa se giró sin salir de su saco de dormir amarillo, y como Midnight decía, "hizo la croqueta" hasta chocar contra la mesilla baja. Entonces bajó la cremallera lo justo para sacar una mano y tantear la superficie, tratando de dar a ciegas con el dispositivo.
Nada más deshacerse de las escayolas y los vendajes, Eraserhead había regresado a sus malas costumbres; hacer vida nocturna al patrullar, prescindir de un colchón y una almohada a la hora de dormir y, sobre todo, tirarse para descansar en el primer sitio que pillase.
Si Recovery Girl supiera, se pasaría el resto de su vida pegándole con esa jeringa gigantesca suya.
Y Mic ya sabía que desobedecería las órdenes de los médicos en cuanto pudiese, pero estaba ya tan acostumbrado a que hiciese lo que le daba la gana que lo único que se le ocurría era ponerle ojos de cachorrito, por si conseguía hacerle sentir mal. De momento, no había funcionado ni una sola vez.
—¿Qué horas de llamar son estas? —increpó nada más descolgar, en tono malhumorado.
—Son las una de la tarde…
Algún día superaría la pereza de colgar un reloj en el salón-comedor.
—Es domingo, Izumi. ¿Qué quieres?
Tras su mordacidad, el héroe ocultó la leve sorpresa de recibir una llamada de ella. La escuchó hacer un sonido pensativo, y después, llegó el estruendo de lo que supuso sería cubertería cayéndose. Aizawa la llamó de nuevo por su apellido, intentando devolver su atención a la conversación.
—Oh, perdona. All Might me dijo que ya volvías a ser tú. ¿Cómo se siente ser des-momificado?
Ya de pie, Aizawa empezó a hacer estiramientos, reteniendo un profundo suspiro. Había estado a punto de increparle por llamarle para eso, pero teniendo en cuenta que los dos fueron heridos por el mismo ser y en la misma situación, pensó que aquello obedecería a alguna lógica emocional, el vínculo de los supervivientes o similar, que le haría sentirse obligada a comprobar que los dos estaban bien.
Por otra parte, había captado un deje de nerviosismo —miedo, incluso— en su voz, y él no era el causante.
No le aterrorizaba, ¿verdad?
—Bien. Ahora puedo volver a hacer mi trabajo.
Akira se echó a reír, aunque le sonó poco natural.
—Eres un adicto al trabajo, ¿eh? Hay más motivos por los que deberías alegrarte, es decir ahora puedes volver a… hmmm… ¿dar abrazos? ¿Escribir haikus? O hacer tar—
—Izumi. Este no es el motivo por el que estamos hablando, ¿cierto?
Hubo un largo silencio al otro lado de la línea, uno más preocupante que incómodo.
Sacó una lata de café del pequeño frigorífico y se apoyó contra la encimera de la cocina. Le dio un largo sorbo, esperando paciente a que Akira pusiera juntas las piezas necesarias y así darle una respuesta sincera o al menos coherente.
—No me malinterpretes, de verdad quería decirte que me alegro de que estés bien—comenzó, hablando tan rápido que Aizawa apenas podía seguirle el ritmo—. La verdad es que eres al único al que podía preguntarle. Si se lo digo a All Might, o a Hayato, dejarán que los sentimientos les nublen el juicio y no me van a ser de ayuda. Sé que no somos muy cercanos, pero eres la única persona que sé que se mantendrá racional. Esa es tu especialidad.
Las cejas de Aizawa prácticamente se juntaron en un gesto de confusión e impaciencia.
—Creo que alguien me está vigilando—oyó una cortina siendo corrida, pasos desnudos sobre madera y el peso de Akira cayendo contra un sofá—. No estoy loca, te lo prometo. Pero quiero asegurarme, es decir— ¿cómo puedo saberlo con certidumbre? ¿Y si reacciono demasiado tarde, o muy pronto?
—Escúchame: lo primero de todo, tienes que respirar hondo y tranquilizarte. Cuanto más nerviosa te pongas, mayor será la paranoia y no sabrás distinguir qué es de verdad y qué te estás inventando—dijo, con la mayor serenidad posible, tratando de infundirle aunque fuese una chispa de confianza. —¿Desde cuándo te pasa esto?
—Un par de días. Casi. Es decir, volví a casa el viernes por la noche después de hacer unas compras y ahí empecé a tener esa… sensación. Como si tuviese un par de ojos siempre clavados en mi nuca. A veces me asomo y creo ver a alguien escondido entre los árboles del parque de en frente, o noto un vehículo que nunca había estado ahí y lleva demasiado tiempo sin moverse, hasta que lo hace.
Aizawa terminó de beberse el café frío y lo arrojó a la basura. Estuvo un rato con ella al teléfono, preguntándole por detalles que no tenía. Conforme más hablaba, más creía el moreno que todo aquello era cosa de su Quirk magnificando una mera sospecha. De verdad esperaba, también, que se tratase simplemente de eso.
