Me levanto al amanecer para volar un rato. Gabriel tenía razón, conseguí las alas azul cobalto con una mezcla de hierbas que no quise saber en su momento. Lo malo es que sigo siendo mortal, pero no me importa para nada. Así sé que podré ir con él en algún momento.

Laoming se despereza en su gigantesco almohadón y me saluda lamiéndome la mano. (Y pensar que hace tiempo le tenía miedo...)

-¿Desayunamos antes o salimos, Lao?

Me responde acercándose a su gran cuenco de cerámica. Río y le sirvo su desayuno de carne. Preparo el mío (té verde y soba, por supuesto) y me siento en la mesa del comedor.

Observo el calendario que puse en la pared. Quedan tres días para la Luna Dorada.

-¿Ha pasado ya tanto tiempo, Laoming? Parece que fue ayer cuando vinimos aquí.

El wargos blanco ladra y se rasca tras la oreja.

-Sí, sí, tienes que darte un baño. Apestas.

Recojo los platos y salimos de la casa. Lao sale corriendo en dirección al río y yo despego, volando por encima de él.

(Conseguir las alas es lo mejor que pude hacer. Ahora soy libre de nuevo, tan libre como lo fui hace tantos siglos.)

Observo cómo Laoming salta al río y un grupo de jóvenes ángeles es salpicado. Ellos ríen y empiezan a jugar con él. Sonrío y muevo mi magia (que aprendí a hacer al mismo tiempo que conseguí las alas) a mis pies para aterrizar en el centro del río.

Este es otro de mis pasatiempos: patinar sobre el agua.

Los jóvenes ángeles se detienen para mirarme con admiración. Yo río y me deslizo hacia ellos.

-Buenos días, señor Kanda.

-Buenos días, chicos. Hoy os habéis levantado temprano.

-Queríamos ver la salida del sol y jugar un rato con Laoming.

-Pues todo vuestro, yo tengo que hacer mi turno en el hospital. Pero no es hasta más tarde.

Me dirijo a la orilla y me siento allí, arrancando unas briznas de la hierva para trenzarlas.

-¿Cómo vais en el colegio?

-Aburrido, señor Kanda. ¿No hay ninguna manera de librarse de ir?

Río.

-No. Hasta los setenta años estáis atrapados allí.

-Pero usted tiene diecinueve, señor Kanda.

-Pero en mi anterior vida llegué a los quinientos setenta y nueve. Así que soy mayor que vosotros.

Ellos hicieron una mueca y empezaron a salpicarme. Yo caído hacia atrás intentando evitarlo y levanto un escudo contra el agua. Es efectivo hasta que Laoming se abalanza y empieza a lamerme.

-¡No! ¡Laoming para! ¡Quieto!

Nuestras risas resuenan en todo el Paraíso.

Por fin consigo terminar el pequeño pájaro de hierba que estaba haciendo y con un hechizo susurrado lo envío a volar. (Durará un par de semanas.)

-Buenos chicos, cuidad de Laoming. Y tú Lao-me arrodillo a su lado y le rasco tras las orejas-, se bueno.

Me dirijo al hospital caminando y saludando a varios amigos. Cuando llego a mi destino me preparo para hacer mis rondas. Solo son cinco pacientes.

-Buenos días, Kanda.

-Buenos días, Rafael.

-¿Cómo le va a Mariane?

-Mejorando. Le quedan tres meses para dar a luz. Le voy a recomendar que se tome cada día una taza de té de hojas de frambuesa para relajar el útero a la hora del parto.

-Sí, estaría bien. Su último parto fue bastante doloroso. ¿Vas a darle eneldo para después del parto?

-Solo si el bebé nace con algún problema. En otro caso será innecesario.

-Has aprendido muy rápido.

Le sonrío.

-La sabiduría del maestro se muestra en sus aprendices.

Rafael ríe divertido.

-Sí, definitivamente aprendes rápido. Con un par de lecciones más podrás superar a Gabriel en retórica.

-Tampoco tanto. Quizás a Miguel.

-Miguel solo sabe hablar por la espada. Si le dices un par de adivinanzas se frustra.

