El cielo estaba empezando a adquirir un suave tinte rosa cuando el cuarteto se puso en marcha.

El aire de noviembre tenía una agradable especie de frialdad, y Greg disfrutaba del rubor rosa que se extendía por mejillas de Mycroft. Se mantuvo mirando a escondidas por el rabillo del ojo mientras caminaban. Él todavía se comportaba de la misma forma que en el trabajo, la única diferencia era que su mano izquierda se apretaba alrededor de la correa de Brutus en lugar de su paraguas habitual. Greg sonrió cuando miro al perro, que caminaba con la misma dignidad y porte que su dueño, incluso con una pelota de tenis en su boca.

Aunque Greg no lo sabía, Mycroft también le estaba echando miradas a él. Tan tonto como Mycroft pensaba que era, no pudo evitar marearse un poco ante la vista de Greg empujando a Katharine en su cochecito, parando una vez para recoger su peluche de Piglet, cuando se le cayó a la acera.

No había nadie más en el parque cuando llegaron, y esa era la forma en que les gustaba.

Greg le sonrió a Mycroft. "Aquí, te cambio".

Mycroft asintió y le entrego la correa, mientras se arrodillaba junto al coche.

"¿Quieres que te empuje en el columpio Katie?", le pregunto a la niña de dos años.

Ella asintió vigorosamente y salto de su coche, sujetando al cerdito contra su pecho. Ella se acercó y tomo la mano de Mycroft mientras caminaban hacia los juegos.

Greg le quito la correa a Brutus y extendió la mano, en la que el perro agradecido dejo caer la pelota. Greg agito el brazo y lanzo la pelota tan fuerte como pudo. Brutus corrió tras ella a una velocidad considerable y estaba de vuelta con él en un instante. Greg suspiro, en realidad no debió haberse ofrecido para esto. El brazo lo va a estar matando mañana en la mañana. De mala gana tomo la pelota y la arrojo de nuevo. Mientras esperaba que el perro la trajera de vuelta se dedicó a observar a Mycroft y Katharine.

Después de instalarla en uno de los columpios con la faja de seguridad, Mycroft había empezado a empujar a su hija suavemente. Ella parecía un poco aburrida con los pequeños empujones que le estaban dando, y lo estaba incitando a que le empujara más fuerte. Eso hizo a Greg sonreír. Por mucho que lo aterrorizaba, le gustaba el hecho de que tuviera el mismo gusto por la aventura que sus padres. Una razón más para mantener a Sherlock lejos de ella, a pesar de que tuvo que admitir a regañadientes que ella estaba completamente enamorada del peluche que le regalo. Lo llevaba dondequiera que iba; a menudo lo tomaba con su mano izquierda de la misma forma que Mycroft llevaba su paraguas, algo que Greg había encontrado increíblemente entrañable.

Finalmente Katharine logro obligar a Mycroft a que la empujara más alto, y la risa que salió de ella resonó por todo el parque vacío. Movía las piernas mientras se balanceaba, y estiraba una mano como si pudiera tocar el cielo. La sonrisa de Mycroft parecía estar peligrosamente cerca de partir su cara en dos.

Finalmente Brutus se cansó de jugar y se dejó caer sobre la hierba. Greg se acercó al jardín de juegos, donde Mycroft y Katharine estaban tomando turnos para deslizarse por el tobogán.

"¿Listos para irnos?", pregunto.

Katharine parecía preocupada por esa pregunta, pero también muy cansada. "¿Podemos volver mañana?"

Greg miro a Mycroft, quien saco su BlackBerry para revisar su horario. Lo miro durante unos momentos, luego hizo una mueca y asintió. "Tengo que cenar con Hugo Chávez, pero es espantosamente aburrido y he estado muriendo por una razón para evitarlo. Esto parece bastante bueno, ¿no?", pregunto, mirando hacia abajo a Katharine.

Ella frunció el ceño, entendiendo solo una tercera parte de lo que su padre acababa de decir, pero por su sonrisa podía deducir que había conseguido una afirmación.

Asintió muy seriamente y se subió a su coche, poniendo a Piglet junto a ella.

"¡Brutus!", llamo Mycroft, y el perro llego trotando.

Greg tomo la mano libre de Mycroft con la izquierda, y empuja la silla del cochecito con la derecha, mientras hacia su camino a casa a través del crepúsculo de Londres.