Gregory Lestrade llevo los platos vacios a la cocina. Se arremangó con cuidado la camisa y empezó a lavarlos, tarareando a medida que trabajaba. No oyó a Mycroft entrar a la cocina o caminar hacia él.
"Tú sabes que realmente no tienes que hacer esto", dijo, sorprendiendo a Greg.
"Por favor, hiciste langosta por el amor de Cristo. Es, literalmente, lo menos que podía hacer", respondió Greg. "¿Cuándo fue que aprendiste a hacer langosta?".
"Cuando tenía siete años yo estaba convencido de que el cocinero de la familia era un espía ruso. Examine cada movimiento que hacía y lo seguí por todas partes. Mi hipótesis resulto ser incorrecta, pero aprendí las recetas de varios platos diferentes".
Greg soltó un bufido. "Tienes que estar bromeando".
"Oh, pero no lo estoy".
Greg dejo de lavar los platos y se giro hacia el otro hombre. "Eres realmente un hombre extraordinario", dijo con seriedad.
Mycroft sonrió y se sonrojo. "Realmente no lo soy, ya sabes. ¿Pero supongo que se trató de una primera cita exitosa?", pregunto con timidez.
Greg sonrió diabólicamente y se acercó más. "Eso depende", dijo con ironía. "¿Ha terminado?".
"Dios, espero que no", respiró Mycroft.
Con eso, Greg cerró la distancia entre ellos y tiro de Mycroft en un fuerte abrazo. Él le besó ferozmente, algo que estaba planeando hacer por algún tiempo. Pero la sensación de la boca de Mycroft apretándose contra la suya era inimaginable; besarlo era felicidad pura sin adulterar.
Los platos sucios fueron muy pronto olvidados.
