Greg llamó a la puerta del estudio de Mycroft.

"Si, ¡Entra!"

Greg equilibro la bandeja de té que sostenía en una mano y entró.

"Te hice un poco de té y galletas amor y- ¡¿Qué diablos?!"

Mycroft miro a su marido por encima de sus gafas. "Cuida tu lenguaje frente a Katie, querido".

Greg comenzó a reírse. No podía evitarlo realmente, la vista era demasiado perfecta. Mycroft Holmes, gobernante no oficial de Gran Bretaña estaba sentado en su escritorio haciendo papeleo. Debajo de su lujosa mesa de caoba había estirado la manta azul de Katharine, y la bebé estaba plantada en un ángulo recto en el centro, mordiendo con satisfacción su juguete.

Greg se dobló de risa, con lágrimas en los ojos y aferrándose a dos manos a la bandeja de té.

Mycroft lo miro y frunció el ceño. "¿Puedo preguntar qué es tan gracioso?"

Greg no podía respirar, así que hizo un pequeño gesto hacia la bebé.

Mycroft miro hacia abajo. "Katharine, creo que tu otro padre se ha vuelto loco. Que lastima". Se inclinó y recogió a la bebé, acomodándola en su regazo.

Greg se calmó lo suficiente como para respirar con facilidad. Sin dejar de reír, se acercó hasta el escritorio y dejo la bandeja.

"Hay tantas cosas en mi cabeza en este momento que no sé por donde empezar. ¿Qué, estas enseñándole a nuestra hija como anular un tratado o algo así?"

Mycroft rodo los ojos. "Difícilmente, aunque nunca es tarde para llevar a tu hija al trabajo. Creo que la política está en su futuro".

Greg gimió. "No puedo tener a dos políticos en la familia. Tu eres lo suficientemente exasperante por los dos".

Mycroft lo miro mal, pero no respondió.

Greg rodeo el escritorio y cogió a la niña del regazo de Mycroft. "Vamos Katie, veamos un partido. Definitivamente estoy sintiendo que serás futbolista."

Ahora era el turno de Mycroft de gemir. "Dios mío", dijo quitándose los anteojos y masajeándose las sienes. "Esta pobre niña no tiene idea de lo que le espera con nosotros como padres, ¿verdad?"