Greg estaba de pie en una playa.
La arena blanca se extendía por millas, por lo que él podía ver. Las olas rodaban suavemente dentro y fuera, acariciando la orilla.
Le tomo un momento reconocer los alrededores. Él había estado aquí antes, con Diane. Cuando eran adolescentes y habían decidido abandonar la escuela e ir a la playa. Eso fue años antes, pero Greg todavía podía recordar aquella aventura con gran detalle. La emoción de hacer algo tan travieso le dio a Greg una alta adrenalina que le duro por el resto del día. Fue uno de sus más preciados recuerdos de su crecimiento.
La playa había estado llena ese día, llena de otros adolescentes con la misma idea. Ahora estaba vacía y silenciosa.
Greg cerró los ojos y volvió la cara hacia el sol, tomando su cálido resplandor. Movió los dedos descalzos de los pies en la suave y sedosa arena y lentamente exhaló.
En algún lugar en la distancia grito una gaviota. Greg nunca había sido aficionado a las aves, y siempre había encontrado a las gaviotas especialmente irritables. Abrió los ojos para buscar a la maldita cosa, pero no vio nada, solo la gran costa blanca. Se encogió de hombros y estiro los brazos, permitiendo que sus hombros y espalda crujieran.
La gaviota grito de nuevo, esta vez más cerca. Greg estiro el cuello para ver alrededor, pero aún no podía ver al pájaro. La tercera vez que grito, estaba increíblemente cerca, el ruido sacudió a Greg hasta la medula. Miro a su alrededor, desconcertado mientras el agua se retiraba de su visión y la playa comenzó a curvarse. El sol se había ido y una sombra aterradora cruzo la ubicación de Greg.
Trato de correr, pero sus pies estaban atrapados en la arena, que ya no era suave. Los granos de arena eran como agujas, cavando en la suave carne de sus talones.
El pájaro volvió a gritar, pero no era un pájaro, era una voz humana. Lo había sido todo el tiempo.
"¡DESPEJEN!", gritó una voz y el cuerpo de Greg convulsionó y salto con la fuerza de la corriente eléctrica.