—Izumi, si notas a alguien que en definitiva crees que es sospechoso, llama a la policía. Eres una heroína, no entiendo a qué vienen tantas dudas, incluso podrías arrestarle tú, si tan segura estás.
No la veía, por supuesto, mas el repentino cambio en su actitud, de palabras atropelladas y réplicas poco convincentes a la calma le dijo que o había conseguido sacarle los pájaros de la cabeza o acababa de cometer un enorme error.
—¡Y tanto que voy a coger a ese desgraciado! —exclamó ella, repleta de determinación.
Le había dicho precisamente lo que quería oír.
—¡Gracias, Eraser! ¡Que tengas un buen día!
Sin darle lugar a réplica, Akira le colgó. Aizawa se separó el móvil de la oreja. Su mandíbula se encajó y sacó el labio inferior a modo de mohín.
Se acababa de dar cuenta de que, primero, lo que Akira había buscado era alguien que no le hiciese sentir culpable por actuar por su cuenta; segundo, que no quisiera acudir a ella o mandar a quien la vigilara; y tercero, le había puesto prueba.
Aún no sabía con certeza qué quiso demostrar, pero de lo que si estaba convencido era de que Izumi iba a llevar aquel asunto con la menor delicadeza, discreción y profesionalidad posibles.
Habiendo llegado a la conclusión de que necesitaba más seguridad en las puertas, y, sobre todo, que necesitaba comer antes de desmayarse, Akira puso un pie fuera de su apartamento por primera vez en los últimos tres días. Aun quedaban un par de horas para que comenzara a anochecer.
Antes de salir, se había asegurado de llevar sus pulseras puestas; más allá de su función reguladora, las condenadas pesaban lo suficiente para dar unos golpes contundentes.
Nada más respirar el aire cálido que se filtraba por la única ventana del hueco de las escaleras, él apareció.
No estuvo lo suficientemente atenta como para determinar de dónde salió exactamente, solo que aterrizó de un salto delante suya, provocando que retrocediese de un repullo, enganchándose al marco de su puerta entreabierta evitando caerse.
De acuerdo, no era la reacción más heroica del mundo: no obstante, no se le ocurría otra forma de actuar cuando un tipo como él se le echaba prácticamente encima.
Vestía algo parecido a un… ¿leotardo par el cuerpo? Desconocía el término exacto, aun así, no dejaba de hacer daño a la vista con su rojo chillón, y los símbolos matemáticos grabados en el mismo con colores variopintos tampoco ayudaban. Cubriendo desde sus pómulos hasta sus cejas había una máscara de dominó negra.
Bajando la vista, Akira descubrió que realmente, era como si no llevara nada.
—¡Al fin nos vemos las caras, Asylum!
—De verdad esperaba que no fueses un pervertido—alegó, queriendo despegar la mirada de ese punto concreto sin ser capaz de hacerlo—. Encima eres uno de los especiales. ¿Te va que te susurren al oído fracciones y ecuaciones lineales?
El villano dio un pequeño salto, esta vez de indignación, muy para el disgusto de Akira.
—Oh, dios, en serio, para de hacer eso.
—¿¡Te atreves a burlarte de mí!? —exclamó él, cuadrando los hombros y alzando un puño en un patético intento de parecer amenazante.
Akira por fin volvió la cara hacia el otro lado.
—Te tomaría un poco más en serio si llevaras ropa interior—masculló la heroína.
Aprovechando otro arrebato exacerbado, la heroína estiró la mano con cautela hacia el armario perpendicular a la pared. En una de las baldas expuestas había dejado un spray de pimienta disfrazado de ambientador; agradeció que el villano no tuviese sus prioridades demasiado claras.
Aunque el movimiento debía ser lento para no alarmarle, también debía contar con la velocidad suficiente como para atacarle en cuanto tuviese la oportunidad. Puede que estuviese tomándole el pelo, provocándole para que se centrase más en el hecho de defenderse que atacarla a ella. En el fondo, Akira estaba mucho más asustada de lo que parecía.
Lo que no tuvo en cuenta fue que quizás estaba subestimándole.
O que había tenido una idea muy parecida a la de ella.
Así que sí, el instante en el que los dos blandieron a la par sus botes, sin chocarlos de milagro, y se rociaron de spray —con él clamando a grito pelado "¡No volverás a reírte de Mathman!"—, Akira concluyó que ese era el momento más ridículo de su vida.
—¡Me cago en—
Por supuesto, también le maldijo tanto en japonés y en inglés, escuchándole hacer lo propio mientras se frotaba los ojos furiosamente. Akira comenzó a dar tumbos, sintiendo su cuerpo cada vez más pesado hasta que acabó por ceder bajo su propio peso y cayó al suelo.
¿Qué- qué es esto?
Si fuese algún tipo de droga, lo habría sabido casi al instante.
