Cuando vio que Emma se iba a quedar tiempo extra en la comisaría supo enseguida, sin siquiera preguntarle, que era para trabajar en el caso de Rumpelstiltskin y que Henry debía estar con Neal o alguna otra persona que lo cuide. La decisión fue instantánea: si ella se quedaba, él también. La ayudó a revisar la información sobre el caso y pidió comida para que puedan cenar. Lo que nunca se esperó de esa noche, fue que ella le diga que estaba dispuesta a hablar de la cuestión personal que la vinculaba con el caso. Él siempre supo que ella tenía algo personal con el caso, pero escucharlo de su boca era hacerlo real. Él sabía que Emma tenía muchas paredes y había sufrido mucho, por eso al escuchar que estaba lista para hablar con él de eso sintió pura admiración. Esa maravillosa y fuerte mujer quería confiar en él.

- ¿Qué es lo que sabes? – Preguntó ella sin saber como empezar a encarar el tema.

- Lo que está en los expedientes, lo que hemos hablado en las reuniones de trabajo y lo que me haz ido contado. – Respondió él pensativo.

- ¿Nunca preguntaste a los demás, ni te contaron nada? – Preguntó ella con cierta curiosidad.

- No, supuse que era tu derecho contarlo porque es tu historia. – Contestó él con sinceridad. – Y nadie me dijo nada porque todos te respetan. – Le recordó la lealtad de sus amigos.

- Si, supongo que tenes razón. – Asistió ella. - ¿Por qué nunca me preguntaste? ¿No te generaba intriga? – Cuestionó.

- Sé que si había algo relevante sobre el caso que necesitara saber, me lo iban a informar. Eso es suficiente. – Explicó él.

- De acuerdo. – Aceptó ella dando un largo suspiro. – Esto va a ser más difícil de lo que pensé… - Comentó ella, más para si misma que para él.

Que ella quiera confiar en él ya era un gran avance, pero quizás el hecho de que quería hacerlo no significaba que podía. Él no quería presionarla. Él quería darle el tiempo y el espacio que necesitaba, él no quería que ella sufra. Verla tan nerviosa y triste, con la mirada perdida probablemente empapada en sus recuerdos, lo hizo sentir un fuerte nudo en su estómago. Tal vez lo mejor era dejar la conversación para otro momento.

- Emma, no necesitamos hablar de esto si no queres. – Dijo él llamando la atención de ella. – No quiero que te sientas presionada, ni nada del estilo. Vos podes hablar conmigo de lo que quieras, cuando quieras. – Aseguró con convicción.

- Lo sé. – Asistió ella mirándolo a los ojos. – Yo quiero contarte esto Killian, quiero que vos me ayudes como yo te ayudé... Y si sabemos todo quizás podemos ayudarnos más. – Expresó ella lentamente.

- Bien, te escucho. – Le dejo saber él.

Admiración, si Killian sentía absoluta admiración por Emma. La vio por unos minutos luchar contra ella misma, probablemente buscando como dejar salir afuera las heridas de su pasado de la mejor manera. Él entendía perfectamente eso, porque era también lo que hacia cuando tenía que hablar de su pasado. Uno intentaba buscar la mejor forma, la que pensaba que iba a doler menos. Pero la realidad era que no había una buena o mala forma, la realidad era que siempre dolía sin importar la forma. Emma se acomodó el cabello detrás de sus orejas, dio un extenso suspiro, y finalmente hizo contacto visual con él, lista para hablar.

- ¿Recordas las víctimas Blancanieves y el Príncipe Azul? – Preguntó ella mordiéndose el labio para liberar algo de la tensión que sentía.

- Si. – Asistió él preparándose mentalmente para el "golpe" a la verdad.

- Sus verdaderos nombres eran James y Snow, ellos eran mis padres. – Confesó ella con la voz temblorosa. – Cora, la víctima Reina de Corazones, era nuestra vecina. – Agregó volviendo a la información de los expedientes.

- Tus padres fueron los que denunciaron a Rumpelstiltskin. – Dijo él recordando el motivo de muerte de Blancanieves y el Príncipe Azul, o mejor dicho James y Snow.

- Si, ellos escucharon los gritos y lo vieron escaparse, así que lo denunciaron. – Asistió ella. – A veces desearía que no lo habrían hecho, de esa manera Rumpelstiltskin no los habría matado. – Admitió tristemente.

- Queres hacer justicia por ellos. – Dijo él comprendiendo la pasión que siempre parecía invadirla a ella con todo lo referente al caso.