Reímos juntos y nos separamos para nuestras rondas. Estoy atendiendo a mi primer paciente, Mariane, cuando un aprendiz de unos noventa años entra en la habitación.

-Sanador Kanda, necesitamos ayuda. Selim se ha fracturado un ala por una caída.

-Voy enseguida. Disculpa, Mariane.

El ángel femenino me sonríe y me dice que no pasa nada. Salgo de la habitación y sigo al joven aprendiz. Me lleva a una habitación de la planta baja, donde solemos atender los accidentes. Dentro ya hay un par de médicos administrando calmantes por vía intravenosa. Espero a que terminen de atar sus brazos a la camilla y que aseguren el ala sana antes de acercarme. (Este proceso requiere todas estas medidas por la protección del propio paciente y los que están a su alrededor. Con el dolor los ángeles tendemos a mover mucho las alas.)

-Extended el ala todo lo posible sin causarle daño.

(Mi posición de sanador está muy por encima del de los médicos. Además soy el segundo mejor sanador de todo el hospital, justo detrás de Rafael.)

Los médicos siguen mis instrucciones. Observo la curvatura del ala y palpo los músculos. Hay un par de zonas sin plumas que supongo que fueron causadas por la caída.

-Es una fractura limpia. Hay que actuar rápido, antes de que empiece a sanar de la forma incorrecta.

Uno de ellos se mueve para sujetar el ala justo por debajo de dónde está la fractura y el otro sujeta la espalda del paciente. Yo respiro hondo y empiezo a tirar con suavidad del otro extremo, con cuidado de no dar tirones.

Los calmantes parecen funcionar, porque la única reacción del paciente es un movimiento incómodo y un gemido bajo de dolor.

Con un último chasquido el hueso se recoloca en su lugar y el segundo médico corre a buscar una tabilla y vendas. Ayudo a colocarlos para evitar que mueva el ala.

-Muy bien, ya está. Ahora necesitará reposo absoluto durante al menos una quincena. ¿Qué será mejor recomendarle?

(Los sanadores hacemos preguntas de este tipo a los médicos para saber sus conocimientos y prepararles para ascender de rango.)

-Consuelda en cataplasmas y extracto de harpagofito disuelto en agua. Ayudará con la soldación y evitará la inflamación y el dolor.

-Bien pensado. Preparad tratamientos para un par de meses. Habéis estado muy bien.

-Gracias, sanador.

Asiento y salgo de la habitación. En el pasillo está el joven aprendiz que vino a avisarme. En cuanto me ve se endereza.

-¿Se pondrá bien?

-Sí, nos has avisado justo a tiempo-pienso un momento y le observo con atención-. ¿Qué es para ti?

El ángel se sonroja fuertemente.

-¿Qué...? Él... yo...

Sonrío ligeramente.

-Puedes confiar en mí, soy el compañero de un demonio y no me da miedo reconocerlo. Amar a alguien es lo más hermoso que puede pasarnos en la vida y yo he tenido la suerte de conocer a Zarainur y vivir junto a él el tiempo que hemos podido.

El ángel baja la cabeza. Hay un momento de silencio entre ambos.

-Tiene razón, sanador Kanda. Selim y yo... estamos en una relación. Nos queremos y cuando cumplamos la mayoría de edad queremos unirnos formalmente.

Le sonrío. (Las parejas de ángeles masculinos o femeninos son cada vez más comunes.)

-Me alegro por vosotros.

-Gracias.

Los médicos salen de la habitación y le indico al joven ángel que puede entrar. Él va casi corriendo, pero le detengo en la puerta.

-¿Cuál es tu nombre?

-Tamir, señor.

Asiento y le dejo irse. Me despido de nuevo de los médicos y vuelvo a mis rondas.


Estoy en la sala de descanso, actualizando un par de informes, cuando Laoming empuja la puerta con su hocico. (Le permiten entrar en el hospital desde que ayudó a traer a un ángel que había caído en el bosque y al que había rastreado más rápido que un hechizo.)

