Killian se encontró con Rose, en el restaurante de ella, para cenar juntos. Rose era dueña de un hermoso restaurante, por lo cual siempre compartían alguna comida durante la semana. Se ubicaron en su mesa favorita, y se pusieron a contar las anécdotas del día mientras miraban el menú. De repente su vista pudo reconocer a Emma en una de las mesas. Emma estaba con un hombre, estaba en una cita. Killian sintió una gran decepción y traición al ver esa imagen. ¿Por qué Emma no había aceptado tener una cita con él y con ese hombre si? ¿Por qué le había mentido diciendo que ella no hacía eso de tener citas? ¿Por qué? ¿Por qué le resultaría tan terrible la idea de que entre ella y él pueda pasar algo? Como sabía que no iba a conseguir respuestas a sus preguntas, decidió enfocarse en su amiga y en la cena que estaban compartiendo.
Sin embargo, en más de un momento, se encontró observando atentamente la mesa donde estaba Emma. Ella parecía incómoda y cansada, como si no quisiera en verdad estar allí. Por algún motivo, eso lo hizo sentir mejor. En cierto momento, Emma salió del restaurante a toda velocidad luciendo tensa y disgustada. Pocos minutos después su cita también salió del restaurante. Como algo de la situación no le terminaba de cerrar, Killian salió del restaurante en busca de ellos. Al encontrar a ese hombre intentando forzar a ella a ir con él, sintió furia. ¿Cómo era posible que Emma siempre estuviera rodeada de hombres dispuestos a mal tratarla? Primero Neal, ahora este hombre. Él sabía que ella era más que capaz de defenderse, pero su instinto protector ganó e intervino para ayudarla.
- No era necesario que hagas eso, soy más que capaz de defenderme sola. – Dijo ella una vez que Walsh había desaparecido de la vista de ambos.
- Lo sé. – Asistió él.
- ¿Entonces por qué lo hiciste? – Pidió saber ella mirándolo con confusión.
- Primero porque soy un caballero. – Respondió él. – Y segundo, porque no tolero que un hombre maltrate a una mujer. – Dijo con calma acercándose a ella.
- Gracias. – Agradeció ella mordiéndose el labio.
- ¿Killian? ¿Está todo bien? – Preguntó Rose interrumpiendo la situación.
- Si, yo solo… - Comenzó a explicar Killian.
- Somos compañeros de trabajo. – Explicó Emma interrumpiéndolo. -Yo ya me iba, así que vuelvan a su cita tranquilos. – Dijo mientras jugaba con su cabello algo nerviosa. – Nos vemos mañana. – Saludó a modo de despedida.
- Así que, ¿Esa es Emma? – Preguntó Rose una vez que Emma estaba lo suficiente lejos para no escucharlos.
- Esa es ella. – Contestó él viendo como Emma se alejaba.
- Me gusta para vos, hay algo en su energía que me da una buena sensación. – Dijo Rose sonriendo.
- No hablaste con ella ni cinco segundos. – Protestó Killian.
- Pero las primeras impresiones son las que cuentan, y ella dejo una buena en mí. – Discutió Rose.
Killian acompaño a Rose a su casa, la cual estaba a dos cuadras del restaurante. Luego, se subió a su auto y emprendió camino a su casa. En el camino encontró a Emma caminando. Verla caminando después de la situación con su cita, le hizo sentir mal por ella. Entre lo de Jefferson más la cita, su día seguro había sido terrible y caminar a su casa seguramente no la estaba haciendo sentir mejor.
- ¿Te llevo? – Preguntó él bajando la ventanilla del auto para hablarle.
- Killian. – Dijo ella su nombre, sorprendida al verlo. – No es necesario, prefiero caminar y no darte inconvenientes. – Rechazó ella su propuesta.
- Es tarde, hace frío, y no sos un inconveniente. – Aseguró él buscando convencerla.
- ¿Qué soy entonces? – Preguntó ella, finalmente dejando de caminar.
- Una compañera de trabajo, que su casa queda camino a la mía. – Contestó él con convicción.
- Bien, de acuerdo. – Aceptó ella dando un largo suspiro.
Emma se subió al auto y le dio su dirección. Killian volvió a poner el auto en marcha, pero esta vez haciendo camino hacia lo de Emma. Por momentos la miraba y podía notar lo frustrada que estaba. Su cabeza apoyada con la ventanilla, sus ojos cansados, sus manos abriendo y cerrándose en puños… Todo en ella indicaba que había tenido un día terrible y no estaba de humor.