- Yo fui testigo de sus muertes, yo vi como Rumpelstiltskin los mató. – Dijo ella dejando salir varias lágrimas silenciosas de sus ojos. – Yo me salvé porque mis papás me obligaron a esconderme en el ropero, pero lo vi todo. Y a veces desearía no haberme salvado, porque lo que vi… - Se tomó una pausa para recuperar el aire y la voz. – Ese hombre es lo más cruel que existe, es macabro y no tiene piedad, él se merece estar encerrado donde no pueda lastimar a nadie. – Dijo escondiendo su cara tras sus manos.

A él le habría gustado decirle que iban a atrapar a Rumpelstiltskin, que iban a poder hacer justicia. Pero sabía que eso no la iba ayudar. Lo sabía porque eso era lo que él sentía con el caso de Millah. Así que en vez de llenar el momento con palabras que no significaban nada, fue a ella y la abrazó. La contuvo en sus brazos, acariciándole el cabello y la espalda. En ese momento finalmente entendió porque estaban tan conectados. Ambos conocían el dolor de perder a personas que amaban delante de sus ojos. Las situaciones habrían sido distintas, pero el hecho de ver a alguien que amaban ser asesinado y no haber podido hacer nada al respecto lo compartían. La maldita culpa de haber sobrevivido también. Para él perder a Millah había sido algo catastrófico, algo tan doloroso que casi lo dejó sin retorno a su propia vida. Si para él había sido así, no se imaginaba como debía haber sido para ella. Si sus cuentas mentales estaban bien, ella debía tener cinco años cuando vio a sus padres ser asesinados. ¿Habría algo más traumático para un niño que eso? Como si eso fuera poco, después vino su experiencia en el sistema de adopciones. Finalmente podía empezar a resolver gran parte del acertijo que era Emma, y comprender sus paredes.

- Después de tantos años se supondría que el dolor tendría que irse, pero no lo hace. El dolor siempre está. – Murmuró ella con la cabeza todavía hundida en el pecho de él.

- Lo sé. – Asistió él. – Sé que nuestros casos son distintos, pero comparto lo que decís. El dolor nunca se va, al menos no del todo. – Dijo acariciándole el cabello suavemente.

- ¿Crees qué algún día podremos superar el dolor? ¿Crees qué resolver nuestros casos ayudaría? – Cuestionó ella saliendo del abrazo para poder verlo a la cara.

- No se si alguna vez vamos a superar el dolor, pero que cerrar los casos ayudaría, ayudaría mucho. – Respondió él con sinceridad, secándole las lágrimas que todavía caían por sus mejillas.

- No creo que nuestros casos sean tan distintos. – Comentó ella después de un largo silencio.

- ¿A qué te referís? – Preguntó él sin entender el comentario.

- A que ambos sabemos lo que es que maten a alguien que amamos delante de nuestros ojos. – Explicó ella con calma. – Por eso conectamos, por eso nos entendemos. – Agregó algo nerviosa.

- ¿Crees que conectamos? – Preguntó él dedicándole una sonrisa, porque ella estaba diciendo exactamente todo lo que había estado pensando.

- ¿Vos no? – Retrucó ella.

- Claro que conectamos. – Afirmó él con confianza. – Aunque debo admitir que desearía que podamos conectar en cosas más lindas. – Dijo pensativamente.

Killian volvió a refugiarla en sus brazos, y se quedaron así un largo rato. Abrazados en silencio. Sin fuerzas como para seguir trabajando, después de una conversación tan intensa y cargada de emociones, decidieron que lo mejor era regresar cada uno a su casa. Mientras esperaba que Emma salga del baño, recibió una llamada de Robin.

- ¿Con quién hablabas? – Preguntó ella cuando salió del baño.

- Con Robin, al parecer todos nuestros amigos están en el bar. – Informó él. - ¿Te gustaría que vayamos a pasar un rato con ellos? – Propuso alcanzándole la campera.

- Si, buena idea, creo que nos vendría bien el despeje. – Aceptó ella.

Una vez que se pusieron sus camperas y agarraron sus cosas, Killian la tomó de la mano y salieron de la comisaría. Todo el camino al bar mantuvieron sus manos juntas. Incluso en algunos momentos ella dejaba caer su cabeza contra el hombro de él, lo cual le llenaba el corazón de ternura. Porque sus manos encajaban perfectas juntas, y estando a su lado él se sentía la persona más feliz del mundo. Sus sentimientos estaban avanzando más rápido de lo que gustaría, o que debía… Pero esas cosas eran inevitables. Killian Jones no daba marcha atrás. Y cuando Killian Jones se enamoraba, lo hacía intensamente; con su corazón, su alma y su cuerpo.


