Dos meses. Ya han pasado dos meses desde que destruimos al Conde y Zarainur... murió. Cada día desde entonces siento una mano invisible apretarme el corazón cada vez más. Me paso las horas en su forja o en nuestra habitación. Siempre llevo conmigo los palillos para el pelo que me hizo y una venda rodeando la marca de compañeros.

(Estoy a un corte de distancia de él. Más de una vez me he sentido tentado de coger un cuchillo cualquiera y abrirme las muñecas, pero siempre he acabado por rechazar la idea. Eso no es lo que él querría.)

Laoming ha estado junto a mí en todo momento. A veces vamos juntos a pasear o correr por los bosques. Por las noches subimos a lo alto de la torre y observamos juntos las estrellas.

Los Akumas desaparecieron por completo y los Noé restantes se han escondido en algún rincón del mundo. Por fin estamos tranquilos, viviendo en un mundo sin grandes peligros. (Exactamente la promesa que hizo Zarainur. Crear un mundo donde yo pueda vivir tranquilo.

Pero no puedo disfrutarlo porque él no está a mi lado.

¿No lo entiendes, Zarai? Tú te habías convertido en mi mundo, en mi felicidad. Y ahora que no estás mis días son interminables.

¿Por qué tuviste que ir a enfrentarte al Conde?)


Estoy tumbado en uno de los bancos de los jardines del Arca leyendo un libro cuando Rafael aparece a mi lado con su característico sonido de campanas de cristal.

-Kanda.

-Si has vuelto para decirme que tengo que salir de mi depresión mi respuesta será la misma que las otras veces: él era mi compañero, estoy en mi derecho al llorar su pérdida.

-No vengo a por eso. Respeto tu decisión. Vengo para proponerte que continúes tu entrenamiento como sanador.

-No soy un ángel.

-Pero tienes los conocimientos de uno además de los poderes. Y fuiste mi mejor alumno, el más rápido.

-No.

Rafael se cruza de brazos exasperado.

-Muy bien. Te voy a decir esto. En la Luna Dorada Joel va a llevar a cabo su misión de salvar a las diablesas de los calabozos y en el Paraíso tenemos que prepararnos para tratarlas. Podrías salvar al pueblo de tu compañero.

Eso me llama la atención. (No recordaba eso.) Cierro el libro y me levanto. (Tengo que reconocer que era un libro de medicina.)

-¿Por qué no has empezado por esto? Acepto.

El arcángel sonríe victorioso.

-Bien, empezamos mañana al amanecer. Vendré a buscarte.

Despliega las alas y se marcha. Yo miro al cielo artificial. (Esto es por ti, mi demonio.)


Recuerdo cómo es el Paraíso, pero aun así me impresiona. Es una enorme colina con un camino de piedras serpenteante. Las casas están construidas en mármol blanco.

En la cima hay un gran palacio hecho enteramente de plata y platino, el hospital divino. Sus paredes reflejan la luz pura del sol.

A los pies corre un río de aguas cristalinas y a un lado hay un frondoso bosque.

(Echaba de menos esta vista.)

-¿Vamos? Tenemos mucho que hacer.

Rafael inicia el camino y yo le sigo. A nuestro paso varios ángeles que reconozco se giran para mirarme. Escucho sus susurros con facilidad.

-Es Asha.

-Pensé que había muerto.

-¿Y sus alas?

-¿Eso de su muñeca es una marca de compañero de un demonio?

(Antes de venir me decidí por fin a quitarme la venda en la muñeca para mostrar con orgullo su marca.)

No escucho a ninguno, no me detengo para hablar, simplemente miro al frente y sigo a Rafael. (No tengo que tener el respeto de los ángeles.)

-Bien, vas a acompañarme en mis rondas un par de horas, luego harás un inventario y buscarás lo que falte en el bosque. ¿Entendido, Kanda?

-Sí, Rafael.

Me mira brevemente con una sonrisa divertida.

-E intenta no escandalizar a los otros sanadores con tu actitud humana.

-Soy un humano, no un ángel. Y además soy el compañero del príncipe demonio, mis modales no son muy convencionales.

El arcángel ríe.

-Va a ser entretenido tenerte con nosotros.

-Mucho.

Entramos por las puertas de oro y empezamos las rondas. Todos los ángeles con los que nos cruzamos me miran con curiosidad. Yo continuo ignorándoles y siguiendo las instrucciones de Rafael.

-Ya hemos terminado con esto, ahora ve a hacer el inventario.

Asiento y me dirijo por el camino que sé de memoria. Abro la puerta de caoba (la única de madera de todo el hospital) y cojo la lista que hay sobre la mesa. Empiezo a haccer el inventario, anotando las existencias y lo que falta.

-Flores de amapola... recoger. Granos de anís... suficientes para otro mes. Tomillo... recoger. Aloe vera... recoger. Salvia... recoger. Creo que lo tengo todo.

La puerta se abre y me giro preparado para combatir. (Las costumbres tardan en olvidarse.) A quién veo es a un hombre maduro con el pelo grisáceo y ojos que cambian de color constantemente. (Dios.)

Inclino la cabeza con respeto.

-Asha. ¿O debería llamarte Kanda ahora?

-Prefiero Kanda, señor.

-Bien, Kanda. Bienvenido al Paraíso. Habría ido a saludarte cuando llegaste, pero estaba ocupado en una reunión con los otros arcángeles.

-No pasa nada, señor.

-Escuché tu ruego cuando Zarainur murió-recordar eso envía una punzada a mi corazón-. Le querías realmente.