- Pensé que no hacías eso de tener citas. – Bromeó él, aunque le salió a modo de reproche.
- No lo hago. – Dijo ella quitando su cabeza de la ventanilla. – Se suponía que iba a cenar con Mary Margaret, pero al parecer ella decidió que era mejor arreglarme una cita. – Explicó mientras apretaba sus uñas en las palmas de su mano para descargar la tensión que sentía.
- La próxima deberías decirle que por lo menos elija a alguien decente. – Dijo él con humor, ya que había notado que a Emma no le había gustado para nada la idea de su amiga.
- Debería. – Asistió ella con una sonrisa. - ¿Y vos? ¿Qué tal fue tu cita? – Preguntó ella después de un largo silencio. – Espero no haberla arruinado con lo que pasó. – Dijo haciendo referencia a cuando Rose los encontró hablando.
- No era una cita. – Respondió él, sintiendo algo de ilusión en su interior ante la curiosidad de ella.
- ¿No lo era? – Preguntó Emma algo sorprendida. – Pero la he visto varias veces encontrarse con vos fuera de la comisaría. – Dijo pensativamente.
- Somos amigos, nada más. – Informó él estacionando el auto frente al edificio de ella.
- Gracias por traerme. – Agradeció ella desabrochándose el cinturón.
- De nada. – Dijo él.
- Buenas noches Killian. – Saludó ella y dejo un beso en su mejilla.
- Buenas noches Emma. – Saludó él mirándola maravillado como bajaba del auto.
Un beso de Emma Swan, eso si era un motivo para tener una buena noche. Killian la observó entrar a su edificio, y una vez que ella estuvo dentro se fue para su casa. Los días siguientes Emma continuó con su plan de evadirlo. Pero está vez había algo distinto, por lo menos cuando él le hablaba o se le acercaba, ella le contestaba. Antes no, ahora si. Sintió algo de felicidad al notar aunque sea ese pequeño avance.
Killian se sentó en su escritorio decidido de que era hora de volver a ponerse a trabajar en el caso de Millah. Hace varias semanas que no lo había hecho, y sentía que tal vez el haberle dado un tiempo de descanso podría ayudarlo a avanzar o ver las cosas de forma distinta. Pero no, no había nada. No había pistas, ni rastros, ni nada. Solo lo que él había visto, y sus propias marcas que habían quedado en él del ataque de Robert Gold. Killian quería encontrar a ese hombre y hacer justicia, pero al parecer era bueno desapareciendo o se lo había tragado la tierra.
- ¿Todavía no te fuiste a tu casa? – Preguntó Emma sorprendida al verlo en su escritorio.
- No, estoy trabajando en un caso. – Respondió él.
- ¿Estás trabajando en ese caso desde que llegaste de tu patrulla de la tarde? – Preguntó ella mirándolo con cierta curiosidad.
- Si. – Asistió él.
- ¿Queres qué te ayude? – Ofreció ella luego de observarlo por varios segundos a los ojos.
- ¿Queres ayudarme? – Preguntó él asombrado, porque cuando ella interrumpió su trabajo nunca había esperado que sea para ofrecerle ayuda.
- A veces hace bien, en un caso, tener nuevos ojos que miren. – Justificó ella.
Emma estaba ahí ofreciéndole su ayuda y él no sabía que responderle. Nunca había dejado que nadie lo ayude con ese caso, porque era demasiado personal para él. Pero quizás ella tenía razón, quizás una nueva mirada al caso le vendría bien. Emma era inteligente y muy capaz en su trabajo, por lo que tenía entendido era experta encontrando personas (salvo, por ahora, Rumpelstiltskin), y había algo en ella que la hacía querer confiar. Emma entendía y comprendía el dolor, no lo juzgaba. Dio un par de suspiros y se despeinó el cabello, mientras acomodaba las ideas de su cabeza. Finalmente, agarró los papeles del caso y se los dio a ella. Si quería que ella confíe en él, era buena idea empezar confiando él en ella.
