Mycroft Holmes nunca había sido un sentimental.
Se había criado en un ambiente adecuado que desalentaba los sentimientos y las emociones excesivas. La mansión Holmes tenía un ambiente muy marcado, que estaba lleno de muebles antiguos en su estado más prístino; la única lanilla que los Holmes se habían permitido en su decoración eran los libros. La biblioteca no había sido lo suficientemente grande para contener todos los libros de su propiedad, por lo que su familia se había vuelto creativa en su almacenamiento. Los libros eran la única cosa que hacían que alguien creyera que había gente viviendo ahí, sin ellos era tan frio y sin vida como un museo.
Mycroft había decorado su apartamento con las mismas intenciones. Todo su mobiliario era tremendamente moderno con una gama de elegantes colores gris y negro, y se negó a tener cualquier especie de chuchería. Casi no pasaba tiempo allí, ya que estaba en el trabajo la mayor parte del tiempo, por lo que no veía ninguna razón para que sea de otra manera.
El departamento de Greg por otra parte, estaba abarrotado de sentimentalismo. Siempre estaba desordenado, y poseía muy pocos libros. Encima de su chimenea había un barco en una botella que su abuelo le había ayudado a construir cuando tenía diez años, y del que no se habría desprendido ni aunque se vida dependiera de ello. Todavía tenía su harapiento oso de peluche de la infancia, y la puerta de su nevera estaba cubierta de dibujos que sus sobrinos habían hecho para él. Tenía una caja de zapatos llena de agradecimientos de los ciudadanos que había ayudado a lo largo de los años debajo de su cama, y una foto de sí mismo y Diane cuando eran niños se ubicaba en su mesa de noche. Su diploma de la universidad colgaba sobre su viejo televisor con la antena rota. Mycroft veía todo eso como un desorden inútil, a pesar de que nunca le diría eso a Greg.
Estar en una relación con Gregory Lestrade había provocado unos profundos cambios en Mycroft. Su vida ya no giraba en torno al trabajo, se permitía sonreír y reír en público. Se había dado cuenta de que ser humano no era necesariamente una debilidad. El estaba feliz.
Pero su departamento sigue siendo el mismo. Un observador externo no sería capaz de decir desde su piso que en el último año la vida de Mycroft había cambiado por completo.
La única evidencia de este cambio se encontraba en el inmaculado dormitorio de Mycroft, en la mesilla junto a la cama recién hecha con las sabanas de satén blanco.
En la mesilla de noche había una pequeña foto enmarcada de Mycroft y Greg. John Watson la había tomado con su teléfono, así que estaba un poco borrosa, pero a Mycroft no podía importarle menos. El par estaba en el sofá del piso de John y Sherlock, riéndose de algo que no era tan divertido en retrospectiva. Mycroft fue atrapado mientras se enjugaba las lágrimas de alegría, y Greg estaba mirando al político con un amor tan puro y sin adulterar en sus ojos.
Mycroft se consideraba un hombre eminentemente práctico y sin paciencia para los sentimentalismos, pero apreciaría esa imagen hasta el día de su muerte.