El sueño y el cansancio que se apoderaban de ella se sentía natural, aun con su Quirk acelerando el proceso por sus propios nervios.
Antes de caer dormida, en su mente apareció la cara de Aizawa preguntándole si le habían dado el carné de heroína en un jardín de infancia.
Se despertó dando cabezadas, llegando a bostezar. Estaba desorientada y con la consciencia trabajándole a ratos, pero reconoció el techo color crema del apartamento. Le dolía la nuca y tenía agarrotado el cuello por haber estado tirada en esa posición, pero por el resto parecía estar intacta. Incorporándose lentamente, dio un vistazo rápido a la entrada y al salón: no había signos de que ese pirado, Mathman, hubiese registrado el sitio. Tampoco es como si estuviese en condiciones de hacerlo, claro, ni de arremeter contra ella.
Me he salvado por poco. Ahora sé cómo se hace llamar y he confirmado que es el hombre con el que me crucé en el metro.
Lo primero que haría sería llamar a la policía para dar la alerta, después hablaría con Hayato y—
Espera, espera. Estaba en otro mundo con lo de estar siendo vigilada, y al final no leí el artículo que me pasó Hayato.
—Por su forma de hablar, parecía conocerme, aunque a mi no me suena de nada…—se dijo en voz alta, frotándose el cuello tras ponerse en pie. Cuando fue a alcanzar su teléfono en uno de los bolsillos del vaquero no lo encontró.
El pánico comenzó a apoderarse de ella: si un villano se hacía con las identidades y números del cuerpo docente de UA sería fatal. Igual de horrible sería que lo usara para hacerse pasar por ella y crease el caos. ¿Y si se lo vendiera a otros villanos e intentaran atraer a los héroes a una trampa…?
De repente, como una melodía salida del cielo, surgieron las primeras notas de una canción de Queen, y Akira volvió a respirar.
Tirado entre la pared y el paragüero, estaba el móvil, dando los tonos de llamada de un número desconocido. Akira lo contempló unos segundos, desconfiada, para acabar llevándoselo a unos centímetros de distancia de la oreja.
Quién sabe lo que le puede haber hecho.
—Esta… ¡esta vez te has salido con la tuya Asylum, pero la próxima vez, no me dejaré seducir por tus tretas infantiles! —la voz agitada, sin resuello y profundamente molesta pertenecía a Mathman. Akira alzó una ceja ante lo de "seducir".
—Mira, no tengo ni idea de quién eres ni de lo que quieres, y si te soy sincera estaría bastante feliz manteniéndolo así—respondió Akira. Exhaló, su tono volviéndose más determinado—. Sin embargo, has roto la seguridad de mi hogar, has hecho que me desmaye y has violado mi privacidad. Así que ya puedes ir poniéndote algo más grueso que esas mallas porque voy a hacerte pupa.
Él dejó escapar una risita entre dientes, más siniestra de lo que esperaría de alguien así.
—Oh, jovencita, te prometo que haré que me recuerdes. Tus ofensas no quedarán impunes—dijo en voz bajita, amenazante. —Mientras, tienes un regalito en tu teléfono. Sé que se te dan muy bien los asuntos del corazón, Akira Izumi. ¿Qué tal llevas las matemáticas?
—O sea, me estás diciendo que sabes que tienes a un acosador pegado a tu ventana, le abres la puerta, te ríes de él, ¿y los dos os dejáis fuera de juego al mismo tiempo?
Akira se hundió en el sofá, manteniendo los ojos cerrados, y suspiró con exasperación.
—Por décima vez, sí, Hayato, así fue.
El héroe alado dio otra vuelta sobre sí mismo, sin dejar de acariciarse la barbilla con el pulgar. Tenía una barba de un par de días y la camisa manchada de café.
—Y en algún momento de tu siesta de una hora te instaló una aplicación en el móvil. Sobre problemas matemáticos—insistió él, caminando ahora en círculos alrededor de ella. —Tu número pudo haberlo obtenido de alguna forma cuando os cruzasteis en el metro o con lo de la app, aunque sería extraño que no aprovechase para obtener más información, sumado a que los efectos del gas pimienta tardan bastante en pasarse y te dejan prácticamente incapacitado. Así que mi apuesta es que tanto tu dirección como tu móvil los consiguió por otras vías.
—¿Entonces es él? ¿El que "volvió a las andadas"?
Hayato asintió. Como Akira no le veía, repitió la afirmativa verbalmente.
—Encaja con el perfil del que ha estado asaltando a otras chicas, además. Parece que dejó su viejo modus operandi de cometer crímenes y dejar problemas matemáticos como pistas. Simplemente te buscaba a ti, aunque sí te ha dejado un buen dolor de cabeza para resolver.
—Repito la pregunta que te llevo haciendo desde que llegué: ¿qué necesita de mí?
