Llegamos a la Ciudad del Vaticano al atardecer. El sol proyecta largas sombras en el suelo y tiñe las nubes de naranja, rosa y dorado.

Los Exorcistas entramos en la gran basílica y al instante siento las miradas de odio de los guardias y sacerdotes. Sonrío tristemente y continuo caminando.

-Parece que te odian, Allen-murmura Komui.

-Claro, al fin y al cabo soy un demonio. Y digamos que mi hermano no nos deja en una buena posición a los ojos de los mortales, y mucho menos a los ojos de la Iglesia.

-Pero es injusto, tú no has hecho nada.

(Mi sola existencia es un pecado para ellos.)

Por fin llegamos a una sala donde el resto de Exorcistas están esperando. Ellos también me miran, pero con curiosidad. El camarlengo sale de una puerta lateral.

-Bienvenidos, Exorcistas. Estáis aquí por petición del propio papa. Es mi deber anunciarles que está en sus últimos momentos-frunzo el ceño al escuchar la noticia-. Ha pedido que uno de vosotros pase al interior de sus cámaras-me mira con una expresión en blanco-. Señor Walker, si hace el favor de seguirme.

(¿Yo?)

Respiro hondo y avanzo. Pasamos por varios pasillos custodiados por más guardias vaticanos. (Todos ellos también me miraban con odio.) Por fin llegamos a las puertas de las cámaras del papa y el camarlengo las abre. Al ver al papa me paralizo.

-Giovanni.

Me adelanto y me arrodillo junto a la cama. El papa abre los ojos cansados y me sonrie extendiendo la mano, que le cojo sin dudarlo.

-Volvemos a vernos, viejo amigo.

-Parece que has cumplido tu sueño, Giovanni. Y has vivido una larga vida.

-No tanto como la tuya, Allen-tose y el camarlengo le acerca un vaso con agua.

Espero a que termine para volver a hablar.

-Mi vida puede haber sido larga, pero recuerdo lo que me costaba que te sentaras en el escritorio a estudiar.

-Sí, era lo que más odiaba. Pero después hiciste que me interesara.

-Me costó mucho conseguirlo, pero fíjate donde has llegado ahora. El papa Pío IX.

-Y todo gracias a tí. Fuiste tú el que me animó definitivamente a estudiar teología.

-Solo apoyé a tu madre. Pero la fe salió de tu interior, nosotros únicamente hicimos que te dieras cuenta.

Giovanni me mira solemne.

-Un demonio con corazón de ángel, así es como te definía mi madre. En aquel momento no lo entendía, pero ahora lo veo-vuelve a toser, esta vez mucho más tiempo-. Quédate junto a mí, viejo amigo.

-Hasta tu último suspiro.

Miro al camarlengo y él asiente. Empiezo a cantar suavemente una canción de cuna en japonés, la canción que siempre resuena en mi mente cuando toco la canción que controla el arca.

Soshite bouya wa nemurini tsuite

Ikizuku haino nakano hono o hitozu, futatsuto

Ukabu fukurami itoshii yokogao

Daichi nitaruru ikusenno yume, yume

Ginno hitomi no yutagu yoruni

Umareochita kagayaku omae

Ikuo kuno toshitsukiga

Ikutu inoriwo tsuchihe kaeshitemo

Watashi wa inoritsuzukeru

Mou kakonnokotoni ai wo

Tsunaidateni kiss wo

El tiempo pasa rápido y pronto pasa una hora. Sus latidos se van apagando muy poco a poco. (Tiene hasta la mañana.) Suspiro pesadamente y continuo escuchando las oraciones del camarlengo.

-Su Excelencia me ha hablado mucho de usted, señor Walker. Cómo le enseñó historia, matemáticas, idiomas. Cómo jugaba con él en los ratos libres.

-Fue un gran niño y se convirtió en un gran hombre. Me alegra haber participado en esa conversión.