Relatar su relación con el caso de Rumpelstiltskin no fue fácil, ni sencillo. Revolver su pasado siempre era algo complicado y doloroso. Pero él la hizo sentir segura y contenida, él la entendía. Emma se sintió a salvo en poder confiar eso en él, y no se equivocó. Él no le dio la mirada de pena y lastima que la mayoría de las personas le daban, sino que le dio una mirada de comprensión y empatía. Lo mejor de todo fue que eligió abrazarla, y no llenarse la boca con palabras y discursos que no iban a tener ningún sentido.

Emma se sintió agradecida de que sus amigos los hayan invitado al bar, después de acabar de vivir una situación tan intensa le venía perfecto tener una distracción con sus amigos. Camino al bar, dejo que su cabeza por momentos se acomode en el hombro de Killian. Había algo lindo en eso, algo que la hacía sentir protegida y querida. Él la estaba haciendo sentir tantas cosas que jamás se imaginó que iba a sentir.

Una vez en el bar se unieron a la mesa junto con sus amigos, y se pusieron a conversar y tomar cerveza. A Emma le gustó estar rodeada de sus amigos, y de a poco se empezó a relajar y a reír de las tonterías que iban sucediendo. Sin embargo, a pesar de que le encantaba que sus amigos le hagan olvidar de sus problemas, se mantuvo cerca de Killian. Era como si después de contarle toda la verdad del caso, necesitaba tenerlo cerca. Él por suerte era bueno leyéndola y cada vez que necesitó un contacto, para recordar que él era real y estaba con ella, su mano estuvo sobre la suya.

- ¿Cómo es que se odiaban? – Preguntó Regina con curiosidad al verlos tan sintonizados, como si habrían estado juntos toda la vida.

- Bueno, Killian me odiaba porque no caí por sus encantos seductores como todas las demás mujeres. – Respondió Emma y todos rieron.

- Y Emma me odiaba porque la ignoraba. – Agregó Killian.

- La ignorabas porque sos un tonto celoso y envidioso. – Le reprochó Robin, medio en chiste y medio en verdad.

- Lo soy. – Admitió Killian haciendo que todos vuelvan a reír.

La ignoraba. Si, ella sabía perfectamente que él la había ignorado por mucho tiempo. Pero escucharlo admitir eso a él, por algún motivo le generó cierto dolor. ¿Por qué la ignoraba cuando la conoció? La forma en que él la había ignorado y evitado por tanto tiempo, la había hecho volver loca más de una vez. Intentó evitar que los pensamientos negativos invadan su cabeza y volvió a concentrarse en la conversación con sus amigos. Cuando decidieron dar por cerrada la noche, Killian la acompañó hasta su departamento. La caminata fue tranquila y silenciosa, cada uno sumergido en sus propios pensamientos.

- ¿Por qué te pusiste mal cuando dije que te ignoraba? – Preguntó él cuando llegaron a la puerta del edificio de ella.

- Porque fue verdad. Vos me ignorabas y eso me volvía loca. – Confesó ella. – Siempre te veía con una mujer distinta, y en el fondo eso me hacía sentir mal. Porque quería que me quieras y me desees. Pensaba que debía haber algo malo en mí, para que nunca intentaras seducirme como a todas las demás. – Explicó ella con honestidad.

- No hay nada de malo en vos, y no tendrías que pensarte en cuanto a lo que los demás opinan o actúan en base a tu persona. – Dijo él, después de recuperarse del asombro de que ella le haya contestado tan sinceramente.

- ¿Realmente me vas a dar una lección sobre esto? – Preguntó ella quejándose.

- Emma… - Comenzó a decir él.

- Después de que mis papás murieron, pasé toda mi infancia en el sistema de adopciones. Crecí yendo de familia en familia, creyendo que había algo malo en mí porque todos me devolvían, nadie me quería, nadie me elegía. Ni siquiera Neal. – Relató ella a modo de confesión. – Es difícil pensar algo distinto, cuando aprendí que siempre soy yo el problema. – Dijo con cierta rudeza.

- Vos no sos el problema. – Aseguró él agarrándole la mano al verla tan vulnerable. – Aunque la actitud negativa probablemente no ayuda. – Bromeó para romper la tensión del momento.

- Killian vos sos igual, me dijiste que el hombre seductor y lleno de confianza es solo un acto para poder sobrellevar tu dolor y soledad. – Retrucó ella recordando lo que le había dicho en alguna ocasión.

- Tenes razón. – Asistió él.

- ¿Entonces por qué me estás dando una lección sobre esto? – Preguntó ella frustrada.

- Porque sin importar lo que pasa entre nosotros ahora, yo fui otra persona que te hizo sentir que no eras suficiente. – Dijo él reprochándose a si mismo por haberla hecho sentir mal con sus actitudes. – Pero la razón por la que te ignoraba era porque me hacías sentir cosas para las que todavía no estaba listo y me asusté. Eso es mi culpa, no la tuya. – Explicó él.