Akira le siguió con la mirada hasta que se sentó en el borde del escritorio frente a ella. Hacía apenas tres meses que no pasaba por la vieja agencia, por no hablar del despacho privado de su amigo, mas estar allí le producía nostalgia. Hayato seguía manteniéndola tan oscura como de costumbre, con las persianas echadas casi hasta abajo y una tenue luz amarillenta alumbrando su espacio de trabajo, en contraste con la siempre radiante y tan abierta U.A.
—La verdad es que no tengo ni la más remota idea. Se te habrá olvidado, ya que fue hace siete años y tú tenías la cabeza en otra parte, pero yo fui quien llevó el caso original y el que le arrestó la primera vez. Creo que estuviste en uno de los interrogatorios. ¿Te suena? De todas formas, lo lógico sería que yo fuese su objetivo.
Ella negó con suavidad. Como él dijo, fue en aquel entonces que su mentor Kenshin Harada…
—No, ese año es como un gran agujero negro en mi memoria. Ya lo sabes.
Se levantó de golpe, retirando los mechones de pelo que tan cuidadosamente había colocado tras su oreja y permitió que le cubriesen la mitad del rostro. Hayato le observó en silencio, comprendiendo enseguida a dónde se habían ido sus pensamientos.
Los consuelos habían quedado muy atrás, al igual que los intentos por aliviar su carga. De nada le serviría repetir lo mismo de siempre. Y como en aquel momento, Hayato se encontraba demasiado apesadumbrado para encontrar las palabras correctas o el modo de salir de ese tema sin hacer más daño.
—Solo… Intenta no volver a enfrentarte sola a él, ¿vale? Sigo si comprender por qué no me avisaste.
Akira le examinó atentamente antes de asentir y dar media vuelta, agitando la mano en el aire a modo de despedida.
Suspirando, Hayato aceptó que Akira iba a hacer lo que ella quisiera, sin tenerle en cuenta.
Eso le sacó una sonrisa.
El lunes, Yueei parecía más tranquilo con la temprana marcha de los dos cursos de primero a la estación, acompañados de sus respectivos tutores, para iniciar la semana de internados. El resto de profesores continuaron con sus clases como de costumbre, revisando los planes de lecciones o corrigiendo tareas en las horas que habían quedado libres.
Ectoplasm estaba haciendo limpieza de post-its protagonizados por conejitos con mensajes inspiradores. Los mejores dibujados y más adorables tenían impresa la firma de Trece, al contrario de los que daban consejos enérgicos y eran un tanto deformes, claramente autoría de Present Mic. Al final de la secuencia había otro de los animalitos con un sombrero de vaquero mostrando el dedo corazón.
Cuando terminaba de adherir al último a un folio, por si sus dueños quisieran conservarlo, notó un par de ojos clavados en su nuca.
—El sigilo no es lo suyo, Izumi—habló. La psicóloga terminó de entrar a la sala, dirigiéndose hacia él, y cuando estuvo a punto de preguntarle qué quería, ella simplemente soltó un teléfono encima de su escritorio.
La relación entre los dos no era la más amistosa del mundo, tampoco es que hubiese hostilidad alguna; se mantenían en lo profesional y ni aun así solían cruzar más de un par de palabras. Así pues, sin saber aún de qué trataba todo eso, Ectoplasm ya encontraba sumamente extraño que Izumi acudiese a él.
—Verá, tengo cierta…. Situación entre manos. Y creo que es la única persona que conozco con las aptitudes necesarias para ayudarme a resolverla—comenzó Izumi, disimulando la incomodidad que le producía el vacío de la insistente mirada de Ectoplasm, quien seguía en el más absoluto silencio.
Se inclinó hacia el dispositivo y abrió una aplicación, donde aparecieron dos problemas matemáticos sobre un fondo en negro y verde lleno de unos y ceros. Ectoplasm imitó su postura, sin despegar los brazos de los costados, para observar atentamente lo que la pantalla mostraba.
—El primero es la representación de una función, en el segundo hay que estudiar la posición relativa de dos rectas respecto a un plano. Lo del fondo no sé si es decorativo o si hay algo escrito en código binario realmente. A pesar de ser ejercicios que enseñamos en segundo y tercer año, quien sea que haya hecho esto ha conseguido enrevesarlos bastante—declaró Ectoplasm, dejando entrever cierta curiosidad en sus palabras. A punto de preguntarle si había intentado plantearlos al menos, se percató de que Izumi no estaba demasiado receptiva en ese aspecto, cruzada de brazos y sus ojos paseándose en secreta vergüenza del escritorio a sus pies.
Estaba acostumbrado a trabajar con gente a la que le costaba pedir ayuda y que gozaban de una tozudez infinita, más siendo el profesor de matemáticas.
Tomó asiento, sacó de un cajón papel, bolígrafo y una calculadora y empezó a trabajar.