-Hey, Lao-me lame en la mano como saludo y yo le rasco tras las orejas-. Sí, sé que es la hora de comer. Termino estos informes y volvemos a casa.

Ladra y mueve la cola de un lado a otro. Vuelvo a rascarle, esta vez en la mandíbula, y se tumba a mis pies. Añado unos pocos datos más y lo guardo todo de nuevo en sus carpetas. Me levanto para dejarlas en sus lugares en la librería de la esquina. Escucho el sonido de las campanas de cristal y me giro para saludar a Rafael.

-¿No deberías estar ya en tu descanso?

-Ahora mismo iba. Lao ha venido para acompañarme.

El wargos se levanta para saludar al arcángel.

-Hola, Lao. Te has autonombrado su guardián, ¿verdad?

Ladra alegremente y en sus ojos dorados aparece un brillo misterioso.

-Vamos a comer, Lao.

-Ah, Kanda. Esta tarde empezaremos las modificaciones para acomodar a las diablesas y los demonios que puedan estar heridos. Necesitaremos tu ayuda.

-Claro. Estaré aquí.

Salgo junto a Laoming y nos dirigimos a nuestra casa. (La vida, a pesar de no tener a Zarainur a mi lado, me sonríe.)

Nunca antes el hospital había tenido tanta actividad. Cientos de diablesas son ingresadas en las muchas habitaciones y los demonios son tratados con rapidez por los médicos. No podemos permitirnos perder un solo segundo, varias de las diablesas están en estado crítico.

-¡Kanda! ¡Habitación 962!

Asiento al grito de Rafael y me dirijo a esa habitación. (Tengo que hacerlo con rapidez.)

La diablesa tiene una espesa melena castaña y grandes ojos marrones. Varios moretones decoran su cuerpo cubierto por harapos. Una larga cola de husky siberiano marrón se mueve a un lado y sus orejas puntiagudas se mueven en mi dirección cuando entro. Una mano elegante acaricia la cabeza de Laoming, que la recuesta sobre la cama.

(Esos ojos...)

-Majestad.

La reina de los demonios me mira con unos ojos muy parecidos a los de mi compañero, solo difieren en el color.

-Kanda Yuu. El compañero de mi hijo menor. Acércate.

Me acerco hipnotizado.

-Sí, soy yo.

Me sonríe con cansancio.

-Te vi en el Sueño del Destino de Zarainur. Tienes que estar a su lado cuando luche contra su hermano.

-Señora, Zarainur ha... muerto. Hace casi un año que murió.

-No, no ha muerto. Lo sé. Esto es parte de su plan para derrocar a Kyrat. Todos tenían que creer que está muerto, pero no. Laoming fue el que envió el mensaje a Dios para preparar la trampa, creo que después de que le dispararas.

-¿Qué? ¿Por qué no me lo dijo?

-Porque ahí estaba el truco. Zarainur siempre ha sido un gran mago y sabe cómo actuar. Tienes que ir a los infiernos, no puede derrotarle solo.

(¿Está vivo? ¿En serio? No voy a dejarle morir. No voy a dejar que se cumpla mi sueño.)

-Iré a por mis armas.

-No hace falta, Lao las tiene. Solo ve. Rafael ya lo sabe.

Asiento y me sujeto al grueso pelaje del wargos para que nos transporte a los infiernos.

Con una sacudida mi visión se oscurece.


Las plantas mencionadas se utilizan para lo siguiente:

Té de hojas de frambuesa: facilitar el parto relajando el útero. (Por eso lo recomienda en el último trimestre del embarazo de Mariane.)

Consuelda: es cicatrizante, desintoxicante y regeneradora entre otros. (En este caso para la cicatrización de las zonas heridas por la caída y ayudar a la regeneración de los huesos.)

Extracto de harpagofito: antiinflamatorio y relajante entre otros. (En este caso para evitar la inflamación de la zona de la fractura.)

Hice una pequeña investigación para las plantas medicinales. Son propiedades auténticas (Por lo menos que yo sepa.)

Y de verdad me gustaría que me dierais ideas para un posible epílogo. Os lo agradecería mucho.

Naraya