Me levanto de mi lugar de rodillas junto a la cama (y junto a la mesita de noche con una cruz de plata) y me acerco a una de las ventanas. Observo la plaza de San Pedro y distingo una única figura oscura caminar por el solitario lugar. Frunzo el ceño y extiendo mi mente para conocer sus intenciones. (Reconozco la presencia al instante.)

-¿Ocurre algo?

-Solo un amigo mucho más viejo que Giovanni. ¿Puedes avisar a los guardias para que le guíen aquí? Es importante que llegue sin impedimentos.

-Claro.

Sale un momento de la habitación y le escucho hablar con los guardias. Cuando vuelve nos quedamos en silencio. Los pasos de dos guardias con sus pesadas armaduras y unos mucho más ligeros se acercan por el pasillo y la misma figura con la capa negra entra en la habitación. Hace una reverencia ante Giovanni y se quita la gran capucha.

-No esperaba verte aquí, Zarainur.

-No hay tiempo para charlas. Dinos cuánto le queda, Rafael.

Rafael se quita la capa y despliega sus grandes alas doradas. El camarlengo se sorprende cuando le ve. El arcángel se acerca a la cama y empieza a cantar en latín. Cuando termina me mira serio.

-Me llevaré su alma al amanecer, es todo el tiempo que puedo darle.

-Suficiente.

-Un... un arcángel. Pero...

Rafael mira al camarlengo y arquea una ceja.

-Un siervo de Dios debe llegar al Paraíso sin demora. Yo, el arcángel de la salud, estoy aquí para velar sus últimos momentos-se gira hacia mí-. Zarainur, espero que me acompañes.

-No puedo, tengo muchas cosas que hacer aquí.

Rafael asiente y no vuelve a hablar el resto de la noche. Yo voy un momento junto al camarlengo a la sala con los Exorcistas. Todos ellos están despiertos y nerviosos.

-¿Qué está pasando, Allen? ¿Quién era esa persona que ha pasado antes?

-Tranquilos. Hace tiempo conocí al papa, le estuve dando clases, y parece que quiere que esté con él en estos momentos. En cuanto a la persona que ha entrado... digamos que es un buen amigo mío.

-¿Lado de arriba o de abajo?

Me río ligeramente ante la pregunta de Komui.

-De arriba. De muy arriba.

Miro al camarlengo, cediéndole el honor de contarlo.

-Es uno de los siete arcángeles: Rafael, el arcángel de la salud.

Todos están sorprendidos. Yo estoy atento a los latidos de sus corazones, para asegurarme de que no se les ocurrirá decir nada. Pero es uno de los guardias el que habla.

-Estás utilizando tus poderes maléficos para confundir al camarlengo y a Su Excelencia. Nunca debimos haber dejado entrar a un demonio.

Todos los guardias de la sala se ponen en guardia y me apuntan con sus lanzas. Yo me mantengo tranquilo, mirando a los ojos al guardia que había hablado. (Ya he estado en esta situación demasiadas veces como para contarlas.)

-Dario Castellini, hijo tercero del banquero Alfredo Castellini. Tienes envidia de tus dos hermanos mayores porque son ellos los que tienen la atención de tu padre. Piensas que podrías haber hecho mucho más que estar aquí y resientes a tu familia por haberte obligado a convertirte en guardia vaticano, pero también se lo agradeces. Tu deseo cuando eras pequeño era viajar a la India y conocer su cultura, incluso empezaste a aprender indio. Eres muy religioso y siempre llevas una medalla de la Virgen que te dio tu madre cuando viniste aquí. Tu mayor temor no es el infierno, sino decepcionar a tu familia.

La lanza le tiembla en las manos.

-¿Cómo sabes todo eso, demonio?

-Conozco cada secreto, por muy oculto que esté, de cada persona con la que me cruzo. Mi instinto me presiona para que los utilice para destruir a esas personas. Si ahora mismo todos los de esta sala estáis vivos es porque no soy como los demonios que conocéis-flexiono los dedos de la mano izquierda y elevo el labio superior mostrando los colmillos en una mueca de odio-. Pero puedo cambiar ese hecho si queréis.