-Él era mi mundo y mi felicidad.

-Seguramente no recuerdes aquel momento, pero después de que terminárais de entrenar juntos te dijo que fueras a verle cuando tuvieras tu deseo. No entiendo completamente sus poderes, pero creo que todavía puedes pedirlo.

(Eso me anima.)

-¿Usted cree?

-No estoy completamente seguro. Podrías intentarlo. Si tienes alguna pregunta puedes decírmela.

Se gira para marcharse y yo le detengo llamándole.

-Señor... ¿Cree que Laoming podría venir conmigo? Nos hemos unido mucho estos meses.

-¿El wargos blanco? Claro, ¿por qué no? Ah, antes de que se me olvide. Tu casa está como la dejaste, ordené que no se tocara nada.

-Gracias.

Esta vez sí se marcha y sonrío ligeramente observando la marca en mi muñeca. (Es una rosa blanca en el interior y un loto en el exterior unidos por dos cadenas de vides.)

Entonces cojo la lista de cosas que tengo que coger y la cesta de mimbre que siempre utilizaba para esta tarea.

Camino hacia el bosque y empiezo a buscar las plantas. A mediodía me detengo para descansar un rato junto al río (todavía me quedan las flores de amapola) cuando escucho unos pasos. Reconozco las voces al instante. Son ángeles que siempre se metían conmigo por mi coloración.

-Vaya, vaya, mirad quién ha vuelto al Paraíso. ¿No habías muerto, Asha?

-Hola de nuevo, Toribio, Laureano, Eliodoro y Castiano.

-Contesta a la pregunta, Asha.

Les miro con aburrimiento. (Ya no les tengo ningún miedo. Soy el compañero de un demonio por algo. Ellos solo eligen compañeros fuertes.)

-Sí, me mataron. Pero ahora he vuelto y os recomiendo no meteros conmigo. Ya no tengo la necesidad de regirme por vuestros formalismos.

Ellos ríen.

-¿Crees que un simple humano como tú, aunque seas la reencarnación de un ángel, puede con nosotros? No me hagas reir.

-No hablo como la reencarnación de un ángel, sino como el compañero del príncipe demonio.

Esas palabras las acompaño un sutil movimiento de la mano izquierda que resalta la marca en la muñeca. Laureano, Eliodoro y Castiano se estremecen, pero Toribio solo sonríe más.

-¿Y dónde está ese compañero? Ah, sí, murió sin que tú, el mejor sanador después del señor Rafael, pudiera salvarle. Sabía desde el primer momento en el que ví a ese demonio que acabaría muerto. Era antinatural, un demonio blanco. Igual que tú, Asha.

Aprieto los puños. (Tengo que controlarme para no golpearle.)

-No te atrevas a hablar de él.

-¿Por qué? ¿Vas a golpearme? No te atreverías.

(Se acabó, he llegado a mí límite.) Me adelanto con esa intención cuando una mano en mi hombro me detiene.

-Quieto aquí, Kanda. No vayas a meterte en problemas en tu primer día de vuelta.

-Deberías respetar a los muertos, Toribio. Y más a uno tan noble como Zarainur.

(Gabriel y Miguel. ¿Cuándo han llegado?)

-¿Llamáis a un demonio noble, señor Gabriel? Ellos solo son maldad.

-No vuelvas a mencionarlo-no puedo evitar estallar. (Si Miguel no me sujetara le golpearía la cara de engreído.)-. No entiendes ni la mitad de lo que está pasando en los infiernos.

-¿Y tú sí, Asha?

-No contestes. Intenta provocarte.

-Lo sé, Miguel, pero ahora mismo solo quiero golpearle por decir eso.

-Vaya. ¿Y tú eras un ángel?

Sonrío a la pregunta de Gabriel.

-Te diremos algo, Toribio. Los arcángeles nos reunimos antes con Dios para hablar sobre una ley que prohíbe los insultos a los demonios en el Paraíso ya que pronto van a venir un buen número de ellos. Y Kanda, como compañero de uno de ellos, está incluido en esa ley.

Toribio resopla y se marcha con sus seguidores. Miguel me suelta por fin.

-Ya sabes que puedes venir a hablar con cualquiera si ellos vuelven a meterse contigo o dicen una sola palabra que te moleste.

-Gracias.

-Hay algo que quiero comentarte-miro a Gabriel esperando a que continúe-. Cuando acabaste con el Conde mostraste unas alas oscuras. Creo que son tus verdaderas alas, con las que debiste haber nacido.

-Déjame adivinar... piensas que puedo mantenerlas siempre.

-Exactamente. Solo tenemos que averiguar cómo.

Suspiro.

-Está bien. Cuando descubráis la manera lo probaré, pero hasta entonces quiero centrarme en mi entrenamiento como sanador.

-Trato hecho.

Sonrío y me despido de ellos. (Todavía me quedan amapolas que recoger.)


Casi me olvido de publicar este capítulo. Por suerte ya lo tenía escrito.

Y relativo a la muerte de Zarainur... ya estaba anunciada. ¿Recordáis lo que le dijo a Laoming hacia el final del capítulo 16? ¿Que protegiera a Kanda pasara lo que pasara? Pero no os preocupéis. A la historia le quedan capítulos (tiene 24 en total más un posible epílogo si consigo decidirme. ¿Alguna idea?)

Y me gustaría de verdad saber vuestras opiniones. Me anima mucho mirar el correo y saber que tengo nuevos reviews.

Naraya.