Izumi relajó su postura, ocultando no demasiado bien el alivio ante su colaboración silenciosa. Arrastró una silla lo suficientemente cerca para verle escribir a una velocidad pasmosa, pero no para invadir su espacio personal ni obstaculizarle. Estaba fascinada y desorientada al mismo tiempo incluso con el más ínfimo detalle, aunque no se atrevió a preguntarle nada.
—Mientras hago esto, quizás quiera contarme lo que sucede—sugirió Ectoplasm, creyendo que su repentina ruptura del silencio le sobresaltaría, dado que parecía intimidarle tanto.
En cambio, Akira se inclinó hacia delante, apoyando las mejillas en sus puños. Había alzado las cejas y se mordisqueaba el labio inferior cuando se le escapó una risita, sobre todo escéptica.
—Es una historia un poco rocambolesca. Y penosa. Pero le debo eso como mínimo, ¿no?
—Ya está.
Akira hizo deslizar su silla hasta a él, sus iris lila iluminándose. Alabó su eficiencia y velocidad, pensando en cuánto habría tardado ella en resolver todo aquello.
Ectoplasm había dibujado un plano, donde dos rectas se cruzaban formando una equis ligeramente desproporcionada. En otra hoja estaba la función a trozos, una mitad una amplia curva cóncava seguida de una recta descendente y por último algo parecido a una serie de ondas.
Akira escudriñó uno y otro un largo rato, bajo la atenta e impertérrita mirada de Ectoplasm, asintiendo sin parar.
—No tienes ni la más remota idea de qué significa, ¿verdad?
Su movimiento de cabeza se volvió aún más vigoroso y le acompañó un escandaloso rubor. A Ectoplasm se le escapó algo que pudo haber sido una brevísima y seca risa, la cual sonó más bien a un gruñido.
—Al principio yo tampoco terminaba de encontrarle el propósito a todo esto. Pero, poniendo una hoja sobre la otra…—hizo eso mismo mientras hablaba, encendiendo un flexo y colocando los papeles juntos ante su luz —. Cuando el ordenador termine de descifrar el código del fondo, confirmará mi teoría o demostrará que esto no es más que una forma de perder el tiempo y reírse de ti.
Aguardaron unos segundos hasta que en el monitor surgió una pantalla emergente avisando de la finalización del proceso. Akira se enderezó y cerró el mensaje para leer la "traducción", y fue el turno de Ectoplasm de asomarse.
"Cuando la mañana dé paso a la tarde, comprobaremos lo romántico y refrescante que puede ser una batalla de intelectos".
—Ew—fue la primera reacción de Akira, recorriéndole un escalofrío de pies a cabeza, incapaz de contener una mueca de disgusto.
Ectoplasm, al contrario, estaba bastante satisfecho. Volvió a alzar los resultados, asintiendo para sí mismo.
—Justo lo que creía.
Akira se quedó esperando a que lo desarrollara; esa vez no explicó nada más y esperó en silencio y pacientemente a que la heroína dilucidase el enigma. Así que Akira adoptó una pose pensativa, tamborileando los de dos sobre la barbilla sin despegar los ojos de la pantalla.
—Claramente es una invitación. Parece que es al atardecer, pero…—hizo una pausa, durante la cual Ectoplasm se mantuvo igual de mudo, aunque Akira tenía la sensación de que estaba alentándola—. Hace inciso en que "la mañana da paso a la tarde". Siguiendo el sistema militar, las doce es lo que divide la noche de la madrugada y esta del mediodía. Supongamos que se refiere a eso, lo cual nos deja con la segunda parte…
Se inclinó hacia delante para darle un repaso rápido a la frase final y después analizar los gráficos superpuestos. Seguía sin evocarle nada en específico, por muchas vueltas que le diese, y pronto comenzó a frustrarse.
—Si se da cuenta, hace inciso en "romántico". ¿Por qué diría eso? —intervino Ectoplasm—. Que sepamos, esta no es una excéntrica forma de cortejarle.
—Oh my. Sería lo que me faltaba. No, lo que quiere es ponerme a prueba, intentar humillarme. El código binario es una pista importante para saber qué quiere. Si me está citando para una pelea o como sea que él lo llame, ya me ha dado una hora. Nos falta el lugar—argumentó ella, peinándose el cabello con los dedos sin cesar, evitando rozar su cuero cabelludo. Ectoplasm se dio cuenta del detalle.
De repente, Akira dio un salto en la silla y dio una palmada.
—¡Con romántico se refiere al sitio, claro! Es un asunto subjetivo por supuesto, a algunos les sirve un parking abandonado y otros prefieren noches estrelladas- sin embargo, hay puntos clave que son considerados generalmente rinconcitos para los amantes. Al menos son típicos en Estados Unidos. Nunca me he parado a pensar en si aquí serían algo común. Si le sumamos lo de "refrescante", probablemente haya agua cerca, una fuente, el mar, un río, un arroyo o—Akira frenó en seco, su mirada desenfocándose en el panel que dividía las dos hileras de escritorios.