Cuando Emma regresó de su patrulla con Robin vio que Killian ya estaba en la comisaría. Él estaba muy concentrado trabajando con varios papeles en su escritorio, lo cual era raro ya que no solía gustarle nada que tenga que ver con papeleo y trámites formales. Emma había estado ignorándolo desde hace varios días. Sabía que no era justa con él con su actitud, pero prefería no arriesgarse, no arriesgar su corazón. Podría ser muy pronto para hablar de corazones, pero cada vez que estaba con Killian sentía esperanza en ella, esperanza de volver a creer en el amor. Y eso no era bueno. Ella no estaba hecha para el amor, así que era preferible escapar e ignorarlo. Pero verlo de esa manera, trabajando tan nervioso y tenso, la hizo preocuparse. Por eso cuando los únicos que quedaban en la comisaría eran ellos, decidió ofrecerle su ayuda. No creyó que él iba a aceptar, pero lo hizo y eso le hizo sentir cierta paz y alegría. Él confiaba en ella, al menos para eso.
- ¿Qué haces? – Preguntó él confundido al ver que ella dejaba los papeles del caso nuevamente en su escritorio.
- Si vamos a hacer esto, necesitas un despeje de mente primero. – Respondió ella.
Emma lo agarró de la mano y lo guió hacia la cocina, agarró un café para cada uno y luego lo hizo seguirla hasta la terraza de la comisaría. Desde la terraza se podía observar el mar y las luces de la ciudad. Esa era una vista hermosa que a Emma siempre le traía paz, por eso quiso compartirla con él. Ese era uno de los lugares donde Emma iba a despejar su mente cuando se sentía atormentada, así que esperaba que también pueda ayudarlo a él.
- Es hermoso. – Dijo él apreciando la vista.
- Lo es. – Asistió ella.
- ¿Así qué esto es un despeje de mente? – Preguntó él después de tomar un sorbo de su café.
- Si. – Contestó ella apoyándose contra la pared y observando el mar. – Es difícil trabajar en los distintos casos. A veces cuando estamos tan metidos y todo se vuelve muy intenso no podemos pensar con claridad, por eso es necesario despejarse. – Explicó lo mejor que pudo. – Desde acá, ver el mar y la ciudad a la vez, hay algo mágico en eso. Algo que hace que nuestra mente se detenga por un rato y los problemas queden olvidados. – Dijo señalando sus alrededores.
- Entiendo. – Aceptó él. - ¿Hace mucho qué lo haces en este lugar? – Pidió saber, sin poder creer que desde que había trabajado en la comisaría nunca había ido a esa terraza.
- Desde que comencé a trabajar acá, siempre es necesario tener un lugar donde hacerlo. – Dijo ella.
- Gracias por haber compartido tu lugar conmigo. – Agradeció él conmovido.
Después de terminar los cafés, se quedaron un pequeño rato en silencio hasta que decidieron volver a entrar. Se sentaron en el escritorio de él y empezaron a revisar toda la información del caso. Cuando Emma empezó a leerlo se dio cuenta de lo importante que eso era para Killian, de lo mucho que estaba confiando en ella para dejarla ayudar, y de lo mucho que debía sufrir cada vez que trabajaba en ese caso. Emma finalmente comprendió porque siempre sintió cierta conexión con Killian, ellos compartían el dolor ante la pérdida y la impotencia de no poder hacer nada al respecto. Killian había visto como su novia fue asesinada. Y lo peor de todo es que el asesino había también intentando matarlo, pero no lo había conseguido. Aunque si había conseguido dejarlo sin una mano. Emma sintió dolor por él, sintió empatía y compasión. El hombre que había matado a su novia, a Millah, tenía que ser atrapado y llevado a la justicia. Discutieron un par de teorías e ideas, pero la verdad es que no había mucho. Lo único que tenían era una foto de Robert Gold, reconocida por Killian.
- Debo irme, Henry me está esperando. – Dijo ella después de intercambiar un par de mensajes con Mary Margaret.
- Claro, por supuesto. – Asistió él. – Pensé que él debía estar con Neal ya que… - Comenzó a decir algo nervioso.
- No, esta con una amiga mía que lo está cuidando, la que me arreglo la cita. Al parecer mi hijo lo convenció para ir al cine, por eso no fui a buscarlo antes. – Explicó ella mientras buscaba su abrigo y su cartera.
- Después de la cita que te arregló, lo mínimo que puede hacer es algo para divertir a tu hijo. – Dijo él algo divertido.
- Si, después del sermón que le di estoy segura que nunca más me va a arreglar una cita sin mi consentimiento. – Dijo ella guardando el celular en su bolsillo.
- Bien. – Aceptó él. – Gracias por todo Emma. – Agradeció.