Todos retroceden un paso. Asiento complacido y miro brevemente a Kanda para medir su reacción. Me mira impasible, pero veo algo que no puedo diferenciar.

En ese momento exacto siento una punzada en la cabeza y escucho un mensaje de Rafael pidiéndome que volviera a la habitación con el camarlengo y alguien capaz de confesar a Giovanni.

-Tenemos que volver. Le queda menos tiempo de lo que esperábamos.

Volvemos lo más rápido posible y a los pocos minutos también llega otro cura. Rafael, el camarlengo y yo nos quedamos fuera mientras se confiesa.

El tiempo hasta el amanecer pasa demasiado lento. Todo el tiempo estoy arrodillado junto a la cama de Giovanni, murmurando junto a las oraciones del camarlengo y Rafael. (Solo espero que su alma encuentre el descanso eterno.)

Regreso a la sala con los Exorcistas poco después de la muerte de Giovanni. Rafael ya se ha llevado su alma y el camarlengo está supervisando la preparación del cuerpo. Mi mente está vacía de todo pensamiento. (Otro amigo que veo morir.)

Me siento en una silla ignorando al resto y me tiro del pelo para calmar el dolor que siento en mi corazón. Hevlaska y Lenalee se sientan a ambos lados.

-¿Estás bien?

-En momentos como este entiendo porqué el destierro es el peor castigo para los inmortales. Creamos lazos con los mortales, que se acaban marchitando y muriendo mientras nosotros nos mantenemos jóvenes. Cortar esos lazos es un duro golpe, como si muriera una parte de tí mismo. Por eso mismo vivía sin establecerme en un único lugar: no puedo soportar perder a alguien más.

Escucho caer las lágrimas antes de sentirlas. Abro los ojos y miro al suelo.

-Allen...

-Deseo mi muerte-siento las miradas incrédulas de todos.

-No irás a...

-Soy un demonio de honor y tengo una promesa que cumplir.

Hevlaska me rodea los hombros con un brazo.

-¿Qué tipo de promesa?

-Salvaría al mundo, por él, mi ángel negro.

Escucho atentamente los latidos de Kanda, esperando que hable. (No me decepciona.)

-Asha. Le hiciste esa promesa a Asha.

Le miro con una sonrisa triste.

-No. Me hice esa promesa a mí mismo. Pero nunca pensé que iba a ser tan duro.

Suspiro y vuelvo a bajar la cabeza. (Hice esa promesa por Kanda y pienso cumplirla, incluso si eso me cuesta mi propia vida.)

Las puertas se abren y aparece el camarlengo con una carta en las manos.

-Exorcistas, su Excelencia ha dejado una petición aprobada por todo el Colegio cardenalicio.

Le entrega la carta a Komui, que la abre y la lee rápidamente. Me mira asombrado y vuelve a leerla.

-¿Qué pasa, hermano?

-El Vaticano ha aprobado la separación de la Orden Negra-todos los otros Exorcistas (menos Kanda, por supuesto) susurran asombrados-. Pero con la condición de que sea bajo el mando de Allen Walker.

Levanto la cabeza aturdido.

-¿Yo? ¿Por qué yo?

-Solo dice que es lo adecuado, que Dios hizo que os conocierais para ello. Si tú no aceptas tendremos que seguir dependiendo del Vaticano.

Los pensamientos vuelan por mi mente. Miles de predicciones ahora tienen sentido. Podría evitar muchas muertes inecesarias. (Sí, de ese modo también puedo cumplir con mi promesa sin tener que responder ante nadie.)

-Lo haré-me levanto de la silla y alzo la barbilla con el orgullo natural en mí-. Confío en la elección de Giovanni.

Komui asiente y el camarlengo me entrega una cruz de plata en una cinta de seda roja. (La ví antes en la habitación de Giovanni.) Me la cuelgo del cuello y siento una sacudida eléctrica en mi brazo izquierdo. Flexiono los dedos y los siento bien. (Extraño.) Miro a todos y les sonrío con suavidad.

(Empieza la partida, Conde. Y las piezas negras vamos a ganar.)