Entonces entró Snipe charlando en voz baja con Midnight, conversación que aminoró hasta desparecer. Ambos contemplaron a Asylum y su ausencia de parpadeo, a Ectoplasm sentado al lado de ella expectante pero distendido. Nemuri le veía a veces así con algunos alumnos, con los cuales se sentaba durante horas si era necesario para darles la ayuda personalizada que en horario lectivo no podía. Snipe no tenía ni la más remota idea de qué podía estar sucediendo y la mera visión de Asylum y Ectoplasm compartiendo espacio le resultaba difícil de asimilar e incluso diría que era perturbar la naturaleza, y que Izumi pareciese estar en los mundos de yupi no ayudaba en lo más mínimo.
—O las dos cosas. Un arroyo y un estanque—murmuró Akira. Ignoró por completo la presencia de los recién llegados y recordó como se parpadeaba. Ectoplasm le tendió los papeles, que ella aceptó con avidez para imitar lo mismo que hiciera él minutos atrás. Una vez puestos bajo el foco, una enorme y ligeramente desquiciada mas satisfecha sonrisa ocupó el rostro de la psicóloga—. Es Takodana.
—Está peor de lo que pensaba—dijo Snipe, y recibió en la piel desnuda de su brazo un pellizco a cambio.
El parque Takodana fue inaugurado medio siglo atrás; al principio era una gran zona verde repleta de árboles, hermosas flores y bancos salpicados a lo largo de los senderos. Con el paso de los años, la gente comenzó a quejarse de las ruidosas familias y sus mascotas irrumpiendo en la quietud e intimidad que ofrecía el este, mientras que las parejas —y se rumorea que malhechores— perturbaban la sagrada naturaleza en el sector oeste. Hace dos décadas se acabó dividiendo, dejando a un lado el arroyo junto a las zonas recreativas, mientras que en el otro construyeron un estanque además de ser donde más se concentraba la vegetación, con apenas algunos claros ocultos al ojo público y un único camino empedrado.
Los bautizaron Obi y Ren. Y las formas de la función delineaban de forma aproximada las pequeñas masas de agua que allí se encontraban, mientras que los vectores señalaban la valla que los separaba.
Al día siguiente, Akira se hallaba recostada en un cedro, disfrutando de la sombra que le ofrecía. Si Ren no fuese tan bonito, casi le resultaría agobiante. Apenas se veía el cielo, y tenía la firme convicción de que, en cualquier momento, las raíces de los árboles cobrarían vida, le aprisionarían y ella acabaría bajo tierra. Y no creía que la linterna de su teléfono fuese a funcionar contra ellos.
Se llevó un dedo a la oreja de la forma más sutil que pudo.
—Era innecesario que viniese, ¿lo sabe, ¿verdad? —susurró Akira, presionando el pequeño comunicador oculto tras mechones de cabello rubio.
Sus ojos vagaron hasta el frondoso arbusto que había a unos metros de distancia, pegado al estanque.
—Me gusta terminar mis trabajos, Asylum—replicó Ectoplasm, haciendo que Akira se preguntase cómo conseguiría que no se le escuchara ni un ápice aún estando tan cerca—. Sobre todo, no me gusta la idea de que este villano implique a nuestros alumnos en sus juegos. Quiero asegurarme personalmente de que es puesto entre rejas.
—Por supuesto.
Ella estaba a punto de darle las gracias cuando notó un repentino y fuerte olor a colonia barata masculina.
Ante ella apareció el no tan temible Mathman, caminando como si fuese un transeúnte cualquiera. Akira no se molestó en acercarse, en vez de eso, flexionó una pierna para apoyar su bota en el tronco del árbol y se cruzó de brazos.
Él captó enseguida la actitud defensiva oculta tras falsa seguridad. Las comisuras de sus labios se curvaron con diversión, que solo se profundizó cuando ella le examinó de pies a cabeza.
—Esperaba poder eliminar el factor de la incomodidad para que no supusiera un obstáculo en su razonamiento, jovencita—se explicó Mathman, apoyándose en su fino bastón de madera.
En verdad era para que no se riera más de él, pero no es como si fuese a reconocerlo.
Ahora vestía un traje negro de tres piezas, haciendo gala de los mismos signos matemáticos que su anterior conjunto. El chaleco y las líneas de la chaqueta eran de un bermellón suave, al igual que la cinta de su bombín oscuro. Sustituyó la máscara por unas gafas de cristales tintados que le recordaron a las que solía llevar Present Mic, aunque el héroe les hacía mucha más justicia.
—Eh, me gusta el nuevo look. Un detalle por tu parte lo de evitar que vomite. Eres un auténtico gentleman.
Mathman obvió el sarcasmo en su tono y se inclinó para agradecerle sus cumplidos.
—Izumi, déjate de juegos—le apremió Ectoplasm.
—Me ha sorprendido gratamente que resolvieras mis pequeños problemas—comenzó el villano, jugando con el bastón y las hojas a sus pies—. Si sigues así, quizás tenga que reconsiderar algunas cosas.