Era tarde y estaban parados en la puerta de su edificio, teniendo una conversación que probablemente sería mejor tenerla en un lugar privado. Pero las palabras de él lograron curar algo del dolor que había sentido antes, lograron calmarla y apagar sus inseguridades. Emma no sabía como responder después de tantas confesiones, así que hizo lo único que sabía hacer, lo besó. Lo besó suavemente, tomándose el tiempo que quiso para disfrutar del sabor de sus labios y su lengua. Lo besó hasta que ambos sintieron que estaban bien. Luego de que se despidieron, entró a su departamento y se acostó a dormir.

El timbre la despertó interrumpiendo sus sueños. Emma no entendía quien era capaz de interrumpir sus sueños un Domingo por la mañana. Ella quería aprovechar la mañana para poder dormir, ya que a la tarde tenía un turno en la comisaría. Cada fin de semana que Henry no estaba con ella, elegía trabajar turnos extras para tener más dinero. Al parecer debía ser algo importante porque la persona insistió y volvió a tocar el timbre. Emma se levantó de la cama y fue a abrir la puerta. Ni bien la abrió, su hijo corrió a ella y la abrazó con fuerzas.

- Hola peque. – Saludó Emma confundida, devolviendo el abrazo a su hijo y mirando a Neal sospechosamente. - ¿Qué hacen acá? – Preguntó.

- Se siente mal, tiene fiebre, así que quiso venir acá. – Respondió Neal por su hijo.

- ¿Te sentís mal? – Preguntó Emma a su hijo.

- Si. – Asistió Henry.

- Ve a tu habitación acostarte, yo después te llevo algo para tomar. – Indicó Emma. - ¿Tu hijo esta enfermo y lo primero que haces es traerlo acá para deshacerte de él? – Preguntó con furia a Neal, una vez que Henry ya no estaba con ellos.

- Como dije, él quiso venir. – Respondió Neal a modo de excusa.

- ¿Por qué siento que hay algo más en el asunto? – Preguntó Emma sin creerle del todo.

- Porque sos paranoica y siempre esperas lo peor de mí. – Contestó Neal con una sonrisa irónica.

- Aún si él quiere estar acá podrías hacerte cargo, yo tengo turno en la comisaría y si él se siente mal no es lo mejor que venga. – Dijo Emma seriamente.

- No voy a quedarme acá. – Negó Neal.

- Entonces te habrías quedado con él en tu casa. – Discutió Emma.

- ¿No podes entender que no puedo quedarme con él? – Preguntó Neal frustrado.

- ¿Por qué no? ¡Sos su padre! ¡Hacete cargo de una vez! ¡Ser padre es estar tanto en los buenos momentos, como en los malos! – Exclamó Emma enojada.

- ¡Ya que eres tan buena madre y lo tenes todo descifrado, hacete cargo vos! – Dijo Neal dirigiéndose al pasillo y llamando el ascensor.

Emma cerró la puerta con fuerzas, descargando toda su bronca. No podía creer como Neal siempre elegía actuar de formas que lastimaban a Henry. A Neal le gustaba echarle la culpa a ella siempre de que su relación con Henry parecía nunca funcionar, pero la realidad era que él solo se encargaba de hacerlo con sus actitudes. Se tomó unos minutos para calmarse y fue a ver a su hijo. Se sentó en la cama con él, y le dio un té y un antibiótico.

- Lo siento pero vas a tener que venir a la comisaría conmigo, no hay nadie que pueda cuidarte. – Se disculpó Emma.

- Está bien, no importa. – Dijo Henry concentrándose en su té. – Íbamos a ir al partido, pero yo me sentía, me siento mal... – Comentó después de un largo silencio.

- Podes verlo en la comisaría si queres. – Sugirió Emma.

- No sé si tengo ganas de verlo. – Dijo Henry haciendo hombros.

- Está bien, cualquier cosa que quieras hacer está bien. – Aseguró Emma.

¿Por un partido de béisbol? ¿Esa era la excusa que había tenido para dejar a su hijo enfermo con ella? ¡Emma tenía tantas ganas de matar a Neal en ese momento! Esas actitudes lo único que hacían era que Henry se sienta poca cosa, que sienta que su presencia no era importante o no valía la pena. Era como si Neal le habría dicho "prefiero ir a un partido antes que cuidarte", literalmente. Emma odiaba tener que llevar a Henry a la comisaría porque sabía que era aburrido para él, pero no podía dejar a su hijo sintiéndose mal solo. Emma amaba a su hijo y lo cuidaba. Henry siempre iba a ser su prioridad.