Mycroft había dormido unas cinco horas en las últimas dos semanas. Su cabeza le daba vueltas y sus ojos dolían, pero siguió adelante.
"Anthea, Dios mío dime que tienes buenas noticias", preguntó con un suspiro exasperado.
Si Mycroft estaba peor por el desgaste, su secretaria estaba a las puertas de la muerte. Ella había estado temblando involuntariamente durante todo el día; su blackberry había sido olvidada hace mucho tiempo, ya que no podía maniobrar el diminuto teclado.
"Señor, se lo dije. El equipo le informara directamente después si su misión es exitosa", dijo ella con voz cansada. "Todavía estamos esperando en la terminal tres".
Mycroft apretó los dientes y volvió a su oficina, donde comenzó a pasearse.
Mycroft era conocido por siempre conservar la compostura, no importa cuál sea la situación. Sherlock siempre había sido el propenso a los estallidos emocionales, mientras Mycroft era el reflexivo que se sentaba y planeaba su próximo movimiento. Pero esto era demasiado para él. Cuando su departamento había recibido información de que una organización terrorista planeaba ejecutar tanto a Gregory Lestrade como a Mycroft Holmes, esta último había perdido toda su compostura Holmes.
Mycroft había ordenado el ataque contra los veintisiete miembros confirmados de la organización sin ninguna vacilación o remordimiento. La parte que realmente le angustiaba era saber que había puesto la vida de Greg en peligro. Mycroft había conocido les riesgos implicados, y sin embargo había perseguido al otro hombre. Y se había permitido ser tan descaradamente obvio en su relación también- él hizo una mueca al pensar en ese día en la calle, cuando por una broma había tirado la precaución al viento y besuqueado a Greg. Esa broma había puesto la vida de Greg en peligro.
Había sido la única cosa racional que hacer. No importaría que esos hombres estuviesen muertos, solo habrían mas. Mycroft hacia docenas de nuevos enemigos todos los días, y tan pronto como haya algo en este mundo que ame y que ellos conozcan no se detendrán ante nada hasta que ese algo está muerto y enterrado. La vida de Gregory Lestrade estaría mejor sin Mycroft Holmes.
Al menos eso es lo que se repetía. No podía quitarse de la memoria la cara de Greg después de que aquellas terribles palabras salieron de su boca. Era una expresión que Mycroft había visto a menudo cuando iba a visitar a Greg a las escenas del crimen, en el rostro de las familias de las víctimas. La mirada de alguien que había perdido todo lo que aprecia en la vida. Para ser honestos, Mycroft sentía lo mismo.
Se hundió en su silla y puso su cabeza entre las manos.
"¡Señor Holmes!", chilló Anthea mientras abría la puerta de su oficina. "Ellos lo hicieron, ¡lo hicieron!", repitió con un pequeño sollozo. El agotamiento había destruido por completo cualquier profesionalidad que hubiera tenido.
Mycroft se sentó en posición vertical. "¿Estás segura?"
"Si. Me enviaron por correo electrónico la evidencia fotográfica". Ella palideció. "No es agradable, pero ya verá que son los hombres adecuados". Hizo un gesto hacia su equipo.
El se giro hacia él y abrió la dirección de correo. "No es agradable" era un eufemismo grave, pero a Mycroft no le importaba en ese momento. Por ahora Greg estaba a salvo, y eso era todo lo que importaba.