Akira frunció el ceño, tanto su postura como su rictus adoptando un tono más agresivo. Mathman, viendo que su rival estaba a punto de atacarle, aunque fuese verbalmente, alzó un dedo enguantado y lo agitó en el aire.
—Tch, tch, no lo estropees—le chistó. La voz de la razón convenció a Akira de no sacar a relucir sus relativamente enterrados impulsos violentos—. ¿Empezamos?
¿El qué?
En menos de un parpadeo, Mathman soltó un galimatías del que solo entendió "bola" y "desde lo alto de un edificio".
—No puedes calcular la aceleración porque es un lanzamiento vertical. En ese tipo de movimientos la aceleración equivale a la gravedad.
Ella, que ni siquiera sabía de qué estaban hablando, se limitó a repetir lo que Ectoplasm le había dicho. El problema fue que dudó.
Mathman le miró atentamente, entrecerrando los ojos.
—¿Podrías decirme la derivada de la raíz de equis al cuadrado, menos dos equis más tres?
Akira juntó y separó sus labios varias veces. Tenía en su oído el ruido de un bolígrafo deslizándose furiosamente por un papel, y no le ayudaba precisamente a concentrase.
Vamos, has ayudado a Saburo con sus deberes miles de veces. Le has explicado este tema. Es una derivación sencilla, debería serlo, deberías…
Ectoplasm interrumpió sus cavilaciones con la respuesta, tan rápido como esperaba. Más de lo que le gustaría en esa ocasión.
De su boca salió un razonamiento que no era suyo, que satisfizo a Mathman, no a ella.
Sentía el nudo en su estómago acrecentar conforme más problemas contestaba, siguiendo el espectáculo de ventriloquía. ¿A qué se supone que iba a conducirles aquello? Podían pasar horas así, en esa supuesta "batalla de intelectos", de la que ni siquiera era partícipe a la hora de la verdad. Bendito Ectoplasm por prestar su ayuda, por supuesto, mas el hecho de depender de nuevo de otra persona, de ser la desubicada en un asunto que era con ella le enfermaba.
Apretó los puños, notando sus uñas tentando con rasgar la carne en sus palmas.
—Esta es mi pelea. Trae a la policía. Akira fuera.
Se escuchó un pitido, indicativo del final de la comunicación. Ectoplasm observó entre las hojas cómo Mathman le increpaba sobre sus murmullos, y ella le devolvía una de sus provocaciones que al hombrecillo tanto parecían incordiarle.
Izumi había dejado claro que ya no quería más su ayuda, al menos no así. Se debatió por un instante, entre hacerle caso o salir y reducir de una vez a Mathman.
Terminó por aprovechar la maleza para salir discretamente, y en cuanto estuvo fuera del área, echó a correr.
Esperaba que no hiciese ninguna locura.
Akira dio un paso hacia delante. Después otro, y otro más, hasta que tuvo a Mathman al borde del estanque.
Él echó la vista hacia atrás, nervioso, y alzó las manos para disuadirla.
—Oye- oye, ¿¡qué haces¡?
Tragó saliva al notar su cabello rozándole la cara, invadiendo su espacio personal.
—Me he cansado de responder. Soy más de hacer preguntas, gajes del oficio. Aunque eso lo sabrás muy bien, dado que me investigaste…—Akira sonaba tan casual que Mathman se puso aun más histérico. Ella le quitó una motita de polvo del hombro y le miró directamente, sin miedo, cuando le asió con fuerza de la corbata.
Las gafas se deslizaron hasta la punta de su nariz por el sudor, revelando sus párpados aún hinchados, llenos de marcas por haber intentado rascarse tras lo del gas pimienta.
—Tus ojos son- son iguales que aquel día—dijo él, con voz temblorosa.
—Estoy harta de tus enigmas. Quiero tus motivos. Ya.
Mathman se rio entre dientes, con ironía.
—¿Lo ves? Ni siquiera me recuerdas. Sigues siendo una pequeña—
Akira le sacudió de nuevo, casi tirándole. A él se le escapó un pequeño y lastimero chillido. No sabía qué había que temer en un estanque, pero iba a aprovecharlo.
—Habla—gruñó, un cosquilleo recorriendo la mano con la que le sujetaba. El aire en torno a él se tornó más pesado, no lo suficiente para impedirle hacer lo que le ordenó.
—Estabas allí, cuando tu jefe me interrogó. Tan callada, apoyada contra la pared como estabas hace un rato, sin dignarte ni a mirarme ni a dirigirme la palabra—explicó, torciendo la boca con desdén—. Cuando el tipo alado salió, tú esperaste, unos segundos más, y al fin vi esos ojos. Oscuros. Llenos de asco y desprecio, como si fuese la peor escoria del mundo. De acuerdo, puede que meter a mis antiguos alumnos en trampas lógicas y robar no fuese muy de tipo honesto— Entonces te pregunté. Avergonzado y asustado, quería saber si… Si iban a ser muy duros conmigo. Que alguien tan inteligente como yo no podía estar en la cárcel con esos simios. Y tú dijiste—
—"Si eres tan inteligente, ¿por qué estás aquí?"