- ¿Por qué? – Preguntó ella sorprendida. – Yo no hice nada. – Dijo.
- Hiciste más de lo que crees. – Dijo él mirándola intensamente.
- Si ese es el caso, yo soy la que tendría que agradecerte. – Dijo ella nerviosa pero decidida.
- ¿Si? – Preguntó él pidiendo más detalle.
- Sé que esto no es fácil para vos. – Dijo ella señalando los papeles del caso que estaban en el escritorio. – Que lo hayas compartido y confiado en mí, es un honor. – Confesó lo que había sentido con toda la situación.
- Y es un honor que vos hayas querido ayudarme. – Dijo él con una pequeña sonrisa.
- ¿Te sorprende? – Preguntó ella al recordar el shok de él cuando ella ofreció su ayuda.
- Digamos que nuestro pasado no es de los mejores, así que no me puedes culparme por haberlo hecho. – Respondió él algo inseguro.
- Eso no significa que te dejaría solo, enfrentando los demonios de los casos que te atormentan. – Confesó ella.
- ¿Qué hay de los qué te atormentan a vos? – Preguntó él curiosamente.
- Es un gran tema de discusión, para otro día. – Contestó ella.
Al salir de la comisaría se apoyó contra la pared y se tomó un largo rato para calmarse. Lo que acababa de vivir con Killian la había dejado con su ritmo cardíaco y respiratorio acelerado. ¿Cómo era posible que alguien tenga tanto poder en ponerla nerviosa y hacerla sentir vulnerable? Que al final, la conversación haya girado en torno a ella, le hizo apurar su partida en búsqueda de Henry. Emma no había esperado que él pregunte sobre ella. Pero claro, ¿Cómo no iba hacerlo? Killian sabía lo que era el dolor, y probablemente podía leerlo en ella, así como ella podía leerlo en él. La clase de dolor que habían vivido, el ver como alguien asesinó a una persona que amabas delante de tus ojos… Esa clase de dolor era algo que solo comprendían las personas que lo habían vivido. ¿Sería ese el motivo por el cuál se sentían tan cómodos e incómodos a la vez cuando estaban juntos? Por un lado era bueno tener a alguien que comprenda tu dolor, pero por otro era recordarlo, y no poder esconderlo o hacer de cuenta que nunca había existido.
Emma fue a casa de David y Mary Margaret a buscar a Henry. Su hijo estaba dormido, así que David lo agarró en sus brazos y lo acomodó en el asiento de atrás del auto de ella. David se despidió diciendo que estaba cansado y se iba a dormir, dejando a las amigas solas.
- ¿Volviste a hablar con Walsh? – Preguntó Mary Margaret.
- No, y jamás pienso volver a hacerlo. – Respondió Emma.
- Lamento que haya sido un idiota. – Se disculpó Mary Margaret.
- Ya hablamos esto antes, así que no es necesario que volvamos a hacerlo. – Dijo Emma recordando la larga conversación que tuvieron después de la cita, donde ella descargo toda la bronca que había sentido ante el arreglo de esa situación sin haber sido avisada.
- Yo solo quiero verte feliz. – Dijo Mary Margaret con sinceridad.
- Yo soy feliz. – Peleó Emma.
- Aceptar el amor en tu vida es parte de la felicidad Emma. – Dijo Mary Margaret.
- Tengo a Henry y a ustedes, mis amigos, que son mi familia y los amo. – Retrucó Emma.
- Sabes a lo que me estoy refiriendo. – Advirtió Mary Margaret. – Esos muros que tenes alrededor de tu corazón podrán hacer que no salgas lastimada, pero también hacen que el amor no entre a tu vida. – Explicó con calma.
Al escuchar a su amiga diciendo eso no pudo evitar no pensar en Killian. Maldiciéndose ante eso, se despidió de Mary Margaret y se subió a su auto. ¿Debía dejar entrar a Killian a su vida? ¿Debería confían en él? Había una conexión entre ellos, podía sentirla, pero ¿Tendría que hacer algo al respecto? ¿Qué era mejor? ¿Dejarse amar o evitar el riesgo de salir lastimada? Su cabeza se llenaba cada vez de más preguntas, y el no poder responderlas la hacía sentir peor. Se acostó en su cama y dio vueltas mientras continuaba pensando… Antes de quedarse dormida creyó haber tomado una decisión, tal vez lo mejor iba a ser no abrir su corazón, al menos no hasta lograr atrapar a Rumpelstiltskin.