Akira aflojó su agarre y con la misma poca noción de haberlo usado, dejó de influir en la presión alrededor de Mathman. La respiración de él se volvió más ligera y regular, y casi se echó a llorar cuando Akira se separó de él.
—Me estás diciendo que todo esto es porque… ¿Te hice sentir humillado? —inquirió Akira, tan atónita como culpable.
Tenía esa época borrosa en su mente: recordaba mucho dolor, rabia y tristeza. Los detalles de lo que había hecho o dicho bajo los síntomas del luto eran borrosos, y aun así, conseguían avergonzarle.
Akira tenía la vista clavada en los relucientes zapatos de Mathman, perdida en sus pensamientos. Mientras, él se alisó las arrugas del traje.
¿Debería pedirle disculpas…?
—Cuando salí, esperé un tiempo. Y empecé a buscarte. No sabía cómo te llamabas, si eras una heroína o dónde estabas. Solo recordaba tu pelo y tus ojos- son difíciles de olvidar. Así que reuní perfiles de distintas mujeres con rasgos parecidos hasta que, por casualidad, di contigo. Fue cosa del destino que rescatase tu teléfono ese día, ¿no crees?
La arruga en el ceño de Akira se profundizó.
—Sí, sí… ¿Sabes qué más está destinado, querido?
Mathman enarcó una ceja. Esbozó una sonrisita desagradable.
—Ahora que he visto lo inteligente que eres y tu conocimiento matemático, creo que nosot—
—Tu cara y mi puño, gilipollas.
No le dio tiempo a reaccionar antes de que los nudillos de Akira impactaran con fuerza contra su nariz, haciéndole trastabillar hacia atrás y hundiendo un pie en el agua mientras un chorro de sangre salía de sus fosas nasales. Su cuerpo entero cedió y cayó al estanque, salpicando a todas partes y tintando el líquido cristalino de rojo.
—Eso es por seguirme hasta mi casa, espiarme y dejarme inconsciente. Te lo vas a pensar dos veces antes de volver a acosar a ninguna mujer.
Ectoplasm llegó con las autoridades poco después; Sansa estaba encantado de poder esposar al que había sido un enorme dolor de cabeza para tanta gente.
El héroe observó su mano herida, que ella sostenía contra su pecho. Parecía más tranquila y definitivamente satisfecha.
—Las cosas al final han salido mejor de lo que esperaba.
Izumi se giró hacia él e hizo una reverencia, demasiado larga para su comodidad, y cuando se enderezó, le dio las gracias en un hilo de voz.
Ectoplasm se limitó a asentir.
—No te seguí. Y no te espié.
La cabeza de Akira se volvió abruptamente hacia Mathman, a quien daban empujones hacia el coche patrulla. Sus ojos se agrandaron y dejó caer la mano.
—Un tipo enorme me dio tu dirección y enseguida me presenté allí. Tenía un acento raro…—él se carcajeó, con verdadera maldad—. Es una lástima que yo no sea tu mayor enemigo. Hay alguien mucho, mucho peor que yo. Y está deseando volver a verte.
La sonrisa de Akira se borró. Las náuseas se reflejaron en su rostro y de repente, todo parecía que iba mal.
Tenéis derecho a apedrearme. Probablemente. Un poco.
Estos dos últimos meses han sido una locura, entre estudiar para el B2, examinarme, y hacer papeleo para la universidad. Dad las gracias a Mischievous Whisper por darme toques de atención y recordarme que esta historia merece ser continuada, especialmente este capítulo con el maravilloso villano que nació hace muuchos meses y que le presenté de coña pero acabó encantándonos. Y aquí tenéis a este pirado, Mathman. Y sí hay algún batmaníaco por aquí, habrá reconocido que es tributo y parodia al mismo tiempo del grandioso Riddler.
En este cap hay cincuenta mil cosas que me gustaría comentar, pero por no alargarme, me limitaré a decir que cada detalle cuenta. Y entramos con el siguiente capítulo al arc que llevo queriendo escribir desde que empecé el fic y que espero os emocione tanto como a mí.
Miles de gracias a quienes han empezado a seguirme no solo a esta historia, sino a mí, y a todos aquellos que llevan ya un tiempo conmigo y tienen una santa paciencia con mis actualizaciones. Un abrazo enorme para vosotros y espero que sigáis aquí, conmigo, y con Akira, que la pobre lo va a necesitar con lo que le viene.
Y casi se me olvida: gracias por las 1200 lecturas. Me parece una locura, nunca creí que esta historia llegaría tan lejos, y no sería posible sin vosotros.
